miércoles, 8 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LA PERLA Y LA OLA DE PAUL BAUDRY.


         Sara me llevó paseando, sin detenerse, a través de las salas 061b y 061.
        –Como ves, la mayor parte de los cuadros de estas salas son de gran formato, pintura de historia del s.XIX. Pero… te quiero llevar a la siguiente sala, porque creo que te resultará mucho más “edificante” la obra que te voy a enseñar. –Ella me sonrió con picardía.
        –¡Qué estarás tramando, bribona! –exclamé divertido.
        –Vamos a la sala 062. Allí está el legado de Ramón de Errazu.
        –¿Quién era?
        –Ramon de Errazu pertenecía a una familia de empresarios vascos. Nacido en México, vivió en París, donde se relacionó con el mundo del arte, principalmente con Raimundo de Madrazo.
        –De la saga de los Madrazo.
        –El hijo de Federico.
        –Ok. El de la Condesa de Vilches, el cuadro de antes.
        –Exacto. El caso es que a Ramón de Errazu le dio por coleccionar, debido a la influencia familiar y a la de su círculo de amistades. A su muerte, en 1904, legó en su testamento 25 obras al Museo del Prado. En esta sala hay expuestas algunas de ellas como las del gran paisajista Martin Rico, con esos cuadros llenos de luz, o ese retrato de cuerpo entero de Ramón de Errazu que le hizo el propio Raimundo de Madrazo. Y bueno…también la obra que quiero que veas. –Sara me llevó ante un espectacular desnudo femenino.
        –Pero mujer… ¡Qué cuadros me enseñas! ¡Uno no es de piedra! –exclamé–. Una moza de curvas sinuosas con cara de desear ser “explorada”. Por eso lo de que iba a ser “edificante”. ¡Eres un diablillo tunante y provocador! –comenté enarcando las cejas repetidas veces, travieso.
        –Dudaba sí enseñarte esta pintura. Quizá no pueda controlar al vejete libidinoso que habita en ti –añadió paciente–. Anda, no seas bobo. Lo que te decía, pertenece al legado Errazu, y se trata de uno de los mejores desnudos del museo.
        –No seré yo quien lo ponga en duda, aunque nada que ver con el de la señorita que llevo de la mano –besé a Sara en la frente.
        –Me lo voy a tomar como un piropo, eso sí, algo cochino –ella me sonrió.
        –Pues cuéntame, o seguiré pensando en el desnudo de su merced.
        –Retiro lo del piropo. Cochino directamente –esta vez rio, mientras me apretaba la mano y apoyaba su cabeza en mi hombro–. Pues verás… se trata de la obra de Paul Baudry, un pintor francés de segunda mitad del s. XIX, “la perla y la ola” o también llamada “fábula persa”.
        –Hablando en serio. Me parece espectacular ­–comenté.
        –Pues voy a ver cómo te desvelo sus secretos sin despertar aún más tus instintos básicos –añadió jocosa y dubitativa.
        –Ve sin cuidado, están bajo control, pero suficientemente despiertos teniéndote tan cerca –bromeé mientras le hacía una carantoña y jugueteaba con su mano.
        –Como no tienes remedio, vamos al asunto –me sonrió y continuó–. Paul Baudry fue un pintor de éxito en época de Napoleón III. La obra está fechada en 1863 y, cuando se presentó, despertó admiración, por su indiscutible calidad, y alguna crítica, por considerarse atrevida.
        –Me hago cargo –dije con afectada resignación.
        –El autor nos presenta a una mujer de extraordinaria belleza, de cuerpo voluptuoso y nacarino, sobre la arena, a punto de ser envuelta por una ola de mar. Es una perla cuyo estuche es la ola que la va a cubrir.
        –Cubrir…
        –Sí, en parte, esa podría ser una explicación sobre la intención que el autor quería dar al cuadro. Una mujer como símbolo evidente de sexualidad femenina que va a ser seducida, engullida por el mar, que simbolizaría la sexualidad masculina. Puede ahondar en esta interpretación el hecho de que, en la última restauración y limpieza, se han recuperado los rastros de un anillo que tenía la mujer en uno de sus dedos, como símbolo del matrimonio. En fin… interpretaciones se pueda haber muchas. También podemos hacerla entroncar con el tema clásico del nacimiento de Venus, Venus surgida del mar, o Venus Anadiomena. Te enseñaré alguna foto de pinturas… –Sara sacó su móvil y me invitó a ver algunos cuadros–. Mira esta obra de Tiziano, o ésta de Botticelli.
        –La de Botticelli pude verla en los Uffizi, ¿puede ser?
        –Sí. Y mira estos dos, más o menos contemporáneos al de Baudry. A mí me encantan. Los dos son sobre el mismo tema del Nacimiento de Venus; este, de Alexandre Cabanel, del mismo año, y este de Bouguereau, un poco más tardío, de 1879.
        –Tienes razón, dos magníficas pinturas. Y… ¡vaya cuerpazos!
        –No seas guarro que enseguida se te cae la baba. Céntrate en el cuadro de nuevo que te me dispersas… –Sara me miró con reproche, pero divertida.
        –A sus órdenes, encantadora guía –obedecí con cierta sorna.
        –A lo que iba. Destaca el análisis anatómico de la mujer, cuyo cuerpo se extiende sobre la arena, con suavidad, exponiendo al espectador la armonía de sus curvas, la del brazo-axila-seno, la de la cintura y las nalgas, la de las rodillas y la de los tobillos. En contraste, tenemos la postura, forzada pero magistral, de sus brazos y manos, y, sobre todo la de la cabeza. El rostro aparece girado y bien dibujado, destacando el perfecto modelado de las cejas y de una nariz perfecta. La mirada, de reojo, pero directa y clara, muy insinuante, se vuelve al espectador sin pudor, y remata la imagen con esa boca sugerente, entreabierta, que termina de realzar la sensualidad del cuerpo desnudo con esa expresión facial que se calificó de picante en el momento de la presentación de la obra. Es como si a la mujer no le importara que la estuviéramos mirando en el momento previo a que el mar la posea.
        –Ahora que lo dices, la verdad es que el cuadro invita a algo más que la contemplación –dije con sinceridad.
        –Para mí, tiene un fuerte contenido sexual. De hecho, ya te digo que tuvo muchas críticas por ello. Pero es de una belleza indiscutible. Fíjate que bien pinta el pelo de la mujer y como lo deja suelto sobre la arena, difuminándolo. Además del espectacular desnudo, observa las algas que aparecen pintadas en primer plano con esa pincelada mucho más descuidada, menos precisa, mientras que detalla mucho más las conchas y caracolas que aparecen a ambos lados de la modelo, o el mar a base de diversos matices de azules y verdes salpicado de manchas de espuma blanca. Observa como rompe la ola en el lado derecho en esos luminosos cachones sobre las rocas y las caracolas, a los pies de la mujer.
        –El cuadro es una maravilla.
        –Y una última cosa. El marco va muy acorde con la pintura con esas veneras que simbolizan de nuevo el estuche que va a contener la perla.
        Lo cierto es que la obra era de una belleza indiscutible, y la explicación de Sara, como siempre, había sido densa y me había dado unos puntos de vista diferentes a lo que destacaba a simple vista; el indudable atractivo de aquel cuerpo femenino nacarado sobre la arena.
–El amigo Baudry tuvo que disfrutar pintándolo. Sobre todo, si la moza…hizo algo más que dejarse retratar.
        –Creo que deberías hacer más caso a las explicaciones de “tu modelo”, no sea que esta noche decida no posar para ti –finalizó Sara insinuante.
–Un gran cuadro y una estupenda interpretación del mismo, sí señorita –aseguré asintiendo teatralmente esperando que no cumpliera su amenaza, mientras ella reía y, a buen seguro, ya pensaba en una nueva obra que presentarme.

lunes, 6 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. AMALIA DE LLANO Y DOTRES, CONDESA DE VILCHES, DE FEDERICO DE MADRAZO.


       Visitar el museo del Prado con Sara es algo nuevo, mucho más interesante, desde luego; su compañía me agrada hasta la enfermedad, y su saber y su manera de explicar las obras de arte con esa naturalidad, esa pasión, y esa cercanía con la que lo hace, me dejan absolutamente tolondro. Con una mirada y dos frases me desmonta como a un reloj…
        –¿Café? –Ella me sacó de mis pensamientos.
        –Vale.
        –Vamos a la tienda. Hacen una café, de esos de cápsula, aceptable.
        ­Mientras ella pedía y me invitaba, yo esperaba dando un paseo ojeando libros, viendo láminas y regalos, observando cómo iban cambiando las cosas en este tipo de instituciones; la promoción comercial con las imágenes más icónicas de las colecciones era cada vez mayor.
        Sara llamó mi atención levantando la mano desde dónde estaba el camarero. Había conseguido una mesita de pie donde poder tomar el café con más tranquilidad.
        –Como te dije, te voy a llevar a mi aire –me dijo al reunirnos.
        –Tú mandas.
        –Para hacer una visita más académica, el día que quieras, coges una audioguía, o te sumas a una visita guiada.
        –Eso siempre estoy a tiempo de hacerlo. Creo que lo que me planteas es diferente, y con lo que te gusta mandar… –Le sonreí mientras ella sorbía el café servido en pequeños vasitos desechables, lo posaba con calculada y esmerada elegancia y parsimonia, y me sacudía un nuevo puñetazo en el hombro, sin poner, por supuesto, el mismo cuidado que con el café.
        –Acabo en el hospital, seguro –comenté palpándome la zona afectada. Ella me sonrió–. Y además debo de estarte agradecido       –ironicé apartándome un poco, por si ella volvía a las andadas.
        –No sé para qué me esfuerzo. Eres un tonto del haba.
        –El otro día me dijeron de donde viene eso del tonto del haba.
        –Seguro que crearon el término para ti.
        –Pues no, resulta que dicen que, en el roscón de Reyes, al que le tocaba el haba pagaba, por eso lo de tonto del haba. Algo muy navideño.
        –Pues te viene que ni pintado. –Ella me sonrió mientras dejaba el vaso del café tras darle el último sorbo. Yo no perdía detalle de sus movimientos, debía de tener una cara de alelado monumental. Ella cruzaba una pierna sobre la otra en el taburete alto y acababa de pasarse el pelo delicadamente por detrás de la oreja derecha, echando la cabeza ligeramente hacia atrás, con aquel gesto involuntario que, simplemente, me volvía loco.
        –Vamos –le apremié de repente.
        –Caray. Ya has descansado.
        –No. Es que hay cosas que haces, que no…
        –Ya, ¿quieres que me vuelva a pasar el pelo por detrás de la oreja? –me insinuó con aquella coquetería que difícilmente soportaba.
        –No, por Dios. Tormentos los justos. Vamos… –concluí tomándole de la mano mientras ella reía.
        –Tú dirás.
        –Déjame pensar… Vamos para abajo. Te voy a enseñar un retrato –Sara me llevó hasta las escaleras más cercanas y enseguida nos asomamos a la sala 062b, en el piso inferior–. Me está gustando esto de llevarte donde me apetece en cada momento –afirmó.
        –La verdad es que aquí tienes donde elegir.
        –Ya, pero mira… nunca había visitado el museo así.
        –Ni con un tipo tan atractivo, imagino.
        –Eso sí, muchas veces –me sacó la lengua y me guiñó el ojo disfrutando de mi pueril reacción celosa, al ponerme algo colorado–. Lo que sí es cierto es que no había venido con alguien tan mayor –ahora ella me agarró de la mano cariñosamente y se detuvo, parece que con nuestras tonterías habíamos llegado al lugar que ella quería.
        –¡Magnífico! ¡Condesa de Vilches, mis respetos! –exclamé con sinceridad y gracia, mientras me inclinaba ostentosamente ante el cuadro. Era un lienzo que ya conocía, pero verlo allí colgado, era algo muy diferente–. Madrazo, ¿verdad? –añadí aludiendo al autor.
        –Voy a presumir un poco –Sara engoló su voz con salero–. Se trata de Amalia de Llano y Dotres, la condesa de Vilches, obra de Federico de Madrazo y Kuntz. Es que Madrazos hubo muchos –aclaró.
        –Ya, toda una saga.
        –Exacto.
        –Pues cuéntame algo sobre la pintura, a mí me parece soberbia, aunque eso te parecerá simple.
        –Es uno de los mejores retratos del museo, para mí, quizá el mejor de la colección de pintura del s. XIX. Desde luego el mejor de Federico de Madrazo, y estamos hablando de alguien que hizo más de seiscientos. El autor pertenece al movimiento romántico del s. XIX y fue discípulo del francés Ingres. La originalidad, o la diferencia de esta pintura reside el modo en el que captó a la modelo. España se regía por una etiqueta muy estricta, los retratos eran sobrios, solemnes, distantes, con escasa comunicación con el espectador. En este, el pintor se sale del canon, y nos acerca a un retrato… digamos… más informal, más de estilo francés.
        –Explícate. Parece interesante eso que me cuentas.
        –Partimos de que la condesa era amiga personal del pintor, participaba en tertulias, escribía, incluso cantaba en algunas de las reuniones que se hacían en casa de Madrazo; hombre influyente en aquel tiempo, pintor de cámara del Rey y director de este museo. Esa relación personal…
        –No me digas que había…coyunda.
        –No seas guarro. No había –Sara me miró divertida, aparentando reproche–. Pero había una amistad y una complicidad, que se percibe en el cuadro. Madrazo pintó a la condesa sentada en un sillón, y todo en el retrato parece sugerirnos sensualidad, cercanía con el espectador, la modelo parece insinuarse en todos los aspectos; su posición curvilínea y sacada del centro de la composición, la desnudez de sus hombros, acentuada sutilmente por la sombra que la cabeza y brazo proyectan sobre su amplio escote y sus hombros desnudos, la levedad, yo diría provocadora, con la que coloca su mano bajo el mentón, la suavidad con la que sostiene ese abanico de plumas, la perfección arrebatadora y sensual de su piel nacarada….
        –La verdad es que es de una belleza indiscutible, tanto la modelo como el cuadro. Aunque el peinado…
        –Bueno, era otra época –Sara me sonrió–. Fíjate en lo bien que está pintado el pelo, el detallismo y la finura de los brillos. Más cosas… –Sara hizo una pausa–. Observa como trata las diferentes texturas, el raso del vestido, el chal que cuelga sobre la butaca, el terciopelo del sillón…parece que vamos a tocarlos, y que van a ser reales.
        –Puestos a tocar, yo tocaría la piel de la condesa que parece de una tersura sinigual.
        –Pues… delante de mí ni lo pienses –Sara rio–. El tratamiento de la piel es de una idealización absoluta. No creo que encuentres una piel tan perfecta, sin manchas ni defectos.
        –Bueno…Sé de una que se le acerca bastante –afirmé cogiendo a Sara de la cintura.
        –Eres un viejo verde y zalamero, pero me gustas…
        –Lo sé –añadí divertido–. Cuéntame más cosas sobre el cuadro –le pedí sin aflojar mi presión sobre su cadera, manteniéndola junto a mí.
        –Veamos… Fíjate en el genial detallismo del conjunto, en la veracidad de las joyas, el realismo de las telas del sillón, del chal y del vestido de la condesa, en como la luz pasa a través de las plumas del abanico. Madrazo pintó un rostro arrebatador y fascinante, con un trazo preciso en las cejas y pestañas, unos labios pequeños y una nariz delicada, realzados por el control del cromatismo sobre las carnaciones, que va del blanco nacarado al rosa suave. Y de los ojos…pues… qué decir de esa mirada intensa, de esos brillos en las pupilas y de esas marcadas ojeras, que quizá hagan el rostro de la condesa aún más sugerente, aún más…comunicativo.
        –A mí me da la impresión de que, en el fondo, además de la indiscutible picardía y sensualidad de la mirada, las ojeras le proporcionan una leve tristeza, quizá cansancio. Probablemente esto le haga más atractivo –concluí pensando en la irresistible y melancólica mirada de Sara.
        –Y, para terminar, fíjate como todo en la composición es curvo, lo cual parece dotar al cuadro de cierto movimiento, de cierta interacción entre la condesa y el espectador; la posición de los hombros de la retratada, su cintura, el brazo derecho bajo el mentón, la mano girada con el abanico posada con gracia sobre el vestido, la butaca que parece envolverla… incluso, quizá Madrazo pintara por eso esas esquinas en redondo enmarcando toda la obra.
        –La verdad es que ves tantas cosas en los cuadros que me fascina escucharte.
        –No exageres. Los cuadros, hay que mirarlos, sólo eso.
        –Ya, pero depende con que ojos los mires. Y los tuyos… –le dije haciéndole un arrumaco y acariciándole la mejilla, llevándole esta vez yo el pelo tras la oreja derecha–. Más vale que sigas con la visita, porque tus ojos me van a matar.
        –No será para tanto –me guiñó con exagerada coquetería.
        –Sabré yo por la tortura que estoy pasando… –teatralicé mis palabras con un gesto de resignación. Ambos reímos, nos separamos unos centímetros, y continuamos nuestro paseo, eso sí, cabalmente, de la mano.

domingo, 5 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. ANIBAL VENCEDOR CONTEMPLA POR PRIMERA VEZ ITALIA DESDE LOS ALPES DE FRANCISCO DE GOYA



    Llevo unos días dándole vueltas. Echo de menos a Sara; también alguno de vosotros me pregunta qué ha sido de ella. Para todos aquellos que no sepáis quien es, Sara es una de mis creaciones, una de las protagonistas de mi novela, “Tiempos de sombras”, es un encanto de mujer, una inteligente y hermosa morena de melena corta, de mirada triste y penetrante, Catedrática de Historia Medieval, con quien viajé virtualmente a Roma, y dejé inconclusa una serie de relatos. Y he pensado que quién mejor que ella para enseñarme, y enseñarnos, el Museo del Prado, ella que “sabe de esto mucho”. Yo estoy encantado, ella me hace feliz y me divierte… aunque sea en la ficción…

        Me había quedado absorto ante un cuadro al entrar en la sala 35…Sara se me acercó por detrás, y me cogió por la cintura.
        –Ha hecho pipí el nene –comentó jocosa.
        –Menos cachondeo. Ya no me aguantaba.
       –¿Qué dice mi vencedor? –me susurró al oído mientras seguía aferrada a mí, haciendo referencia, sin duda, al cuadro que admiraba.
        –Pues mira, me ha sorprendido. No me parecía un Goya.
        –Es el “Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes”. Tiene una curiosa historia. ¿Te la cuento?
        –Ilumíname, luz de mi vida –comenté pomposo, mientras ella me cogía de la mano y, como ya era una costumbre, correspondía a mis chanzas con un puñetazo cariñoso en el hombro.
        –Veras, boberas –comenzó su explicación resignada–. Empecemos porque el cuadro está en depósito en el Prado, no es propiedad del museo. ¿Has visitado Cudillero, en Asturias?
        –Sí, conozco Cudillero. Pero ya me dirás que tiene que ver con el cuadro.
        –¿Y la Quinta Selgas-Fagalde, a las afueras del pueblo?
        –Eso ya no.
        –Pues es como que no has ido a Cudillero del todo. La fundación Selgas-Fagalde se dedica a conservar el legado de la familia indiana que da nombre a la Quinta. Es un lugar maravilloso, con extensos jardines, con fuentes y cuidados parterres, con árboles y plantas exóticas, y una villa espectacular, donde la familia reunió una extraordinaria colección de arte.
        –Supongo que algún día me llevaras –simulé acatamiento.
        –Ni que fuera a llevarte al matadero –contestó algo desilusionada.
        –Era broma. Seguro que es un lugar interesantísimo.
        –Pues mira, solo por pasear por sus jardines ya merece la pena, aunque el conjunto, con el Palacio, el Pabellón de tapices, el Museo escolar o la Iglesia, y las obras de arte, supera todas las expectativas, te lo aseguro. Pues como te decía, la fundación cuida del legado de la familia, y hace unos años llegó a un acuerdo con el Museo del Prado en el que éste le restauraría cinco de sus obras, y organizaría, con fondos del museo, dos exposiciones allí. Este cuadro es uno de los que entró en el acuerdo. Y la sorpresa fue que un investigador del Museo del Prado, Jesús Urrea, destapó su verdadera autoría. La familia Selgas lo compró en el siglo XIX como pintura italiana, y resulta que, en 1993, este experto, anunció que se trataba, sin ningún tipo de duda, de un Goya de la primera etapa, concretamente de 1771.
        –Vaya. Pues sí que tiene miga el asunto.
        –Pues espera. Ahora sabemos que Goya estuvo en Italia dos años. En Génova, coincidió con Anton Rafael Mengs y su séquito, con el que viajaría por los estados italianos. Probablemente animado por éste, Goya decidió participar en un concurso organizado por la Academia de Bellas Artes de Parma; Mengs sentía algo especial por Parma, porque allí se había formado su ídolo Correggio, y a Goya le atraía la conexión dinástica de sus gobernantes con Madrid.
        –Imagino que, si allí se hacía con un nombre dentro de la pintura, podría venir a España con “referencias” –la interrumpí momentáneamente.
        –Correcto. Y presentó este lienzo.
        –Y ganó…
        –No, no lo hizo. Pero su obra causó gran impresión y se llevó una mención especial que acabaría teniendo eco en una publicación especializada; en la revista literaria parisina Le Mercure de France. Para un joven de 25 años aquello debió de ser importante.
        –A mí me gusta el cuadro. Un poco simple mi argumento, ¿no?
        –Por algo se empieza. Pues bien, la Academia de Bellas Artes de Parma proponía una serie de consignas a la hora de elaborar la pintura. Debía salir el héroe llevado de la mano por la Victoria, y debía tener un formato y unas dimensiones determinadas.
        –Las bases del concurso. Vamos…que no era un tema libre.
        –No. Pero Goya fue mucho más allá porque, además de hacer un gran estudio compositivo y lumínico, hizo alusiones alegóricas en su contenido, lo idealizó utilizando colores poco reales, y le dio un giro psicológico a la escena.
        –Veamos entonces –le animé.
        –Lo primero que resalta es la extraordinaria importancia del dominio de la luz por parte del autor, con la utilización de esos colores poco naturales, azules y rosados. En primer plano, fíjate que deja en semipenumbra a la alegoría del rio Po, que aparece representado como un hombre fuerte situado de espaldas con cabeza de toro, y con un cántaro del que mana agua. En el centro, Goya situó al héroe cartaginés que no está siendo guiado por el genio alado, sino que parece que este confirma sus actos mostrándole la llanura italiana. Aníbal, ataviado como romano, tiene una expresión de duda, parece superado por los acontecimientos, por esa hazaña que está protagonizando, pero que tiene un incierto futuro. Al lado aparece uno de sus hombres, abanderado a caballo, que parece esperar sus órdenes.
        –La verdad es que el ejército que le acompaña parece de todo menos victorioso –comenté.
        –Bien visto. Goya pinta un ejército cansado, abatido, que pasa por detrás de la escena principal y desciende por la colina. Quizá sea la visión lógica de unas tropas que siguen a su líder pero que, tras cruzar los Pirineos y los Alpes en invierno, no se encuentran en su mejor estado. Y otra de las alegorías del cuadro está en la parte de arriba donde la Victoria aparece en ademán de imponerle la corona de Laurel.
        –¿Sabes que me ha gustado tu explicación?
        –Pues...gracias. –contestó ella con sinceridad apoyando su cabeza en mi hombro, quedándose unos instantes en silencio mientras ambos disfrutábamos del lienzo.
        –¿Seguimos? –pregunté al cabo de un par de minutos.
        –Vamos. –Sara tiró de mi hacia la sala siguiente, donde en aquel momento no había nadie. Entonces se giró, y me besó levemente en los labios, con mucha ternura.
        –¿Y esto? Querida doncella te pueden echar por escándalo público, y a mi detenerme por asaltacunas.
        –Igual pensabas que se me había olvidado. ¡Felicidades abuelete! –exclamó antes de volver a besarme.
        –No todas pueden presumir de pasear con un anciano que cumple 53 años, por el Museo del Prado. Deberías sentirte una privilegiada –afirmé mientras le guiñaba tras la sorpresa.
        Entonces, ella me sonrió con dulzura y, de la mano, me invitó a seguir disfrutando del museo. Yo…encantado.

sábado, 4 de abril de 2020

EL TRIUNFO DE SAN HERMENEGILDO DE FRANCISCO DE HERRERA EL MOZO.


        En estos paseos mañaneros que estoy compartiendo con vosotros he llegado a la sala 018A del Museo del Prado donde destaca, en el fondo, un extraordinario óleo sobre lienzo; “El triunfo de San Hermenegildo” de Francisco de Herrera el Mozo.
        Herrera el Mozo (Sevilla,1627 – Madrid,1685) fue un pintor y arquitecto sevillano, hijo del también artista Francisco de Herrera el Viejo, que estuvo varios años en Italia perfeccionando su maestría, y que trabajó, a su regreso, principalmente en Madrid, aunque también llegó a dirigir las obras de la Basílica del Pilar en Zaragoza. Si hacemos caso a lo que escribió de él Antonio Palomino (nuestro gran tratadista de pintura del s. XVII-XVIII), el artista no tenía nada de modesto, “era altivo y vanidoso, y de ingenio mordaz, satírico, incluso diabólico”.  
        Respecto al lienzo que me ocupa, Palomino comentó que el autor “se dejó decir que aquel cuadro se debía de poner con clarines y timbales”. Lo cierto es que, a la obra, pintada en 1654, se le atribuye el ser el mejor ejemplo de barroco madrileño, y cuando se colgó en el altar del Convento de San Hermenegildo de religiosos Carmelitas Descalzos en Madrid, actual iglesia de San José, en la céntrica calle de Alcalá, debió de resultar todo un acontecimiento por la admiración que desató (algo que debió exaltar el ego del autor y que, probablemente, ponga aún más en valor las palabras del tratadista). Lo cierto es que, con el tiempo, ha pasado a ser considerada una de las obras maestras de la pintura española del s. XVII, lo cual no es cuestión baladí.
        El lienzo es un cuadro de altar. Según lo vemos expuesto, es seguro que esté demasiado bajo, dado que sus enormes dimensiones no permiten muchos alardes, 326 X 228 cm. Creo que aún no os he comentado que la mayor parte de los cuadros son encargos para colocar en sitios escogidos. Los grandes pintores solían estudiar el lugar donde iban a ir ubicadas sus obras y, sobre ello, trabajaban. En este caso Herrera el Mozo debió concebir el cuadro para ser visto desde más abajo. De todos modos, su ubicación actual nos permite apreciar toda la monumentalidad, la riqueza compositiva, el magnífico tratado de la luz y de los claroscuros, y la gran variedad de matices del lienzo.
        Primero acariciaré el fondo histórico de la obra para poder comprenderla mejor. Hermenegildo era un príncipe y noble visigodo, hijo de Leovigildo y hermano de Recaredo. Hermenegildo fue educado en el arrianismo, pero se convirtió al catolicismo, probablemente porque en aquel momento le interesaba para declararse en rebeldía contra su padre. Tras años de enfrentamiento Hermenegildo fue derrotado y huyó de Extremadura a Andalucía. Tras ser arrestado en Sevilla, es trasladado a Valencia de donde consigue escapar de nuevo, para ser apresado finalmente en Tarragona. La leyenda nos cuenta que su negativa a tomar la comunión arriana le llevó al martirio; le cortaron la cabeza. Sería su hermano Recaredo quien, con el tiempo, ya siendo rey, instauraría definitivamente el catolicismo como la religión oficial del reino Visigodo.
        Ahora, vamos con el cuadro. En cuanto a la composición, la obra está dominado por el movimiento helicoidal de la figura del santo, que parece girar sobre si misma mientras asciende, mirando hacia el cielo, con el crucifijo en la mano y ataviado a la romana. La luz emerge, como gran protagonista, del extremo superior de la pintura en un rompimiento de gloria que se extiende por el cuadro, y sobre el que se difuminan decenas de angelitos en diferentes posturas y acabados, y con diferentes funciones; algunos son músicos que tocan sus instrumentos (a la derecha), otros llevan los símbolos del martirio, las cadenas, el hacha (debajo de los anteriores) o la corona de rosas (ángel que intenta imponérsela al santo), mientras otros cargan con los atributos de la realeza como son el cetro y la corona (en el claroscuro de la parte superior izquierda).
        En un soberbio contraluz, aparecen representados, a los pies del mártir, su padre Leovigildo vestido anacrónicamente con una armadura de placas propia del siglo XVII, con una mano sobre su rostro, y una expresión de sorpresa y quizá arrepentimiento por haber ordenado la muerte de su hijo, y el obispo arriano asustado y abrumado, con un cáliz en la mano, símbolo de la comunión que la leyenda dice que no quiso tomar el santo cuya festividad se celebra el 13 de abril.
        Grandioso y monumental el cuadro de Herrera el Mozo, de esas obras que no te dejan indiferente. Espero que disfrutéis de su contemplación, aunque sea en casa. Allí, en el museo, os aseguro que sobrecoge. Un saludo.

viernes, 3 de abril de 2020

LA REINA DOÑA JUANA LA LOCA, RECLUIDA EN TORDESILLAS CON SU HIJA, LA INFANTA DOÑA CATALINA DE FRANCISCO PRADILLA


     Para mí no hay cosa más edificante que pasearme por el Museo del Prado. Mi lejanía de Madrid me impide hacerlo con la asiduidad que desearía, pero para algo está internet; la pinacoteca tiene una web interesantísima, y un canal de Youtube donde hay decenas de videos con obras comentadas y conferencias (raro es el día que no lo visito, y encuentro algo que me atrae)
        Estos días me estoy levantando con ganas de escribir sobre arte. Al primero que le sirve es a mí, porque siempre aprendo cosas leyendo y escuchando a los grandes especialistas, pero, a lo mejor, a esos niños que tenéis muchos en casa y que están en edad de aprender, o a los no tan niños, les acaba llamando la atención algo de lo que escribo.
        Hoy me levanté pensando en la pintura de historia, un género de mucho éxito, entre otras cosas por los concursos que se organizaban y las becas que se daban en el s. XIX y principios del XX. Entre los grandes cultivadores de este género estaba Francisco Pradilla y Ortiz, gran erudito y extraordinario pintor (llegó a ser director del Museo del Prado) que es el autor del cuadro al que me voy a acercar hoy, de título tan largo, “La reina doña Juana la loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina”, un óleo sobre lienzo fechado en 1906.
        Pradilla siempre sintió una especie de obsesión por la figura de Juana la Loca, personaje que reúne todos los elementos románticos de moda en aquel momento, amor, honor, devoción, pasión, locura… su cuadro más famoso, y que quizá os suene, es “Doña Juana la Loca”. En él, la reina aparece ataviada de luto junto al ataúd de su marido, acompañada por un numeroso séquito que descansa en aquel famoso y demente deambular por las llanuras castellanas; un lienzo de 5 metros de largo y 3, 40 de ancho, dimensiones que se exigían para participar en exposiciones y concursos de la época; obra que fue premiada en la exposición nacional de 1878.
        Sobre el cuadro que me ocupa, Pradilla, como siempre, se documentó abundantemente; por detrás de la obra incluso hace una referencia a las fuentes históricas en las que se basó para pintarlo, los estudios del Académico de la Historia Antonio Rodríguez Villá. El cuadro es una pintura de gabinete dirigida a un mercado concreto que solía ser la burguesía o aristocracia adinerada del momento, y sus dimensiones son de 85cm x 14,6cm, muy lejos de la monumentalidad de su gran obra maestra. Y no lo busquéis si vais al Prado que eso ya lo hice yo en mi última visita. No está expuesto. Ha participado en alguna exposición, pero es que el museo no puede mostrar todo lo que atesora en sus inmensos fondos.
        Vamos con la obra.  Pradilla nos presenta a la reina Juana sentada junto a una ventana por la que entra la luz del solar castellano con la mirada perdida, aunque dirigida al espectador, ignorando los requerimientos de su hija, la infanta Catalina, que reclama, sin lograrlo, su atención. En el centro del cuadro aparecen dos damas de la reina, una ricamente vestida, y otra mujer que hila lana frente a una rudimentaria devanadora con atuendo más modesto. Detrás de ellas, Pradilla pintó esa chimenea en la que arde un fuego que tenuemente ilumina la estancia y que sutilmente alumbra la figura de un gato blanco en un cesto a la izquierda. Si nos animamos a pasear la vista por el cuadro veremos multitud de detalles: la decoración de la ventana junto a la reina que acaba de dejar la lectura de un libro, y el detallismo de la diversidad de objetos que adornan paredes y alféizar, llaves, jarrones, una jaula con un pajarito, un bote con plumas, un calvario; la ornamentación mudéjar alrededor de la puerta del fondo, que da paso a una estancia iluminada por una pequeña vidriera, que deja en semi-penumbra el ataúd de Felipe el hermoso, del que no se separaba doña Juana; la reproducción del típico suelo castellano de losetas primorosamente dibujadas y las cerámicas de los zócalos; la minuciosidad con que pinta las alfombras, y el virtuosismo con el que nos muestra la gran cantidad de juguetes que salpican el suelo abandonados por la desconsolada niña. A la derecha, incluso hay un oratorio tras una verja con pinturas románicas, y la figura de un Pantocrátor.
        Especial atención quiero poner en la bellísima chimenea estilo gótico flamígero con el escudo real rematada por ese magnífico arco conopial que enmarca un gran alcabor. Pradilla la tomó de un grabado de un estudio que había hecho un pintor sevillano, Valeriano Domínguez Bécquer, hacia 1866, sobre una chimenea propiedad del Duque de Frías en una casa que poseía en la localidad de Ocaña. Pradilla consideró que esa chimenea podría ambientar perfectamente la estancia del Palacio de Tordesillas donde la reina Juana estuvo recluida.
        Para terminar, quería comentaros que la pintura me comunica un par de cosas, lo primero la profunda sensación de soledad que da la reina Juana enajenada junto a la ventana, a pesar de mirarnos fijamente, fríamente acompañada por sus dos damas, y la lastimera vida de una niña condenada a vivir con su madre, que ha abandonado sus muchos juguetes para reclamar un poco de atención y cariño, algo que no consigue.

        Os dejo con este magnífico cuadro de Francisco Pradilla.

  

miércoles, 1 de abril de 2020

LA SAGRADA FAMILIA DEL PAJARITO DE BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.



         Hay cuadros que desde la primera vez que los contemplas consiguen sacarte una sonrisa. Son pinturas que en cualquiera provocan ternura, son obras con las que empatizamos sin siquiera habernos asomado a su significado, al sentido de su contenido, no ya a sus cualidades y calidades técnicas o compositivas; sólo nos hace falta observar los rostros y los gestos de los protagonistas para conmovernos con la dulzura de los modelos, con la gracia de sus ademanes. Este es el caso de “La Sagrada familia del Pajarito” de Bartolomé Esteban Murillo.
        El gran éxito de Murillo fue acercar la devoción a lo cotidiano, o viceversa, como queramos, probablemente en esto fuera fundamental el carácter del autor; tuvo fama de ser un hombre fundamentalmente “bueno”, yo creo que con eso está todo dicho. Esta escena religiosa de la Sagrada Familia podría asociarse perfectamente a un momento íntimo y habitual en la casa de una familia sevillana humilde de mediados del siglo XVII; una de las muchas situaciones cotidianas a las que Murillo se asomó de manera magistral.
 A ninguno se nos debe escapar que se trata, en el fondo, de una escena devocional en la que San José cuida de su hijo quien, con un pajarito en la mano, juega a mostrárselo, a chinchar al perrillo que tiene a sus pies. Al lado, la Virgen María observa la escena con un rostro amable, comprensivo y tierno, mientras realiza una labor cotidiana como es la de devanar lana.
Llama la atención la importancia que toma San José en la composición. Desde el s. XVI, idea principalmente impulsada por los carmelitas, se trató de reivindicar la labor y la importancia de la figura de San José, que deja de ser iconográficamente un anciano de barba blanca que aparece apartado del hecho principal representando, más como un accesorio que otra cosa, para tomar protagonismo dentro de un nuevo modelo de escena familiar, como es el caso,  en el que aparece retratado como un hombre maduro con barba, cercano al niño, protector y cariñoso, que deja tras de sí los instrumentos de su trabajo como carpintero para atenderle, y a quien, quizá, haya regalado ese pajarito.
En cuanto a la composición, la escena principal se desarrolla sobre una diagonal que podemos trazar desde el perro, pasando por el niño (principal zona iluminada del cuadro y centro de la narración, con su rostro y vestimentas de albura refulgente) y que culmina en la figura de San José, y que divide en dos el cuadro dejando a la Virgen con el ovillo entre las manos fuera de la escena principal junto con el cesto de la ropa y la devanadora. El niño está pintado de manera magistral con delicadeza en los rasgos, sutileza en los detalles como los de sus cabellos rubios, e incluso veracidad y realismo en su gestualidad, al representarlo alzando la mano con el pajarillo contrariando al perrito que, al pie de la escena, parece no tener ojos para otra cosa.
        El mayor especialista en Murillo probablemente sea el recientemente jubilado profesor vallisoletano Enrique Valdivieso. En una de sus charlas me inspiré para elaborar mi relato “El niño de Murillo” que quedó finalista en el III premio de relatos Ciudad de Sevilla en 2018. El profesor Valdivieso siempre hace hincapié en la delicadeza con la que Murillo nos acerca la vida cotidiana a la religión; en este caso nos abre las puertas de una humilde casa sevillana donde se está produciendo una escena familiar y entrañable, la misma que podría haberse dado en Nazaret.
        Tras el último paso del cuadro por el magnífico servicio de restauración del Museo del Prado de la mano de María Álvarez- Garcillán, la obra ha recuperado su luminosidad, el sentido de los espacios y gran parte de su vistosidad. No debemos olvidar que el cuadro sufrió daños importantes, principalmente tras el expolio por parte de las tropas napoleónicas.
        Disfrutemos de él. Saludos.

martes, 31 de marzo de 2020

EL PASO DE LA LAGUNA ESTIGIA DE JOACHIM PATINIR.



        A muchos ni les sonará el nombre de Joachim Patinir, el autor de esta maravillosa obra que cuelga de la sala nro 055A del Museo del Prado; “El paso de la laguna Estigia” (1520-1524). El visitante no avezado suele pasar de largo por este espacio para adentrarse en la llamativa, con todos los merecimientos, sala del Bosco.
        El caso es que yo siento cierta debilidad por Patinir, también por el Bosco, pero es que éste último es mucho más famoso. Patinir es el primer gran paisajista de la historia de la pintura, y las obras que están en esa sala, además de la que me ocupa, lo demuestran bien a las claras, “las tentaciones de San Antonio Abad” (esta la pintó en colaboración con Quentin Massys que hizo las figuras del primer plano mientras el maestro desarrolló el inconfundible paisaje), “Descanso en la huida a Egipto” o “Paisaje con San Jerónimo”. Y por dar algún detalle más de esta extraordinaria sala quiero destacaros las grandes obras de Peter Brueghel el viejo, “El triunfo de la muerte”, maravillosa obra, y “El vino de la fiesta de San Martín”, gran cuadro, pero con un estado de conservación inferior al anterior.
        En definitiva, se trata de una sala monumental, pero que está justo antes de la gran sala Bosquiana, lo cual puede resultarnos beneficioso, porque suele estar vacía y permite su disfrute con amplitud, serenidad y detallismo, y nos concede la posibilidad de la travesura de buscar, con paciencia, en dos de los cuadros de Patinir, las figuras por las que se le conoce al autor como “the kaker” el “defecador” (según Karel Van Mander el gran historiador del arte del s. XVI); pequeños protagonistas que aparecen en posición “comprometida” en alusión al pecado. No me resisto a deciros que uno está en el cuadro que nos ocupa hoy (a la izquierda del cancerbero tras una roca en cuclillas) y otro en “el Descanso de la huida a Egipto” (frente a una casa al fondo, igualmente acuclillado).
        Dejemos la monumentalidad de las obras de la sala y centrémonos en “el paso de la laguna Estigia”. Patinir nos representa en primer plano a Caronte en la barca que está llevando a un alma en la versión clásica del tránsito tras la muerte al momento de su elección. Patinir pinta unos paisajes espectaculares a ambos lados de la laguna dividiendo la tabla en ese plano vertical en tres, mientras plantea una línea de horizonte muy alta, muy propia de él, que equilibra de alguna manera la composición del cuadro. A la derecha representa el infierno con su oscura boca bajo la muralla que custodia el cancerbero o perro de las tres cabezas. Por encima apreciamos unas edificaciones en llamas, muy bosquianas, que dejarán su poso en Peter Brueghel, el viejo, o eso me parece a mí, en “El triunfo de la muerte”. Fijémonos que el camino hacia el infierno es atractivo y engañoso, de muy fácil acceso, con pájaros y frondosos y detallistas árboles frutales en la entrada, a pesar de esconder alusiones al pecado o al demonio, con esa figurita con cabeza de mono que mira al espectador abajo a la derecha, y que parece querer ocultarse a la vista del alma y del barquero.
        Al lado contrario se sitúa el paraíso de influencia más cristiana con animales de varios tipos, con ángeles acompañando a otras almas que ya se han salvado, con una construcción también muy bosquiana al fondo. La entrada al paraíso es angosta y está oculta tras unas yermas y abruptas rocas haciendo alusión a la dificultad que supone la salvación.
        En definitiva, en el cuadro la suerte está echada para el alma que ya ha elegido dada la inclinación de la barca a virar hacia el infierno, y que la vista del fallecido y de Caronte se dirigen hacia allí, aceptando el camino atrayente y mendaz al que invita esa amplia y fascinante entrada al tártaro. 
           Espero que lo disfrutéis como yo. Saludos.

lunes, 16 de marzo de 2020

EL GATO NEGRO DE EDGAR ALLAN POE



      “El gato negro” de Edgar Allan Poe es un cuento breve de horror considerado una obra maestra del género, y uno de los más escalofriantes de la historia de la literatura. Lo cierto es que está muy bien escrito y, el autor, nos acerca a los hechos narrados con gran veracidad y sadismo.
        El relato versa sobre un matrimonio que, aparentemente feliz, comparte su vida con un gato negro, y está narrado en primera persona por el marido. Las cosas cambian cuando el protagonista comienza a dejarse llevar por el alcohol que provoca en él incontrolados arrebatos de ira próximos a la locura. Finalmente, terminará descargando todo su odio y resentimiento sobre el gato al que, primero, agrede y deja tuerto y, más tarde, asesina.
        Ese mismo día su hogar desaparecerá presa de un incendio. En una de las paredes de la casa aparece una mancha, la silueta de un gato ahorcado. Nuestro personaje-narrador, sumido en la desesperanza, ya que el matrimonio ha perdido todos sus bienes, ahondará su relación con la bebida. Ahogando sus penas en una taberna, su vida se cruzará con la de un gato tuerto con una extraña mancha en el lomo; el animal se dejará acariciar, le tomará cariño, y le seguirá a su casa.
        La convivencia del nuevo gato con el matrimonio agravará los problemas del protagonista llevando el cuento a un trágico y sorprendente desenlace.

sábado, 14 de marzo de 2020

EL FANTASMA DE CANTERVILLE DE ÓSCAR WILDE.



   “El fantasma de Canterville”, de Oscar Wilde, es una entretenida y divertida novela corta que se desarrolla en el Castillo de Canterville, cerca de Ascot en Inglaterra.
        La familia Otis, perteneciente a la materialista burguesía americana, decide comprar el castillo a Lord Canterville, rancio y honorable aristócrata inglés, que no duda en advertirles que en el inmueble mora el fantasma de Simón Canterville, algo que insiste en incluir en el contrato de compraventa.
        Esta singular y práctica familia americana está encabezada por Mr. Otis, un hombre moderno y realista, y su republicana mujer Lucrecia, con quien ha tenido cuatro vástagos: Washington, la bella rubia Virginia, y dos traviesos gemelos, apodados barras y estrellas como la bandera norteamericana.
        Los Otis enseguida comienzan a sufrir las visitas del fantasma a las que hacen frente con flema; lejos de asustarse, logran que el estado de ánimo del fantasma, herido en su amor propio, pase del enojo a la depresión por ser incapaz de incomodarlos.  
Simón Canterville, morador por más de trescientos años del Castillo tras asesinar a su esposa Eleonore, será objeto de las burlas y bromas de los revoltosos gemelos, de la constancia de Washington a la hora de limpiar con un producto milagroso la mancha de sangre “de color mutante” que reaparece todas las mañanas, y del pragmatismo de Mister Otis, quien llega a recomendarle un frasco de lubricante para engrasar las cadenas para que no meta ruido al deambular por las noches.
        Finalmente, el fantasma encontrará la solución a su patética existencia junto a los nuevos dueños del castillo de la mano de la bella Virginia a la que desvelará la causa de su trágica muerte, y le hará partícipe de su deseo de morir dignamente y de descansar para siempre en un cementerio.

domingo, 8 de marzo de 2020

UN DÍA DE LLUVIA.

Centrales térmicas de Velilla del río Carrión y Poblado de Iberdrola. Allí nací y me crié.

       El día volvió a amanecer aborrascado, con el cielo cubierto por densos nubarrones. Al abrir la ventana, el fuerte aroma a tierra húmeda que desprendía el suelo lo impregnó todo. Los campos verdes y encharcados desaguaban frente a su casa.
        –Allí arriba ha tenido que llover bastante –se dijo, asomándose al alfeizar mientras dejaba que aquel ambiente agradable, húmedo y fresco entrara en la habitación para quedarse, como si se tratara de un viejo camarada.
        Al contrario que la mayoría de la gente que conocía, aquel tiempo le gustaba de verdad. Eran los días, en los que, envuelto en soledad, disfrutaba de su propia compañía. Eran los días, en los que, con su chubasquero negro, salía a mojarse, a deambular sin un objetivo aparente, aunque al final siempre acababa allí, en la presa.
Salió de casa. Ráfagas racheadas de llovizna comenzaron a azotar su rostro…
        –¡Qué dulce está el agua! –­pensó relamiéndose los labios empapados por los leves regueros que comenzaron a descender desde lo alto de su cabeza, cosquilleándole las mejillas.
        El tiempo parecía detenerse aquellos días en los que el sol era incapaz de traspasar aquella masa densa y aborregada de algodón grisáceo que cubría el cielo, que engullía parte del paisaje, ocultando su belleza tras una cortina aterciopelada y plomiza de neblina. Eran días de paz e introspección.
        Paseaba intentando no perder ni un sólo detalle de todo aquello que le rodeaba, aquello que conformaba su pequeño paraíso, quizá intuyendo que algún día aquel mundo únicamente estaría presente en sus recuerdos, grabado en sentidas y vívidas imágenes que la melancolía se encargaría de guardar con ternura entre las arrugas de su memoria.
Caminaba despacio y reflexivo, con las manos desnudas y ligeramente ateridas, empapadas por el agua que se deslizaba por la tela impermeable de las mangas del chubasquero, observando los escasos movimientos de su horizonte; algunos pájaros se atrevían a volar entre la lluvia sorteando las ramas de los árboles, levemente mecidas por el viento. De vez en cuando se detenía y cerraba los ojos para escuchar; la llovizna aguijoneaba el silencio creando un suave rumor que adormecía plácidamente sus sentidos.
Como una especie de ritual, aprovechaba para inspeccionar las dos cunetas que flanqueaban la carretera. La pequeña estaba limpia; el agua circulaba ágil evacuando la que rebosaba del asfalto. La grande, que permanecía sujeta a un robusto muro horadado por grandes agujeros que parecían mirarle fijamente, recogía el agua que, procedente de la montaña, se había estancado en las praderas hasta rebosarla. El paso del tiempo, y los duros inviernos, con sus nevadas, y fuertes heladas, iban desportillando aquel dique de hormigón que, colonizado por el musgo y el moho, separaba los campos de la carretera; decenas de trozos desprendidos dejaban un rastro de desconchones en las paredes y salpicaban el fondo de la cuneta, convirtiendo el discurrir del agua en una carrera de obstáculos, formando pequeños rápidos a medida que la inclinación de la canalización aumentaba.
Más tarde, casi al final de la carretera, se detenía junto al profundo desagüe donde la cuneta grande dejaba que el agua se perdiera en dirección al río a través de oscuras canalizaciones, mientras observaba la silueta de aquella coqueta ermita rematada por un pequeño campanario, adornada con vistosas cristaleras de colores, con su característico, potente y estilizado frontón, y su pórtico flanqueado por columnas, algo que le llevaba siempre de nuevo a su infancia…
–¡Cuántos días de juegos en torno a aquella bonita y entrañable iglesia! –pensó
Luego, cruzaba la carretera “general”. El asfalto, negro de carbonilla, brillaba empapado por la llovizna. El carbón que transportaban los camiones para alimentar las calderas de las centrales térmicas, se apilaba en dos enormes montañas artificiales, muy cerca. Los días en los que el viento las azotaba con fiereza, el polvo negro volaba libre y se depositaba inmisericorde a su antojo. La carretera no era una excepción. El carbón se adhería a ella, aplastado por las ruedas de los vehículos.
Se acercaba entonces el momento de bajar a la presa. El primer tramo de escaleras, prácticamente irreconocible, aparecía engullido por el césped, y techado por una vegetación de pequeños robles, que formaban una especie de túnel junto con la verja que rodeaba el recinto de las centrales. El resto de los tramos conseguían mantenerse milagrosamente libres de maleza, aunque la vegetación, poco a poco, iba reconquistando terreno al hormigón.
Una barandilla oxidada ejercía de quitamiedos ante la importante pendiente que había que salvar, escalón tras escalón, hasta llegar a la parte de arriba del embalse, encajonado en aquel valle que el discurrir intemporal del río había labrado.
Al llegar al pie de la carretera que cruzaba la presa, levantaba la vista y respiraba hondo pensativo. Una verja impedía el paso, pero, desde allí, podía disfrutar del bonito paisaje que espejeaba sobre la superficie lisa y opaca, importunada por el choque de miles de gotas de aguas que difuminaban, en parte, el reflejo de los montes cercanos, del robledal pintado de ocre por el otoño, de los tonos grisáceos de las rocas escarpadas que permanecían orgullosas, desafiando a la gravedad al borde del agua; acantilados quizá sostenidos por alguna fuerza misteriosa.
El monótono murmullo que provocaba el choque de la lluvia contra aquella enorme masa de agua oscura y llana, le producía una sensación relajante que conseguía atraparle durante un tiempo.
Instantes después, agarrándose a las ramas de los árboles, se deslizaba monte abajo hasta llegar al pie de la presa. El ruido era ahora ensordecedor. La furia del agua se desataba al encontrar una vía de escape a su encierro. Las compuertas dejaban que resbalara por el lomo de hormigón del coloso hasta que chocaba contra la base, lanzando rociones de espuma blanca que se perdían entre el oleaje y la corriente aguas abajo, salpicando con nubes de vapor de agua las orillas del río.
El paseo había merecido la pena de nuevo. Regresaría, después de permanecer, allí sentado en una roca, mojándose con la aguarrada no sabría decir cuánto tiempo, observando como el agua escapaba de su cautiverio, esperando que, en algún momento, el sol lograra abrirse paso entre las nubes para regalarle un arco iris que llevarse como colofón; otro bonito recuerdo, una imagen más que la nostalgia seguramente conseguiría retener en lo más profundo y sentido de su memoria, para devolvérsela cuando ya no viviera allí.

sábado, 7 de marzo de 2020

EL MAESTRO DE LAS SOMBRAS DE DONATO CARRISI



      “El maestro de las sombras” de Donato Carrisi es una buena novela de misterio y suspenso, al menos entretiene y engancha, que es lo que yo le pido a este tipo de libros. Es el tercer volumen de una saga, aunque yo lo he leído el primero; creo que ya os comenté que me paseo por la biblioteca y cojo el libro que me “llama” en ese momento.
        La acción se desarrolla en Roma, en 2017. La ciudad, después de padecer una gran tempestad, se ve abocada a un apagón forzoso para reparar las tres centrales eléctricas que abastecen la urbe y que han resultado dañadas por un rayo.
Es en este momento cuando surge el recuerdo del mandato del Papa León XI quien, en 1521, 9 días antes de morir, ordenó que Roma nunca estuviera a oscuras. El miedo a las consecuencias de su incumplimiento recorrerá todo el texto; el temor a que el mal se adueñe de las calles preocupa a las autoridades que permanecen en estado de máxima alerta frente a los posibles disturbios.
        Instantes antes del apagón, Matilde Frei, una mujer que vive sola tras la desaparición de su hijo Tobías 9 años atrás, recibe una misteriosa llamada telefónica en la que la voz de un niño le pide que vaya a buscarlo. Ella recuerda al pequeño que la policía nunca halló.
        Por otro lado, los protagonistas principales de la novela son Marcus, el último penitenciario, un sacerdote al servicio del vaticano que se dedica a resolver “anomalías”, los casos más horribles relacionados con la iglesia, y Sandra Vega, una fotógrafa forense, la mejor en su campo, que es reclamada de su retiro por sus jefes para investigar una serie de asesinatos que se han producido con un denominador común, su extremada crueldad.
        El autor nos describe una ciudad apocalíptica con el Tíber desbordado, como en sus peores inundaciones, y con los delincuentes campando a sus anchas; la policía se ve incapaz de hacer frente a tanta maldad.
        Y ahora, si os apetece leer este libro, es el momento de que descubráis cual es la relación del desaparecido niño Tobías con la amnesia temporal que sufre Marcus, el penitenciario, tras aparecer desnudo en la cárcel del Tullianum, y el nexo que le une a este, con la atractiva investigadora Sandra Vega.   

domingo, 1 de marzo de 2020

LOS GALEONES DEL REY DE JOSÉ CALVO POYATO



     “Los galeones del rey” de José Calvo Poyato es una novela histórica ambientada en Sevilla, concretamente en 1646, un momento de crisis en la monarquía hispánica, de declive de nuestras armas en toda Europa, al igual que de decadencia de la ciudad hispalense; no olvidemos que se sitúa a tres años de la gran peste que reducirá a la mitad la población de la capital andaluza, hecho que precipitará su abandono en favor de la emergente Cádiz, ciudad que la sustituirá como capital del comercio americano.
        La narración arranca en el momento previo a la llegada de la flota de indias, de la que se dice que porta uno de los cargamentos más valiosos de su dilatada historia.
Un grupo de conspiradores capitaneados por el Duque de los Alcores, Rodrigo Ponce de León, planea hacerse con tan preciado tesoro. Para ello harán correr el bulo de que la peste, traída por la flota de indias, se ha extendido virulentamente por la costa gaditana y onubense. En un momento donde las comunicaciones son lentas, este poderoso grupo se hará con el control de la información que llega a Sevilla, ciudad que se ve absolutamente convulsionada, cuyas autoridades civiles y religiosas deciden cerrar sus puertas, organizar procesiones para tratar de contener la parca, y ordenar una preventiva cuarentena par los galeones de la flota en el Arenal.
        Diego Ruiz de Acevedo, medico de prestigio en la ciudad, que ha estudiado en Holanda y que ha pertenecido a los Tercios de Flandes, y su fiel amigo, Jerónimo de Loaysa, un ilustre imaginero cuya obra maravilla a sus conciudadanos, se enfrentarán a los conspiradores. El médico será comisionado por las altas instancias sevillanas con el objetivo de investigar la extensión del foco pestilente en las costas andaluzas, descubriendo su inexistencia. El imaginero, que vive un fogoso e imposible amor con la mujer del malvado Duque de los Alcores, la portuguesa Leonor de Mascarenhas, descubrirá por casualidad las intenciones de Rodrigo Ponce de León y sus secuaces.
        Ambos pondrán en peligro su vida para intentar frustrar los planes de los confabulados, enfrentándose al poderoso grupo nobiliario que controla, con sobornos, gran parte de las altas esferas civiles y religiosas de la ciudad.
        Se trata de una novela que se lee muy fácil dado que el autor nos transporta con gran acierto a la Sevilla del momento (aquel que conozca la ciudad podrá situar gran parte de los escenarios de la narración), una urbe que se mueve entre la devoción y la religión, entre el libertinaje y la delincuencia, donde los palacios de los nobles y las grandes instituciones como el Cabildo Catedralicio o la Casa de Contratación toman el mismo protagonismo que el mundo de los bajos fondos encarnados por las tabernas, mesones y mancebías insalubres. En definitiva, una novela con todos los ingredientes para pasar un buen rato; amistad, amor, intriga, traición, corrupción y ambición se mezclan en jugosas dosis para lograr transportarnos a la Sevilla de mediados del S. XVII.