domingo, 20 de enero de 2019

PASEOS CON SARA. SORPRESA EN SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES Y LOS MÁRTIRES.


     Fachada de la Basílica de Santa María de los Ángeles y de los Martires. Roma

      Hay lugares en los que entrar por primera vez supone una sorpresa, un sobrecogimiento a veces indescriptible, lugares en los que el mismo espacio, por sí sólo, es capaz de provocar el estremecimiento del espectador experto o profano. Santa María de los Ángeles y los Mártires, en Roma, es uno de esos lugares. Hoy os narraré un nuevo paseo con mi imaginaria Sara, ella nos mostrará los secretos de esta extraordinaria construcción…
       
        Era sábado por la mañana. Nuestra estancia en Roma se prolongaría durante toda la semana siguiente. El congreso, al que Sara asistía, no había hecho más que arrancar el día anterior y retomaría su curso el lunes siguiente. Teníamos todo el fin de semana para nosotros. Nos alojábamos en el Hotel Venetia Palace, en la Vía Marghera, a un escasos metros de la bulliciosa estación de Termini; un buen hotel de 4 estrellas con un desayuno buffet correcto y un pequeño SPA.
Salimos temprano para aprovechar la mañana. Sara había preparado un largo paseo por los alrededores de la estación. Nos acercamos primero hasta la monumental Puerta Tiburtina dónde ella me comentó que llegaron a juntarse hasta 3 acueductos Aqua Marcia, Aqua Iulia y Aqua Tépula. Luego admiramos los potentes muros de la muralla Aureliana que recorrían tramos de calles enteros. De vuelta, hicimos una breve parada en la Iglesia del Sagrado Corazón, incluso curioseamos en algunos comercios de la estación de Termini…
        –¿Tomamos un café? Se acercan las doce del mediodía y tenemos que ir a un sitio muy especial antes de esa hora. –Sara me interpeló mientras contemplaba la variedad de bombones de un establecimiento de Termini.
        –Perfecto. Habrá que ir al baño también. Mi vejiga es de titanio pero no debe de ser del bueno.
        –Por supuesto –Sara me sonrió–. Vamos al Trombetta, está aquí al lado. Hay un tipo de aspecto huraño, de trato seco y desabrido, que me divierte. Se lo perdono porque hace un ristretto espectacular.
        –Vayamos pues.
        Sara tenía razón. El ristretto fue de gran calidad. También acertó con el carácter de uno de los camareros. No nos atendió él, pero pudimos asistir a sus evoluciones tras la barra; se reveló como un gran profesional, pero…una sonrisa de vez en cuando tampoco hubiera estado de más. Tras aquel breve y casi divertido receso volvimos a entrar en la estación para salir de nuevo por un lateral y acceder a la Plaza del Quinquecento. Tras cruzar aquella extensa plaza, que parecía servir de parada de todos los autobuses habidos y por haber, Sara se detuvo para señalarme la situación de un gran edificio.
        –Se trata del Palazzo Massimo alle Terme. Una de las sedes del Museo Nazionale Romano. Otra de las sedes queda aquí a nuestra espalda, las termas de Diocleciano. Sigamos hasta la Piazza de la República. –Sara me cogió del brazo y continuamos nuestro periplo hasta que se detuvo frente a aquella enorme plaza. Habíamos dejado a nuestra derecha restos de grandes construcciones de ladrillo.
        –Toda esta parte de la ciudad formaba parte de la colina del Esquilino. Era una zona de Roma alejada del centro que hasta el emperador Augusto no quedó incorporada a la urbe. Aquí se construyeron sus villas personajes ilustres como el mismo Mecenas o el Senador Pudente. Se dice que en casa de este último se alojó San Pedro. Sobre las ruinas de esa edificación se erigió la Basílica de Santa Pudenciana, nombre de una de las hijas del senador. La otra, Práxedes, también tiene su templo. En ambos hay unos mosaicos maravillosos que seguramente visitemos. Hay que dedicar unas horas a esos dos templos y a una de las Basílicas mayores de Roma, Santa María la Mayor. Y, antes de acceder a nuestro destino…
        –¿Acceder? Pareces una audioguía. –Reí.
        –Déjame meterme en mi papel, aprendiz… –Ella me guiño.
        –De acuerdo, continúa.
        –El resto de la mañana vamos a pasear en torno a lo que fue el mayor complejo termal del Imperio Romano, las Termas de Diocleciano, construidas a principios del s. IV d.c.
        –Un SPA.
        –Algo más complejo que un SPA. Por cierto, ¿sabes de dónde viene eso de SPA?
        –Bella dama, mi ignorancia no tiene límites –afirmé.
        –Viene del latín, Salutem Per Aquam, podría traducirse como salud por el agua. Bueno… Ahora quiero que, desde dónde nos situamos, intentes visualizar el complejo. Ahora mismo estaríamos dentro del caldarium o sala de agua caliente de las Termas. La forma de la plaza emula una gran exedra que se situaría en este extremo de la construcción. La extensión total era, más o menos, la de un cuadrado de 380 metros de lado. Además de las instalaciones termales, el complejo albergaba gimnasios, llamados palestras, salas de exposiciones, amplios jardines...etc. Era un gigantesco centro termo-lúdico. Se calcula que, sólo las termas, tenían capacidad para albergar a tres mil bañistas.
        –Caray. Sí que era grande. No me imagino un SPA actual con esa cantidad de gente a la vez en sus instalaciones.
        –La exedra de la que te hablo, la plaza, se hallaría hacia la mitad de uno de los lados de ese cuadrado. En uno de sus extremos se edificó la Iglesia de San Bernardo alle Terme, construida aprovechando uno de los espacios termales, una sala circular que hacía esquina. Luego iremos para que te hagas una idea de las dimensiones. Y a mis espaldas está la Basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires.
        –Quién lo diría. Más bien parece una cutre fachada de ladrillo sin restaurar.
        –Algo cambiará al cruzar esta moderna puerta de bronce colocada aquí hace unos pocos años; es obra del artista de origen polaco Igor Mitoraj y representa a la Anunciación en una hoja y el Redentor en otra. Luego te enseño una cabeza de San Juan del mismo autor en el interior. Ahora pasemos…



        Al cruzar el zaguán de entrada accedimos a un espacio abovedado que luego se habría a una amplia nave. En mi vida había experimentado una sorpresa de tal magnitud, era tal el contraste entre la modesta fachada y lo que me acababa de encontrar, que me había quedado obnubilado.
        –¿A que no te esperabas esto? A principios del s. XX se retiró una fachada que se había hecho en el s. XVIII para dejar el ladrillo a la vista. Creo que fue un acierto, evoca más sus orígenes.
        –Es difícil explicar lo que se siente al entrar en esta basílica, Sara. –Mi tono de voz expresaba la perplejidad más absoluta.
        –Sigue imaginando... Hemos dejado atrás el caldarium de las termas. Ahora pisamos el tepidarium, o sala de agua templada, que servía de transición entre el caldarium y el frigidarium, la sala de agua fría. Ocuparía este espacio abovedado. Me gustaría que te fijaras en los ángeles que sostienen las pilas de agua bendita, son espectaculares, hechos por discípulos de Bernini. ­
        –¡Menuda pilas! Y esa será la cabeza de San Juan del tipo polaco de la puerta.
        –Igor Mitoraj, exacto.
        –Y ahora pasemos al centro de la nave. Lo que era el frigidarium.      Mi cara debía ser el reflejo de mi estado anímico porque Sara me dejó sólo unos instantes, mientras yo trataba de hacerme una idea de la magnitud del espacio al que acababa de acceder. Giré varias veces sobre mí mismo dirigiendo mi mirada a las bóvedas, al profundo presbiterio, a las paredes…
        –Impresiona, ¿verdad?
        –Es un contraste tal que parece que el cuerpo tarda en asumirlo. Es como cuando pasas de un lugar con mucha luz a uno oscuro; en este caso del exterior, la plaza y la modesta fachada, a este interior tan… tan… increíble. No sé qué decir.
        –No digas nada. Ahora escucha. Dicen que un modesto sacerdote siciliano, Antonio Del Duca, a mediados del siglo XVI, tuvo una visión en la que aparecía una luz sobre este lugar. En esa visión el sacerdote se acercó y pudo distinguir aquí la presencia de algunos mártires cristianos.
        –¿Martires?
        –Vayamos por partes, decía Jack el destripador –Sara bromeó–. Diocleciano fue un emperador militarista y reformista que pasó su reinado fuera de Roma y que acabó retirándose a unas posesiones que tenía en los Balcanes, lugar que dio origen a la ciudad de Split. Probablemente, no llegara a ver las termas, pero mandó construirlas y para ello necesitaba mano de obra. Diocleciano consideraba que la fe cristiana minaba las bases del Imperio, en cierto modo no le faltaba razón, y ordenó la persecución más feroz y sangrienta que se había dado contra esta creencia. Se dice que miles de cristianos trabajaron aquí, forzados y condenados, y que muchos de ellos perdieron la vida entre estos muros. Así que las termas se convirtieron en el mayor centro lúdico del imperio, pero se edificaron sobre las espaldas de una cruenta persecución religiosa, podríamos calificarla incluso de genocida. Fueron algunos de esos mártires los que dijo ver en su visión Antonio del Duca.
        –Vaya vista la del cura. Vio a los mártires doce siglos después     –comenté sardónico.
        –Lo que cuenta es que fue el empeño de este sacerdote el que acabaría generando el templo en el que nos encontramos y que ahora podemos admirar.
        –Bendita visión, entonces –apunté.
        –Lo cierto es que tardó más de veinte años en ser escuchado. Apoyado por San Felipe Neri, Del Duca acabó convenciendo al Papa Pio IV quién encargó a un anciano Miguel Ángel la ejecución de la iglesia e instaló aquí a una comunidad de cartujos. Por lo tanto, la base del proyecto se la debemos al genio del florentino, que no vio acabada esta iglesia puesto que murió en 1564.
        –Siempre imaginé a Miguel Ángel enfrascado en la inmensa tarea de construir San Pedro. Por la magnitud de las obras el anciano debía de estar más agobiado que D. Quijote en un parque eólico.
        –Pero qué bobo… –Sara me dio un cariñoso puñetazo en el hombro por mi broma y continuó con su explicación–. La nave central está cubierta con bóvedas de arista, muy de estilo imperial, y están sostenida por ocho imponentes columnas de granito rojo de catorce metros de altura, y metro y medio de diámetro. Tienen la friolera de dieciocho siglos. La nave mide más de 100 metros de largo y 27 de ancho. De alto, se eleva hasta los 28 metros.
        –Sigo sin poder imaginarme el tamaño del complejo termal si esta nave era únicamente la sala de agua fría.
        –Más o menos era así. El proyecto de Miguel Ángel se basaba en aprovechar más espacios termales aledaños, pero al final no se llevó a cabo. Durante los dos siglos siguientes los cartujos realizaron varios añadidos que, al parecer, desmejoraban el aspecto general del templo. Finalmente, en el s. XVIII encargaron al arquitecto napolitano Luigi Vanviteli una intervención que a la postre fue la que le dio al lugar su aspecto actual; se amplió el presbiterio, se uniformizaron los espacios laterales con la nave central creando ese entablamento de mármoles fingidos donde se alojan esos lienzos de los que ahora te hablaré, y apoyó esas estructuras sobre ocho columnas más, iguales a las originales que aprovechara Miguel Ángel, sólo que éstas están hechas de mampostería, y luego rematadas con estuco y pintura imitando el granito de las romanas. Ven, acompáñame y verás la diferencia.
        Sara me llevó hacía dos columnas que parecían similares. Al golpearlas, el sonido era totalmente diferente.
        –Una es de granito y la otra es imitación –me corroboró Sara.
        –Pues dan el pego.
        –Sobre la decoración de la iglesia podríamos entretenernos un buen rato. Te destacaré el tema de los doce grandes lienzos que cuelgan de las paredes. Fíjate en ellos porque cuando vayamos al Vaticano hay unos similares en la Basílica de San Pedro. Aquellos son copias de éstos, con la peculiaridad de que allí no son lienzos, son inmensos mosaicos. Una maravilla. Destacan esos dos del presbiterio, el martirio de San Sebastián del Domenchino y el bautismo de Cristo de Carlo Maratta.
        –Ese es el Carlos Maratta cuya gran colección de pintura comprara Isabel de Farnesio.
        –¿Y tú de que sabes eso? –Sara se mostró sorprendida.
        –He visto una conferencia de Mercedes Simal sobre Isabel de Farnesio y las colecciones reales.
        –Mercedes es una experta en el tema. He coincidido con ella en algún congreso. Tiene una voz que enamora.
        –Lo cierto es que me encantó la conferencia y, claro está, su voz también, tiene un tono amable, atrayente. Invita a ser escuchada.  ¿Esa gran línea que atraviesa la nave central, qué es?

        –Es una meridiana, es la línea clementina. Fue mandada instalar por el Papa Clemente XI con motivo del jubileo de 1700. Fue construida en bronce por Francesco Bianchini, un clérigo erudito de principios del s. XVIII y mide 44 metros de largo. Sirvió para poner en hora los relojes de Roma hasta mitad del s. XIX.  
        –¿Los relojes? –pregunté extrañado.
        –Verás. Fíjate en ese pequeño orificio que hay allí arriba en la fachada, a unos veinte metros de altura. La luz entra por allí y va recorriendo la nave hasta que cruza la línea. Cuando lo hace, son exactamente las doce del mediodía. Fíjate porque está a punto de suceder, por eso hemos venido a esta hora.
        Unos minutos más tarde, admirando la construcción en su conjunto nos acercamos a la concurrida, a esa hora, línea clementina. Allí corroboré el exacto fenómeno que Bianchini había creado. A lo largo de la línea también se situaban los signos zodiacales y los solsticios y equinoccios.
        –He de decirte que hay una parte del artilugio que no funciona. ­ –Sara me llevó a un extremo de la meridiana donde se dibujaban unas elipses concéntricas.
–Habrá que llamar al relojero. –No pude evitar el chascarrillo.
–No creo que se tan sencillo, mi querido aprendiz. Esto se hizo para medir el movimiento de la estrella polar hasta 2502, pero el agujerito de la pared que permitiría señalarlo en el suelo se cerró con las obras del arquitecto napolitano en el s. XVIII, así que esta parte no está operativa.
        –Es curioso, si señorita. ¿Algún detalle más sobre este impresionante edificio?
        –Bueno… –Sara se quedó pensativa unos instantes–. Miguel Ángel estudio los espacios termales disponibles y, respetuosamente, lo que hizo, fue cubrir el ladrillo. Ahora vayamos a la sacristía y salgamos por allí, así te harás una idea de cómo se encontró la edificación el genio florentino.
        Al entrar en aquel oscuro lugar pude comprobar lo que me quería decir mi particular y bella Cicerone. Las paredes desnudas de ladrillo, con las hornacinas expoliadas de mármoles y estucos le daban un aspecto desangelado, aunque robusto y potente.
        –Has de tener en cuenta que las termas funcionaron durante dos siglos. En el 537 los bárbaros cortaron el Aqua Marcia, el acueducto que las daba vida. A partir de ese momento esto se convirtió en una gigantesca cantera de materiales. Salgamos ahora a la calle por este lado, a la Via Cernaia, donde podremos ver restos por todos los lados del inmenso complejo. Luego pasaremos por el Aula Ottagona, que aprovecha otro de los espacios termales y es otra sede del Museo Nazionale de Roma, y nos acercaremos a San Bernardo Alle Terme, iglesia de la que te hablé antes. Con eso, y si entramos otro día en el Museo de las Termas de Diocleciano, con el claustro de los cartujos en su interior, podrás hacerte una idea completa de lo grande que era esta construcción.
        ­–Te aseguro que no me hubiera importado vivir una temporada cerca de aquí en época romana para disfrutar de las termas.
        –Siendo cristiano, mejor que las hubieras conocido después del reinado de Constantino.
        –Me hago cargo.
        –Hoy…me temo que te tendrás que conformar, si quieres, con el SPA del hotel.
        –Cómo siempre, mi experta guía tiene razón. –Sara me sonrió, se aferró a mi brazo y, juntos, comenzamos otro largo paseo en torno a los restos de las fabulosas termas de Diocleciano, dejando atrás la sorprendente y fantástica edificación que Miguel Ángel y Luigi Vanviteli dejaron para la posteridad.

domingo, 13 de enero de 2019

PASEOS CON SARA. DIÁLOGOS EN TORNO A LA CAPILLA CONTARELLI.

PORTADA DE LA IGLESIA DE SAN LUIS DE LOS FRANCESES EN ROMA

     Hasta ahora no había compartido uno de los grandes secretos de mi vida, al menos la vida que he vivido los últimos 12 años. Y es que suelo pasear acompañado de mi imaginaria Sara.
Sara es un personaje de mi novela “Tiempos de Sombras”, que espero que pronto conozcáis. Ella representa todo aquello que me hubiera gustado ser y vivir, ella hace realidad aquellos deseos y anhelos que un muchacho de pueblo, del norte de Palencia, comenzó a sentir llegado el momento de decidir qué es lo que quería hacer con su vida y que, con el tiempo, se fueron truncando y frustrando uno tras otro, hasta que ese muchacho, ya mayorcito, descubrió que, a falta de pan, buenas eran tortas, y a falta de vivirlos, era capaz de recrearlos en la ficción literaria, convirtiéndose esta actividad en el hermoso pasatiempo que da sentido en gran parte a su tiempo libre, junto a sus frecuentes escapadas y viajes familiares.
        Esta vez, mi bella e inteligente Sara, mi catedrática de Historia Medieval particular, la muchacha de la media melena azabache, mirada penetrante y sonrisa triste, enigmática e irresistible de la que quedé prendado en Aranjuez y Toledo, me ha llevado a Roma porque participa en un Congreso. Ahora mismo nos acabamos de encontrar en la Calle Giustiniani, a medio camino entre el Panteón de Adriano y la Piazza Navona. Ella, como siempre, está preciosa, con su cazadora de cuero de los mil bolsillos y un pantalón vaquero que parece estar hecho a medida de sus agraciadas formas…
        –Esta zona la conozco porque es de obligado paso en las típicas rutas turísticas hacia la Piazza Navona. Me he pasado por la Fontana di Trevi, me he desviado un poco para ver Santa María Sopra Minerva y el elefantito con el obelisco de Bernini, y luego he entrado en el Panteón de Adriano haciendo tiempo mientras te esperaba. ¿Qué tal las conferencias?
        ­–Seguramente mucho más aburridas que el paseo que daremos esta tarde. Te tengo preparado algo especial que veremos enseguida –Sara me guiñó mientras me agarraba de la mano tirando de mi hacia el mostrador de una pizzería que se abría al público en plena calle–. ¡Venga! Un trozo de pizza, que tengo hambre, y nos vamos.
        No tardamos mucho en engullir aquel aperitivo fugaz, no de una gran calidad, pero que nos sirvió para engañar al cuerpo por un rato. Una botella de agua ayudó a pasar aquel tentempié. Reanudada la marcha nos detuvimos un poco más adelante ante la fachada de una iglesia.
        –Como me dijiste que no habías entrado en la iglesia de San Luis de los franceses, te la mostraré. Ese edificio es el Palazzo Madama, hoy sede del senado romano –Sara me señaló una construcción sobria situada al otro lado de la calle y se detuvo ante la fachada del templo–. De cada una de estas edificaciones se puede escribir un libro. Tienen historias apasionantes y una decoración magnífica.
        ­–La fachada es elegante –apunté.
        –El diseño de la iglesia fue obra de Giacomo della Porta aunque la obra la hizo el famoso Doménico Fontana.
        –No tuvo suficiente con erigir obeliscos por toda la ciudad para el hiperactivo Sixto V, imagino. Ese Papa tuvo que ser insoportable…
        –Dicen las crónicas que cuando Doménico Fontana inició la reubicación del obelisco del Vaticano, tenía preparada una posta de caballos por si la cosas no salía bien y tenía que huir de la ira papal a uña de caballo…
        –Valga la rebuznancia –añadí jocoso.
        –Lo cierto es que debía de tener un carácter del que había que guardarse. Bien… Esta es la iglesia nacional de los franceses en Roma. Dedicada a San Luis, rey de Francia, fue edificada gracias al mecenazgo de los Medicis; los papas Leon X y Clemente VII eran de esa familia. La fachada es manierista, en ella destacan cuatro estatuas. Carlo Magno, San Luis rey de Francia, Santa Clotilde y Santa Juana de Valois. Carlo Magno está abajo a la izquierda con el orbe, San Luis a la derecha con la corona de espinas de Cristo para la que construyera la Santa Chapelle de Paris. Bajo ambas estatuas hay una salamandra que era el emblema de Francisco I. Arriba, a la izquierda, está Santa Clotilde esposa de Clodoveo, rey de los francos y responsable de la conversión de este pueblo bárbaro al cristianismo y Santa Juana de Valois, una mujer poco agraciada, deforme y enfermiza que fue rechazada por su padre Luis XI y repudiada por su marido Luis XII, y que acabó fundando y formando parte de la congregación religiosa de la Anunciación de la Virgen María, dando así sentido a una vida particularmente cruel y pesarosa. Arriba destaca un gran escudo con el emblema de Francia rematando el frontón. Entremos.
        Seguí a Sara cruzando el zaguán de la entrada. Se abrió ante mis ojos un templo de tres naves con capillas laterales de aspecto claramente barroco decorado profusamente con mármoles, dorados y estucos. Una maravilla.

        –Y aquí se entra para contemplar principalmente el origen de la pintura barroca –Sara apoyó su cabeza sobre mi hombro unos instantes mientras se aferraba a mi mano. Yo estaba absorto admirando la rica decoración de las paredes y techos de la construcción­–. Espectacular, ¿Verdad?
        Seguidamente, surcamos la nave central contemplando el fresco del techo alusivo a la muerte y apoteosis de San Luis, rey de Francia, y nos detuvimos ante el altar mayor.
        –Esta Asunción de la Virgen es una obra maestra de Francesco Bassano. –Sara se refería a la pintura que presidía el altar.
        –Supongo que de la famosa familia veneciana que influyó tanto en pintores como el Greco.
        –Correcto. El aprendiz parece que progresa y va atando cabos… –Sara me sonrió tras bromear. Yo la besé en la frente.
        Deliberadamente mi guía particular me llevó hacia la nave de la derecha deteniéndose unos instantes ante la Capilla de Santa Cecilia donde me habló sobre los frescos del Domenichino y, luego, hasta un punto de la iglesia desde el que poder ver, entre el púlpito y uno de los pilares, al fondo, la primera capilla de la nave de la izquierda.
        ­–Ahora…estate quietecito unos instantes. Y mira desde aquí hacia donde yo esté cuando te avise.
        Sara se dirigió hacia la nave de la izquierda, saludó al joven mulato que vendía recuerdos del templo en aquella parte del templo y se acercó hasta la primera capilla. Allí insertó una moneda y…la luz se hizo.
        La pintura barroca nació ante mis ojos al contemplar, en todo su esplendor y en la distancia, el Martirio de San Mateo, una de las obras cumbre de Caravaggio. Sara me pidió que me acercase unos instantes más tarde. Consiguió en mí ese efecto sorpresa, ese asombro que perseguía.
        –Había visto fotos de las pinturas, incluso algún documental, pero aquí…uno se queda boquiabierto –comenté al reunirme de nuevo con ella frente a la famosa Capilla Contarelli.
        –Ante vuesarced –Sara bromeó de nuevo–, las primeras obras de gran formato y composición compleja del genio que inició todo un movimiento artístico con su pincel, que rompió con las maneras suaves y afectadas del manierismo imperante en el momento. Estás ante tres obras maestras de Michelangelo Merissi, universalmente conocido como Caravaggio aunque, al parecer, nació en Milán, no en esa villa cercana que lo apoda. La capilla la mandó edificar el prelado francés Mathieu Cointrel.
        –He leído que el clérigo italianizó su nombre transformándolo en Contarelli y que murió sin verla concluida. De hecho, creo que pasaron varios años hasta que se retomó la obra como proponía su testamento.
        –Exacto, mi querido pupilo parece que pronto sabrá más que la profesora –Sara me dio la mano de nuevo y prosiguió la explicación, tras hacer un chascarrillo sobre mis modestos conocimientos–. El espacio está decorado con mármoles y el techo con pinturas de Giuseppe Cesari, más conocido como el Caballero de Arpino, maestro de Caravaggio y luego uno de sus más furibundos enemigos. Pero lo importante, como puedes ver, son las pinturas del milanés, el impactante nacimiento del barroco, ejecutadas entre 1599 y 1602. La capilla está puesta bajo la advocación de San Mateo y el ciclo decorativo fue encargado en su honor. Los tres lienzos representan la vocación de San Mateo a la izquierda, la inspiración en el centro y el martirio a la derecha. Observa el cuidado estudio de la luz en cada cuadro con respecto a la ventana.
        –Es cierto, Caravaggio orienta la iluminación del cuadro como si de verdad entrara por esa ventana semicircular que en realidad ilumina muy poco; imagino que eso se deba a lo estrecho de las calles.
        ­–Seguro que sí –asintió Sara–. Fijémonos primero en la vocación. Mira… pinta la escena como si se produjera dentro de una taberna, ambiente que conocía muy bien.

        –Por lo que sé el joven era un auténtico crápula pendenciero, siervo de Baco en el más amplio sentido de la palabra, bebedor y tahúr de garitos de mala muerte, amante de tirar de espada a la mínima, cosa lógica, por otra parte, si frecuentaba peligrosas compañías –apunté.
        ­–Cierto. Caravaggio tenía 28 años cuando recibió el encargo de las pinturas. Fue recomendado por el Cardenal del Monte que era su mecenas, el hombre que le había acogido en su casa proporcionándole un taller. La pintura de Caravaggio es un reflejo de su vida, una vida llena de luces y tinieblas, una vida atormentada. Él pinta la realidad incluso en sus cuadros más religiosos. Este es uno de esos casos. Fíjate que en un principio podría verse en la obra una escena de los barrios más humildes de Roma de una taberna de los bajos fondos. A la derecha de la escena aparece Jesús en compañía de San Pedro, la luz entra en el cuadro por la derecha como si el Señor hubiera dejado la puerta de la estancia abierta, incidiendo en los asistentes que reaccionan de diversas maneras ante la sorpresiva presencia de Cristo y Pedro, con gran riqueza de matices realistas, con expresiones de indiferencia, sorpresa e incluso violencia quizá en el muchacho que parece levantarse del taburete para echar mano a la espada. Mateo y sus acompañantes, ataviados con ricas vestimentas del siglo XVI contrastan con las sencillas túnicas propias de la época de Cristo; maestro y discípulo, descalzos, dominan la escena. Mateo se muestra sorprendido por la serena y firme llamada de Jesús y se presenta retratado, como en el resto del ciclo de la capilla, como un anciano, en este caso un odiado usurero que cuenta unas monedas. ¿Te suena de algo la mano de Cristo?
        –Esa es una pregunta trampa, pero creo que la acertaré. Es exacta a la mano de adán en el pasaje de la creación que pintó Miguel Ángel en los frescos del techo de la capilla Sixtina.
        –Sobresaliente. Parece simbolizar la llamada intemporal de la iglesia, con la presencia de Pedro como cabeza de la misma que parece rubricar ese reclamo con su mano también. Caravaggio define así una iglesia que llama a la puerta del más odiado de los hombres del momento, un recaudador de impuestos, ante la incredulidad de los que le acompañan. Nos corrobora que la escena se desarrolla en un interior detalles como el del pestillo de la contraventana.
        –En eso sí que no me había fijado.

       
        –Pasemos al cuadro central. La inspiración de San Mateo que cuelga en el altar es la segunda obra que ejecutó Caravaggio para este altar. La primera fue desechada por indecorosa. Presentaba a San Mateo con las piernas cruzadas, los pies sucios y con su mano siendo guiada en la escritura por un Ángel como si se tratara de un ignorante analfabeto. Al menos eso es lo que argumentó la iglesia. Sabemos del cuadro por algunas fotografías en blanco y negro que se conservan; la pintura desapareció en Berlín en 1945. Esta versión, voy a calificarla, con algunos matices, como más benévola tratando el momento de la inspiración. Se caracteriza por la complicidad del intercambio de gestos y miradas entre el Ángel y el Santo, aunque yo creo que Caravaggio, en cierto modo, se salió con la suya, al representar a su manera lo que el interpretaba que era el momento de la inspiración; cómo el Ángel dicta al santo los evangelios y así los dota de un carácter indudablemente divino y no humano. Al estar situado el lienzo bajo la ventana, el autor simula en la pintura que la luz proviene de arriba.
        –El estudio de la iluminación es de los más preciso –comenté.

      –Ahora vayamos con al Martirio, mi preferido. Las crónicas dicen que Mateo predicaba en Etiopía y se opuso al matrimonio de su rey quién mando ejecutarlo. Yo creo que en esta pintura es donde más se nota la influencia de Tiziano sobre todo el tratamiento de la luz y el dramatismo de las figuras, quizá menos en el color; Tiziano Vecellio probablemente sea el autor que más huella dejó en Caravaggio. San Mateo aparece en el suelo ya herido por su verdugo, figura luminosa que ocupa el medio del cuadro. Observa la maestría en la ejecución de una composición llena de movimiento y agitación, con la expresión de horror del monaguillo que huye y grita, los escorzos de las figuras que se apartan espantados ante la irrupción del agresivo ajusticiador, los de los dos hombres desnudos del primer plano que esperaban el bautismo, lo que nos indica que el hecho se desarrolla dentro de una iglesia, o la imposible torsión del cuerpo del Ángel que sostiene la palma del martirio que parece que San Mateo va a recoger con la mano en alto que le sujeta su asesino, quizá tratando de impedirlo. Y un detalle más, en este cuadro aparece uno de los tres autoretratos que nos dejó Caravaggio, es el hombre que aparece en último plano con barba y un gesto… yo diría que de resignación, presentándose como un mero observador de la escena.
        –Para finalizar quiero matizarte algo sobre los colores y los nudos en las telas. En la vocación, Caravaggio utiliza una gama de colores cálidos, en el martirio fríos y en la inspiración hace una mezcla. Todo ello redunda en su maestría incluso a la hora de adaptar su paleta a la temática del cuadro, pasando de la calidez de la vocación a la frialdad y agitación del martirio. Sobre los nudos, es curioso que en sus cuadros siempre aparece un nudo o varios, como si fuera una marca de autor o un símbolo de esa vida difícil, retorcida, violenta y atormentada que fue la del gran pintor del barroco, Michelangelo Merisi.
        –Pues como colofón, ha estado muy bien. Creo que el martirio también es mi preferido. Su complejidad, su movimiento, sus luces y sus sombras… Creo que es el cuadro que debió de darle más quebraderos de cabeza.
–Lo más probable es que sea así. En las radiografías que se hicieron a los cuadros en un estudio que se hizo en los años cincuenta del s. XX, si no recuerdo mal, se reveló como el lienzo con más cambios o arrepentimientos en su ejecución de los tres.
–Extraordinaria descripción de los cuadros de Caravaggio en la capilla Contarelli, bella señorita. ¿Qué te parece si ahora hacemos una pausa, cruzamos la Piazza Navona y nos tomamos uno de esos famosos helados que sirven en una de las gelaterias de las callejuelas tras Santa Agnese en Agone?
–Perfecto. Pero invitas tú, has de pagar mis servicios, poderoso caballero –Sara me sonrió, de aquella manera que sólo ella sabía hacer, con esa sonrisa enigmática que dulcificaba su rostro aún más, con ese atisbo de tristeza en su expresión que yo encontraba irresistible, mientras, sumiso y encantado, me dejaba guiar hacia el exterior de San Luis de los Franceses.

domingo, 9 de diciembre de 2018

LA CAMPANA DE HUESCA

La campana de Huesca o la leyenda del rey monje, del palentino José Casado del Alisal

        
         Hoy, no tengo idea del porqué, me he levantado con el cuadro del insigne pintor palentino, José Casado del Alisal, “La campana de Huesca”, metido en la sesera.
        Si alguna vez vais a Huesca capital, algo que, indiscutiblemente, merece la pena, (nosotros lo hicimos hace unos años), no dejéis de visitar lugares tan emblemáticos como sus restos amurallados, su Catedral y Museo Diocesano, el Monasterio de San Pedro el Viejo con su fantástico claustro, la Plaza de Luis López de Allué, también llamada Plaza del Mercado, con algunos establecimientos comerciales nostálgicos que evocan otros tiempos como la tienda de ultramarinos la Confianza, o Almacenes San Juan (allí compramos unos excelentes paños de cocina), el parque Miguel Servet con las famosas pajaritas de Ramón Acín, sin duda un bonito símbolo para la ciudad, la vistosa Plaza de Navarra con el Casino de Huesca en uno de sus costados… Y dos lugares que relacionaré en este breve artículo a propósito del cuadro; el Museo de Huesca situado en el antiguo Palacio de los Reyes de Aragón, donde supuestamente sucedieron aquellos hechos legendarios, y el Ayuntamiento, en cuyo Salón de Justicia figura expuesta la fantástica pintura histórica de Casado del Alisal que, sin duda, ha contribuido a que la leyenda perdure en la memoria oscense, aragonesa y española.
        Primero haré referencia a lo que nos cuenta la historia de forma muy breve. Ramiro II, el monje, (1134-1137) como su propio apelativo indica, no había nacido para ser rey, sino para dedicar su vida a la iglesia. A la muerte de su hermano Alfonso el Batallador, Ramiro se vio obligado a abandonar su vida religiosa para hacerse cargo del trono desde donde tuvo que hacer frente, al parecer con éxito, a una nobleza rebelde y levantisca que trató de aprovechar la supuesta debilidad de un monarca que no había sido preparado para ejercer como tal.
        Vayamos ahora con la leyenda.
        Ramiro II había pasado parte de su vida en el Monasterio de San Pons de Thomieres y tenía en mucha consideración la opinión de su maestro Fray Frotardo. Ante la grave situación del reino, Ramiro vacila sobre la forma de hacer frente a la nobleza díscola que le rodea y envía un emisario para pedir consejo a su mentor. Fray Frotardo, tras leer la carta de Ramiro II invitó al correo a seguirle hasta el huerto donde el religioso cogió una guadaña con la que, enérgicamente, cercenó las hojas de las coles que más sobresalían. El emisario regresó con la orden de contar a su rey lo que había visto en aquel jardín.
El monarca, como buen discípulo, tomó nota de aquel consejo y decidió convocar cortes en Huesca donde aprovecharía para hacer ostentación de una fabulosa campana que se podría oír en todo el reino. Ramiro invitó a la aristocracia a Palacio e hizo pasar a la sala donde se encontraba el supuesto artilugio, en primer lugar, de uno en uno, a los nobles más poderosos, quienes fueron decapitados sin contemplaciones a medida que entraron. Después Ramiro II ordenó disponer aquellas cabezas en el suelo formando un circulo, en cuyo centro, colgando del techo a modo de badajo de la campana, situó la testa del Obispo Ordás, supuestamente el más importante de los insurgentes.
        Fue entonces cuando el rey convocó allí al resto de la nobleza para enseñarles cruelmente el camino de la sumisión. Es este momento el que inmortalizó el pintor palentino en su cuadro en 1880. Ramiro II, junto a su fiel mastín de aspecto amenazante, enseña a la aristocracia superviviente con su mano derecha aquel macabro círculo de restos humanos sanguinolentos, mostrándoles así lo que les podría suceder si insistían en la insubordinación. El autor hace patente gran parte de su talento en el detallismo de los ropajes y en el realismo de las diferentes expresiones de los rostros de los Señores aragoneses que se agolpan en las escaleras de acceso a la sala, rostros de ira, miedo, indignación, sorpresa, deseo de venganza, resignación…etc
        La leyenda como tal nació dos siglos más tarde, durante el reinado de Pedro IV de Aragón, ya en el s. XIV. Sera descrita en la Crónica de San Juan de la Peña o Crónica Pinatense, obra de Tomás de Canellas, secretario del rey, quien recopiló la historia del reino. Probablemente el autor de esta narración se basó en la obra del cronista musulmán Ibn Idari que habla de la ruptura de una tregua por parte de algunos nobles aragoneses y la reacción de Ramiro II decapitando a siete de ellos por sediciosos. El más que seguro conocimiento de los clásicos por parte del autor de la Crónica Pinatense llevaría al adorno literario que toda leyenda o mito lleva consigo. El profesor Laliena, catedrático de historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, cree ver la influencia clásica de obras de Heródoto, Dionisio de Halicarnaso o Valerio Máximo que relatan versiones de cuentos parecidos en los que, tras pedir un consejo, éste se acaba fabulando cortando plantas como en la leyenda de la Campana con las coles.
        No dejéis de visitar Huesca y, por supuesto, no se os olvide pasar por el Salón de Justicia del Ayuntamiento para ver el extraordinario cuadro del palentino Casado del Alisal, y la Sala de la Campana del Museo de Huesca que, aunque construida después del reinado de Ramiro II, quien sabe si en sus cimientos guarda algún resto de la sangre de aquellos nobles decapitados.
Feliz domingo. Saludos

jueves, 6 de diciembre de 2018

EL NIÑO DE MURILLO. MI RELATO FINALISTA EN EL III PREMIO INTERNACIONAL DE RELATOS CIUDAD DE SEVILLA


Buenos días.
Hoy, me permito la libertad de meterme en vuestros desayunos. Como muchos sabéis ya, mi relato “El niño de Murillo” llegó a ser finalista en el III Premio internacional de relatos Ciudad de Sevilla fallado esta semana. Editorial Samarcanda publica un libro conmemorativo en el que recopila los textos finalistas, encabezado por la obra ganadora, “Verde Veronés”, del autor Luis Miguel Rufino Rus. (La portada del libro es la que preside este post).
Me siento satisfecho y orgulloso de que un jurado de tal categoría se haya fijado en mi sentido y sencillo texto y, dado que me gusta compartir con vosotros mis creaciones para que me digáis si “voy por el buen camino”, me he puesto en contacto con Ed. Samarcanda y no me han puesto impedimento alguno a la publicación en el blog de mi relato para que me podáis seguir guiando con vuestra opinión y critica, siempre valiosa para mí.
Esta bonita experiencia literaria estará siempre presente en “mi humilde rincón de palabras” junto al resto de mis modestos logros que, os recuerdo, yacen siempre disponibles para su lectura en el lateral del blog enlazados.
Gracias a todos por vuestros ánimos y espero que os guste el relato. Saludos.



miércoles, 31 de octubre de 2018

RUBENS, PINTOR DE BOCETOS.

Fotos mías, tomadas en el Corpus Christi de 2018. Calle Arco de Palacio. Fachada Catedral Primada de Santa María de Toledo

RUBENS, PINTOR DE BOCETOS

      Rubens, pintor de bocetos, es una exposición que se clausuró hace un par de meses en el Museo del Prado (gracias al Canal de Youtube del Museo, he podido ver una conferencia sobre el tema impartida por una verdadera autoridad en la materia, Alejandro Vergara, uno de los grandes especialistas mundiales en Rubens, extraordinario conferenciante, co-comisario de la exposición, y jefe de conservación de pintura flamenca y escuelas del Norte del Museo madrileño).
Pedro Pablo Rubens fue el primer gran bocetista, entendiendo boceto como algo que se crea como base para otra cosa. Y se le considera el primer gran bocetista por el abrumador dato de que antes de su irrupción en el mundo de la pintura se conocen menos de 30 bocetos de diferentes artistas y, sólo de su mano, se han catalogado casi 500. El otro gran bocetista de la historia fue Giambattista Tiépolo, ya en el S. XVIII.
         Un boceto no es un dibujo, es una pintura no del todo acabada, creada con tres posibles objetivos:
1.- Servir como modelo para ser presentada a un posible cliente.
2.- Ser utilizada como guía para un trabajo de los discípulos del taller para elaborar cartones para luego tejer tapices, como instrumento para crear estructuras efímeras en conmemoraciones especiales, celebraciones triunfales, procesiones…etc.
3.-Como vehículo y apoyo en el desarrollo de la propia creación artística con el fin de ayudar a la consecución de una obra pictórica.
         La originalidad de Rubens, por tanto, versa en ir más allá del mero dibujo, la aguada o la sanguina (algo que también utilizó) e introducir colores en estos modelos, además de cambiar de soporte pasando del endeble papel a estructuras más consistentes y duraderos, principalmente la tabla (él consideraba que en la tabla se daba más vida y detalle a la pintura)
Normalmente, a pesar de haber excepciones cuyo tamaño es grande, los bocetos de Rubens son obras de pequeño formato y de diferentes acabados dependiendo de su finalidad. El acabado es mucho mayor cuanto más cerca está del fin para lo que se crean, por ejemplo cuando se tratan de modelos a seguir por el taller para crear un cartón sobre el que tejer un tapiz. Este es el caso de los magníficos 6 bocetos que se conservan en el Prado sobre el Triunfo de la Eucaristía pintados para elaborar los cartones que sirvieron para tejer los tapices de las Descalzas Reales de Madrid que encargara Isabel Clara Eugenia (gobernadora de los Países Bajos, hija de Felipe II y a la sazón tía del Rey Felipe IV). El acabado es mucho mayor que en otros que usó para el desarrollo de una mera idea para pintar un cuadro, o como prueba para presentar a un cliente y discutir con él que incluir o que desechar en el encargo.
En el año 2014, con el motivo de la restauración de esos magníficos 6 bocetos que conserva el Prado, se hizo una exposición junto a los tapices a los que dieron lugar. (Una curiosidad al respecto es que los bocetos para tapices se pintan al revés, en dirección contraria a como luego se va a ver en el tapiz terminado, porque el tapiz se teje desde la parte de atrás). No es la única serie de tapices que se elaboraron partiendo de estos modelos, la Iglesia parroquial de Oncala en Soria posee una serie y la Catedral Primada de Toledo posee otra. Respecto a esta última, decir que esos tapices son colgados, junto con otras series, de la fachada de la catedral en la fiesta el Corpus Christi. Es un espectáculo digno de ver, sobre todo si se madruga lo suficiente para disfrutarlos recién instalados al amanecer y sin mucha gente alrededor, mientras los operarios municipales extienden tomillo y romero, aromando las calles por donde va a procesionar la magnífica custodia de Enrique de Arfe; algo que hice los dos últimos años.
La serie de tapices toledana la encargo el Cardenal arzobispo Luis Manuel Fernández Portocarrero y fue donada a la Catedral a principios del s. XVIII, algo más de 70 años después de la entrega a las Descalzas Reales de los suyos. Hoy en día se pueden ver en el Museo que se instaló a tal efecto en el antiguo Colegio de Infantes (Plaza de la Bellota). Merece la pena la visita, os lo recomiendo, es un lugar muy tranquilo con muy poco público (está fuera del típico circuito turístico toledano, a pesar de estar a escasos 5 minutos de la catedral, y la entrada vale para acceder luego a la Catedral Primada sin esperas, un truco que no muchos utilizan, especialmente efectivo para los domingos cuando por 2,50 € se puede acceder al museo y luego a las 14.00 horas, sin hacer cola porque ya tienes comprada la entrada, a la Catedral de Santa María para deleitarse en su contemplación con muy poco público)
Y nada más, otra exposición a la que me he podido acercar, aunque no presencialmente, de la sabia y experta mano de Alejandro Vergara, gracias al Canal de Youtube del Museo. Conservo en mi retina los magníficos modelos para los tapices de las Descalzas que pude ver, restaurados ya, en mi última visita al Paseo del Prado de los Jerónimos en 2016. Una gozada.
Dejo el enlace a un breve reportaje de 5 minutos de la exposición que nos presenta el propio Alejandro Vergara, por si a alguien le interesa. El retrato final de la hija de Rubens merece la pena verlo. Los ojos de la niña son espectaculares. Saludos y feliz día.

martes, 30 de octubre de 2018

LA LLAVE DEL DESTINO DE GLENN COOPER



     Un incendio fortuito en la cocina de la Abadía de Ruac, en el Perigord francés de la actualidad, es el arranque de lo que creo que es una buena novela.
La biblioteca del monasterio se verá severamente afectada por el siniestro y, en las labores de extinción, los bomberos encuentran un libro oculto dentro de un muro del recinto.
Hugo Pineau, experto restaurador, será el encargado de devolver a la vida el manuscrito afectado por el agua utilizada para sofocar el incendio. Al descubrir, en parte, el extraordinario contenido del mismo, incluido un críptico mapa, Hugo acude a Luc Simard, amigo suyo y experto arqueólogo, con el que iniciará la aventura de encontrar una supuesta cueva donde se situarían fabulosas pinturas paleolíticas.
        Ambos hombres darán con la extraordinaria cavidad ante la manifiesta hostilidad de la ruda y esquiva población local liderada por Monsieur Bonnet, su alcalde.
        Ante la magnitud del descubrimiento, Luc consigue el apoyo del Ministerio de Cultura que le autoriza a reunir un grupo multidisciplinar compuesto por los mejores expertos mundiales que, capitaneados por él, intentaran sacar a la luz los sorprendentes secretos que contiene la gruta.
        La sucesión de dos muertes entre los miembros de la expedición, aparentemente accidentales, incluida la del restaurador Hugo Pineau, socavarán los ánimos del polifacético y cosmopolita grupo, rodeándolo de un halo de maldición.  Luc, muy afectado por la pérdida de su amigo, recibirá el apoyo de la experta palinóloga, Sara, una antigua pareja suya, en su deseo de proseguir las investigaciones hasta el final de la campaña.
        Hasta aquí puedo contar para no desvelaros el meollo de la historia. Os dejo unas cuantas incógnitas…
        ¿Qué oculta la hosca población local?
        ¿Sufrirán más “accidentes” los miembros de la expedición?
    ¿Qué secretos nos desvelará la investigación sobre el manuscrito que comienza con la enigmática afirmación de un monje en 1307 que dice tener más de 200 años, y cuyo contenido encriptó con un complicado código?
        ¿Qué significado tienen las hermosas pinturas de la cueva, sobre todo la sala dónde descubren la insólita representación de unas determinadas plantas, cuya mezcla parece tener sorprendentes, peligrosos o quizá milagrosos efectos?
        ¿Qué secretos ocultaron la población paleolítica local hace 30.000 años, los monjes benedictinos que en el medievo fundaron allí la abadía y el grupo de la resistencia local durante la invasión alemana en la segunda guerra mundial?
        ¿Cuál es el grado de implicación del servicio secreto francés en los hechos?
        Os emplazo a su entretenida lectura. Saludos.

domingo, 21 de octubre de 2018

"EL EXPOLIO" DEL GRECO

El Expolio del Greco. Sacristía de la catedral de Toledo

       Mañana se me acabarán las vacaciones. Volveré al trabajo, a ese mundo excrementicio donde se desperdician mis neuronas y del que ojalá salga pronto; después de 26 años de servicio, uno ya no está para aguantar infantilismos de falsos y mediocres, de vulgares y holgazanes (salvo honrosas y apreciadas excepciones). Pero no quiero dedicar ni un segundo más a mi decadente y ominosa vida postal. Hoy es un día para el recuerdo. Ayer mi Padre hubiera cumplido 79 años, se nos fue hace ya casi 12. Y en este ambiente de tristeza y melancolía, entre unas cosas y otras, no sé porqué, vuelvo mi vista hacia Toledo. Creo que allí, sin darme cuenta, en poco menos de dos años, dejé demasiado de mí, quizá lo fundamental, dejé lo que pudo ser y nunca será.
Llevo varios años visitando mi amado rincón manchego en solitario en octubre. Este año no lo he hecho por diversas circunstancias y hoy, cargados de nostalgia, se me vienen a la cabeza tantos recuerdos, tantas horas de paseos, de descubrir tesoros y redescubrir rincones…
          Esas evocaciones mías, en ocasiones demasiado vivas y lacerantes, me llevan con cierta irremediable frecuencia a la sacristía de la Catedral de Toledo. Hay lugares especiales que le ponen a uno los pelos como escarpias; para mí, este es uno de ellos.
La sacristía es una pinacoteca en toda regla. La cantidad y calidad de obras de arte, principalmente pictóricas, que allí se conservan es de tal magnitud que por sí sólo podría considerarse uno de los museos más importantes de España.
         Ya en la antesacritía nos encontramos con la talla gótica de la Virgen del Tesoro y el magnífico San Francisco de Pedro de Mena. Dominando la estancia, dos monumentales obras pictóricas, un San Andrés de Carducho y la crucifixión de San Pedro, de Cajes…¡Menudo aperitivo!
                La sacristía está cubierta por la fantástica bóveda de Luca Giordano. Después de su reciente restauración para el año Greco (2014)…nos deja sin palabras (destacar en ella la imposición de la casulla a San Ildefonso, ¿hay algo más toledano que esa representación?. Y debajo de ella 18 Grecos, uno de sus Apostolados al completo, un San Pedro en lágrimas, un San Francisco orando, un San Francisco y el hermano León meditando, un crucificado, un San José con el niño…y el mejor y motivo de mis más palmarios recuerdos, uno de los mejores Grecos, el Expolio. Volveré sobre él, porque hay obras en esta sala también importantes como un prendimiento de Goya cerca del Expolio físicamente y en la temática del cuadro. En Salas adjuntas encontramos obras de los hermanos Bassano, de Van Dyck, Un magnífico San Juan Bautista de Caravaggio, la bella Virgen del pañuelo de Rafael, El Paulo III de Tiziano, el cardenal Borja de Velazquez, varias obras del “divino” Luis de Morales como una bella Dolorosa, y así hasta completar una magnífica colección con obras de Giovanni Bellini, Martínez Montañés, Ribera, Pedro Berruguete, Claudio Coello, anónimos flamencos de gran calidad… y un largo etc.
                Pero yo siempre me quedo un buen rato extasiado ante el Expolio, es mi debilidad y mi pasión. El cuadro, enmarcado en un retablo de mármoles y bronces obra de Ignacio Haan, el mismo que abrió la Puerta llana en la Catedral (ahora puerta de acceso al turista), destaca sobremanera al fondo de la sacristía. Impresiona la potencia del carmesí de la túnica de cristo, es lo que atrae ya desde la entrada del recinto. El Greco aúna en el cuadro la influencia bizantina con la superposición y apelotonamiento de las figuras tras el monumental cuerpo de Jesús y la veneciana, patente en la rotundidad y la fuerza del color de las vestiduras. Solamente os señalaré algunos detalles para que los tengáis en cuenta: el bello rostro de Cristo elevando dolorosamente su mirada al cielo con el detallismo de su barba y pelo y esas lágrimas que se anuncian con una leve pincelada magistral; la delicadeza de las tres Marías, a sus pies, con la sobria Madre doliente en medio, con ese genial tratamiento de los velos, y el fuerte protagonismo de la figura de María Magdalena, de espaldas, con la  luminosidad de su formidable manto y el minucioso y soberbio acabado de su pelo (una verdadera maravilla); la prodigiosa y anacrónica armadura del caballero que está al lado de Cristo cuyos brillos y reflejos hacen tan real, el imposible escorzo del hombre que clava el clavo en la cruz, el detallismo del pie de Cristo que levanta el dedo gordo para no pincharse con una piedra…etc.
                En fin, nostalgia pura en un día aciago. Mejor os dejo, si os apetece, con uno de los mayores especialistas en el Greco, al menos uno de los que ha estado más cerca de sus pinturas puesto que ha restaurado más de 80 obras de este autor, el toledano, Rafael Alonso quién, en 10 minutos, nos detalló, hace ya 4 años, el proceso de restauración de una de las obras cumbre de la pintura española. Y nada más…a apechugar.

               

miércoles, 10 de octubre de 2018

PACHUCHA TIRANDO A MAL DE ALFONSO USSÍA


      Acabo de leer el libro “Pachucha tirando a mal”, las nuevas aventuras del marqués de Sotoancho, de Alfonso Ussia y me he divertido. Ya desde la primera página, donde el autor nos define al protagonista como “pichafloja y tontorrón” “infeliz o zangolotino” el texto promete.
La narración comienza poniéndonos brevemente en antecedentes sobre las anteriores entregas de la saga, las aventuras y desventuras del marqués siempre bajo la lúgubre sombra de su original, conservadora e insoportable madre, la marquesa, y nos presenta, acertadamente, al resto de personajes que han participado en esta divertida serie.
        En este libro, el protagonista, Cristian Ildefonso Laus Deo María de la Regla Ximénez de Andrada y Belvís de los Gazules, Valeria del Guadalén y Hendings, (hay que reconocer que ya sólo leer el nombre puede provocar, al menos, una sonrisa), en contra de los designios de su insufrible progenitora, contrae nupcias con la hija de Lucas, el guarda de su finca, la Jaralera, mucho más joven que él, y que responde al plebeyo nombre de Marisol.
        La trama de esta nueva entrega girará principalmente en torno al feliz matrimonio y al sorpresivo, ajetreado y muy fértil embarazo de Marisol, y su continuo enfrentamiento con la antigua marquesa que queda relegada al título de marquesa viuda, después de que Susú (así llama su madre a Cristian) tome las riendas de la Jaralera (descubre y explota ciertas debilidades de su progenitora como son un oculto y escandaloso amorío de juventud, o su desmesurada afición a la bebida).
Los personajes secundarios toman también protagonismo al desarrollar tramas secundarias que Ussía liga con la principal con grandes dosis de humor. Así, Tomás, mayordomo y ayuda de cámara del marqués, su brazo derecho, vivirá una fugaz aventura con Flora, doncella en la Jaralera, mujer pretendida también por Pepillo el jardinero y por Lucas, el padre de Marisol, y examante del nuevo legionario y antiguo secuestrador de la marquesa viuda, “el cigala”.
Don Ignacio, el capellán glotón que vive muy bien a costa de los marqueses, sufrirá la transitoria demencia de la marquesa viuda tras una caída sufrida por ésta en un convento al que se había retirado por las ya nombradas desavenencias con su hijo y nuera (Se cree una niña; regresa mentalmente a la infancia y confunde al capellán con su primo “pototo” obligándole a jugar con ella a todas horas).
Además, Juan José, tío de Sotoancho, un viejo verderón y sinvergüenza de más de 90 años, vivirá una aventura amorosa con la bella Elena, una más en su dilatado curriculum sexual que incluye amantes, matrimonios y prostitutas, nueva doncella de la finca y maestra de la escuela, a pesar de haber 60 años de edad de diferencia entre ambos.
        No profundizo más por si alguien quiere leer lo que considero un divertido libro escrito por un maestro del humor y la ironía.

jueves, 16 de agosto de 2018

JAQUE A LA REINA MUERTA DE CARMEN GÜELL.


Esta semana he leído el libro “Jaque a la reina muerta” de Carmen Güell.  Se trata de una novela histórica que se adentra profundamente en la vida de Germana de Foix (1488-1536), probablemente una gran desconocida para muchos, por vivir en un lugar y tiempo donde las fuertes personalidades históricas, apabullantes algunas (Isabel la Católica, Fernando el Católico, Carlos V e Isabel de Portugal, Juana la Loca y Felipe el Hermoso…) han acaparado el protagonismo de los hechos, quedando siempre postergada a un segundo plano, y más cuando no pudo dar ese ansiado hijo a Fernando de Aragón; algo que pudo cambiar la historia de nuestras Españas.
La trama se distribuye en torno a cuatro capítulos que versan sobre las diferentes etapas de la vida de Germana de Foix; su niñez y adolescencia hasta su matrimonio con Fernando, su etapa como reina de Aragón con su fallida descendencia, su infeliz y desgraciado desposorio con el margrave de Brandemburgo y el duro ejercicio del cargo de Virreina de Valencia y, finalmente, su último matrimonio concertado con el duque de Calabria con el que llegó a tener una buena relación, y con el que compartirá el virreinato valenciano hasta su fallecimiento en 1536.
La novela está narrada en primera persona por la protagonista, Germana de Foix, en lo que podríamos definir como un repaso a su vida. La acción arranca en 1505 cuando Luis XII de Francia, tío de Germana, acuerda el matrimonio de ésta con Fernando el Católico, viudo desde hacía un año. La autora desmenuza la personalidad de la joven que comienza ya añorando su feliz juventud a pesar de su orfandad, antes incluso de haber partido hacia España. Germana nos muestra su miedo e inquietud ante el reto de haber sido nombrada la nueva esposa del todopoderoso rey de Aragón, su temor a la soledad tras tener que dejar atrás a los suyos, especialmente a su tía Ana, la reina de Francia y su hermano Gastón, y su inseparable obsesión y complejo ante la magnitud de la fuerte personalidad y arraigo popular que ostenta la persona a la que va a sustituir, Isabel de Castilla.
Su matrimonio, infeliz en lo personal, Fernando la triplica en edad, no tendrá como fruto un hijo que sobreviva, pero sí contribuirá a que Germana madure y acabe revelándose como una buena consorte, capaz de llevar a cabo las tareas de gobierno que su marido comparta con ella.
A la muerte de Fernando encontrará la dicha junto a su nietastro, Carlos V, con quien vivirá un intenso romance a pesar de ser 12 años mayor que él (el profesor Manuel Fernández Álvarez atribuyó en su día a este matrimonio el nacimiento de una niña “Isabel” por un apunte que hay en el testamento de Germana a su favor). La relación disparará los comentarios en la corte, por lo que se impuso la necesidad de acallar dimes y diretes, y de lavar el buen nombre del Emperador con lo que se acordó su matrimonio con Juan de Brandemburgo, un miembro del séquito de Carlos; Germana será nombrada virreina de Valencia momento en que tendrá que hacer frente a la rebelión de las germanías, demostrando dureza y capacidad para dominar la situación y ejercer el gobierno. Con la llegada de Isabel de Portugal, la bella futura emperatriz, para casarse con Carlos, la protagonista perderá toda esperanza de seguir junto a lo que la autora define como “el amor de su vida”.
Al poco de quedar viuda de nuevo, Carlos V ordenará su nuevo casamiento con el Duque de Calabria. Ambos serán nombrados Virreyes de Valencia, y continuarán con su labor enérgica contra los agermanados y también contra los moriscos. (Como dato curioso me gustaría apuntar que Germana se caso con un Fernando de Aragón dos veces, Fernando el Católico y el Duque de Calabria, ambos se llamaban así. No estaban emparentados, no debemos confundirlos. El duque de Calabria era hijo del Rey de Nápoles, Federico I). 
Germana, murió en Liria, en 1536, aquejada de hidropesía, probablemente debido a las consecuencias de la obesidad que padecía.
Es un libro de agradable lectura, y me ha parecido que con una buena y estudiada base histórica.

jueves, 9 de agosto de 2018

EL SECRETO DE PEGASO DE GREGG LOOMIS


     Langford Reilly es un ex agente de la CIA que ejerce de abogado en Atlanta. Tras sufrir la enfermedad y muerte de su amada esposa Dawn, vive dedicado a su trabajo apoyado por su secretaria Sara, y reconfortado por Francis, amigo y sacerdote, con el que comparte interesantes charlas principalmente en torno a su pasión, el conocimiento del latín.
        La vida del protagonista se verá dramáticamente perturbada por la fuerte conmoción que supone la noticia de la muerte de su hermana y sobrino, Janet y Jeff, víctimas de un incendio en su casa de París.
        Langford viaja a Francia y sospecha, desde un primer momento, que lo sucedido a su familia ha sido intencionado; que en realidad han sido asesinados. Por ello, en solitario, al margen de la investigación oficial de la policía, inicia sus averiguaciones.
        A su regreso a Atlanta, Langford descubre que su hermana había enviado a Estados Unidos un cuadro del S. XVII que había comprado recientemente, copia de uno de Poussin, pintura que incluye una enigmática filacteria escrita en latín. El protagonista sorprende a alguien que intenta hacerse con esa obra de arte y el implicado no duda en suicidarse, lo que evidencia el fuerte adoctrinamiento y fanatismo al que ha debido de ser sometido; similar al inoculado a miembros de alguna secta. Langford se verá comprometido, por tanto, en un primer fallecimiento.
        Sus investigaciones le llevarán de nuevo a Europa donde buscará el apoyo de varias amistades de su antiguo trabajo en la Agencia. La más importante, en lo personal y profesional, será Gurt, una rubia imponente, francotiradora experta y agente de la CIA en activo; también se reencontrará con Jacob, un ex-agente del Mossad israelí.
        Langford se verá involucrado en otra muerte en Londres tras tropezar de nuevo con dos miembros extremistas, que identifica ya como pertenecientes a una organización que se revela como heredera de los antiguos templarios. Además, averigua que, al parecer, el cuadro protagonista de la trama contiene un mapa oculto de una parte concreta del sur de Francia, que indicaría la localización de unos restos mortales cuyo hallazgo y publicidad podrían cambiar la historia del cristianismo. En su huida, el protagonista se verá obligado a buscar el amparo de una madame, Nellie, amiga del pasado, que regenta un prostíbulo de lujo y que le dará cobijo mientras es buscado tanto por la policía como por la poderosa organización que lo persigue.
        Siguiendo sus peligrosas pesquisas por varios países europeos, Lagford se enfrentará a la potente estructura templaria, con poder a escala mundial, financiada con el chantaje que, durante siglos, ha realizado al Vaticano; conocen la existencia y localización de esa tumba. El protagonista perseverará en su afán por desenmascarar a esa oscura organización, por  descubrir los secretos que oculta el cuadro, y por vengar la muerte de su hermana y sobrino.

jueves, 2 de agosto de 2018

SPINOLA. CAPITAN GENERAL DE LOS TERCIOS. DE OSTENDE A CASAL. DE JOSE IGNACIO BENAVIDES.



       Ambrosio Spinola fue uno de esos personajes excepcionales que participó en la construcción de nuestra historia. Es una lástima que gran parte de los españoles no sepan quién es. Quizá algunos lo recuerden de algún capítulo de la serie televisiva el Ministerio del Tiempo, de alguna mención en los libros de Reverte sobre el Capitán Alatriste, de alguna obra de Martínez Laínez o de José Javier Esparza (estudiosos de la época y de los tercios). A lo mejor, los más, han tropezado con el cuadro de Velázquez, la rendición de Breda, en el que nuestro protagonista recibe las llaves de la ciudad con magnanimidad de las manos del derrotado Justino de Nassau.
        A mí me parece imperdonable que nuestros jóvenes y niños, y no tan jóvenes y no tan niños, no conozcan nada sobre la vida de un personaje de nuestra historia tan importante e interesante, un hombre que vivió aquellos tiempos en los que España era aún dueña de un Imperio, dónde todavía palabras como honor, honra, prestigio, valor, lealtad, reputación o patria tenían un significado (habría que hacer un esfuerzo por darlas sentido en el país en que vivimos, lugar en el que triunfa sin pudor la ocurrencia y oportunidad política, y la indigencia moral e intelectual)
        En este libro, José Ignacio Benavides, abogado y diplomático, nos desmenuza la vida y obra de Ambrosio Spinola. Se trata de una biografía abordada desde diferentes vertientes: personal, política, diplomática y militar. El título del libro es suficientemente ilustrativo, “SPÍNOLA, CAPITAN GENERAL DE LOS TERCIOS. DE OSTENDE A CASAL”; y es que el texto se centra en los años de actividad del protagonista a las órdenes de la corona española, principalmente en Flandes; aunque también en Italia (1602-1630)
Recuerdo con cariño una buena conferencia de Juan José Luna en el Museo del Prado (y la recomiendo porque es un estupendo conferenciante, con un punto humorístico e irónico que hace que interese todo lo que cuenta), en la que habla mucho sobre Spinola y su familia a propósito de los cuadros de batallas que encargó Felipe IV para el flamante Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro que esperemos ver pronto recuperado con el nuevo proyecto que va a ponerlo en valor. Hay que reconocer que el mejor, con diferencia, de aquellos doce cuadros de batallas, de los que sólo se conservan 11, es el de Velázquez; La rendición de Breda, conocido coloquialmente como “Las Lanzas”, aunque allí lo que se ven no son lanzas, sino picas, las picas victoriosas de nuestros gloriosos tercios. (Velázquez probablemente conociera de primera mano el escenario de ese cuadro tras haber compartido viaje a Italia con su principal protagonista, Spinola, quien le pudo contar como fue la magna empresa de la toma de Breda)
Haciendo memoria, debemos saber que Spinola nació en Génova en 1569 en el seno de una de las familias poderosas de la ciudad, siempre en constante disputa con los Doria. El apellido Spinola parece ser que tiene su origen en la Edad Media, cuando sus antepasados se trajeron de Tierra Santa un trozo de la corona de espinas de Cristo, una espínula, como reliquia.
Su hermano Federico se inclinó en seguida por la carrera militar, mientras él se encargaba del manejo de las finanzas. Pero todo esto cambió súbitamente cuando, en 1602, Ambrosio decide pertrechar sus propias tropas para ponerlas a servicio de la corona española en Flandes. Y aquí comienza la transformación de un hombre de negocios en un militar de prestigio, aunque, en el fondo, su formación financiera siempre influyera sobre la castrense. Spinola se reveló como un gran organizador, un buen planificador y gestor, y un pragmático ejecutor; siempre procuró acometer los diferentes retos en el campo de batalla con la certeza de que podían ser factibles desde los puntos de vista económico y humano; no era amigo de aventuras, algo que agradaba a su tropa y redundaba en la fidelidad de los suyos.
A pesar de las muchas críticas recibidas desde España por no ser castellano, ni militar de formación, triunfó y se ganó la confianza de Felipe III. Fue su hombre fuerte en Flandes durante el gobierno del Archiduque Alberto e Isabel Clara Eugenia, hasta el punto de que llevó consigo las interesantes instrucciones secretas que en 1606 redactara el rey para que, en el caso de que fallecieron cualquiera de los dos miembros de la pareja de gobernadores sin descendencia, Flandes volviera a ser una posesión patrimonial de la monarquía hispana, por lo civil o lo militar , algo que al final sucedió sin más contratiempos tras la muerte del Archiduque Alberto en 1621, aquejado durante muchos años (no podía ser de otra manera) de la inseparable podagra de los Austrias.
Con el ascenso al trono de Felipe IV a la muerte de su padre, Spinola siguió prestando sus valiosos servicios a la monarquía, pero dando un giro a su anterior posición respecto al rey; se convertirá en el gran valedor, defensor y protector de la gobernadora Isabel Clara Eugenia, que siguió ejerciendo el cargo a petición de su sobrino, Felipe IV, hasta su fallecimiento en 1633.
A pesar de su ingenio, su talento y sus campañas victoriosas —ejemplos hay unos cuantos, pero merecen la pena ser destacados la toma de Ostende o la de Breda—, a pesar de haber recibido los más altos honores de la corona como fueron el ser nombrado Caballero de la Orden de Santiago, recibir el Toisón de Oro, el marquesado de los Balbases, o la Capitanía general de los tercios y la Comandancia del Ejército en Flandes, Spinola se enfrentó a muchas dificultades tanto personales (empeñó su fortuna al servicio de la corona e hizo frente a las desgraciadas muertes de su hermano y esposa), como en el ejercicio de su liderazgo militar, siempre luchando contra la incomprensión de Madrid y la debilidad de la hacienda de la corona, y contra la permanente escasez de tropas y la falta de recursos para mantenerlas, con los motines siempre sobrevolando el aire bélico de los Países Bajos.
El final de su vida se vería rodeado por la ingratitud de una España gobernada por el Conde-Duque de Olivares quien no le tenía ninguna simpatía. Su postrero viaje a Madrid en busca de los recursos necesarios para luchar en Flandes le sumieron en la enfermedad y en el desánimo ante los nulos avances de su gestión. Incluso tuvo el valor de negarse a regresar al mando de sus tropas si no era con unas garantías mínimas de poder llevarlas a la victoria en el campo de batalla. Finalmente fue destinado a Italia donde se vio involucrado en otro de los errores políticos de Olivares a propósito de la sucesión en Mantua.
La puntilla final puede que se la diera su propio hijo. Viejo, cansado, deprimido y humillado, conoció que, en un acto para él impensable e imperdonable, su vástago había huido rompiendo cincha del campo de batalla del puente de Cariñán, junto al resto de tropas españolas. No extraña que en su propio lecho de muerte pudiera decir: “me han arrebatado la honra, la reputación y la salud”. Murió en Castelnuevo Scrivia en 1630.
Jose Ignacio Benaviedes nos presenta un libro muy interesante, escrito y documentado por un apasionado y experto en aquella época. Con el tiempo será objeto de una segunda lectura más reposada que esta primera (es muy complejo el análisis de un conflicto como el Flandes, tan largo en el tiempo, al que se le sumó la endiabladamente complicada Guerra de los Treinta años), He leído un buen libro de historia, política y diplomacia, y he disfrutado del acercamiento a la personalidad de uno de nuestros grandes olvidados, Ambrosio Spinola, un magnífico Capitán General de los Tercios de Flandes.
¡Santiago, cierra España!