viernes, 10 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LOS AMANTES DE TERUEL DE ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN



         En aquel momento, Sara ya tenía claro cuál sería nuestra próxima parada. Permanecimos algunos instantes más apreciando la maravillosa obra de Muñoz Degrain que acababa de explicarme, “Paisaje del Pardo al disiparse la niebla” y comenzamos a andar, pasando de largo por la siguiente sala, y adentrándonos en una más grande, concretamente la sala 061A.
        –Hay cambio de planes. ¿Te apetece que veamos a fondo la pintura de historia del s. XIX?
        –Por mí perfecto. Me gusta ese estilo, la historia, y no te digo nada la que me lo cuenta. –Sara me sonrió.
        –Pues vamos con este primer lienzo si te parece, para mí uno de los mejores, sin duda, de la pintura de historia. Como ya te dije, este género tuvo mucho predicamento en el s. XIX por las Exposiciones Nacionales que premiaban y becaban a los autores galardonados. También te comenté antes que había un cuadro de Antonio Muñoz Degrain…
        –El autor del paisaje.
        –Sí. Te dije que había un lienzo suyo que me emocionaba.
        –Lo recuerdo.
        –Pues, es este. Vamos a alejarnos un poco de la obra y verás lo bella que es. Se trata de “Los amantes de Teruel”
        Mientras nos íbamos echando hacia atrás, no nos fijamos y estuve a punto de llevarme por delante a la funcionaria que se había divertido con nuestras cosas en la sala anterior.
        –Perdón, no la había visto –me disculpé.
        –No se preocupe –Ella pareció no dar importancia al incidente–. Para serles sinceros, y sin ánimo de meterme donde no me llaman, les estaba esperando. Sabía que ella –miró a Sara y la guiñó–, le iba a traer ante esta extraordinaria obra. Disfrute de sus descripciones; tengo la impresión de que su Cicerone sabe de lo que habla por lo poco que la he escuchado. –Entonces nos saludó con cortesía, y volvió discretamente hacia la salas anterior.
        –Tienen un trabajo muy pesado. La gente no es tan educada como debiera, pero cuando te diriges a ellos para cualquier cosa, siempre se muestran dispuestos. Normalmente, hasta te explican, someramente y sin descuidar su trabajo, alguna cosa sobre los cuadros, si se lo pides. Algunos están muy formados, incluso a nivel de licenciatura universitaria en arte o historia –añadió Sara.
        –La hemos caído bien.
        –Bueno, a ti no te conoce lo suficiente, si no, te hubiera echado directamente, y por la Puerta de Murillo que es la más cercana. –Sara rio.
        –Mira que te gusta chincharme.
        –Ven aquí, tormento. –Sara me tomó por unos instantes de la cintura con cariño.
        –Imagino que conoces la historia de los amantes de Teruel.
        –Tonta ella, tonto él… es el chascarrillo fácil –me disculpé–. Algún detalle. Refréscame la memoria.
        Sara se separó de mí, me tomó de la mano, y me llevó a la distancia que ella quería, centrados ante el cuadro. Por suerte, la sala no estaba muy concurrida, y pudimos contemplarlo sin apenas interrupciones.
        –Pues la historia de los amantes de Teruel se sitúa en el s. XIII.
        –En Teruel –le interrumpí intentando ser gracioso.
        –Pues claro tontaina –Sara me miró e hizo un gesto de conformismo–. Voy a resumir. Resulta que a la noble Isabel de Segura no la dejaba su padre casarse con su amado Diego Juan Martínez de Marsilla, porque era un caballero empobrecido. Entonces ella jura esperarle 5 años, mientras él parte en busca de fortuna. Cuando él regresa, adinerado después de muchos infortunios, se encuentra que ha pasado ese tiempo, y que ese mismo día Isabel se ha casado con D. Rodrigo de Azara, boda que había concertado su padre. Don Diego se presenta ante la recién casada esa misma noche rogándole…
        –¡Bésame que me muero! –exclamé intentando dar a mis palabras entonación y teatralidad.
        –Exacto.
        –Bueno, ya de paso podrías besarme…
        –Pero que bufoncillo estás hecho –Sara me besó en la mejilla y prosiguió–, y como ella estaba ya casada, se negó por dos veces ante el mismo requerimiento. D. Diego cayó muerto allí mismo y, en su funeral, ella, arrepentida de no haberlo besado, acabó haciéndolo, muriendo sobre el cuerpo de su amado al instante.
        –Una tragedia –añadí–. Sólo comentarte que, en nuestro caso, por mí no va a quedar. Tú pídeme que te bese, que no va a haber problema alguno en que lo haga. –Miré a Sara tomándola, esta vez yo por la cintura, ofreciéndole mis labios exageradamente.
        –¡Quita, cencerro! ¿Cuándo te vas a tomar algo en serio? ­–dijo empujándome un poco, intentando desasirse.
        –Creo que esto es mucho más serio de lo que crees… Mira que si la palmo por no besarte. Habrá que tomar medidas al respecto.
        –Anda, no seas pesado –Sara me sonrió, consiguió que la soltara, y me cogió de la mano–. Ahora vamos con el cuadro en sí.
        –¿Sin beso?
        –Ya veremos… ¡Qué plúmbeo eres! –Sara rio e, iba a comenzar la explicación tras hacer un gesto paciente elevando su mirada al techo, cuando la interrumpí–.
        –Me gusta esa palabra…plúmbeo. Muy poética.
        –Huy madre, la retiro, no sea que llames al escritor pedante que llevas dentro. –Ambos reímos y, esta vez sí, Sara empezó su docta interpretación del cuadro.
        –Siempre me ha conmovido este lienzo, tanto por la temática como por la forma en que está pintado. Yo creo que no hay tema más romántico y trágico que la muerte por amor. El drama se desarrolla dentro de la iglesia de San Pedro, en Teruel. A mí me parece que Antonio Muñoz Degrain pinta dos cuadros en uno. Me explico. Para mí hay dos planos diferenciados, tanto por la pincelada y la textura de la pintura, como por la luz. La escena principal, mucho más iluminada y colocada de forma oblicua quizá para aumentar ese dramatismo, centrando la primera vista del espectador sobre ella. Observa el detallismo de la alfombra, de las ropas de Isabel de Segura, especialmente ese maravilloso velo y sus transparencias, el de los objetos que rodean el féretro; el magnífico incensario esférico unido al túmulo de bronce dorado con una cadena, el candelero con el velón que ha caído al suelo por el ímpetu con el que Isabel entró en la iglesia en busca de su amado. El cuerpo de D. Diego, ataviado como un caballero, aparece depositado en un ataúd sencillo, depositado sobre un rico catafalco decorado con leones, máscaras y águilas y rodeado de rosas y coronas de laurel, en cuya base se puede leer “VIVA EL NOME E MORA EL OME”. Sobre el pecho de D. Diego yace el cuerpo de su amada que ha muerto al besarle en los labios, escena que contemplan sorprendidas y compungidas, en primer plano, varias dueñas situadas tras una gran cruz dorada de pie. La otra parte del cuadro está dominada por la penumbra. El oficiante del sepelio y los asistentes observan apesadumbrados el drama desde la distancia, desdibujados sobre un decorado apenas sugerido, con pinceladas mucho más imprecisas y sueltas a base de manchas de color, bajo la luz escasa que entra por el ventanal del fondo, tamizada por el cortinón, y la de la lámpara de aceite que cuelga del techo.
        –Grande es –añadí mientras Sara se acercaba a la cartela.
        –Concretamente 330 x516 cm. Y fue premiado con la primera medalla de la Exposición Nacional de 1884.
        –Es una pintura impresionante.
        –Es un lienzo que refleja perfectamente la trágica historia de Isabel y Diego. La escena central es magistral, muy dramática e iluminada, en contraste con el ambiente sórdido, silencioso y expectante del resto de figuras que asisten, quizá sin saber cómo reaccionar, ante infortunio de la pareja.
        –Pues sí. Tienes razón. Y ahora que hemos admirado el cuadro, dado que mi estado de salud está empeorando por momentos y, para evitar un fatal desenlace, deberías… Ya sabes…
        –Pero que conste que es sólo para que no te mueras, aquí y ahora, sería un poco escandaloso. –Sara rio, y me besó en los labios furtivamente.
        –Ya me encuentro mucho mejor –comenté jocoso, mientras ella ya buscaba en la misma sala otro cuadro que enseñarme.

jueves, 9 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. PAISAJE DEL PARDO AL DISIPARSE LA NIEBLA DE ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN


        –¿Estás bien? ¿Te has recuperado? ¿Siguen alteradas tus constantes? ¿Las hormonas están muy revolucionadas tras contemplar la sensual y sugerente belleza de “la perla” –Sara reía mientras paseábamos por la Sala contigua, la 063. Por supuesto, se refería la extraordinaria pintura de Paul Boudry que habíamos dejado atrás–. Esta sala está dedicada a Fortuny –prosiguió–, pero quiero llevarte a la siguiente. Como te dije al principio, iré saltando de cuadro en cuadro según me parezca.
        –Las hormonas creo que las tengo bajo control. Llévame donde quieras, aunque sea sin la recompensa de tus besos –comenté simulando abatimiento.
        –Madre mía. Me he juntado con el viejo más cursi del país. Anda, vamos –Sara rio, mientras tiraba de mi hacia la sala contigua la 063–. Creo que lo mejor es que te distraigas con algunos paisajes. Vamos a cambiar el contenido de nuestra siguiente parada. Tu incontrolada libido te lo agradecerá. –Era evidente que Sara disfrutaba.
        –Me tienes olvidado esta mañana. Mucha obra maestra y poca recompensa… –añadí melifluo.
        –Todo dependerá de cómo te portes durante la visita.
        –De momento creo que me he mostrado con caballerosidad.
        –Ya. Porque hay mucha gente, y no has encontrado rincones oscuros. Si no, seguro que habrías intentado darme un “tiento”.
        –Creo que me conoces demasiado bien. Bueno… seguiré sufriendo tus explicaciones. ¿Próxima estación? –pregunté con fingida resignación.
        –¿Sufriendo? ¿Estación? Parece que te llevo por un Vía Crucis    –Sara volvió a golpearme en el hombro mientras un vigilante femenino del museo asistía a la escena divertida; parecía agradecer que le hubiéramos sacado de su monotonía–. Quiero enseñarte uno de los paisajes más bellos de la pinacoteca, al menos es uno de los que más me gusta a mí. –Sara se detuvo en el lado izquierdo de la sala.
        –Bueno… no me quedará otro remedio que seguir poniendo la oreja.
        –Presta atención –Sara se dio cuenta de que la celadora de la sala seguía observándonos, y se dirigió a ella en voz baja–. Se queja y tiene guía particular; es peor que un crío. –Ambas se sonrieron con espontaneidad.
        –Soy todo oídos –dije apretando la mano de Sara y atrayéndola hacia mí, luego, también en voz baja, me dirigí a la simpática funcionaria que parecía entretenida con nuestras evoluciones–. En el fondo me quiere –le dije con voz queda–. Ella volvió a sonreír, y nos dejó ante aquel cuadro, adentrándose en la sala contigua para llamar la atención a un niño que se había acercado demasiado a una enorme pintura histórica de las colecciones del s. XIX.
–Bueno, vamos a lo nuestro. Estamos ante la obra paisajística cumbre de Antonio Muñoz Degrain, “Paisaje del Pardo tras disiparse la niebla”
        –Me suena el nombre del pintor, pero no tengo el gusto. El cambio es importante. Me atraía más el desnudo de Baudry.
        –Ya, imagino –añadió Sara paciente.
        –Va, en serio. Entre tantas pinturas, ¿por qué has elegido ésta?     –pregunté con interés.
        –Veamos… Estas salas están dedicadas al paisaje en las colecciones del siglo XIX. Hemos visto ya alguno de Martín Rico, Fortuny, Sorolla y, a nuestras espaldas, están algunos de, quizá, el más famoso paisajista del momento, Carlos de Haes. Pero yo tengo debilidad por este cuadro. Aunque…bueno…luego te enseñaré otro lienzo de Muñoz Degrain que a me emociona.
        –Pues, adelante.
        –Primero me atrae el formato, es de 300 X 200 cm, de los más grandes de esta temática entre los expuestos, y con él ganó una segunda medalla en la Exposición Nacional de 1866. En el aspecto narrativo no representa una escena muy complicada. En teoría se trata de una vista del Monte del Pardo con la Sierra de Guadarrama al fondo. Pero ni el Pardo tiene esa vegetación tan frondosa, ni las montañas de Guadarrama son tan escarpadas. Luego el autor reinventa, reinterpreta una panorámica, idealizándola, dando rienda suelta a su imaginación, creatividad, y al virtuosismo de su mano. Observa como un guarda del bosque se acerca al río para que su montura beba. Frente a la magnitud de esa vista, jinete y cabalgadura parecen diminutos, pero creo el pintor logra dar sentido a la escena con esos colores rojizos en la vestimenta el hombre, que acaban resaltando sobre la variedad cromática de verdes y marrones que le rodean. Al fondo se abre un cielo de tonalidad cambiante que va del blanco de las nubes y los grises de las montañas, que aún parece estar librándose de la niebla de la izquierda, hasta la variedad de matices plomizos del celaje aborrascado de la derecha. Observa que el eje de la composición lo ocupa ese árbol enorme, cuya copa se recorta en lo alto sobre los montes, y que pinta rodeado de una masa boscosa sutilmente detallada. Fíjate lo conseguidos que están los reflejos de la vegetación sobre las aguas cristalinas del río incluso como, con cuatro pinceladas, nos difumina sobre el agua la figura del guarda y su jumento. Esta es lo que más me llama la atención de la obra, junto a la importancia que le da al tratamiento de la luz, que emana de la zona superior izquierda, donde nubes y riscos aparecen iluminados, y del reflejo sobre el agua del río. También me gusta como precisa las diferentes texturas de las plantas, desde las que crecen al lado del río, pasando por el monte bajo, para llegar a la exuberante vegetación boscosa enfrentada a las montañas.
        –Creo que estoy de acuerdo. La parte del cuadro que más me gusta es la de abajo. El paisaje espejeando sobre las aguas…
–Tardaba en aparecer el escritor pedante. ¿Espejear?
–No te burles. El verbo es el apropiado –afirmé-.
        –Daremos por buena la expresión –Sara me guiñó divertida–. Respecto al color, atiende en la gran variedad de su paleta. La diferencia de matices de blancos, grises y azulados del cielo y las montañas, la de los verdes de la vegetación, y la de la diferente gradación de los reflejos sobre el río. No me canso de observar los detalles de este cuadro.
        –Tienes razón. Es un lienzo maravilloso. Además, te voy a felicitar por el contraste con el anterior.
        –Te dije que haríamos una visita especial y diferente. Una de las claves es esa. No nos vamos a cansar de ver temáticas y estilos diferentes. Ya lo verás –Sara me sonrió orgullosa y, tras pasar un buen rato apreciando la singularidad de aquella obra maestra de Muñoz Degrain, volvió a tirar de mí hacia una nueva sala–. Y ahora… pintura de historia. ¿Preparado?
        –La historia es lo mío, “mademoiselle”.
        –Y lo mío… –ambos reímos, aunque éramos conscientes de lo diferente que era para ambos; para mí la historia se había convertido en un entretenimiento, mientras para ella era su pasión y su profesión.

miércoles, 8 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LA PERLA Y LA OLA DE PAUL BAUDRY.


         Sara me llevó paseando, sin detenerse, a través de las salas 061b y 061.
        –Como ves, la mayor parte de los cuadros de estas salas son de gran formato, pintura de historia del s.XIX. Pero… te quiero llevar a la siguiente sala, porque creo que te resultará mucho más “edificante” la obra que te voy a enseñar. –Ella me sonrió con picardía.
        –¡Qué estarás tramando, bribona! –exclamé divertido.
        –Vamos a la sala 062. Allí está el legado de Ramón de Errazu.
        –¿Quién era?
        –Ramon de Errazu pertenecía a una familia de empresarios vascos. Nacido en México, vivió en París, donde se relacionó con el mundo del arte, principalmente con Raimundo de Madrazo.
        –De la saga de los Madrazo.
        –El hijo de Federico.
        –Ok. El de la Condesa de Vilches, el cuadro de antes.
        –Exacto. El caso es que a Ramón de Errazu le dio por coleccionar, debido a la influencia familiar y a la de su círculo de amistades. A su muerte, en 1904, legó en su testamento 25 obras al Museo del Prado. En esta sala hay expuestas algunas de ellas como las del gran paisajista Martin Rico, con esos cuadros llenos de luz, o ese retrato de cuerpo entero de Ramón de Errazu que le hizo el propio Raimundo de Madrazo. Y bueno…también la obra que quiero que veas. –Sara me llevó ante un espectacular desnudo femenino.
        –Pero mujer… ¡Qué cuadros me enseñas! ¡Uno no es de piedra! –exclamé–. Una moza de curvas sinuosas con cara de desear ser “explorada”. Por eso lo de que iba a ser “edificante”. ¡Eres un diablillo tunante y provocador! –comenté enarcando las cejas repetidas veces, travieso.
        –Dudaba sí enseñarte esta pintura. Quizá no pueda controlar al vejete libidinoso que habita en ti –añadió paciente–. Anda, no seas bobo. Lo que te decía, pertenece al legado Errazu, y se trata de uno de los mejores desnudos del museo.
        –No seré yo quien lo ponga en duda, aunque nada que ver con el de la señorita que llevo de la mano –besé a Sara en la frente.
        –Me lo voy a tomar como un piropo, eso sí, algo cochino –ella me sonrió.
        –Pues cuéntame, o seguiré pensando en el desnudo de su merced.
        –Retiro lo del piropo. Cochino directamente –esta vez rio, mientras me apretaba la mano y apoyaba su cabeza en mi hombro–. Pues verás… se trata de la obra de Paul Baudry, un pintor francés de segunda mitad del s. XIX, “la perla y la ola” o también llamada “fábula persa”.
        –Hablando en serio. Me parece espectacular ­–comenté.
        –Pues voy a ver cómo te desvelo sus secretos sin despertar aún más tus instintos básicos –añadió jocosa y dubitativa.
        –Ve sin cuidado, están bajo control, pero suficientemente despiertos teniéndote tan cerca –bromeé mientras le hacía una carantoña y jugueteaba con su mano.
        –Como no tienes remedio, vamos al asunto –me sonrió y continuó–. Paul Baudry fue un pintor de éxito en época de Napoleón III. La obra está fechada en 1863 y, cuando se presentó, despertó admiración, por su indiscutible calidad, y alguna crítica, por considerarse atrevida.
        –Me hago cargo –dije con afectada resignación.
        –El autor nos presenta a una mujer de extraordinaria belleza, de cuerpo voluptuoso y nacarino, sobre la arena, a punto de ser envuelta por una ola de mar. Es una perla cuyo estuche es la ola que la va a cubrir.
        –Cubrir…
        –Sí, en parte, esa podría ser una explicación sobre la intención que el autor quería dar al cuadro. Una mujer como símbolo evidente de sexualidad femenina que va a ser seducida, engullida por el mar, que simbolizaría la sexualidad masculina. Puede ahondar en esta interpretación el hecho de que, en la última restauración y limpieza, se han recuperado los rastros de un anillo que tenía la mujer en uno de sus dedos, como símbolo del matrimonio. En fin… interpretaciones se pueda haber muchas. También podemos hacerla entroncar con el tema clásico del nacimiento de Venus, Venus surgida del mar, o Venus Anadiomena. Te enseñaré alguna foto de pinturas… –Sara sacó su móvil y me invitó a ver algunos cuadros–. Mira esta obra de Tiziano, o ésta de Botticelli.
        –La de Botticelli pude verla en los Uffizi, ¿puede ser?
        –Sí. Y mira estos dos, más o menos contemporáneos al de Baudry. A mí me encantan. Los dos son sobre el mismo tema del Nacimiento de Venus; este, de Alexandre Cabanel, del mismo año, y este de Bouguereau, un poco más tardío, de 1879.
        –Tienes razón, dos magníficas pinturas. Y… ¡vaya cuerpazos!
        –No seas guarro que enseguida se te cae la baba. Céntrate en el cuadro de nuevo que te me dispersas… –Sara me miró con reproche, pero divertida.
        –A sus órdenes, encantadora guía –obedecí con cierta sorna.
        –A lo que iba. Destaca el análisis anatómico de la mujer, cuyo cuerpo se extiende sobre la arena, con suavidad, exponiendo al espectador la armonía de sus curvas, la del brazo-axila-seno, la de la cintura y las nalgas, la de las rodillas y la de los tobillos. En contraste, tenemos la postura, forzada pero magistral, de sus brazos y manos, y, sobre todo la de la cabeza. El rostro aparece girado y bien dibujado, destacando el perfecto modelado de las cejas y de una nariz perfecta. La mirada, de reojo, pero directa y clara, muy insinuante, se vuelve al espectador sin pudor, y remata la imagen con esa boca sugerente, entreabierta, que termina de realzar la sensualidad del cuerpo desnudo con esa expresión facial que se calificó de picante en el momento de la presentación de la obra. Es como si a la mujer no le importara que la estuviéramos mirando en el momento previo a que el mar la posea.
        –Ahora que lo dices, la verdad es que el cuadro invita a algo más que la contemplación –dije con sinceridad.
        –Para mí, tiene un fuerte contenido sexual. De hecho, ya te digo que tuvo muchas críticas por ello. Pero es de una belleza indiscutible. Fíjate que bien pinta el pelo de la mujer y como lo deja suelto sobre la arena, difuminándolo. Además del espectacular desnudo, observa las algas que aparecen pintadas en primer plano con esa pincelada mucho más descuidada, menos precisa, mientras que detalla mucho más las conchas y caracolas que aparecen a ambos lados de la modelo, o el mar a base de diversos matices de azules y verdes salpicado de manchas de espuma blanca. Observa como rompe la ola en el lado derecho en esos luminosos cachones sobre las rocas y las caracolas, a los pies de la mujer.
        –El cuadro es una maravilla.
        –Y una última cosa. El marco va muy acorde con la pintura con esas veneras que simbolizan de nuevo el estuche que va a contener la perla.
        Lo cierto es que la obra era de una belleza indiscutible, y la explicación de Sara, como siempre, había sido densa y me había dado unos puntos de vista diferentes a lo que destacaba a simple vista; el indudable atractivo de aquel cuerpo femenino nacarado sobre la arena.
–El amigo Baudry tuvo que disfrutar pintándolo. Sobre todo, si la moza…hizo algo más que dejarse retratar.
        –Creo que deberías hacer más caso a las explicaciones de “tu modelo”, no sea que esta noche decida no posar para ti –finalizó Sara insinuante.
–Un gran cuadro y una estupenda interpretación del mismo, sí señorita –aseguré asintiendo teatralmente esperando que no cumpliera su amenaza, mientras ella reía y, a buen seguro, ya pensaba en una nueva obra que presentarme.

lunes, 6 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. AMALIA DE LLANO Y DOTRES, CONDESA DE VILCHES, DE FEDERICO DE MADRAZO.


       Visitar el museo del Prado con Sara es algo nuevo, mucho más interesante, desde luego; su compañía me agrada hasta la enfermedad, y su saber y su manera de explicar las obras de arte con esa naturalidad, esa pasión, y esa cercanía con la que lo hace, me dejan absolutamente tolondro. Con una mirada y dos frases me desmonta como a un reloj…
        –¿Café? –Ella me sacó de mis pensamientos.
        –Vale.
        –Vamos a la tienda. Hacen una café, de esos de cápsula, aceptable.
        ­Mientras ella pedía y me invitaba, yo esperaba dando un paseo ojeando libros, viendo láminas y regalos, observando cómo iban cambiando las cosas en este tipo de instituciones; la promoción comercial con las imágenes más icónicas de las colecciones era cada vez mayor.
        Sara llamó mi atención levantando la mano desde dónde estaba el camarero. Había conseguido una mesita de pie donde poder tomar el café con más tranquilidad.
        –Como te dije, te voy a llevar a mi aire –me dijo al reunirnos.
        –Tú mandas.
        –Para hacer una visita más académica, el día que quieras, coges una audioguía, o te sumas a una visita guiada.
        –Eso siempre estoy a tiempo de hacerlo. Creo que lo que me planteas es diferente, y con lo que te gusta mandar… –Le sonreí mientras ella sorbía el café servido en pequeños vasitos desechables, lo posaba con calculada y esmerada elegancia y parsimonia, y me sacudía un nuevo puñetazo en el hombro, sin poner, por supuesto, el mismo cuidado que con el café.
        –Acabo en el hospital, seguro –comenté palpándome la zona afectada. Ella me sonrió–. Y además debo de estarte agradecido       –ironicé apartándome un poco, por si ella volvía a las andadas.
        –No sé para qué me esfuerzo. Eres un tonto del haba.
        –El otro día me dijeron de donde viene eso del tonto del haba.
        –Seguro que crearon el término para ti.
        –Pues no, resulta que dicen que, en el roscón de Reyes, al que le tocaba el haba pagaba, por eso lo de tonto del haba. Algo muy navideño.
        –Pues te viene que ni pintado. –Ella me sonrió mientras dejaba el vaso del café tras darle el último sorbo. Yo no perdía detalle de sus movimientos, debía de tener una cara de alelado monumental. Ella cruzaba una pierna sobre la otra en el taburete alto y acababa de pasarse el pelo delicadamente por detrás de la oreja derecha, echando la cabeza ligeramente hacia atrás, con aquel gesto involuntario que, simplemente, me volvía loco.
        –Vamos –le apremié de repente.
        –Caray. Ya has descansado.
        –No. Es que hay cosas que haces, que no…
        –Ya, ¿quieres que me vuelva a pasar el pelo por detrás de la oreja? –me insinuó con aquella coquetería que difícilmente soportaba.
        –No, por Dios. Tormentos los justos. Vamos… –concluí tomándole de la mano mientras ella reía.
        –Tú dirás.
        –Déjame pensar… Vamos para abajo. Te voy a enseñar un retrato –Sara me llevó hasta las escaleras más cercanas y enseguida nos asomamos a la sala 062b, en el piso inferior–. Me está gustando esto de llevarte donde me apetece en cada momento –afirmó.
        –La verdad es que aquí tienes donde elegir.
        –Ya, pero mira… nunca había visitado el museo así.
        –Ni con un tipo tan atractivo, imagino.
        –Eso sí, muchas veces –me sacó la lengua y me guiñó el ojo disfrutando de mi pueril reacción celosa, al ponerme algo colorado–. Lo que sí es cierto es que no había venido con alguien tan mayor –ahora ella me agarró de la mano cariñosamente y se detuvo, parece que con nuestras tonterías habíamos llegado al lugar que ella quería.
        –¡Magnífico! ¡Condesa de Vilches, mis respetos! –exclamé con sinceridad y gracia, mientras me inclinaba ostentosamente ante el cuadro. Era un lienzo que ya conocía, pero verlo allí colgado, era algo muy diferente–. Madrazo, ¿verdad? –añadí aludiendo al autor.
        –Voy a presumir un poco –Sara engoló su voz con salero–. Se trata de Amalia de Llano y Dotres, la condesa de Vilches, obra de Federico de Madrazo y Kuntz. Es que Madrazos hubo muchos –aclaró.
        –Ya, toda una saga.
        –Exacto.
        –Pues cuéntame algo sobre la pintura, a mí me parece soberbia, aunque eso te parecerá simple.
        –Es uno de los mejores retratos del museo, para mí, quizá el mejor de la colección de pintura del s. XIX. Desde luego el mejor de Federico de Madrazo, y estamos hablando de alguien que hizo más de seiscientos. El autor pertenece al movimiento romántico del s. XIX y fue discípulo del francés Ingres. La originalidad, o la diferencia de esta pintura reside el modo en el que captó a la modelo. España se regía por una etiqueta muy estricta, los retratos eran sobrios, solemnes, distantes, con escasa comunicación con el espectador. En este, el pintor se sale del canon, y nos acerca a un retrato… digamos… más informal, más de estilo francés.
        –Explícate. Parece interesante eso que me cuentas.
        –Partimos de que la condesa era amiga personal del pintor, participaba en tertulias, escribía, incluso cantaba en algunas de las reuniones que se hacían en casa de Madrazo; hombre influyente en aquel tiempo, pintor de cámara del Rey y director de este museo. Esa relación personal…
        –No me digas que había…coyunda.
        –No seas guarro. No había –Sara me miró divertida, aparentando reproche–. Pero había una amistad y una complicidad, que se percibe en el cuadro. Madrazo pintó a la condesa sentada en un sillón, y todo en el retrato parece sugerirnos sensualidad, cercanía con el espectador, la modelo parece insinuarse en todos los aspectos; su posición curvilínea y sacada del centro de la composición, la desnudez de sus hombros, acentuada sutilmente por la sombra que la cabeza y brazo proyectan sobre su amplio escote y sus hombros desnudos, la levedad, yo diría provocadora, con la que coloca su mano bajo el mentón, la suavidad con la que sostiene ese abanico de plumas, la perfección arrebatadora y sensual de su piel nacarada….
        –La verdad es que es de una belleza indiscutible, tanto la modelo como el cuadro. Aunque el peinado…
        –Bueno, era otra época –Sara me sonrió–. Fíjate en lo bien que está pintado el pelo, el detallismo y la finura de los brillos. Más cosas… –Sara hizo una pausa–. Observa como trata las diferentes texturas, el raso del vestido, el chal que cuelga sobre la butaca, el terciopelo del sillón…parece que vamos a tocarlos, y que van a ser reales.
        –Puestos a tocar, yo tocaría la piel de la condesa que parece de una tersura sinigual.
        –Pues… delante de mí ni lo pienses –Sara rio–. El tratamiento de la piel es de una idealización absoluta. No creo que encuentres una piel tan perfecta, sin manchas ni defectos.
        –Bueno…Sé de una que se le acerca bastante –afirmé cogiendo a Sara de la cintura.
        –Eres un viejo verde y zalamero, pero me gustas…
        –Lo sé –añadí divertido–. Cuéntame más cosas sobre el cuadro –le pedí sin aflojar mi presión sobre su cadera, manteniéndola junto a mí.
        –Veamos… Fíjate en el genial detallismo del conjunto, en la veracidad de las joyas, el realismo de las telas del sillón, del chal y del vestido de la condesa, en como la luz pasa a través de las plumas del abanico. Madrazo pintó un rostro arrebatador y fascinante, con un trazo preciso en las cejas y pestañas, unos labios pequeños y una nariz delicada, realzados por el control del cromatismo sobre las carnaciones, que va del blanco nacarado al rosa suave. Y de los ojos…pues… qué decir de esa mirada intensa, de esos brillos en las pupilas y de esas marcadas ojeras, que quizá hagan el rostro de la condesa aún más sugerente, aún más…comunicativo.
        –A mí me da la impresión de que, en el fondo, además de la indiscutible picardía y sensualidad de la mirada, las ojeras le proporcionan una leve tristeza, quizá cansancio. Probablemente esto le haga más atractivo –concluí pensando en la irresistible y melancólica mirada de Sara.
        –Y, para terminar, fíjate como todo en la composición es curvo, lo cual parece dotar al cuadro de cierto movimiento, de cierta interacción entre la condesa y el espectador; la posición de los hombros de la retratada, su cintura, el brazo derecho bajo el mentón, la mano girada con el abanico posada con gracia sobre el vestido, la butaca que parece envolverla… incluso, quizá Madrazo pintara por eso esas esquinas en redondo enmarcando toda la obra.
        –La verdad es que ves tantas cosas en los cuadros que me fascina escucharte.
        –No exageres. Los cuadros, hay que mirarlos, sólo eso.
        –Ya, pero depende con que ojos los mires. Y los tuyos… –le dije haciéndole un arrumaco y acariciándole la mejilla, llevándole esta vez yo el pelo tras la oreja derecha–. Más vale que sigas con la visita, porque tus ojos me van a matar.
        –No será para tanto –me guiñó con exagerada coquetería.
        –Sabré yo por la tortura que estoy pasando… –teatralicé mis palabras con un gesto de resignación. Ambos reímos, nos separamos unos centímetros, y continuamos nuestro paseo, eso sí, cabalmente, de la mano.

domingo, 5 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. ANIBAL VENCEDOR CONTEMPLA POR PRIMERA VEZ ITALIA DESDE LOS ALPES DE FRANCISCO DE GOYA



    Llevo unos días dándole vueltas. Echo de menos a Sara; también alguno de vosotros me pregunta qué ha sido de ella. Para todos aquellos que no sepáis quien es, Sara es una de mis creaciones, una de las protagonistas de mi novela, “Tiempos de sombras”, es un encanto de mujer, una inteligente y hermosa morena de melena corta, de mirada triste y penetrante, Catedrática de Historia Medieval, con quien viajé virtualmente a Roma, y dejé inconclusa una serie de relatos. Y he pensado que quién mejor que ella para enseñarme, y enseñarnos, el Museo del Prado, ella que “sabe de esto mucho”. Yo estoy encantado, ella me hace feliz y me divierte… aunque sea en la ficción…

        Me había quedado absorto ante un cuadro al entrar en la sala 35…Sara se me acercó por detrás, y me cogió por la cintura.
        –Ha hecho pipí el nene –comentó jocosa.
        –Menos cachondeo. Ya no me aguantaba.
       –¿Qué dice mi vencedor? –me susurró al oído mientras seguía aferrada a mí, haciendo referencia, sin duda, al cuadro que admiraba.
        –Pues mira, me ha sorprendido. No me parecía un Goya.
        –Es el “Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes”. Tiene una curiosa historia. ¿Te la cuento?
        –Ilumíname, luz de mi vida –comenté pomposo, mientras ella me cogía de la mano y, como ya era una costumbre, correspondía a mis chanzas con un puñetazo cariñoso en el hombro.
        –Veras, boberas –comenzó su explicación resignada–. Empecemos porque el cuadro está en depósito en el Prado, no es propiedad del museo. ¿Has visitado Cudillero, en Asturias?
        –Sí, conozco Cudillero. Pero ya me dirás que tiene que ver con el cuadro.
        –¿Y la Quinta Selgas-Fagalde, a las afueras del pueblo?
        –Eso ya no.
        –Pues es como que no has ido a Cudillero del todo. La fundación Selgas-Fagalde se dedica a conservar el legado de la familia indiana que da nombre a la Quinta. Es un lugar maravilloso, con extensos jardines, con fuentes y cuidados parterres, con árboles y plantas exóticas, y una villa espectacular, donde la familia reunió una extraordinaria colección de arte.
        –Supongo que algún día me llevaras –simulé acatamiento.
        –Ni que fuera a llevarte al matadero –contestó algo desilusionada.
        –Era broma. Seguro que es un lugar interesantísimo.
        –Pues mira, solo por pasear por sus jardines ya merece la pena, aunque el conjunto, con el Palacio, el Pabellón de tapices, el Museo escolar o la Iglesia, y las obras de arte, supera todas las expectativas, te lo aseguro. Pues como te decía, la fundación cuida del legado de la familia, y hace unos años llegó a un acuerdo con el Museo del Prado en el que éste le restauraría cinco de sus obras, y organizaría, con fondos del museo, dos exposiciones allí. Este cuadro es uno de los que entró en el acuerdo. Y la sorpresa fue que un investigador del Museo del Prado, Jesús Urrea, destapó su verdadera autoría. La familia Selgas lo compró en el siglo XIX como pintura italiana, y resulta que, en 1993, este experto, anunció que se trataba, sin ningún tipo de duda, de un Goya de la primera etapa, concretamente de 1771.
        –Vaya. Pues sí que tiene miga el asunto.
        –Pues espera. Ahora sabemos que Goya estuvo en Italia dos años. En Génova, coincidió con Anton Rafael Mengs y su séquito, con el que viajaría por los estados italianos. Probablemente animado por éste, Goya decidió participar en un concurso organizado por la Academia de Bellas Artes de Parma; Mengs sentía algo especial por Parma, porque allí se había formado su ídolo Correggio, y a Goya le atraía la conexión dinástica de sus gobernantes con Madrid.
        –Imagino que, si allí se hacía con un nombre dentro de la pintura, podría venir a España con “referencias” –la interrumpí momentáneamente.
        –Correcto. Y presentó este lienzo.
        –Y ganó…
        –No, no lo hizo. Pero su obra causó gran impresión y se llevó una mención especial que acabaría teniendo eco en una publicación especializada; en la revista literaria parisina Le Mercure de France. Para un joven de 25 años aquello debió de ser importante.
        –A mí me gusta el cuadro. Un poco simple mi argumento, ¿no?
        –Por algo se empieza. Pues bien, la Academia de Bellas Artes de Parma proponía una serie de consignas a la hora de elaborar la pintura. Debía salir el héroe llevado de la mano por la Victoria, y debía tener un formato y unas dimensiones determinadas.
        –Las bases del concurso. Vamos…que no era un tema libre.
        –No. Pero Goya fue mucho más allá porque, además de hacer un gran estudio compositivo y lumínico, hizo alusiones alegóricas en su contenido, lo idealizó utilizando colores poco reales, y le dio un giro psicológico a la escena.
        –Veamos entonces –le animé.
        –Lo primero que resalta es la extraordinaria importancia del dominio de la luz por parte del autor, con la utilización de esos colores poco naturales, azules y rosados. En primer plano, fíjate que deja en semipenumbra a la alegoría del rio Po, que aparece representado como un hombre fuerte situado de espaldas con cabeza de toro, y con un cántaro del que mana agua. En el centro, Goya situó al héroe cartaginés que no está siendo guiado por el genio alado, sino que parece que este confirma sus actos mostrándole la llanura italiana. Aníbal, ataviado como romano, tiene una expresión de duda, parece superado por los acontecimientos, por esa hazaña que está protagonizando, pero que tiene un incierto futuro. Al lado aparece uno de sus hombres, abanderado a caballo, que parece esperar sus órdenes.
        –La verdad es que el ejército que le acompaña parece de todo menos victorioso –comenté.
        –Bien visto. Goya pinta un ejército cansado, abatido, que pasa por detrás de la escena principal y desciende por la colina. Quizá sea la visión lógica de unas tropas que siguen a su líder pero que, tras cruzar los Pirineos y los Alpes en invierno, no se encuentran en su mejor estado. Y otra de las alegorías del cuadro está en la parte de arriba donde la Victoria aparece en ademán de imponerle la corona de Laurel.
        –¿Sabes que me ha gustado tu explicación?
        –Pues...gracias. –contestó ella con sinceridad apoyando su cabeza en mi hombro, quedándose unos instantes en silencio mientras ambos disfrutábamos del lienzo.
        –¿Seguimos? –pregunté al cabo de un par de minutos.
        –Vamos. –Sara tiró de mi hacia la sala siguiente, donde en aquel momento no había nadie. Entonces se giró, y me besó levemente en los labios, con mucha ternura.
        –¿Y esto? Querida doncella te pueden echar por escándalo público, y a mi detenerme por asaltacunas.
        –Igual pensabas que se me había olvidado. ¡Felicidades abuelete! –exclamó antes de volver a besarme.
        –No todas pueden presumir de pasear con un anciano que cumple 53 años, por el Museo del Prado. Deberías sentirte una privilegiada –afirmé mientras le guiñaba tras la sorpresa.
        Entonces, ella me sonrió con dulzura y, de la mano, me invitó a seguir disfrutando del museo. Yo…encantado.

sábado, 4 de abril de 2020

EL TRIUNFO DE SAN HERMENEGILDO DE FRANCISCO DE HERRERA EL MOZO.


        En estos paseos mañaneros que estoy compartiendo con vosotros he llegado a la sala 018A del Museo del Prado donde destaca, en el fondo, un extraordinario óleo sobre lienzo; “El triunfo de San Hermenegildo” de Francisco de Herrera el Mozo.
        Herrera el Mozo (Sevilla,1627 – Madrid,1685) fue un pintor y arquitecto sevillano, hijo del también artista Francisco de Herrera el Viejo, que estuvo varios años en Italia perfeccionando su maestría, y que trabajó, a su regreso, principalmente en Madrid, aunque también llegó a dirigir las obras de la Basílica del Pilar en Zaragoza. Si hacemos caso a lo que escribió de él Antonio Palomino (nuestro gran tratadista de pintura del s. XVII-XVIII), el artista no tenía nada de modesto, “era altivo y vanidoso, y de ingenio mordaz, satírico, incluso diabólico”.  
        Respecto al lienzo que me ocupa, Palomino comentó que el autor “se dejó decir que aquel cuadro se debía de poner con clarines y timbales”. Lo cierto es que, a la obra, pintada en 1654, se le atribuye el ser el mejor ejemplo de barroco madrileño, y cuando se colgó en el altar del Convento de San Hermenegildo de religiosos Carmelitas Descalzos en Madrid, actual iglesia de San José, en la céntrica calle de Alcalá, debió de resultar todo un acontecimiento por la admiración que desató (algo que debió exaltar el ego del autor y que, probablemente, ponga aún más en valor las palabras del tratadista). Lo cierto es que, con el tiempo, ha pasado a ser considerada una de las obras maestras de la pintura española del s. XVII, lo cual no es cuestión baladí.
        El lienzo es un cuadro de altar. Según lo vemos expuesto, es seguro que esté demasiado bajo, dado que sus enormes dimensiones no permiten muchos alardes, 326 X 228 cm. Creo que aún no os he comentado que la mayor parte de los cuadros son encargos para colocar en sitios escogidos. Los grandes pintores solían estudiar el lugar donde iban a ir ubicadas sus obras y, sobre ello, trabajaban. En este caso Herrera el Mozo debió concebir el cuadro para ser visto desde más abajo. De todos modos, su ubicación actual nos permite apreciar toda la monumentalidad, la riqueza compositiva, el magnífico tratado de la luz y de los claroscuros, y la gran variedad de matices del lienzo.
        Primero acariciaré el fondo histórico de la obra para poder comprenderla mejor. Hermenegildo era un príncipe y noble visigodo, hijo de Leovigildo y hermano de Recaredo. Hermenegildo fue educado en el arrianismo, pero se convirtió al catolicismo, probablemente porque en aquel momento le interesaba para declararse en rebeldía contra su padre. Tras años de enfrentamiento Hermenegildo fue derrotado y huyó de Extremadura a Andalucía. Tras ser arrestado en Sevilla, es trasladado a Valencia de donde consigue escapar de nuevo, para ser apresado finalmente en Tarragona. La leyenda nos cuenta que su negativa a tomar la comunión arriana le llevó al martirio; le cortaron la cabeza. Sería su hermano Recaredo quien, con el tiempo, ya siendo rey, instauraría definitivamente el catolicismo como la religión oficial del reino Visigodo.
        Ahora, vamos con el cuadro. En cuanto a la composición, la obra está dominado por el movimiento helicoidal de la figura del santo, que parece girar sobre si misma mientras asciende, mirando hacia el cielo, con el crucifijo en la mano y ataviado a la romana. La luz emerge, como gran protagonista, del extremo superior de la pintura en un rompimiento de gloria que se extiende por el cuadro, y sobre el que se difuminan decenas de angelitos en diferentes posturas y acabados, y con diferentes funciones; algunos son músicos que tocan sus instrumentos (a la derecha), otros llevan los símbolos del martirio, las cadenas, el hacha (debajo de los anteriores) o la corona de rosas (ángel que intenta imponérsela al santo), mientras otros cargan con los atributos de la realeza como son el cetro y la corona (en el claroscuro de la parte superior izquierda).
        En un soberbio contraluz, aparecen representados, a los pies del mártir, su padre Leovigildo vestido anacrónicamente con una armadura de placas propia del siglo XVII, con una mano sobre su rostro, y una expresión de sorpresa y quizá arrepentimiento por haber ordenado la muerte de su hijo, y el obispo arriano asustado y abrumado, con un cáliz en la mano, símbolo de la comunión que la leyenda dice que no quiso tomar el santo cuya festividad se celebra el 13 de abril.
        Grandioso y monumental el cuadro de Herrera el Mozo, de esas obras que no te dejan indiferente. Espero que disfrutéis de su contemplación, aunque sea en casa. Allí, en el museo, os aseguro que sobrecoge. Un saludo.

viernes, 3 de abril de 2020

LA REINA DOÑA JUANA LA LOCA, RECLUIDA EN TORDESILLAS CON SU HIJA, LA INFANTA DOÑA CATALINA DE FRANCISCO PRADILLA


     Para mí no hay cosa más edificante que pasearme por el Museo del Prado. Mi lejanía de Madrid me impide hacerlo con la asiduidad que desearía, pero para algo está internet; la pinacoteca tiene una web interesantísima, y un canal de Youtube donde hay decenas de videos con obras comentadas y conferencias (raro es el día que no lo visito, y encuentro algo que me atrae)
        Estos días me estoy levantando con ganas de escribir sobre arte. Al primero que le sirve es a mí, porque siempre aprendo cosas leyendo y escuchando a los grandes especialistas, pero, a lo mejor, a esos niños que tenéis muchos en casa y que están en edad de aprender, o a los no tan niños, les acaba llamando la atención algo de lo que escribo.
        Hoy me levanté pensando en la pintura de historia, un género de mucho éxito, entre otras cosas por los concursos que se organizaban y las becas que se daban en el s. XIX y principios del XX. Entre los grandes cultivadores de este género estaba Francisco Pradilla y Ortiz, gran erudito y extraordinario pintor (llegó a ser director del Museo del Prado) que es el autor del cuadro al que me voy a acercar hoy, de título tan largo, “La reina doña Juana la loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina”, un óleo sobre lienzo fechado en 1906.
        Pradilla siempre sintió una especie de obsesión por la figura de Juana la Loca, personaje que reúne todos los elementos románticos de moda en aquel momento, amor, honor, devoción, pasión, locura… su cuadro más famoso, y que quizá os suene, es “Doña Juana la Loca”. En él, la reina aparece ataviada de luto junto al ataúd de su marido, acompañada por un numeroso séquito que descansa en aquel famoso y demente deambular por las llanuras castellanas; un lienzo de 5 metros de largo y 3, 40 de ancho, dimensiones que se exigían para participar en exposiciones y concursos de la época; obra que fue premiada en la exposición nacional de 1878.
        Sobre el cuadro que me ocupa, Pradilla, como siempre, se documentó abundantemente; por detrás de la obra incluso hace una referencia a las fuentes históricas en las que se basó para pintarlo, los estudios del Académico de la Historia Antonio Rodríguez Villá. El cuadro es una pintura de gabinete dirigida a un mercado concreto que solía ser la burguesía o aristocracia adinerada del momento, y sus dimensiones son de 85cm x 14,6cm, muy lejos de la monumentalidad de su gran obra maestra. Y no lo busquéis si vais al Prado que eso ya lo hice yo en mi última visita. No está expuesto. Ha participado en alguna exposición, pero es que el museo no puede mostrar todo lo que atesora en sus inmensos fondos.
        Vamos con la obra.  Pradilla nos presenta a la reina Juana sentada junto a una ventana por la que entra la luz del solar castellano con la mirada perdida, aunque dirigida al espectador, ignorando los requerimientos de su hija, la infanta Catalina, que reclama, sin lograrlo, su atención. En el centro del cuadro aparecen dos damas de la reina, una ricamente vestida, y otra mujer que hila lana frente a una rudimentaria devanadora con atuendo más modesto. Detrás de ellas, Pradilla pintó esa chimenea en la que arde un fuego que tenuemente ilumina la estancia y que sutilmente alumbra la figura de un gato blanco en un cesto a la izquierda. Si nos animamos a pasear la vista por el cuadro veremos multitud de detalles: la decoración de la ventana junto a la reina que acaba de dejar la lectura de un libro, y el detallismo de la diversidad de objetos que adornan paredes y alféizar, llaves, jarrones, una jaula con un pajarito, un bote con plumas, un calvario; la ornamentación mudéjar alrededor de la puerta del fondo, que da paso a una estancia iluminada por una pequeña vidriera, que deja en semi-penumbra el ataúd de Felipe el hermoso, del que no se separaba doña Juana; la reproducción del típico suelo castellano de losetas primorosamente dibujadas y las cerámicas de los zócalos; la minuciosidad con que pinta las alfombras, y el virtuosismo con el que nos muestra la gran cantidad de juguetes que salpican el suelo abandonados por la desconsolada niña. A la derecha, incluso hay un oratorio tras una verja con pinturas románicas, y la figura de un Pantocrátor.
        Especial atención quiero poner en la bellísima chimenea estilo gótico flamígero con el escudo real rematada por ese magnífico arco conopial que enmarca un gran alcabor. Pradilla la tomó de un grabado de un estudio que había hecho un pintor sevillano, Valeriano Domínguez Bécquer, hacia 1866, sobre una chimenea propiedad del Duque de Frías en una casa que poseía en la localidad de Ocaña. Pradilla consideró que esa chimenea podría ambientar perfectamente la estancia del Palacio de Tordesillas donde la reina Juana estuvo recluida.
        Para terminar, quería comentaros que la pintura me comunica un par de cosas, lo primero la profunda sensación de soledad que da la reina Juana enajenada junto a la ventana, a pesar de mirarnos fijamente, fríamente acompañada por sus dos damas, y la lastimera vida de una niña condenada a vivir con su madre, que ha abandonado sus muchos juguetes para reclamar un poco de atención y cariño, algo que no consigue.

        Os dejo con este magnífico cuadro de Francisco Pradilla.

  

miércoles, 1 de abril de 2020

LA SAGRADA FAMILIA DEL PAJARITO DE BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.



         Hay cuadros que desde la primera vez que los contemplas consiguen sacarte una sonrisa. Son pinturas que en cualquiera provocan ternura, son obras con las que empatizamos sin siquiera habernos asomado a su significado, al sentido de su contenido, no ya a sus cualidades y calidades técnicas o compositivas; sólo nos hace falta observar los rostros y los gestos de los protagonistas para conmovernos con la dulzura de los modelos, con la gracia de sus ademanes. Este es el caso de “La Sagrada familia del Pajarito” de Bartolomé Esteban Murillo.
        El gran éxito de Murillo fue acercar la devoción a lo cotidiano, o viceversa, como queramos, probablemente en esto fuera fundamental el carácter del autor; tuvo fama de ser un hombre fundamentalmente “bueno”, yo creo que con eso está todo dicho. Esta escena religiosa de la Sagrada Familia podría asociarse perfectamente a un momento íntimo y habitual en la casa de una familia sevillana humilde de mediados del siglo XVII; una de las muchas situaciones cotidianas a las que Murillo se asomó de manera magistral.
 A ninguno se nos debe escapar que se trata, en el fondo, de una escena devocional en la que San José cuida de su hijo quien, con un pajarito en la mano, juega a mostrárselo, a chinchar al perrillo que tiene a sus pies. Al lado, la Virgen María observa la escena con un rostro amable, comprensivo y tierno, mientras realiza una labor cotidiana como es la de devanar lana.
Llama la atención la importancia que toma San José en la composición. Desde el s. XVI, idea principalmente impulsada por los carmelitas, se trató de reivindicar la labor y la importancia de la figura de San José, que deja de ser iconográficamente un anciano de barba blanca que aparece apartado del hecho principal representando, más como un accesorio que otra cosa, para tomar protagonismo dentro de un nuevo modelo de escena familiar, como es el caso,  en el que aparece retratado como un hombre maduro con barba, cercano al niño, protector y cariñoso, que deja tras de sí los instrumentos de su trabajo como carpintero para atenderle, y a quien, quizá, haya regalado ese pajarito.
En cuanto a la composición, la escena principal se desarrolla sobre una diagonal que podemos trazar desde el perro, pasando por el niño (principal zona iluminada del cuadro y centro de la narración, con su rostro y vestimentas de albura refulgente) y que culmina en la figura de San José, y que divide en dos el cuadro dejando a la Virgen con el ovillo entre las manos fuera de la escena principal junto con el cesto de la ropa y la devanadora. El niño está pintado de manera magistral con delicadeza en los rasgos, sutileza en los detalles como los de sus cabellos rubios, e incluso veracidad y realismo en su gestualidad, al representarlo alzando la mano con el pajarillo contrariando al perrito que, al pie de la escena, parece no tener ojos para otra cosa.
        El mayor especialista en Murillo probablemente sea el recientemente jubilado profesor vallisoletano Enrique Valdivieso. En una de sus charlas me inspiré para elaborar mi relato “El niño de Murillo” que quedó finalista en el III premio de relatos Ciudad de Sevilla en 2018. El profesor Valdivieso siempre hace hincapié en la delicadeza con la que Murillo nos acerca la vida cotidiana a la religión; en este caso nos abre las puertas de una humilde casa sevillana donde se está produciendo una escena familiar y entrañable, la misma que podría haberse dado en Nazaret.
        Tras el último paso del cuadro por el magnífico servicio de restauración del Museo del Prado de la mano de María Álvarez- Garcillán, la obra ha recuperado su luminosidad, el sentido de los espacios y gran parte de su vistosidad. No debemos olvidar que el cuadro sufrió daños importantes, principalmente tras el expolio por parte de las tropas napoleónicas.
        Disfrutemos de él. Saludos.

martes, 31 de marzo de 2020

EL PASO DE LA LAGUNA ESTIGIA DE JOACHIM PATINIR.



        A muchos ni les sonará el nombre de Joachim Patinir, el autor de esta maravillosa obra que cuelga de la sala nro 055A del Museo del Prado; “El paso de la laguna Estigia” (1520-1524). El visitante no avezado suele pasar de largo por este espacio para adentrarse en la llamativa, con todos los merecimientos, sala del Bosco.
        El caso es que yo siento cierta debilidad por Patinir, también por el Bosco, pero es que éste último es mucho más famoso. Patinir es el primer gran paisajista de la historia de la pintura, y las obras que están en esa sala, además de la que me ocupa, lo demuestran bien a las claras, “las tentaciones de San Antonio Abad” (esta la pintó en colaboración con Quentin Massys que hizo las figuras del primer plano mientras el maestro desarrolló el inconfundible paisaje), “Descanso en la huida a Egipto” o “Paisaje con San Jerónimo”. Y por dar algún detalle más de esta extraordinaria sala quiero destacaros las grandes obras de Peter Brueghel el viejo, “El triunfo de la muerte”, maravillosa obra, y “El vino de la fiesta de San Martín”, gran cuadro, pero con un estado de conservación inferior al anterior.
        En definitiva, se trata de una sala monumental, pero que está justo antes de la gran sala Bosquiana, lo cual puede resultarnos beneficioso, porque suele estar vacía y permite su disfrute con amplitud, serenidad y detallismo, y nos concede la posibilidad de la travesura de buscar, con paciencia, en dos de los cuadros de Patinir, las figuras por las que se le conoce al autor como “the kaker” el “defecador” (según Karel Van Mander el gran historiador del arte del s. XVI); pequeños protagonistas que aparecen en posición “comprometida” en alusión al pecado. No me resisto a deciros que uno está en el cuadro que nos ocupa hoy (a la izquierda del cancerbero tras una roca en cuclillas) y otro en “el Descanso de la huida a Egipto” (frente a una casa al fondo, igualmente acuclillado).
        Dejemos la monumentalidad de las obras de la sala y centrémonos en “el paso de la laguna Estigia”. Patinir nos representa en primer plano a Caronte en la barca que está llevando a un alma en la versión clásica del tránsito tras la muerte al momento de su elección. Patinir pinta unos paisajes espectaculares a ambos lados de la laguna dividiendo la tabla en ese plano vertical en tres, mientras plantea una línea de horizonte muy alta, muy propia de él, que equilibra de alguna manera la composición del cuadro. A la derecha representa el infierno con su oscura boca bajo la muralla que custodia el cancerbero o perro de las tres cabezas. Por encima apreciamos unas edificaciones en llamas, muy bosquianas, que dejarán su poso en Peter Brueghel, el viejo, o eso me parece a mí, en “El triunfo de la muerte”. Fijémonos que el camino hacia el infierno es atractivo y engañoso, de muy fácil acceso, con pájaros y frondosos y detallistas árboles frutales en la entrada, a pesar de esconder alusiones al pecado o al demonio, con esa figurita con cabeza de mono que mira al espectador abajo a la derecha, y que parece querer ocultarse a la vista del alma y del barquero.
        Al lado contrario se sitúa el paraíso de influencia más cristiana con animales de varios tipos, con ángeles acompañando a otras almas que ya se han salvado, con una construcción también muy bosquiana al fondo. La entrada al paraíso es angosta y está oculta tras unas yermas y abruptas rocas haciendo alusión a la dificultad que supone la salvación.
        En definitiva, en el cuadro la suerte está echada para el alma que ya ha elegido dada la inclinación de la barca a virar hacia el infierno, y que la vista del fallecido y de Caronte se dirigen hacia allí, aceptando el camino atrayente y mendaz al que invita esa amplia y fascinante entrada al tártaro. 
           Espero que lo disfrutéis como yo. Saludos.