lunes, 5 de abril de 2021

LA PLATA DE BRITANIA, DE LINDSEY DAVIS.

“La plata de Britania”, de Lindsey Davis, es la primera de una larga saga de veinte novelas ambientadas en la Roma del s. I. y protagonizada por el detective Marco Didio Falco. Es una buena y entretenida narración histórico-policíaca que presenta un razonable equilibrio entre misterio e investigación y verosimilitud histórica. El texto se sitúa en el convulso año que sucedió a la extinción de la dinastía Julio-Claudia con la muerte de Nerón en el año 68 d.c. en el que hubo hasta cuatro emperadores, Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano (este último fue quien finalmente se hizo con el poder dando paso a una nueva dinastía, la Flavia).
   Los personajes están bien definidos, sobre todo el principal protagonista, Marco Didio Falco, un detective que vive en un modesto apartamento en el popular barrio de Subura, un hombre inteligente, descarado, mordaz y cargado de deudas que malvive alquilando sus habilidades como investigador.
En cuanto a la trama, Marco se verá envuelto en una conspiración contra Vespasiano al tratar de proteger a una bella joven, Sosia Camilina que, conocedora del lugar donde se oculta una remesa de lingotes de plata imperial robados, es perseguida por dos sicarios. Marco no podrá evitar su muerte y será contratado por el tío de la joven, el senador Décimo Camilio Vero, para esclarecer los hechos, y por el propio Emperador Vespasiano, un hombre que se nos define como afable a la par que austero y tacaño, deseoso de descubrir lo que sucede con la plata.
Las investigaciones llevarán al protagonista a una mina imperial de Plata en la húmeda, fría e inhóspita Britania donde deberá infiltrarse como esclavo para tratar de descubrir quién y cómo está desviando parte de la producción, y la relación que esto tiene con la conspiración contra Vespasiano y la posible implicación de su hijo Domiciano. Allí, Marco conocerá a la arisca Helena Justina, altiva hija del senador Décimo Camilo Vero que le tratará con el desdén propio de su diferencia social, provocando entre ellos una antipatía y un rechazo que resulta muy entretenida para el lector.
Helena y Marco regresarán juntos a Roma, viaje que comenzará a cambiar la percepción que tienen el uno del otro. Una vez en la capital imperial, con las pruebas recabadas en Britania, el joven detective intentará desenmascarar la confabulación y encontrar al autor del asesinato de la bella Sosia Camilina, a la vez que descubrirá que la aversión que sentía por Helena Justina se ha ido convertido en un sentimiento muy diferente.
Si os animáis, creo que encontraréis muy entretenidas las pesquisas del peculiar detective imperial Marco Didio Falco. Feliz lunes de Pascua.

sábado, 3 de abril de 2021

PECADO, DE BENJAMIN BLACK

 

        “Pecado”, de Benjamin Black es, a mi juicio, una buena novela negra, que recibió en 2017 el XI premio RBA de novela policíaca.
        La narración está ambientada en Irlanda, en los años 50, en el condado de Wexford, y el hilo argumental gira en torno a la casa solariega de Ballyglass House, propiedad de una reputada familia aristocrática venida a menos, los Osborne, donde, en su biblioteca, aparece el cadáver del sacerdote católico Tom Lowless brutalmente asesinado (ha sido apuñalado en el cuello y luego castrado)
        Para investigar el caso es enviado desde Dublín el inspector Strafford, un policía que no lo parece, desgarbado, abstemio y protestante, en un país de abrumadora mayoría católica. Durante sus pesquisas recibirá el apoyo de su jefe, Hackett, y de su ayudante Jenkins, y también las fuertes presiones de la poderosa iglesia católica, especialmente las del temible e influyente arzobispo de Dublín, que trata de que el caso no salpique el prestigio y buen nombre de la institución.
        Desde un primer momento los personajes van surgiendo perfectamente definidos. En Ballyglass House, el coronel Osborne, militar retirado, es el patriarca, y se ha casado en segundas nupcias con una mujer mucho más joven, lánguida y enfermiza, Sylvia. Los hijos del primer matrimonio Osborne son Dominic, un estudiante de medicina sin vocación, y su rebelde y manipuladora hermana Lettie. Además, aparecerán en la trama otros personajes como Fonsey joven rudo, misterioso y solitario que vive en una caravana y que se encarga de los caballos del coronel, la sirvienta de la casa, la Sra. Duffy, o el doctor Hafner, al que apodan “el Boche”, que visita, con sospechosa asiduidad, a la que parece su “paciente predilecta”, la enfermiza Sra. Osborne.
        En la Gavilla de Cebada, la pensión donde se aloja Strafford, conoceremos personajes como Matty Moran, viejo y cotilla, Reck, el carnicero que junto a su esposa regenta el establecimiento, Freddie Harbison el hermano derrochador, bebedor y mujeriego de la débil señora Osborne, y a la voluptuosa Peggy, empleada de la pensión que hará las delicias del inspector regalándole una especial Nochebuena colándose furtivamente en su cama, arriesgándose a perder su puesto de trabajo. También tomará cierto protagonismo al final de la novela el sargento Radford, jefe local de la policía, un hombre alcohólico que ha perdido a un hijo Lawrence ahogado.
         El texto no presenta una trama complicada; es bastante lineal, fácil y atractiva de seguir. Me gusta como el autor define los lugares, ambientes, situaciones y personajes; ese paisaje nevado del invierno irlandés, el decadente y frío Ballyglass House, la atmósfera de la Gavilla de Cebada, una pensión de una localidad pequeña. Además, la novela aborda temas problemáticos, muy del momento, como pueden ser la división religiosa en Irlanda con esa mayoría católica, o a la marcada jerarquización social.
        Así que os dejo con las investigaciones de Strafford y con los misterios de la novela: ¿Cómo murió la primera Sra. Osborne? ¿Qué hay detrás de la preocupante desaparición de Jenkins, el ayudante del inspector Strafford? ¿Por qué le cortaron “los aparejos” al padre Lowless? ¿Por qué le preocupa tanto al arzobispo de Dublín la investigación? ¿Qué secretos esconden el Padre Lowless, Fonsey, Dominic o Lettie? Espero que os entretenga si os animáis.


domingo, 21 de marzo de 2021

LOS LOBOS DE PRAGA, DE BENJAMIN BLACK


 
        “Los lobos de Praga” de Benjamin Black es la novela que he leído este puente. Me picó la curiosidad tras ver una reseña en la web de Hislibris.
        Vamos al lío…
        Se trata de una novela histórica con claros tintes policíacos ambientada en la lúgubre y gélida Praga de finales del s. XVI en la que reina el emperador Rodolfo, de la familia de los Habsburgo, sobrino de Felipe II, un hombre débil y enfermo, propenso a drásticos cambios de humor, devoto católico, excéntrico, derrochador, coleccionista compulsivo, un gran mecenas, declarado amante de las artes y las ciencias, y también de la alquimia y de la astrología (se rodeó de magos, ocultistas, científicos… y muchos seudocientíficos que no resultaron ser más que charlatanes y timadores). Benjamin Black mezcla personajes históricos reales con otros ficticios (algo que aclara suficientemente y, a mi juicio, con acierto, al final del texto) perfilándolos con complejidad y detallismo.
        En cuanto a la acción, el principal protagonista es Christian Stern, joven y ambicioso alquimista y filósofo natural, hijo bastardo de un obispo, que viaja a Praga para hacer fortuna en la corte de Rodolfo II. La noche de su llegada a la ciudad se emborracha en compañía de un soldado y, perdido por las calles nevadas de Praga, llega al callejón del Oro donde tropieza con el cadáver ensangrentado de una bella y joven muchacha, elegantemente vestida, que luce un gran medallón en el pecho, y que presenta un gran corte en el cuello. Christian será detenido y encarcelado por orden del senescal Félix Wenzel, aunque pronto será liberado por el chambelán Philipp Lang con la mediación del propio Emperador, quien le encargará la investigación del asesinato; la joven era la nueva amante de Rodolfo II, Magdalena Kroll, la hija de su médico.
        Durante su investigación el protagonista deberá hacer frente a las intrigas familiares donde juegan un papel importante Caterina Sardo, amante oficial de Rodolfo II, su misterioso hijo D. Giulio, y el enano Jeppe Schenckel, y a las políticas, con dos bandos claramente diferenciados, el católico, donde militan el chambelán Philipp Lang y el nuncio del vaticano Girolamo Malaspina, y el luterano, capitaneado por el hermano del emperador, Matías, y su fiel servidor ,el senescal Félix Wenzel, con una participación menos relevante del médico de Rodolfo II, Ulrich Kroll, el ocultista Edward Kelly, y su hijastra la poetisa Elisabeth Weston.
        Christian llevará a cabo sus pesquisas con cierta torpeza, no deja de aclarar que él es alquimista, y vivirá algo parecido al amor platónico con Serafina, la inocente novicia que el nuncio pone a su servicio, y una turbulenta y peligrosa relación amorosa con Caterina Sardo mientras trata de desentrañar no sólo el misterio del asesinato de Magdalena Kroll, sino también el de su antiguo amante y prometido, Jan Madek, y su relación con la desaparición de una enigmática caja de la casa del médico del emperador que contiene comprometedores documentos para la Corona.
        ¿Logrará Christian sobrevivir a las intrigas familiares de la corte, a su temeraria relación con Caterina Sardo y a las luchas políticas? ¿Qué bando influirá más en sus decisiones? ¿Quién mató a la bella y ambiciosa Magdalena Kroll, y por qué? ¿Y a su engañado y rencoroso antiguo prometido? ¿Qué documentos contiene la caja que el despechado Madek se llevó de casa del Doctor Kroll? ¿Habrá más muertes?
        Espero que os guste, si es que os atrevéis…

domingo, 14 de marzo de 2021

TRAFALGAR, DE BENITO PÉREZ GALDÓS. (LOS EPISODIOS NACIONALES)


“Trafalgar”, de Benito Pérez Galdós, es el arranque de la primera de las cinco series que conforman la magna obra que conocemos como “Los episodios nacionales”, compuesta por 46 novelas.
 La leí antes que el “Cabo Trafalgar” de Pérez-Reverte. Son dos estilos totalmente diferentes, aunque tienen un enfoque parecido; ambas logran introducirnos en lo que fue aquella derrota frente a las costas del cabo Trafalgar de la mano de sus protagonistas (Reverte se inventa un navío que introduce en la batalla, y Galdós embarca a sus protagonistas en el buque insignia de la Armada Española, el “Santísima Trinidad”).
 El relato está narrado en primera persona y “en el ocaso de la existencia”, por Gabriel de Araceli, un muchacho gaditano que consigue salir del mundo de la picaresca, entrando a formar parte del servicio de un oficial de la marina en la reserva, D. Alonso Gutiérrez de Cisniega, de su esposa, Doña Francisca, y de su hija Rosita, joven y bella muchacha de la que se enamorará.
 Gabriel subirá a bordo del “Santísima Trinidad”, el navío más grande de su tiempo, junto a su amo, y en contra de los deseos de Doña Francisca (de hecho, ambos abandonan la casa familiar a hurtadillas mientras ella acude a misa). Les acompañará en su aventura, Marcial, un marinero tullido, amigo de D. Alonso. También se enrolarán para la lucha Rafael Malespina, Oficial de artillería y prometido de Doña Rosita, y su padre, D. José María Malespina, Coronel de artillería retirado, que hará las delicias del lector con sus continuas mentiras, exageraciones y fantasmadas (Galdós nos aporta una sutil pincelada de fino humor en medio de la tragedia de la guerra)
 En cuanto a los hechos históricos, Galdós introduce sus personajes entre los reales protagonistas de la historia, los centenares de marineros que perdieron la vida en aquella batalla, muchos reclutados a la fuerza y sin experiencia alguna, auténticos héroes, capitaneados por lo más granado de la Marina española, Gravina, Valdés, Alcalá Galiano, Churruca, o Álava. Parece ser que Galdós completo sus conocimientos sobre los acontecimientos gracias a sus conversaciones con un viejo marinero que vivió la batalla.
  Supongo que, por ignorancia literaria, me esperaba un texto más duro de leer. Me ha sorprendido Galdós con una narrativa elegante, intensa y muy entretenida. Se me ha desvelado también un Galdós antibelicista que pone en boca del joven Gabriel la idea de que los pueblos nunca se enfrentarían entre ellos si no fuera por los gobernantes que los guían.
      Me han llamado la atención varias cosas más:
    –El pueril idealismo de Gabriel, un niño que acude a la guerra con curiosidad e ilusión, que descubre el sentido de la palabra “patria”, y su cruel despertar a la realidad de la guerra (me parece especialmente interesante el momento en el que Gabriel asiste atónito a como los marineros esparcen arena por la superficie del barco con el objetivo de prevenir resbalones con la sangre derramada sobre la cubierta, ante la certeza de que se producirá una escabechina).
     –El fuerte sentido del deber de Don Alonso, débil y entrado en años, el de su amigo Marcial, el veterano marinero al que le falta una pierna, el de Rafael Malespina, incluso el de su embustero progenitor.
   –El profundo respeto de Galdós hacia los marinos ingleses y a su gran comandante, el Almirante Nelson, fallecido con honor en la batalla.
      –La atmósfera de fatalismo que envuelve el enfrentamiento militar desde sus prolegómenos. Galdós pone en boca del Brigadier Churruca el reconocimiento de la superioridad de la Armada Británica y la situación esperpéntica de la marina española, mal pagada y peor preparada y pertrechada. Además, nos relata el heroico sacrificio de algunos de nuestros comandantes como fue el caso del mismo Churruca, quien fuera un sabio admirado internacionalmente, cuando, mientras se batía con su navío, el San Juan Nepomuceno, contra seis buques británicos ordenó “clavar la bandera”, y que no se rindiera el barco hasta su muerte.
    En definitiva, el autor logrará, con gran verosimilitud, transportarnos en el tiempo, y llevarnos sobre las agitadas aguas de la costa gaditana aquella terrible jornada del 21 de octubre de 1805. Y lo haremos en un entorno maravilloso, a bordo del “Santísima Trinidad”, el orgullo de nuestra armada, él único navío de su tiempo con cuatro puentes y 140 cañones a bordo. Espero que os animéis y disfrutéis de su lectura.


domingo, 7 de marzo de 2021

CABO TRAFALGAR DE ARTURO PÉREZ-REVERTE.

 

      Ayer leí por segunda vez la novela de Arturo Pérez-Reverte, “Cabo Trafalgar”. Estaba a pocos capítulos de acabar el “Trafalgar” de Benito Pérez Galdós con el que arrancan los Episodios Nacionales, y me decidí por endilgarme ambas a la vez.
        Respecto a “Cabo Trafalgar”, de Pérez-Reverte… ”Nihil novum sub sole” (nada nuevo bajo el sol). El estilo narrativo del cartagenero nunca deja indiferente (a mí me suele divertir). Parece ser que la editorial le encargó la novela para conmemorar el 2º centenario de aquel famoso enfrentamiento, que supuso la derrota de la flota franco-hispana, al mando del incompetente almirante Villeneuve, a manos de la inglesa capitaneada con pericia por el almirante Nelson.
        Quien haya leído la novela corta de Reverte (para mí divertidísima) “La sombra del Águila”, reconocerá en “Trafalgar” su estilo ágil y directo, ese tono jocoso y mordaz con el que el autor nos acerca a la cruda realidad de la tragedia de la guerra a través de unos personajes que se perciben verídicos y cercanos. En este caso el autor embarca a sus protagonistas en una nave ficticia, el “Antilla”, aclara él mismo que es una licencia novelesca que le sirve para abordar el grueso de lo sucedido aquella jornada del 21 de octubre de 1805 con fidelidad gracias a una amplia documentación. Pérez-Reverte nos presentará los hechos de manera detallada y convincente con ese original lenguaje suyo llano, directo y fácilmente comprensible, con sus clásicas onomatopeyas sobre los ruidos de la batalla, tacos y palabras soeces, acudiendo a la jerga gaditana, y a la de los marineros ingleses y españoles, con desparpajo y gracia, aunque con cierto anacronismo.
        En cuanto a la narración, el autor nos relata desde el punto de vista hispano cómo transcurrió aquella fatídica jornada. Aprovecha para hacer una exposición de la situación política del momento, de la desastrosa alianza con la Francia de Napoleón, y de la superioridad militar y organizativa de la Armada Británica, a la vez que ensalza el valor y el patriotismo de los comandantes españoles (recordemos nombres como Gravina, Alcalá Galiano o Churruca), de su marinería mal preparada y pertrechada, y de los soldados de leva forzados a embarcar sin experiencia alguna; hombres que dejaron su vida frente al cabo Trafalgar batiéndose con honor.
        Así, frente a la historia real, el grueso de la acción novelada recae en el imaginario “Antilla” y su tripulación, especialmente en las decisiones militares del comandante Carlos de la Rocha asistido por el guardiamarina Ginés Falcó, y en las peripecias de Nicolas Marrajo, marinero enrolado a la fuerza por el teniente de fragata Ricardo Maqua.
        Para terminar, he de comentar que, si bien es verdad que el autor hace alarde de un profundo conocimiento del mundo de la navegación y la marina, puede que, a alguien profano (caso de servidor) quizá, en algunos momentos, le cueste seguir la narración entre tanto tecnicismo naval.

domingo, 28 de febrero de 2021

EL JUEZ HARBOTTLE, DE JOSEPH SHERIDAN LE FANU

 

      
      “El juez Harbottle” es uno más de los relatos góticos, de terror y misterio, de Joseph Sheridan Le Fanu, encuadrado dentro de “Los archivos del doctor Hesselius”. En él se narran los extraños hechos acaecidos en la casa encantada de Westminster, morada del juez Harbottle.
        Elijah Harbotle es un severo, cruel, y sarcástico juez de un tribunal común, que no muestra piedad alguna con sus reos; es conocido por su inclinación a dictar la pena de muerte. Su intervención en el juicio de Lewis Pyneweck, acusado de estafa será el hilo conductor de la narración. Se da el hecho de que el juez había acogido a la esposa e hija de ese mismo delincuente, después de que éste hubiera malgastado los bienes de su mujer, la hubiera maltratado y, finalmente, la hubiera echado de casa. El juez convierte a Flora Carwell, la esposa de Pyneweck, una mujer madura y hermosa, pero insolente y zafia, en su concubina, aunque oficialmente y, para guardar las apariencias, ejerza de ama de llaves.
        Harbottle recibe entonces la visita de un personaje extraño y aparentemente viejo y jorobado, que le avisa de una posible conspiración para juzgarlo por prevaricador. A pesar de esta singular visita, que el juez, después de mucho discurrir, atribuye al propio Pyneweck disfrazado, o algún familiar suyo que se le parece, se produce el juicio y la condena a muerte del estafador. Días después, el juez recibe unas cartas que ahondan en la supuesta conjura para procesarlo por malas prácticas.
        Una noche, a la salida del teatro, el juez Harbottle se queda dormido recostado en su coche de caballos mientras espera a unos amigos para irse de francachela. Es entonces cuando su mundo real se verá invadido por el de los sueños, y será allí donde sufra una aterradora captura, un despiadado juicio, y un cruel aherrojamiento. El juez padecerá el encuentro con varias figuras fantasmagóricas a las que él mismo condenara en su día, la de un excriado suyo al que despidió tras acusarlo de robo, y que había fallecido enfermo en la cárcel, contemplará su propio patíbulo, con el verdugo que sostiene la soga que rodeará su cuello, soportará la crueldad de un juez inmisericorde que le condenará a muerte y que resulta ser una visión deformada y espectral de él mismo, una figura que magnifica su falta de empatía con el reo, que duplica su tamaño convirtiéndola en más espantosa si cabe, y, finalmente, acabará condenado, abatido y derrotado en manos de unos extraños herreros, de fuerte complexión y grandes cabezas, que serán los encargados de ponerle los grilletes.
        Tras este sueño el juez se mostrará inquieto y desasosegado, lo que lleva a su médico a recomendarle descanso y retiro en un balneario. La noche antes de que la onírica sentencia a muerte se deba llevar a cabo, mientras se ultiman los preparativos de la partida del juez a su lugar de reposo, unas extrañas apariciones sobresaltan a los moradores de la casa encantada de Westminster, algo que ya no sólo afectará al juez, dado que su concubina, la hija de ésta, y una criada, las contemplan. ¿Será el juez Harbottle capaz de zafarse de la presencia de todos esos espectros? ¿Podrá hacer frente a esa imagen ampliada y cruel de sí mismo que no se puede quitar de la cabeza, y que le ha condenado a ser colgado por el cuello de una soga hasta la muerte?


viernes, 26 de febrero de 2021

EL FAMILIAR, DE JOSEPH SHERIDAN LE FANU.

 

      
      “El familiar” es, según la crítica, uno de los mejores cuentos de terror de Joseph Sheridan Le Fanu, y está incluido en la serie de relatos del doctor Hesselius que estoy leyendo.
        El texto nos refiere la historia del capitán James Barton, un hombre que acaba de abandonar la marina mercante tras varios años de trabajo para instalarse en su Irlanda natal. A pesar de su carácter reservado, el protagonista se muestra como un hombre sociable, amable e inteligente, lo que le facilita su reingreso en la vida social dublinesa sin más problemas. Es dentro de este contexto donde el capitán Barton conoce a Miss Montague, hermosa y joven muchacha recién presentada en sociedad, que vive con su tía, rica y viuda, Lady Rochdale. Nuestro personaje comenzará entonces a frecuentar a la bella dama, se enamorará, y acabará por pedirle matrimonio.
        Una noche, al abandonar la mansión de Lady Rochdale situada al norte de Dublín para regresar a su casa, Sir Barton percibe unos misteriosos pasos; alguien parece seguirle, aunque, extrañamente, él no logra ver a nadie. Días después, tras recibir dos inquietantes mensajes de alguien que firma como “el vigilante”, un hombre siniestro, de singular aspecto, de baja estatura y ataviado con una gorra comienza a acosarle en los más variados escenarios; al parecer está relacionada con un hecho de su pasado en la marina mercante. Los nervios y la salud del capitán Barton se verán severamente afectados por esta inquietante presencia convirtiendo su vida en una macabra pesadilla.
        Ahora os dejo averiguar si la intervención del decidido General Montague, padre de la prometida del protagonista, logra sacarle de tan comprometida situación. Saludos.


lunes, 22 de febrero de 2021

TÉ VERDE, DE JOSEPH SHERIDAN LE FANU.

 

     “Té verde” es un relato o cuento gótico, por su extensión no podemos calificarlo como novela corta, escrito por Joseph Sheridan le Fanu. Está recogido en un recopilatorio titulado “En el cristal oscuro” publicado en 1872 en el que está incluida la novela corta fantástica que os reseñé ayer, “Carmilla”.
        El relato pertenece a la serie protagonizada por el doctor Martin Hesselius, un verdadero detective paranormal, y narra el sorprendente caso del Reverendo Mr. Jennings, un sacerdote que sufre unas estremecedoras alucinaciones en las que se ve acosado por un espíritu maligno que ha tomado la forma de un mono de ojos rojos y actitud perturbadora; progresivamente dominante y violenta. El doctor Hesselius tratará el caso, y llegará a la conclusión de que las “ilusiones espectrales” que sufre el clérigo han sido causadas por la ingesta exagerada de té verde. ¿Conseguirá el doctor revertir la lamentable situación psicológica del Reverendo Mr. Jennings?
        Os dejo con la intriga. Y cuidado con el té verde… Abrazos virtuales.


domingo, 21 de febrero de 2021

CARMILLA, DE JOSEPH SHERIDAN LE FANU

Esta mañana leí “Carmilla” una novela gótica escrita en 1872 por Joseph Sheridan Le Fanu. Se trata de una novela corta que se lee muy fácil y rápido. La novela gótica es un género de ficción donde predomina el terror, el horror y la muerte, donde incluso el romance o el amor puede aparecer para salpimentar la trama.
 Esta novela cuenta con todos los aderezos del género, un castillo y un pueblo abandonado, fantasmas y monstruos, criptas, paisajes nebulosos y despoblados… A todos nos suena el nombre de Drácula. Pues podemos afirmar que este texto es uno de los precursores de la novela de Bram Stoker escrita 25 años después, ya a finales del s. XIX.
  La trama gira en torno a la joven Laura que pertenece a la nobleza rural austríaca. Laura perdió a su madre en su infancia y vive en castillo a considerable distancia de cualquier núcleo rural, con su padre, dos damas que se encargan de atenderla y de su educación, Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine y algunos criados. En las cercanías de su mansión hay un castillo y un pueblo abandonado cuya historia se relaciona con la leyenda tenebrosa de la extinta familia Karnstein.
Laura comienza a sentir unas sensaciones extrañas después de que su padre decida socorrer a una familia que acaba de sufrir un accidente al desbocarse los caballos que tiran de su carruaje. Del vehículo surge una joven maltrecha y lánguida de belleza incontestable, Carmilla. Su madre convence al padre de Laura para que acoja y se haga cargo de Carmilla que se encuentra débil y convaleciente de una misteriosa enfermedad porque ella no puede detenerse; su viaje es inaplazable. Pronto Laura se verá indefensa ante la fuerte atracción que incluso roza el erotismo, que sufre por Carmilla, una joven enigmática, que no revela nada sobre su pasado y familia, y que tiene unas costumbres muy peculiares; no se levanta hasta después del mediodía y se encierra en su cuarto sin dar señales de que está dentro.
El progresivo deterioro de la salud de Laura coincide con los perturbadores “sueños o apariciones” que sufre por la noche. La visita de un amigo de su padre, el General Spielsdorf, que acaba de perder a su joven hija en extrañas circunstancias, provocará el desenlace de la narración.
Espero que os entretenga como a mí. Y…para aquellos que sean miedosos, podéis leerla con tranquilidad. Saludos. 

viernes, 25 de septiembre de 2020

DIPLOMA RECIBIDO DEL CONCURSO DE AZUAGA 2019.

 


    Buenos días.

        Hoy me ha llegado el diploma que me acredita como finalista en el V Certamen literario “Entre pueblos” 2019, modalidad relatos, por mi obra “Entre la bruma del tiempo”. Por razones sanitarias la entrega de premios que, en principio se había retrasado al 19 de septiembre, finalmente quedó suspendida definitivamente por los “dichosos” rebrotes. El galardón ya cuelga, como merece, en el lateral de mi blog junto a mis otros modestos logros (creo que sólo se ve en la versión web del blog; con el móvil habría que ir abajo del todo de la página principal para cambiar a versión web y poder verlo). De todos modos, en este post os dejo enlazados mis pequeños orgullos, por si alguien quiere recordarlos o leerlos por primera vez. Saludos, y feliz día de San Alberto.

         “Entre la bruma del tiempo”. Relato finalista en Azuaga, 2019.

         “Ilusión y recuerdo” Relato 2º clasificado en Villa del Prado, 2019 y 2º finalista en Azuaga 2018.

         “El niño de Murillo” Relato finalista en el III certamen “Ciudad de Sevilla”.2018.

         “Un momento perfecto”. Ganador premio provincial Guardo, 2009.

         “Los días del adiós”. Ganador en Jerte, 2008.

         Pregón del concurso literario de Guardo. 2015.














jueves, 24 de septiembre de 2020

UN HORIZONTE ROJO TURBADOR (CAPÍTULO VIII)

 


             Lo cierto es que, a pesar de mi lamentable estado, tenía curiosidad por saber lo que había acontecido en aquella habitación durante el tiempo que mi consciencia se había rendido ante la “fuerza” del remoquete que me había propinado Sara. Sabía lo que había sucedido antes de llegar ella y, dolorosamente, lo que me había pasado a mí después, tras recibir aquel contundente derechazo.

Ella seguía aplicándome hielo en ambos lados del rostro. Cuando lo hacía en el lado izquierdo mi campo de visión se centraba en ella, y percibí que a veces me miraba con compasión, las más con resentimiento e indiferencia. Cuando lo hacía en el lado derecho, mi rostro se volvía hacia mi Irene Adler que seguía practicando sus juguetonas insinuaciones a pesar de los reproches de Sara, cruzando, con calculada distracción, sus piernas de piel nacarina con amplios movimientos que a cualquiera hubiesen hecho perder los nervios y algo más. Pero no era mi caso, en aquel trance, y teniendo a mi sargento de hierro particular encargada de mi convalecencia, más valía no hacer ademán, ni comentario alguno, ni siquiera un casual movimiento ocular que pudiera resultar mínimamente interpretado como sospechoso de lujuria. Así que, cuando miraba hacia aquel lado, procuraba perder mi vista y mis pensamientos en un horizonte menos turbador que entre aquellas dos refulgentes columnas dóricas de mármol de fuste liso que sostenían el hermoso y modelado edificio que era el joven y seductor cuerpo de mi Irene Adler, culminado por aquella arrolladora mirada de ojos glaucos.

        Así que, allí estaba yo después de haber encajado aquella antuviada, maganto y aliquebrado, a merced de aquellas dos bellezas irresistibles, confundido por su actitud y camaradería, y en la peor de las situaciones, sintiéndome como el interior de un sándwich, un insulso quídam de jamón y queso, atrapado entre dos auténticos panes de molde que competían en personalidad y atractivo.

        –Pues la verdad es que el pobre camarero se llevó la impresión de su vida. –Mi Irene Adler rompió el silencio que había impuesto Sara instantes antes ordenándola callar de aquella manera que me resultó tan extraña porque ambas acabaron riéndose.

        –¿Qué pasó? –pregunté timorato implorando amnistía con mi mirada a Sara.

        –Ya te dije que nos asustamos al verte en el suelo –contestó escueta y arisca.

        –Bueno… –interrumpió mi Irene Adler–. Eso fue después.

        Observé como Sara iba a decir algo, pero al final no lo hizo. Pasó sorprendentemente, y a una velocidad inusitada, de una expresión de reproche, a otra de resignación, para acabar en auténtica diversión; sonreía para mi desconcierto.

        –Verás… –Mi Irene Adler pareció comprender que tenía el campo libre para dar su versión de los acontecimientos. Sara no iba a poner ningún obstáculo a su narración–. Tú “pantera negra” –evidentemente hacía referencia a Sara, su atuendo y su ira–, se me abalanzó sin darme cuartel, me agarró de los pelos y me llevó contra la pared, inmovilizándome, acompañando su ataque con una serie de curiosos calificativos que salían atropelladamente de su boca.

        Miré entonces a Sara.

        –La situación era evidente. La insulté, perdí los nervios…y no fui muy fina, lo reconozco. Y no sé por qué lo hice con aquellas palabras tan rebuscadas.

        –El caso es que, en el fragor del enfrentamiento, perdí la toalla, y este fue el panorama con el que se encontró el pobre camarero al asomar a la puerta. En primer plano, un hombre yacía en el suelo, aparentemente sin sentido. En el fondo de la habitación, junto al ventanal, una auténtica “pantera negra” tiraba de los pelos a una joven desnuda sujetándola entre el cristal y la pared mientras la vociferaba palabras ininteligibles para él, palabras desusadas o propias del habla de germanía. Evidentemente el camarero no se enteró de casi nada de lo que me dijo, pero yo sí, que para eso estudio filología –presumió finalmente mi Irene Adler

        Mi cara de asombro debía de ser un poema. No podía sonreír porque me lo impedía mi estado, pero, por dentro, seguro que me estaba desternillando. No me lo podía creer, Sara enfrentándose a mi Irene Adler por mi culpa, y despotricando en castellano desusado y en el lenguaje vulgar de los pícaros y delincuentes del s. XVII.

        –Me salió una letanía que aprendí en la facultad y que jamás pensé que utilizaría en mi vida. Fue un juego en su día. –Sara trató de justificar el uso de aquel vocabulario ofensivo.

        –Ya… y todos eran sinónimos de prostituta. Me llamó, que yo recuerde, bordiona, iza, lumia, marca, perendeca, tusona… Ah, y lo que seguramente le llevó a sacar una serie de conclusiones erróneas al pobre camarero, furcia y fulana, que eso sí que lo debió de entender perfectamente.

        –O sea que no te preocupaste por mí en un principio –comenté intentando manifestar decepción.

        –Por supuesto que me ocupé de ti. Te sacudí lo más fuerte que pude. Te hubiese arrancado el corazón, pero…

        –Pero… entonces se centró en mí, hasta que llegó el camarero.

          Lo cierto es que el hombre nos pidió un poco de cordura, nos separó, me tapó con el vestido de la recepcionista instándome a que me lo pusiera, y fue entonces cuando empezamos todos a preocuparnos por tu estado. Luego, mientras Sara ya se ocupaba de ti, yo me esforcé en explicar al camarero lo sucedido en la playa, y cómo me habías tratado con total corrección y cortesía; en definitiva, que eres un auténtico caballero, que me habías llevado a tu habitación para que no cogiera un resfriado, que todo se embrolló al presentarse tu pareja por sorpresa y encontrarse ante una situación muy comprometedora. Una cuestión de lógica malinterpretación –comentó su análisis con total desparpajo.

        –Y fue cuando le pedí al pobre hombre que me ayudara a ponerte sobre la cama, y que nos trajera algo de hielo. Luego, ella me contó todo lo que había sucedido por la tarde, y me pidió disculpas por lo que había pasado –concluyó Sara.

        –Y te lo creíste así… porque te lo dijo ella –dije extrañamente ofendido.

        –Reconozco que me costó hacerlo. Ese vestido y sus braguitas encima eran una prueba dolorosa de tu traición. Pero estaban manchados de arena, y su versión me pareció verosímil después de todo.

        –Bueno tuve que ser muy directa con ella –añadió Mi Irene Adler siguiendo su relato con natural frescura.

        –La creí porque me dijo que habías sido su Sherlock aquella tarde, y esa es una de tus anticuadas virtudes, eres un galán trasnochado, de los que ya no quedan; aunque también me confesó que le hubiese gustado que no lo hubieras sido tanto –Ambas rieron–. Además, no tardé en explicarle con suficiente vehemencia, y creo que lo comprendió enseguida, que tú eras “mi coto de caza privado” –dijo alzando su puño amenazadoramente hacia ella–. Luego, comenzamos a hablar de otras cosas mientras te reponías, de sus estudios, de que no sabéis vuestros nombres porque os conocéis por vuestras divertidas alusiones literarias, también me preguntó por mi congreso en Cáceres, y yo le conté que quería darte una sorpresa, y que la que se quedó pasmada fui yo al verla con el albornoz del hotel recién salida del baño, con su provocativa ropa interior yaciendo a la vista junto a la puerta.

–Creo que al verme junto a la ventana secándome el pelo, pensó que tenía una cornamenta como la de “Islero”. –Mi Irene Adler mostró una vez más su buen humor, y su saber, utilizando conocimientos taurinos.

–¿Islero? –preguntó Sara.

–El toro que mató a Manolete –afirmé aparentemente serio, pero enormemente divertido.

        Todo aquello comenzaba a tomar forma, al menos el desenlace, pero parecía surrealista. En pocos minutos Sara había tratado de ajustar las cuentas conmigo noqueándome sin piedad alguna, y luego había tratado de despellejar a mi Irene Adler. Sólo la milagrosa y oportuna aparición de un camarero, unas sinceras explicaciones, y el razonar de dos personas inteligentes, habían impedido que el ajuste de cuentas fuera completo, un ajuste que, respecto a mi rostro había quedado resuelto por K.O técnico antes de salir al cuadrilátero y, en mi mente, iba recuperando su habitual inclinación hacia la lujuria a pesar de las circunstancias puesto que comencé a pensar en lo endiabladamente ceñidos que ambas habían llevado aquellos dos fatídicos vestidos sobre sus esculturales e irresistibles cuerpos; el rojo que llevara mi Irene Adler, contrastando con sus abismantes y afilados ojos verdes, y el negro que vestía Sara, una auténtica venus, morena, mediterránea a rabiar, que alumbraba todo lo que le rodeaba con aquellos ojos castaños de mirada penetrante y melancólica.

        –¿Te llevo a casa? –preguntó Sara dejando de atenderme y acercándose a la ventana, junto al escritorio donde estaba sentada mi Irene Adler

        –Cuando quieras, parece que nuestro paciente…Perdón…tú paciente… –pauso unos instantes sus palabras y rio divertida mientras dejaba claro que Sara era la única dueña de mis designios–, Ya está mejor –contestó  mientras no perdía ocasión de insinuarse una vez más bajando de la mesa enseñando algo más que los muslos, colocándose tardía e intencionadamente el vestido de la recepcionista dirigiéndose luego hacia la puerta del baño para recoger, tentadora,  con la mayor sensualidad y picardía que pudo, su vestido y sus braguitas rojas, color con el que había conseguido teñir  gran parte de aquella tarde, y casi enterrarme.

        –¡Anda! ¡Vamos! –concluyó Sara conformista dándole una colleja cariñosa–. Eres el diablo en persona, un súcubo.

        –¿Puedo darle un beso para despedirme?

        –Si te acercas otra vez a él te arranco tus preciosos ojos verdes y te lleno de purines las cuencas.

        –Caray, eso tiene que escocer… –respondió ella. Entonces ambas rieron y salieron de la habitación. Sara cerró la puerta poco después de que mi Irene Adler se volviera para dedicarme una última mirada con sus inolvidables clisos glaucos y una despedida, cómo no, provocadora, llevándose la mano a sus carnosos labios, ahora ya sin carmín, para lanzarme un beso y decirme con salero y descaro:

        –Un placer, Sherlock. Hasta la vista. Me voy con tu preciosa pantera negra.

        ¡Aquella mujer era la caraba!


sábado, 19 de septiembre de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. SUSANA Y LOS VIEJOS DE IL GUERCINO.

SUSANA Y LOS VIEJOS. ÓLEO SOBRE LIENZO. IL GUERCINO. 1617
               

          Después de aquel breve inciso en nuestro recorrido por el Museo del Prado que nos había llevado a la contemplación de aquellos dos fantásticos lienzos de Murillo sobre la fundación de Santa María la Mayor en Roma, “El sueño del patricio Juan” y “El patricio revela su sueño al papa Liberio”, en el que habíamos disfrutado recordando nuestro feliz paso por la Ciudad Eterna en aquel maravilloso viaje que hicimos con motivo de que Sara participara en un congreso de Historia Medieval en la Universidad de la Sapienza, volvimos sobre nuestros pasos, dejando atrás la sala 6 con los fantásticos lienzos de Caravaggio, “David vencedor de Goliat”, y Bernardo Strozzi “La curación de Tobías” y “La Verónica”

        –Retomemos nuestra visita, vayamos a la sala 5. Viene que ni pintada… –afirmó Sara enigmática.

        –No entiendo.

        –Ya lo verás. Seguimos con la pintura barroca italiana, Domenichino, Reni, Lanfranco, Procaccini, Crespi… –En aquel momento ya nos asomábamos a la sala.

        –Y Guercino, por lo que veo.

        –Muy bien. Además, imagino que no hayas identificado su cuadro “San Pedro liberado por un Ángel” precisamente…

        –Me conoces como si me hubieses parido. No, es “Susana y los viejos” el que conozco en la intimidad –ironicé.

        –Lo imaginaba…por el desnudo de la protagonista, por supuesto.

        –No veo por qué otra cosa más interesante iba a ser –dije sonriéndole haciéndole una carantoña con un dedo en su nariz–. También he de decir que todo desnudo me recuerda a cierta irresistible medievalista toledana…

        –Sí, también me imaginaba que dirías eso como buen candongo que eres–añadió ella resignada.

        –Aunque me gusta más tu piel que es más morena. La muchacha del cuadro tiene una seria necesidad de broncearse. En fin… que me gustan las superficies más atezadas… –dejé caer con gracia mientras rozaba suavemente su brazo derecho con el envés de mi mano.

        –Ya… Salvo la de la Irene Adler esa de tu relato de piel “ebúrnea” que al parecer te va a llevar a la perdición. –Sara volvía a hacer mención a la muchacha protagonista de “Un horizonte rojo turbador”, la serie de relatos que estaba escribiendo sin ningún éxito de crítica y público, algo, por otro lado, ya habitual.

        –Eso es literatura y, probablemente, de la mala –protesté.

        –Bueno… Yo creo que más que literatura es “calentura”, lo que guía tus dedos sobre el teclado. –Sara rio divertida.

        –Quizá la culpa la tengas tú y tu irresistible presencia –le dije zalamero, haciéndole un gesto cariñoso y lascivo con los labios.

        –Pues ya puedes empezar a desfogarte con esta morena también en la ficción, o te daré una colleja –Sara rio–. La verdad es que te venía a enseñar este cuadro, un poco también por el relato que estás escribiendo.

        –¡Explíquese vuesa merced! –exclamé sorprendido y pomposo.

        –Cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento –la expresión de Sara me hizo gracia a pesar de que iba cargada de cierto retintín–. Giovanni Francesco Barbieri…

        –Ese quien es.

        –Il Guercino.

        –Qué manía tenían de ponerles motes a todos.

        –¿Sabes de qué le viene el nombre?

        –Pues en buena lógica debió de nacer en algún pueblo italiano que se llamaría Guercia o algo parecido.

        –No seas lelo –Sara rio–. El pintor era bizco, en italiano quercio.

        –Así que se quedó con el “bizquito”.

        –Exacto. El pintor ejecutó una escena…

        –Ni que la hubiera matado –bromeé.

        –Eso lo dejo para mí como no me prestes atención.

        –Soy todo oídos –acaté sin dejar mi tono jocoso.

        –Como decía… la escena representa un pasaje del libro del profeta Daniel. Susana era la bella esposa de Joaquín, un hombre muy respetado entre los judíos. Su jardín era un lugar muy frecuentado por la comunidad hebrea, particularmente por dos ancianos jueces, Arquián y Sedequía que acudían allí a dirimir algunos pleitos. Así es como los viejos quedaron prendados de la belleza de Susana. Y una vez que ambos se confesaron mutuamente sus lascivos deseos hacia la joven decidieron acecharla.

        –¡Dios les cría y ellos se juntan! ¡Viejos verdes!

–¿No te sientes identificado? –Sara rio con su provocadora pregunta y prosiguió–. Un día muy caluroso, Susana creyó que el jardín ya estaba vacío y ordenó a sus doncellas que la trajeran aceite y jabón, y que cerraran el recinto; quería darse un baño. Las sirvientas así procedieron sin darse cuenta de que los ancianos se habían ocultado en el interior. Fue entonces cuando los jueces abordaron a Susana e intentaron que ella atendiera sus libidinosos pasiones entregándoles su virtud bajo amenazas.

        –¡Qué indecencia! ¡Qué procacidad! –exclamé con teatralidad.

        –Y hay más, como ella no cedió a sus deshonestas proposiciones la denunciaron por adúltera, elevando el falso testimonio de que la habían sorprendido ayuntándose con un muchacho en el jardín; joven que habría conseguido huir de los ancianos al ser descubierto en plena faena.

        –Ahora ya pasan a ser unos cabritos –apunté con salero.

        –Susana habría sido condenada de no haber intervenido el joven profeta Daniel quién impuso a los ancianos jueces una prueba por separado. Los viejos libidinosos se delataron al relatar que habían descubierto a Susana, y ese supuesto joven, en pleno acto carnal bajo diferentes árboles; uno decía que era una acacia y otro una encina. Al final ambos fueron condenados a muerte.

        –En el Antiguo Testamento no se andaban con chiquitas. Aunque, se lo tenían merecido.

        –Guercino representa el momento en el que Susana comienza a bañarse y es acechada por los ancianos. El lienzo lo podemos dividir en dos partes diferenciadas…

–Los ancianos y Susana. La parte de la moza es mucho más interesante –comenté sátiro sin que Sara me hiciese mucho caso.

–Verás. La pintura refleja la influencia en Guercino de la pintura veneciana en los paisajes y el cromatismo. Además, los ancianos son la viva expresión del naturalismo, con esos movimientos y gestos exagerados por el tratamiento de las ropas, los contrastes de los colores y el uso del claroscuro, mostrando el nerviosismo y la inquietud propia de un momento visceral alimentado por el deseo irrefrenable de poseer a la joven.

–La muchacha tiene un tiento… –comenté rijoso con superficialidad.

–Y tú una torta si no me dejas acabar.

–A sus órdenes, vuecelencia –añadí jocoso ante su cara inequívoca de resignación.

–En contraste con esa parte de la pintura está la serena sensualidad que desprende la luminosa y casi monócroma piel nacarada de Susana, acentuada por el sugerente paño albo que apenas cubre parte de su muslo derecho. Guercino consigue que todo el que contemple el cuadro, se sienta un poco como los viejos jueces que acechan a la muchacha; la verdadera protagonista del lienzo.

–Yo… del todo.

–Claro, eres un viejo, y muy verde –Sara rio y prosiguió–. Este tema bíblico fue representado por varios artistas del barroco, Tintoretto, Veronés, Luca Giordano… Era una excusa para pintar un desnudo femenino, dentro de una escena plenamente religiosa, puesto que proviene de la misma Biblia.

–¡Con la iglesia hemos topado!

–Y ahora te explicaré porqué te quería enseñar este cuadro en concreto.

–Imagino que porque crees que soy un viejo verde como los del lienzo. Pues lo confieso. Te he acechado y te acecho. Ardo en deseos de hacerte mía. ¡Sé mi Susana! ¡Seré tu Joaquín! –exclamé con afectación tomándola por la cintura– Si es que…a tu lado pierdo el caletre, no soy más que un pobre calvatrueno asaeteado cruelmente por cupido, que vive mendigando tu amor, sojuzgado por tu incomparable belleza y sabiduría.

–Cuando dejarás de usar esas palabrejas y de hacer el tontaina… –dijo divertida intentando zafarse de mí–. Acabaré hablando contigo con el diccionario de la RAE abierto en el móvil para traducirte –añadió condescendiente–. Además, creo que eso de las palabras me está afectando porque te he traído ante este lienzo porque he encontrado un vocablo bastante raro, que podría definirte como a los ancianos, por edad y actitud.

–Dispara –añadí impaciente soltándole la cintura.

–Eres un vejete calenturiento y fisgón, como ellos –Sara señaló al cuadro–, un samueleador. –Sara rio y me guiñó un ojo.

–No podía ser casualidad. Yo ya sabía que Sara estaba leyendo lo que yo publicaba en mi blog, pero, además, estaba seguro de que se entretenía buceando entre mis notas. Aquella palabra figuraba en el borrador del último capítulo de “un horizonte rojo turbador”, por otro lado, absolutamente a su alcance en mi portátil.

lunes, 14 de septiembre de 2020

UN HORIZONTE ROJO TURBADOR (VII PARTE)

 


          No debí de estar mucho tiempo sin sentido; evidentemente no lo recuerdo. El hecho es que cuando lo recobré yacía sobre la cama de mi habitación. Durante un tiempo me mantuve expectante completamente en silencio, mitad porque seguía aturdido, mitad porque la situación invitaba más a un profundo análisis y una cuidada reflexión; en “román paladino” lo más inteligente para intentar salir airoso de aquella complicada situación era escuchar e intentar elaborar un plan que me permitiera esquivar siquiera el siguiente chaparrón.

        Parpadeé varias veces, todavía mirando hacia el techo y con dos dolores localizados en mi cabeza, uno en la parte derecha, correspondiente al golpe con la puerta, y el otro al del pómulo, este último doblemente lacerante, en lo físico por el contundente puñetazo cuasi profesional que me había dado Sara, y en lo anímico porque mi autoestima estaba bajo mínimos; “mandaba narices” que la primera persona que me había partido la cara era mi pareja, aunque quizá no lo fuera ya por mucho tiempo.

        Poco a poco me atreví a hacer algún movimiento y, al dejar de mirar al techo y girar la cabeza, el zumbido que se instalara en el interior de mi cerebro en el momento del noqueo se acentuó, al igual que la sensación de mareo, además pude comprobar que aquella molestia me impedía oír correctamente. Sara estaba sentada a mi lado, aplicando una bolsa de hielo a mi pómulo izquierdo, mientras daba un bocado a un sándwich, con un desaborido y helador gesto de indiferencia hacia mí. Tras ella vi el carrito del servicio de habitaciones con el refrigerio que había encargado en recepción. Deduje entonces que el camarero lo había dejado allí, tras la puerta de la habitación, y que también habría sido él quien le habría proporcionado el hielo a Sara, quizá incluso fuera invitado sutilmente a no abrir la boca ante semejante espectáculo; Sara era capaz de convencer al diablo de que en el infierno nevaba. También pude sentir que Sara iba alternando el hielo en los dos lados de la cabeza afectados por el siniestro, ambos latosamente palpitantes en cuanto ella dejaba de aplicar frío.

Por tanto, allí yacía yo, quebrantado y expectante, sin articular palabra y sin atreverme a dar un paso mucho más osado en mis evoluciones. Entonces, miré a Sara, sumiso y amartelado, buscando un resquicio de comprensión. Ella me rehuyó, supuse que algo más que ofendida, no era para menos. Pensé que, si me hubiera dado la oportunidad de explicarle mi realidad, aunque pareciera tan extraña y embarazosa… Pero… ¡qué demonios! Era imposible que aquello pudiera ser mínimamente comprensible; ella me había sorprendido con una hermosa joven en mi habitación, que parecía recién salida del baño ataviada con el albornoz del hotel y, lo peor de todo, Sara había visto el vestido rojo y las braguitas de mi Irene Adler a la puerta del baño impidiendo que ésta se cerrara. Todo intento de explicación se iba al garete en cuanto aplicaba un mínimo de razonamiento lógico a los hechos. Entonces giré la cabeza en dirección a la ventana. Para mi sorpresa me encontré con los ojos verdes de mi Irene Adler, imposibles de olvidar a pesar de las circunstancias, posados fijamente en mí. Ella, seguía allí, aunque ya no llevaba puesto el albornoz, si no el vestido de que me prestara la recepcionista. Sus labios color carmín se movían levemente, puede que estuviera diciéndome algo, pero yo no oía más que aquel molesto zumbido aún. Al volverme hacia Sara vi que ella también movía los labios en aquel momento, aunque yo tampoco la oía a ella; discurrí entonces que ellas se estaban hablando.

Aquel fue el momento en el que decidí darme una tregua; dejé de mirar a ambas. Lo malo es que mi vista descansó en lo más llamativo de toda la estancia, la entrada del baño, donde seguían en el suelo aquellas prendas que habían formado parte de mi ominoso horizonte rojo perturbador, el vestido de mi Irene Adler, y sus pequeñas y eróticas braguitas, aquel horizonte rojo que se había convertido en negro en el momento que apareció Sara con su vestido ajustado y sus tacones, y no sólo porque mi mundo se hubiera venido abajo al igual que mi cuerpo tras el leñazo que me había soltado en la cara, sino porque me vino a la mente un recuerdo, el de aquella noche en Roma con Sara, cuando ella acababa de volver de la Universidad de la Sapienza donde asistía a un congreso sobre historia medieval, ataviada con aquel mismo vestido negro que tan poco tiempo tardé en quitarle. Curiosamente, la imagen de su ropa interior negra junto a la puerta del baño de la habitación, vaya casualidad, teñía y erotizaba inexorablemente aquel inolvidable recuerdo.

Volví a mirar a Sara en cuanto conseguí abandonar mis excitantes evocaciones. El zumbido parecía remitir y dejaba de martirizarme. El panorama seguía confuso en mi interior y, sobre todo, en el exterior. Lo primero que oí de sus labios me tranquilizó un poco, o eso creo.

–¿Qué tal está mi D. Juan? –preguntó Sara ríspida acompañando sus palabras con su mejor sonrisa sardónica. Ella seguía alternando el paño a modo de bolsa con el hielo aplicándomelo a un lado y al otro de la cara, y había dejado de comer; al menos no percibí esa insensibilidad que emanaba instantes antes en la que pareciera estar acostumbrada a romperle la cara a su novio para luego ayudarle a recomponerse mientras merendaba con total naturalidad.  Mi Irene Adler estaba sentada sobre la mesa del escritorio apoyando su espalda sobre el ventanal que daba a la Playa de Santa Marina. Entre sus manos humeaba una taza de infusión, percibí cierto aroma a manzanilla. Lo chocante del asunto es que recogía sus piernas de manera sugerentemente dadivosa, más si cabe cuando recordé que su ropa interior seguía en el suelo, junto a la puerta del baño. Curiosa situación la mía con mi “ya no tan segura pareja” atendiéndome en la cama, mientras yo, ante cualquier movimiento de mi Irene Adler, descuidado o intencionado, podía acceder a la completa visión de su “monte de venus” bajo el vestido, tras surcar sus blancas y tersas piernas. Entonces le oí decir...

–Recupera el color.

–Eso parece –contestó Sara escueta y desabrida. Luego, se inclinó hacia mí y me susurró al oído–. Si tu mejoría en el color de la cara es porque te estás ruborizando por mirar en aquella dirección     como un vulgar viejo verde samueleador –me indicó con sus ojos hacía mi Irene Adler–, puede que te sacuda en el otro pómulo, y así te dejo la cara simétrica y de color amaranto. –Entonces Sara su incorporó y siguió aplicándome hielo con algo de rudeza, mientras me miraba inquisitivamente, y volvía, inquietantemente, a dar un bocado al sándwich con desafecto.

Ante aquella tesitura no quedaba sino retirar mi vista inmediatamente de Irene Adler y humillarme un buen rato más, permaneciendo paralizado en la cama, atrapado entre las garras de aquellas dos bellezas arrobadoras. Ni en mis mejores sueños pude imaginarme en mejor compañía, aunque en aquel momento resultara peligroso hacer frente a esos dos caracteres de armas tomar.

–Niña, cambia esa pose tan atrevida que a nuestro libidinoso D. Juan se le sigue distrayendo la vista a pesar de mi presencia y de su patética estampa –concluyó Sara con un afectado gesto de resignación dando un nuevo bocado al sándwich. Ambas rieron mientras mi Irene Adler adoptada una postura más recatada cruzando sus ebúrneas piernas, llevando el vestido prestado por la recepcionista forzadamente por debajo de sus rodillas.

Cada vez estaba más confuso, más extrañado por el tono de voz que había utilizado Sara para reprocharme mi distracción con mi Irene Adler, y su actitud displicente mientras me cuidaba y comía a la vez. El hecho de que ambas se rieran de aquello me desconcertó aún más. Sara incluso parecía bromear a mi costa con ella.

–Ella me ha explicado todo. –Sara se dirigía ahora a mí, señalando a mi Irene Adler. Como siempre, gozaba de esa virtud de leerme los pensamientos como si mi cerebro fuera un libro abierto para ella. Entonces mi nerviosismo aumentó porque no sabía la versión de los hechos que ella le había dado.

–No te preocupes. Le he contado la verdad. Todo lo que ha sucedido esta tarde, desde el momento en que me auto invité al orujo, pasando por nuestra conversación con alusiones literarias, para terminar con mi caprichoso baño, mis… traviesas provocaciones… –Entonces Sara la interrumpió. Yo me sentí aún más incómodo, mi Irene Adler parecía tener la misma virtud adivinatoria que Sara sobre mis pensamientos.

–… Y tu caballeroso comportamiento. Al menos hasta que yo llegara, aunque no sé qué hubiera sucedido –Ambas rieron tras las palabras de Sara.

–Estoy segura de que me hubiese llevado a casa, Sara. Y no se lo puse fácil –comentó mi Irene Adler con descaro sin dejar de lado el tono juguetón de su conversación; era evidente que a ella le había divertido todo aquel embrollo.

–Creo que debí darte un par de tortas a ti también –afirmó entonces Sara alardeando de tener bajo control la situación con su tono de voz matriarcal.

–Qué sepas que tu Sara estuvo a punto de sacudirme la badana. Si no llega a ser porque supo controlarse en última instancia al ver el rostro lívido del camarero del servicio de habitaciones en el zaguán de la puerta.

La situación me parecía rocambolesca. Ambas habían estado a punto de pegarse, y ahora parecían incluso amigas. Yo seguía sin articular palabra, todavía no sabía si porque no podía, o porque no me atrevía.

–¿Estás mejor? –me preguntó Sara, mudando su expresión a preocupada. Yo asentí con la cabeza, aunque aquel mínimo esfuerzo me provocó dolor. Entonces Sara se inclinó sobre mí y me besó en los labios. No sé cómo explicarlo, pero sentí que aquel beso era sincero y profundo; quizá después de todo aquella situación tan comprometida nuestra relación siguiera en pie.

–El contusionado progresa adecuadamente –afirmó divertida mi Irene Adler. Por fin yo abrí la boca con torpeza.

–¿Qué haces aquí? –acerté a preguntarle a Sara.

–Venir a rescatarte de esta lagartona. –Ambas volvieron a reír.

–Yo… La hubiese llevado a su casa.

–Lo sé, tontorrón –Sara me sonrió–. Ella me lo ha dicho, aunque me ha costado creerla; es muy atractiva, una irrechazable tentación. Y comprenderás que el panorama con el que me encontré cuando me abriste la puerta era una auténtica condena.

–Lo siento. Ella se metió en el mar…y yo… –no acerté a explicarme.

–Y tú eres un bobalicón romántico, un trasnochado caballero y un rodrigón. Y por eso te quiero tanto, ¡mamonazo! Aunque después de casi seis horas de coche, encontrarte con otra mujer en tu habitación, me descompuso un tanto.

–¡Un tanto! –exclamó mi Irene Adler volviendo a adoptar una postura tremendamente oferente, dejando que la luz se adentrara más de la cuenta bajo el vestido entre la brillante piel de sus muslos marfileños–. Entonces no quiero verte enfadada del todo –concluyó.

–¡Niña! ¡Pues lo vas a conseguir si no dejas de hacerte propaganda! –le volvió a reprochar Sara haciéndole un gesto con las manos para que cerrara sus piernas–. Me voy a descomponer el otro tanto si no te comportas… –Mi Irene Adler sonrió y volvió a recatarse, aunque imaginé que por poco tiempo; ella era así–. A veces es mejor escuchar antes de actuar, pero… –Sara no siguió hablando porque mi Irene Adler la interrumpió con descaro.

–En este caso lo mejor fue que un camarero asomó a la puerta y evitó un linchamiento.

–Bueno…el camarero se asustó al verte en el suelo. Y yo… también –contestó dirigiéndose a mí.

–Lo cierto es que no fue exactamente así… –rebatió mi Irene Adler.

–¡Tú te callas! –exclamó Sara elevando el tono de voz teatralmente.  Entonces las dos se miraron y volvieron a reír, ante mi evidente desconcierto.