miércoles, 22 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LA BACANAL DE LOS ANDRIOS Y LA OFRENDA A VENUS DE TIZIANO



      Nos dirigíamos al próximo destino planificado por mi bella Cicerone, la cercana sala 42, cuando ella se detuvo.
        –Por cierto, ¿sabes dónde está el lienzo más grande del mundo?
        –Por lo que me has dicho, imagino que en Venecia.
        –Frio, frio…
        –¿Frio yo? A tu lado ardo de pasión y deseo. –Le hice una carantoña.
        –No seas borrico.
        –Pues, tú dirás.
        –En Albacete.
        –¡No puede ser! –exclamé, soltando luego una imprevista carcajada–. ¿En Albacete?
        –Te cuento. Es que son historias que me gustan mucho. En 1949, El papa Pio XII decidió crear la diócesis de Albacete. Para ello había que asignarla un territorio, puesto que antes era sufragánea de la archidiócesis de Valencia.
        –Y te quejabas de mí con el tema de las palabras –ironicé.
        –Vamos… que dependía de la jurisdicción y autoridad de Valencia.
        –Imaginaba.
        –Para ello tuvieron que adjudicarle parroquias que antes pertenecían a las diócesis de Cartagena, Cuenca y Orihuela-Alicante, y a la archidiócesis de Toledo. Creo que me estoy enrollando.
        –El lienzo. Ibas a explicarme lo del lienzo –ironicé de nuevo.
        –Ya. El caso es que el primer obispo que tuvo, Arturo Tavera, se encontró con que su catedral, la de san Juan Bautista, presentaba un aspecto desangelado, con las paredes desnudas, después de haber sido saqueada en la guerra civil, y decidió decorarlas. El obispo había oído hablar de un artista que era presbítero, natural de Ayora, D. Casimiro Escrivá, que tenía cierta fama por haber expuesto en varias galerías incluso fuera de España. Y el sacerdote aceptó el reto de decorar toda la iglesia; casi mil metros cuadrados de paredes fueron cubiertas con sus lienzos adosándolos a la piedra. Tardó 4 años, de 1958 a 1962. Es la obra en lienzo más grande realizada por una sola persona, sin ayuda de discípulos.
        –Meritorio. Muy meritorio.
        –Y reflejó escenas bíblicas, y otras más actuales. A su obra se la conoce popularmente como “El lienzo de D. Casimiro”.
        –Habrá que ir a Albacete a verlo.
        –Uno de tantos sitios con cosas que ver. Entremos en la Sala.  –Sara concluyó su disertación y me invitó a entrar en aquel espacio. Percibí un importante cambio de luz. La gran galería de la que veníamos estaba más iluminada.
        –Y este es el cuadro.
        –¿Dónde está ese desnudo…? –bromeé.
        –Aquí. Alégrate la vista, ensaliva, pero no salpiques. –Sara rio.
        –Esta muchacha tiene un aspecto delicioso. Cierto, se le hace a uno la boca agua.
        –Anda… Vamos a ver el cuadro no sea que tenga que pedir una fregona al servicio de limpieza para recoger las babazas que estás dejando. –Ella volvió a reír divertida
        –Ciertamente, ha aumentado mi secreción salivar.
        –¡Qué fino! –Sara se puso seria–. Estamos ante “La bacanal de los andrios”, también de Tiziano.
        –Hablando en serio. Me parece un cuadro extraordinario.
        –Lo es. Es uno de mis preferidos. Y ese desnudo es maravilloso.
        –Sí tuviera que quedarme con una de las dos… –comenté cogiéndola por la cintura.
        –Ya. Imagino que harías el esfuerzo de quedarte conmigo porque soy algo más real.
        –Es probable –le sonreí besándole luego la mejilla.
        –Anda, cuentista, déjame seguir. En 1517, Alfonso I de Este, III duque de Ferrara, decidió encargar a Tiziano tres cuadros para decorar una estancia de su palacio, el llamado “Camarín d’alabastro”. Primero pintó el que tenemos al lado, “Ofrenda a Venus”, luego “Baco y Ariadna” que está en la National Gallery de Londres y, finalmente, la bacanal. –Sara ya estaba con el móvil en la mano para enseñarme el único que no podríamos admirar, el que estaba en Inglaterra.
        –¡Vaya cuadro! Menudo colorido, ese azul es precioso.
        –Es una serie de cuadros fantástica. Para realizar la bacanal y la ofrenda, los dos que podemos ver en vivo, recibió precisas instrucciones de que siguiera lo escrito por el clásico griego Filóstrato en su obra “Imágenes”. “La bacanal” es mi debilidad. Tiziano pinta una escena que se desarrolla en la isla de Ándros, donde un abigarrado conjunto de personajes disfruta de una fiesta abundantemente regada con vino. Compositivamente es una maravilla, dada la dificultad de representar tantas figuras en las más variadas posturas y actitudes, y con su personal grado de afectación alcohólica. La ninfa es para mí el mejor desnudo que pintó el genio veneciano. Dormida y desinhibida por los efectos de la bebida, la joven ha llevado su brazo derecho bajo su cabeza dejando expuesto su cuerpo al completo, al haberse deslizado sobre él esa leve túnica blanca. Su brazo izquierdo ha dejado caer una vasija vacía. Su cuerpo nacarino, bello y escultural, se ofrece voluptuoso y extremadamente sensual al espectador. Su rostro sonrosado por los efectos del vino contrasta con el color del resto de carnaciones…
        –No sigas que me estoy alterando…. –bromeé sin que ella me hiciera caso.
        –Si partimos de la parte de arriba vemos que enmarca la escena dentro de un precioso paisaje de cielo azul con nubes blancas, con un barco al fondo que parece partir, quizá lleve a Baco después de haber dejado en la isla a sus seguidores para que disfruten de la fiesta, y una frondosa vegetación, entre la que destaca, en el árbol de la derecha, un pavo real, y a la izquierda de la pintura, las parras que trepan por los árboles cargadas de jugosos racimos de uvas. Al fondo, a la derecha, hay un anciano con un tono de piel sospechosamente rojizo sobre hojas de parra y racimos de uva. Se trata de la personificación del río de vino que la mitología dice que Baco creo para sus acólitos, y que puedes ver como discurre en el primer plano de la escena. Del grupo de personajes centrales destacan, como te decía, sus diferentes gestos y poses, unos bailan, otros parecen charlar, uno sirve vino a una mujer, el del centro parece buscar impurezas en el vino, uno casi sale de la escena con el cántaro que acaba de llenar… Te voy a señalar algunas cosas más. Las dos mujeres que parecen hablar, abajo, en el primer plano…
        –Localizadas.
        –Descansan cada una con una flauta en la mano, quizá después de interpretar la partitura que yace al lado; una canción que reza: “quien bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber”. Y el gracioso niño que está al lado sube su túnica con descarada inocencia y …
        –¡No fastidies! ¡Está meando! Es increíble se ve el chorrillo saliendo de…
        –Orina en el río de vino, y simboliza la risa. Resulta gracioso que el niño esté haciendo sus necesidades sobre el vino, mientras en el lado izquierdo aparece un personaje que está llenando su jarra del mismo cauce.
        –Me gusta mucho el cuadro. Desde luego el desnudo es maravilloso, sensual, provocador.
        –No te emociones –Sara rio–. Hay quien dice que esa figura es un añadido a la composición inicial, quizá un encargo del mismo comitente para su disfrute privado. Fíjate en algunos detalles como el de la trasparencia de las copas del suelo y el de la túnica en el brazo derecho de la mujer desnuda, o la sutileza con que diferencia el color de la piel de la ninfa con los dedos del pie derecho manchados de vino igual que las piernas del niño.
        –Muy logrado, sí señorita. Y el niño orinando es graciosísimo.
        –Una última cosa. La firma.
        –No la veo.
        –Claro porque no le quitas ojo a la sugerente ninfa.
        –Es probable.
        –Hay más mujeres en el cuadro.
        –Pero llevan ropa.
        –Pues fíjate en ellas un poco. Una parece llamar la atención de la otra, bajo la escrutadora mirada del hombre de al lado, que no pierde detalle mientras llena su jarra. La muchacha que vemos de frente lleva la firma en el escote “TITIANUS F”, Titianus fecit (Tiziano lo hizo en latín), y una violeta, dicen que haciendo referencia a su amante, a la que adoraba, cuyo nombre era Violante. Hay quien afirma que su rostro es un retrato de ella.
        –¡Qué cuadro más hermoso! Y ese desnudo…
        –Me parece que solo te interesa esa parte del cuadro.
        –Ahora que lo dices, el resto es bonito, pero el cuerpo de esa muchacha…
        –Anda, vejete salaz. Vamos a echar un vistazo a “la Ofrenda a Venus”. Igual viendo sólo amorcillos desnudos te despejas.
        –Seguro que miraré de reojo al cuadro de al lado. –Sara rio.
        –En este cuadro Tiziano nos muestra una escena repleta de amorcillos, en la mitología griega se los denominaba Erotes, y en el renacimiento Putti. Algunos de ellos aparecen volando entre los árboles, trepando y arrancando las manzanas que luego quedan desperdigadas por el suelo. El resto de amorcillos se esparce por el prado desordenadamente. Fíjate que cada uno presenta una actitud diferente; al fondo bailan, unos recogen frutas, otros se pelean, otros se besan, uno va a lanzar su flecha, dos ofrecen un cesto a la diosa Venus, que aparece en forma de estatua. Observa en el centro como se abre un pequeño claro donde un Erote coge una liebre. Este animal se relaciona con Venus, como símbolo de fertilidad, deseo o reproducción. En el lado derecho aparecen dos ninfas parece que mirando algo que está fuera del cuadro.
–Mirando fuera sólo veo una.
–Fíjate bien. Una gira la cabeza, pero la otra mira hacia un espejo.
–Muy sutil.
–Recuerda que estos cuadros fueron un encargo para una estancia determinada donde ya había otras obras de arte. Cada obra iba en un lugar preciso, y ese puede que sea el motivo que de sentido a esta escena. Estarían mirando hacia otro cuadro, o quizá hacia una estatua de la diosa que hubiera en el “Camarín D’alabastro”.
–Es bonito, pero me quedo con el anterior.
–Eso ya lo sabía yo.
–¿Podemos…? –pregunté a Sara con el deseo de volver hacia atrás, señalándoselo con la cabeza.
–Pues claro. Pero no te quedes lelo mirando a la ninfa.
–Eso será fácil, a no ser que mi bella acompañante se muestre celosa y me ofrezca algo mejor. –Sara giro la cabeza hacia los dos lados, observó que no había nadie más que una turista oriental sentada en un banco detrás de nosotros, que se había quedado dormida mientras descansaba y, discretamente, me beso en los labios con suavidad.
–¡Qué bien sabe mi ninfa! –exclamé volviendo mi rostro hacia un lado al instante–, y usted perdone, no le había visto –me disculpé de un “San Jerónimo penitente” de Lorenzo Lotto que, arrodillado, me pareció escandalizado ante lo que había presenciado –Sara no pudo reprimir una carcajada.

martes, 21 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. FELIPE II OFRECIENDO AL CIELO AL INFANTE DON FERNANDO DE TIZIANO.


      Durante unos instantes, permanecimos en silencio frente a la obra. Era evidente que Sara acostumbraba a hacerlo y, ahora, parecía que me invitaba a que yo me habituara también para que pudiera digerir todo lo que me contaba sobre los cuadros; quizá incluso con el fin de que hubiera alguna duda o pregunta postrera que aclarar.
A pesar de mis bromas, yo me deleitaba escuchándola. Sentimientos aparte, algo que obviamente te convierte en parcial, oírla hablar de aquellas pinturas con aquel entusiasmo me emocionaba, me enorgullecía y, sobre todo, me hacía sentir un privilegiado. Además, junto a ella, disfrutando de ella, la vida era muy diferente. Hasta el día que la conocí, independientemente de que fuera en aquellas circunstancias tan especiales (perdón por el inciso del autor, pero para saber cómo nos conocimos tendréis que esperar a que se publique mi libro “Tiempos de sombras”), era como si la vida no hubiera sido más que una broma, una insoportable broma macabra. Todo lo que me rodeaba tomaba sentido junto a Sara, mi vida tenía color mirándola a través de sus preciosos ojos oscuros de mirada lánguida. Sentía como si Eolo hubiera soplado con fuerza y hubiera disipado el gris plomizo y pesaroso que había anubarrado mi existencia durante tantos años, para dejar un horizonte azul y despejado, limpio e ilusionante del que gozar.
        Admirando el cuadro y centrifugando aquellos bellos pensamientos, ella intervino:
        –Ahora que hemos entrado de lleno en la pintura de la escuela veneciana del renacimiento tengo que contarte algo. ¿Has reparado en el tamaño de los cuadros?
        –Por lo que se puede ver en esta galería, la mayoría son de gran formato.
        –La escuela veneciana fue la creadora de los grandes lienzos. Y la causa no es otra que la humedad de Venecia. Allí la pintura al fresco se deterioraba muy rápido, y buscaron esta solución.
        –¿Y por qué no la tabla?
        –Hay varias razones, primero el peso y el transporte, la madera pesa mucho más, y el lienzo es más liviano y se puede enrollar.
–Claro, lógico.
–Pero hay más. Su precio. La tabla es mucho más cara porque requiere una costosa elaboración; hay que elegir el árbol adecuado, cortar las tablas en la orientación precisa y dejar secar la madera, y algunas tardaban varios años en hacerlo. Y luego está el tema del tamaño, las tablas están limitadas al grosor del árbol, luego un cuadro grande necesita de la unión de varias tablas, lo que aumenta la posibilidad de que se agriete con el transcurso del tiempo y los cambios de temperatura y humedad. Ahora vamos a ejercitar tu memoria. –Sara me sonrió y apoyó su cabeza en mi hombro.
–Ya sabes que con la vejez… aunque a tu lado me siento rejuvenecido –bromeé pícaro–.
–Te advierto que sigo en el pedestal. Soy intocable –Sara rio–. ¿Recuerdas “El expolio” del Greco?.
–Por supuesto. Tu amiga Esther nos lo explicó con todo lujo de detalles en la Catedral de Toledo.
–Pues ella nos dijo que estaba hecho sobre una sola pieza de tela, la que habitualmente utilizaba el genio de Candía, lienzo de mantel, y su tamaño es… –Sara consultó su móvil–. 285 x 173 cm. Además, si se quiere un lienzo más grande se puede coser otra tela, y no hay riesgo de que se agriete como la tabla.
–Interesante.
–Evidentemente cambiaron las técnicas en cuanto a la preparación del soporte, y la imprimación que se le daba antes de empezar a pintar sobre ella. No era lo mismo pintar sobre madera que sobre tela. Luego estaba el tema del brillo; el lienzo da como resultado una pintura con un tono más mate, y esto se solucionó aplicando barnices una vez concluida la obra. Muchos pintores alternaron los dos tipos soportes, caso destacable fue el de Rubens, y en el pequeño formato se siguió utilizando la tabla, sobre todo en la pintura flamenca, pero desde el renacimiento predomina el lienzo.
–Caray. Es toda una ciencia.
–Ya te dije que tenemos en el museo un departamento de documentación técnica y de restauración puntero en el mundo. Puedes ver videos de cómo trabajan en su web y en youtube, es algo fascinante.
–Seguro que lo haré.
–¿Continuamos?
–Cuando quieras. Después de esta clase magistral, seguro que viene otra. Tenía que haberte conocido antes, te hubiera contratado como asesora de novelista en temas histórico-artísticos, y me hubiera ahorrado muchas horas de investigación.
–¿Sólo me hubieses querido para eso? –Sara me miró y se mordió sensualmente el labio inferior.
–Eres un veneno, un súcubo desalmado. Ahora que estaba yo tranquilo… –comenté resignado mientras ella reía y, de la mano, me conducía hasta nuestra próxima parada, en la misma sala 24–. El movimiento de tus labios me ha carpido. No puedo dejar de pensar en ellos.
–Lo de las palabrejas tiene su guasa. Nadie las usa, ¿súcubo, carpido? –Sara rio–.
–¡Me obnubilas! –exclamé enfático.
–Ahora céntrate, es una orden –añadió sonriendo, teatralizando ligeramente nuestra llegada ante el cuadro, señalándomelo con la mano aparatosamente.  
–Lo intentaré, pero no garantizo nada. Este ha sido un golpe bajo, cruel e inesperado.
–Como te dije antes, este es “Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando”, también de Tiziano. Fue un encargo que le hizo Felipe II para conmemorar dos hechos importantes que se habían dado en 1571, la victoria de Lepanto frente a los turcos y el nacimiento de un heredero; en aquel momento, el infante don Fernando era la nueva esperanza de la monarquía a la hora de perpetuarse.
        –Que pronto se frustró, según me dijiste el niño murió siendo un crío –comenté tratando de apartar mis últimos pensamientos observando la pintura.
        –Exacto. Estamos ante una de las obras más tardías de Tiziano. De hecho, debía de estar retirado cuando le llegó el último encargo del rey. La obra se fecha 1573 y 1575; teniendo en cuenta que murió en 1576, puedes hacerte una idea.
        –Si no recuerdo mal fue un hombre longevo.
        –Murió a los 86. No te equivocas.
        –Me parece que a esas alturas de su vida no estaba ya ni para sostener un pincel. –Sara sonrió.
        –Probablemente no. Tiziano recibió instrucciones precisas de lo que Felipe II quería que pintara, y para ello se le enviaron unos bocetos y un retrato del rey elaborados por Sánchez Coello, pintor de corte en aquel momento. Tiziano había retratado a Felipe II en 1548 en Milán y en 1551 en Augsburgo, y no le volvió a ver. Por tanto, el retrato debió de servirle para representar a un monarca que ya tenía 20 años más. Felipe II es representado de perfil, y sostiene a su hijo desnudo sobre una especie de mesa o altar cubierto por un mantel, mientras un Ángel, pintado en un escorzo muy atrevido, que porta una corona de laurel, le ofrece al niño una hoja de palma y le entrega una filacteria con la consigna MAIORA TIBI.
        –Palma y laurel, símbolos de victoria, gloria… Eso lo entiendo, el latinajo… me lo traduzca –le solicité con salero.
        –Se puede interpretar como “Mayores triunfos te esperan”. Al fondo aparece representada la Batalla de Lepanto, en primer plano hay un prisionero turco y despojos de los vencidos a su izquierda. La nota graciosa la pone ese perrillo que alza las patas delanteras y se apoya en la columna, mientras que mira la escena con curiosidad, puede que reclamando protagonismo a su amo. El cuadro está firmado en la hoja que hay clavada en la columna siguiente.
        –Para ser una de sus últimas obras, Tiziano hizo un buen trabajo.
        –Sí. Este cuadro fue el elegido por Felipe II como símbolo de su reinado, imagínate la importancia que le dio. De hecho siempre estuvo colgado junto al que representaba el de su padre, el famoso cuadro del emperador a caballo “Carlos V en la batalla de Mühlberg”. Y ahora viene lo más interesante de la pintura, y que puede que ya lo hayas visto. –Ella me dejó pensar unos segundos.
        –Parece que está ampliado, hay costuras y diferencia de color, ¿verdad?
        –Muy bien. Se restauró en 2017. Está documentada la ampliación del cuadro en 1625, reinando Felipe IV, y el motivo fue que iba a colgar en el Alcázar junto al “Carlos V en la Batalla de Mühlberg”, y este último cuadro era más grande. Para igualar su tamaño se decidió hacer esta ampliación que se le encargo a Vicente Carducho. Y ahora, después de restaurado, se notan más los añadidos.
        –¿Por qué?
        –Pues porque Carducho agrandó una obra que tenía cincuenta años, y ajustó los colores sobre los de un cuadro que ya tenía suciedad y barnices oxidados. Al restaurarse, la parte de Tiziano recuperó su color original, de hecho, ahora se pueden ver hasta los fogonazos de los cañones en la batalla de Lepanto, mientras en la ampliación de Carducho no se pueden recuperar porque no los tenía en origen.
        –Me he quedado hecho un estafermo ¿Y lo dejan así sabiendo que es un añadido?
        –¿Estafermo? –Sara rio y continuo–. En este caso en concreto, la obra se ha incluido en un proyecto que se denomina “Enmarcando el Prado”. Se va a ocultar de alguna manera para que el cuadro tenga su sentido y recupere el estado más próximo al original de Tiziano. Es difícil decidir qué hacer en estos casos, aunque fíjate que los añadidos casi hacen que el protagonista de la escena sea el turco que está en primer plano con esos enseres al lado, y la diferencia de color es evidente. En este caso, a pesar de ser una intervención histórica, altera la obra por completo y su significado.
        –Desde luego el centro de la escena deja de ser el rey. Se ve más el turco, tienes razón.
        –Es un gran lienzo, y quedará mejor ocultando lo agregado por Carducho.
        –¿Sabes? Me siento como el perrito de la escena. Allí, el pobre, apartado, con la boca entreabierta, reclamando un poco de atención por parte de su dueño –dramaticé fijando mis ojos en los suyos.
        –Eres incansable.
        –¿Por qué tuviste que hacer eso con los labios? –Sara me cogió por la cintura, me miró y, sugerente, volvió a hacer lo mismo que me había nublado las entendederas, minutos antes. Luego soltó una carcajada–.
        –¡Señor, aparta de mi este cáliz! –exclamé con afectación.
        –¿Estás seguro de que quieres que me aparte? –preguntó coqueta antes de posar su cabeza sobre mi hombro–.
        –Es una forma de hablar… es algo retórico…–balbuceé divertido–.
        –Pues vamos entonces, ya sé que quiero enseñarte ahora. Seguimos con la escuela veneciana. Y este cuadro tiene un bello desnudo que seguro que te interesará.

        –Eso, eso, menos glorias y menos ofrecimientos ­–comenté rememorando los dos últimos cuadros de Tiziano que me había enseñado–, y más carnaciones sensuales –concluí lujurioso. Ambos reímos, y continuamos con nuestra visita entrando en la sala 42–.

lunes, 20 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LA GLORIA DE TIZIANO.


       Cuando llegamos a la planta 1 del museo, respiré varias veces con fuerza, como si haber subido un piso hubiera sido para mí un esfuerzo insuperable.
        –¡Qué exagerado eres! –dijo Sara–.
        –No se me escapa que me has obligado a esta penosa escalada obviando el ascensor.
        –Es solo un piso. Te “abuelas” por momentos. Además, no quería correr riesgos. Imagínate que montamos en el ascensor, y da la casualidad de que subimos solos, no creo que hubiera podido detener tu exceso de testosterona. –Sara rio.
        –Pues te voy a dar la razón. Solos…un lugar cerrado… Probablemente hubiera atacado ferozmente. –Sara se apartó ligeramente de mi al ver que simulaba que mis manos eran las garras de alguna fiera a punto de atrapar a su presa.
        –¡Quieto León! –Volvió a reír–. Pues me la has dejado votando…
        –Se me explique.
        –Estamos en la Sala 1, vestíbulo de entrada de la Puerta de Goya, para que te hagas una idea.
        –Vale. No entiendo todavía.
        –Esta escultura representa a “Carlos V” y el furor”, obra de Leone Leoni.
        –Ahora lo pillo.
        –Y los dos cuadros que ves colgados son de José de Ribera. Ticio a un lado, e Ixión al otro.
        –¿Quiénes eran?
        –Vamos a ver… –Sara se mantuvo pensativa e hizo un gesto de disculpa cuando comenzó–. Es que no quiero enrollarme mucho, ya tenía decidida la obra ante la que quería llevarte. Las furias son 4, Ticio, Ixión, Sísifo y Tántalo.
        –No tengo el gusto –bromeé.
        –En resumidas cuentas, eran seres que habitaban el Hades greco-romano cuyo nexo de unión era que habían desafiado a los dioses, y habían sido condenados a sufrir un castigo eterno. Tántalo había servido a su propio hijo como comida en un banquete a las divinidades, y fue condenado a pasar hambre y sed para siempre.
        –Amor de padre –ironicé–.
        –Sísifo fue sentenciado a llevar una piedra a cuestas eternamente por haber delatado los amores de Zeus.
        –El chivato del grupo.
        –Algo así. Y los dos que tenemos aquí. Ticio que quiso seducir a una de las amantes de Júpiter, y este le condeno a que un águila le comiera las entrañas continuamente…
        –¡Caray, como se las gastaba! Se lo tomó a mal. Un tipo celoso.
        –Y el del otro lado, Ixión, que osó hacerse pasar por Júpiter en el lecho de Juno, la mujer del Dios. Y fue atado a una rueda que giró a perpetuidad.
        –¡Con la esposa del Dios supremo! Hay que tener poco tacto y menos luces. Oye, me ha gustado esto de las furias. Algún día te pediré que me cuentes más cosas sobre ellas.
        –Luego pasaremos ante las que se conservan de Tiziano. Son espectaculares; “Sísifo” y “Ticio”.
        –Perfecto. Estas historias de infidelidades y traiciones me fascinan –afirmé apasionado–.
        –Tienes madera de portera. Eres el “viejo del visillo” –Sara se burló de mi entusiasmo, mientras me llevaba a la sala siguiente, según me dijo, la 24–. Como te comenté abajo, al Museo del Prado se le conoce por, Tiziano, Rubens, Velázquez, Goya… Y están, principalmente, en esta planta. Empezamos por aquí porque venía pensando en un cuadro en especial, hemos dejado aquí al lado las salas que van de la 41 a la 44, que están dedicadas también a la pintura veneciana del s. XVI. Iremos luego.
        –Tintoretto, Tiziano, Veronés… –recordé de carretilla.
        –Los Bassano…etc. –completó ella–. A lo que iba, en esta sala hay tres Tizianos. “La alocución del marqués de los Vastos” representado en el momento que, elocuentemente, fue capaz de detener un motín de las tropas imperiales en 1537 en Lombardía, “Felipe II ofreciendo al cielo al infante D. Fernando” al que, si quieres, le dedicamos un rato luego, restaurado hace tres años si no recuerdo mal, y el que vengo a enseñarte.
        –Adelante. Oye, el hijo de Felipe II no salió bien en la foto –ironicé con gracia.
–Y murió a los seis años de disentería. Vamos con “La Gloria” de Tiziano”. Un cuadro monumental; 346 x 240 cm –Sara volvió a acercarse a la cartela–. Fue un encargo que le hizo Carlos V al pintor veneciano en su encuentro en Augsburgo de 1550-1551. Tiziano tardó 4 años en entregarlo, y siguió instrucciones precisas del Emperador a la hora de elaborar su composición a través del embajador en Venecia, Francisco de Vargas que, aprovechando la coyuntura, pidió al pintor que le incluyera en el cuadro; no se sabe seguro que personaje es. El lienzo escenifica la visión que tenían aquellos que iban a ascender al cielo cuando llegaban a la Gloria Divina, según plasmaba San Agustín en su obra “La ciudad de Dios”.
        –Los buenos. Los que se portan bien. Sí, ya sé…no es mi caso.
        –No, es evidente –Sara sonrió–. El emperador lo encargó como tabla de altar para el Monasterio de Yuste donde se retiró tras abdicar; estaba preocupado por salvar su alma, y se preparaba para el momento de su muerte, de hecho, organizó tanto las cosas que incluso llegó a realizar, junto a los monjes del monasterio, el simulacro de su propio sepelio, dirigiéndolo desde un catafalco.
        –¿Obsesión sólo? Creo que estaba como un cencerro.
        –No quería dejar nada al azar y planificó hasta en el último detalle. El cuadro fue colocado en el altar de la iglesia, y el emperador podía admirarlo desde su propia estancia a través de una puerta. De hecho, pidió verlo cuando le llegó su última hora.
        –O sea que encargó un cuadro votivo a medida para morir en paz y procurarse la salvación.
        –Y tanto que a medida. Te cuento. Fíjate en la parte de abajo en una línea horizontal donde se desarrolla una diminuta escena en la que unos peregrinos, a la puerta de una capilla, parecen asombrados por lo que está pasando sobre ellos; es una breve alusión al mundo terrenal. Sobre ella pinta la monumental secuencia principal del lienzo alusiva al mundo religioso. Lo real frente a lo mitológico, si se quiere. El cuadro se estructura en torno a un ovalo. La Gloria se abre luminosa sobre una nube de querubines. Preside la escena la Santísima Trinidad con la Paloma en el centro, y Dios Padre y Cristo sentados y ataviados de color azul, ambos con la esfera celeste; Dios Padre con el cetro y Cristo con la cruz. A su izquierda, siempre desde nuestro punto de vista, la Virgen comparte el azul de la vestimenta y camina hacia ellos seguida de San Juan Bautista; son los únicos capaces de interceder entre la divinidad y la humanidad. La Virgen gira su rostro y mira hacia las figuras de abajo. A la derecha, Tiziano reprodujo lo que será el juicio del Emperador, el verdadero motivo del cuadro. Ángeles con ramas acompañan al séquito que encabeza Carlos V vestido únicamente con un sudario, despojado de todo bien terrenal, incluso de la corona, que yace a sus pies. Le sigue su fallecida y amada esposa, la bellísima e inteligente…
–Tienes las virtudes de la Emperatriz –le interrumpí guiñándola y enarcando ostensiblemente las cejas.
–¡Calla, lagotero! –exclamó empujándome y apartándome de ella–. Déjame seguir
–Te has puesto colorada –canturreé sardónico.
–Bufff ¡Ni Job tuvo tanta paciencia! –exclamó mirando al cielo con dramatismo, y continuó divertida y levemente arrebolada–. Sigo. A Isabel de Portugal le acompaña un Ángel que pasa el brazo por detrás de su espalda; simbolizando que es quien la protege en el cielo. Detrás se sitúan Felipe II y Juana, sus hijos y, por debajo, María y Leonor, hermanas del emperador. Hay una clara alusión a un cisma político con la total ausencia de la otra rama de los Austrias; no están ni su hermano Fernando, ni su sobrino Maximiliano después de las desavenencias que surgieran a cuenta de la sucesión imperial, que finalmente recayó en Fernando y su familia.
        –Muy interesante. Mucho personaje, aunque lo más espectacular, me temo que está por llegar con la monumentalidad de las figuras de abajo.
        –Cierto. El color domina en el cuadro, típico de la escuela veneciana, pero hay dos diferentes calidades a la hora de la elaboración de la obra. Las figuras de los Austrias, por ejemplo, no son de mano de Tiziano, son de taller y, dada la fama de tacaño del maestro, sus ayudantes no debían de ser de los mejores. También varía la pincelada del propio Tiziano, más detallada abajo, más suelta y difuminada arriba, donde crea una atmósfera etérea. Seguimos descendiendo… Allí pintó a dos ancianos con barba, uno es su amigo Pietro Aretino y, el otro es él, el que está en el límite del cuadro. A la derecha está el rey David con el arpa, y ya hacia la izquierda, se sitúan: la espectacular figura de la mujer de vestido verde, probablemente se trate de la Sibila Eritrea, que profetizó sobre el Juicio Final, Noé con el arca y la paloma con la rama de olivo, Moisés con las tablas, Ezequiel, el profeta del Juicio Final, con turbante sobre su águila. Atento, por si te estás durmiendo, ¡detalle! –Sara se mostró divertida elevando su tono de voz.
        –Te escucho pasmado del todo.
        –En la mano lleva enrollado un papel donde figura la firma del autor. A su lado, con la biblia, está San Jerónimo… –Sara dudó unos instantes–. Y… no me acuerdo del resto, creo que arriba a la izquierda están Adán y Eva, pero no estoy segura. Quiero comentarte que las figuras de la parte inferior son de lo mejor que pintó el genial veneciano, tienen una evidente influencia de Miguel Ángel. Y te voy a contar una detalle de expertos: observa la línea azul de cielo que separa los cuerpos de Noé y Moisés; en su afán por dar espacio a las figuras, repintó modificó y recortó la espalda de Noé. Tiene un aspecto extraño.
        –Pues si sé que me vas dar información incompleta no subo –bromeé.
        –¡Eres un vejete puñetero! Esto último sólo lo ve un especialista, desagradecido. –Sara rio y se cogió a mi cintura.
        –Es que me ha sorprendido verte dudar. Ha caído un mito, la inagotable sabiduría de la bella Sara –teatralicé.
        –¡Serás bobo!
        –Ya no te tengo en tanta estima. Voy a bajarte del pedestal…
        –Eso sí que no, que te conozco –Sara rio de nuevo–. Manos quietas, mente despejada y libre de impurezas libidinosas, y a seguir con la visita.
        –¿Cogiéndote como estoy de la cintura? ¿Teniéndote tan cerca? O estableces nueva “distancia de seguridad”, o no garantizo que te baje del pedestal de inmediato. Ya sabes… para el tema del goce de la carne, de la posesión pasional y repetida, y esas cosas. –finalicé con picardía.
        –Incorregible juguetón… –dijo soltando una carcajada, dándome un beso en la mejilla y soltándose de la cintura.
        –No es suficiente –protesté–.
        –Sigo en el pedestal, y pórtate bien. ¡No hay más! –exclamó con revoltosa determinación. Yo fruncí el ceño y puse cara de tristeza, de niño mimado que no ha conseguido su premio–. De momento, se acabó. Luego ya veremos… –concluyó insinuante.

sábado, 18 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. SANTO DOMINGO DE SILOS ENTRONIZADO DE BARTOLOMÉ BERMEJO.


        Ambos nos divertíamos en nuestra visita al museo. Sara ejercía de profesora de arte, y de las buenas, y yo, de alumno travieso de hormonas alteradas prendado de su enseñante hasta los tuétanos. El problema residía en que los púberes y lujuriosos deseos del alumno le impedían disfrutar plenamente de aquella inmejorable compañía y beneficiarse de sus conocimientos; sufría desvaríos pasionales ante aquella naturaleza única, ante aquella involuntaria voluptuosidad que lo tentaba, padecía arrebatos vesánicos y depravados que culminaban en inevitables escarceos, en flirteos imposibles de formalizar en aquel lugar.
        –Pues antes de volver a subir, podríamos ver un poco de pintura gótica o hispano-flamenca. Creo que hay un cuadro que te impresionará. Sígueme. –Sara volvió a cogerme de la mano después de unos instantes en que, por cautela, y siguiendo su buen criterio, me castigó a ver el resto de las pinturas de la sala en silencio, sólo hablaba ella y guardando una distancia que ella calificó “de seguridad”.       
–Te sigo sumiso –hice el ademán de tirar algo por detrás de mi hombro izquierdo repetidas veces.
        –Miedo me das. ¿Qué haces? Ya llevabas un rato portándote razonablemente bien, y ahora te pones a hacer el bambarria de nuevo.
        –Espanto al diablo que me incita al pecado echándole sal.
–Pero sin ella.
–No te has dado cuenta, pero la he cogido de la mesa de “La última cena” de Juan de Juanes –le guiñé.
–Mira que te gusta hacer el gilí. –Sara rio.
–Será gili, sin tilde.
–No. Gilí, con ella, vamos… lelo. –Sara rio.
–Palabra nueva; anotada. Estás siendo despiadada conmigo.
        –Eras tú el que quería venir al Museo del Prado conmigo.
        –Después de una ducha fría tengo buenos propósitos, pero eso me dura poco. Pienso en que voy a disfrutar de tus conocimientos, pero, a los pocos minutos, ya estoy fantaseando con el envoltorio de tanta sabiduría –añadí engolando la voz y enarcando las cejas repetidas veces.
        –¡Qué cochino eres! –Sara rio­–. Eso de envoltorio no te ha quedado muy romántico.
        –Es que estoy de “bajón” –puse una expresión de fingida tristeza en mi rostro–.
        –¿Y eso? –En aquel momento entrábamos en la sala 51A y estábamos solos. Sin que ella pudiera hacer nada, sin darle tiempo a reaccionar, la cogí de la cintura y la besé el cuello varias veces seguidas, luego la miré arrepentido y me disculpé.
        –Lo siento. No me puedo controlar ante semejante belleza, ante la perfección hecha carne.
        –Aquí no hay ducha, pero la necesitas, y bien fría. –Sara volvió a reír.
        –No sé si podré centrarme –la gruñí en el oído–.
        –Por la cuenta que te trae, o esta “carne” se va a enfadar de verdad.
        –Irremediablemente, deberé controlar mis actos –me separé de ella dramatizando mis palabras y recomponiendo mi figura.
        –Sí. O puede caerte una sarta de guantazos. Así que… –Sara me sonrió mientras nos situábamos en el centro de la sala.
        –Ante una nueva derrota… Continúa pues –dije resignado.
        –Esta sala alberga una colección interesante de pintura hispano-flamenca del s. XV. Lo más llamativo del conjunto es esa monumental tabla que tenemos enfrente que es la que te voy a explicar un poco. Se trata de “Santo Domingo de Silos entronizado como obispo” de Bartolomé Bermejo. Pero hay obras de Martín Bernat, que trabajó con él, o de Miguel Ximénez que trabajó con Bernat, y al que influyó mucho la pintura de Bermejo. También hay varias tablas de otros autores que no conocemos; Maestro de Sopetrán, Maestro de Miraflores, Maestro de D. Álvaro de Luna. Se les ha dado el nombre de un lugar donde trabajaron, o de alguna obra que hicieron. Por ejemplo, el Maestro de D. Álvaro de Luna es uno de los dos pintores que hicieron el retablo de la capilla de Santiago en la catedral de Toledo, fundada por D. Álvaro de Luna.
        –Comprendo –asentí realmente centrado e interesado–.
        –Pues vamos con Bartolomé Bermejo. Su nombre real era Bartolomé de Cárdenas; Bermejo era un apodo, no se sabe seguro si porque era pelirrojo, porque tenía un tono de piel rojizo, o porque gustaba de vestir prendas de ese color.
–El colorado –bromeé.
–Sí. Nació en Córdoba, se cree que hacia 1440, y trabajó principalmente en el Reino de Aragón. Es probable que recibiera en Valencia la influencia de la pintura flamenca, quizá Van Eyck, Van der Weyden o Dirk Boats. Es un gran dominador de la pintura al óleo. Su obra se caracteriza por el realismo, por la riqueza de color, y por un cuidado excepcional por el detalle
        –Echando un primer vistazo, todo lo que dices lo puedo apreciar sin dificultad.
        –Este fue un encargo que le hizo la iglesia de Santo Domingo de Silos de Daroca. Esta es la tabla central, la única que completó, incumpliendo el contrato, algo que le valió incluso la excomunión.
        –Eso parecen palabras mayores.
        –Bermejo era de origen judeoconverso y, normalmente, la excomunión complicaba la firma de contratos, o el acceso a otros encargos. El caso es que aquí nos representa a Santo Domingo de Silos sentado en un trono gótico de minuciosa arquitectura donde destacan, por su colorido, dentro de hornacinas con doseles y pináculos, las tres virtudes teologales y las cuatro capitales.
–Eso me lo tendrás que explicar.
–Espero acordarme, a veces me lío con tanta virtud. Sigo. Bermejo nos presenta al santo como una figura monumental, hierática, de gran seriedad y fuerza expresiva, de rostro enérgico y facciones duras, mirando imperturbable directamente al espectador con los atributos propios de un obispo, mitra, báculo y libro. El santo va ataviado con casulla y una rica capa pluvial decorada profusamente, en la que puedes ver algunos santos locales representados.
        –Veamos –la interrumpí–. San Pedro, Santa Bárbara, San Andrés y… me planto.
        –No está mal. Cabe subrayar el detallismo de la vestimenta, el de las piedras preciosas y perlas de la mitra y el broche de la capa, la soberbia trasparencia del velo que cuelga del báculo que cae hacia su izquierda… Las carnaciones están muy bien logradas, aunque a mí me asombra la calidad y el realismo con el que pinta ojos, cejas, barba y pelo del Santo.
        –Tienes razón. En general el cuadro es un puro detalle.
        –Para acabar, intentaré reconocer a las virtudes. Iremos de arriba abajo. Primero las teologales, las tres de arriba. En lo alto, la Caridad emerge del fuego y acoge a un anciano y un joven. A la derecha del santo está la Fe, con tiara papal, símbolo de la iglesia católica, cáliz y patena recuerdo de la Eucaristía, y una cruz de palo largo en alusión a la resurrección. A la izquierda está la Esperanza con su tradicional color verde en la vestimenta, y con una rama en la mano izquierda y un medallón con el rostro de Cristo de perfil en la derecha.
–No lo veo.
–Acércate todo lo que puedas, es un detalle finísimo. Está parcialmente oculto por el báculo.
­–Me ha costado. De cerca me parece una tabla indudablemente virtuosista. Tuvo que costarle pintar esto.
–Estoy de acuerdo. Vamos con las Virtudes Cardinales, A la derecha y, de arriba abajo, la Justicia, con su típica espada y su balanza, aunque Bermejo le añade corona y no obvia la típica venda de los ojos. Debajo está, para mí, la imagen más curiosa y bonita de todas, la Fortaleza, que protege con una espada a una figura humana desnuda que es tentada por un diablillo negro que porta una bolsa de dinero.
–Está muy lograda –apunté
–A la izquierda, arriba, de rojo, la Prudencia con un libro y un cirio, y debajo, la Templanza que vierte agua sobre un recipiente de vino para rebajar su graduación y reducir sus efectos. Creo que no me he equivocado.
–Muy meritorio, yo me hubiera liado seguro. ¡Cuánta virtud! –bromeé–.
–Fíjate como el oro domina una composición en la que resalta el rostro y manos del santo, y los colores verde, rojo y azul de las figuras. Me llama la atención especialmente el verde que utiliza en el forro de la capa pluvial y el libro del santo, en el joven al que protege la Caridad, en la Esperanza y la Fortaleza. Y creo que eso es todo. No te canso más.
–Fantástico. Es curioso lo bien que pinta las arquitecturas góticas. Parecen parte del retablo físico que rodea la tabla. Magnífico.
–Es un conjunto fantástico.
–Estoy pensando en esas hornacinas donde están las virtudes. Cómo sigas aguantándome, siendo tan paciente conmigo, y enseñándome tantas cosas, acabaré poniéndote en un pedestal.
–¿Y eso? –pregunto Sara extrañada–. Aventuro que desnuda como una Venus, sabiendo que no tienes una idea buena… –ironizó.
–Tranquila, estarás vestida y recatada.
–Qué miedo me das… –añadió sonriéndome expectante.
–Sí mujer, ya me encargaré yo de despojarte de tus atavíos, y de poseerte hasta la extenuación cada vez que bajes. –Sara rio mientras se dejaba coger de la cintura.
–Deduzco que será mejor que me quede como una virtud en la hornacina durante la visita. Ya tardabas mucho en soltar una gansada. Anda, vamos al piso de arriba. Nos queda muchísima “tela que cortar” –concluyó tirando de mí hacia las escaleras, mientras yo ya pensaba, rijoso, en adorar aquella figura en mi altar particular, y en aliviarla de sus vestimentas y yacer con ella en cuanto pisara el suelo y, curiosamente, también en unas tijeras, por si la tela de la que hablaba Sara que había que cortar en la planta de arriba era la de su ropa.
–Pues a mí lo del pedestal… –finalicé jocoso.
–Anda, sube que te voy a… –Ella me dio un cariñoso pestorejazo, y rio con ganas ya subiendo las escaleras.

jueves, 16 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LA ÚLTIMA CENA DE JUAN DE JUANES.



         Sara me iba a enseñar otra de aquellas maravillosas pinturas de Rafael, “La Sagrada Familia con San Juanito o Virgen de la Rosa”, y lo recuerdo perfectamente porque, mientras nos dirigíamos hacia el cuadro, ella me dijo que se la conocía por ese nombre, por la flor que había pintada en la parte de abajo y que, curiosamente, era un añadido que no era original de Rafael.
         –Mira como destaca aquel cuadro en la sala de al lado –le dije señalando lo que me parecía una “última cena” que, estratégicamente colocada, se podía ver desde donde nos encontrábamos.
        –Invita a ser visitada, ¿verdad? Vamos a hacer una cosa, para variar el contenido de nuestro recorrido, como ya hemos visto dos obras de Rafael, dejamos “La Virgen de la rosa”, y nos vamos a la sala de al lado.
        –De acuerdo. Ya sabes que eres mi dueña –teatralicé mi respuesta.
        –Dentro del Museo, sí. Y… ¿fuera? –añadió exhibiendo una expresión insinuante, mientras ya nos encaminábamos hacia aquella colorida pintura.
        –Pues imagínate. Fuera del museo, esa mirada hubiera provocado una reacción furibunda de…  –interrumpí mi comentario tomándola por la cintura, obligándola a detenerse.
        –¡Quieto! Estamos en un lugar público. –Sara rio.
        –No sé si podré contener mis instintos por mucho tiempo. Soy todo lujuria y desenfreno –añadí acercando mis labios a su cuello.
        –¡Para! Nos están mirando. Eres un pulpo. –Sara, algo apurada, en el fondo se divertía.
        –El cefalópodo necesita alimentarse. –Solté un leve gruñido muy cerca de su oído.
        –No seas cencerro. ¿Cefalópodo? –Ella rio mientras se soltaba, me daba la mano y me besaba en la mejilla.
        –¿No hay comida? –dije ofreciéndole mi mejor cara de niño decepcionado porque no le han comprado sus golosinas preferidas.
        –El señorito está a régimen. –Sara volvió a reír.
        –A esto, en mi pueblo, se le llama crueldad.
        –En el mío, ayuno forzoso. –Ella me sonrió mientras subíamos unas escaleras y entrábamos en la sala 51, que era circular.
        –Pierdo todas las batallas contigo. No es justo.
        –A lo mejor esta noche te dejo ganar una –me contestó sugerente, ofreciéndome uno de aquellos inconfundibles gestos suyos de niña desprotegida.
        –No me mires así… ¡Eres inhumana! –concluí.
        –Anda, boberas. Vamos a ver la pintura.
        –He perdido todo interés.
        –Eres un mastuerzo –Sara me golpeó en el hombro–. Ven aquí. –Ella cogió mi mano y se la pasó por detrás de la cintura
        –Está bien, enterraré mi vilipendiada libido bajo la pesada losa de la cultura y el arte. –Sara rio ante el dramatismo que imprimí a mis palabras.
        –¡Qué bueno! –exclamó antes de comenzar su explicación–. Vamos con la “pesada losa” –Me sonrió traviesa–. Se trata de “La última cena” de Juan de Juanes.
        –Con el nombre no se devanaron lo sesos precisamente  –apunté.
        –Juan de Juanes fue hijo de Vicente Masip, otro pintor valenciano del que hay alguna obra en esta sala. El hijo trabajó en el taller de su padre, y le superó como artista. Fue un hombre de amplia cultura, conocía el latín, y frecuentó a intelectuales de la Valencia del s. XVI. Probablemente, por esas inquietudes que tenía, renegara del su apellido Masip, y latinizara su nombre, Joan de Joanes, Juan de Juanes. Es uno de los grandes pintores del renacimiento español y, desde luego, el referente del renacimiento valenciano. Respecto a su estilo, bebe de la pintura flamenca y, sobre todo, de la italiana, cuyos ecos cruzaban el mediterráneo con facilidad para instalarse en la capital del virreinato de la mano de Sebastiano del Pombo, Leonardo y, sobre todo, Rafael. De hecho, se le suele apodar como el “Rafael Español”. Puede que ni siquiera visitara Italia, pero sí que conoció la obra de los grandes pintores italianos por estampas y grabados.
        –Muy bien. Lo tengo situado en el panorama general.
        –El cuadro que ves, y los que están alrededor, pertenecieron al retablo mayor de la iglesia de San Esteban hasta que los compró Carlos IV en 1800. Bueno… no compró todas, dos siguen allí, concretamente las que flanqueaban la pintura que nos ocupa en la parte del banco del retablo, “La oración del huerto” y “La coronación de espinas”, cuadros cuya autoría se atribuye a Onofre Falcó, que ahora se sabe que también hizo el primero de la serie que cuelga a la izquierda, “San Esteban ordenado como diacono”. El resto son de Juan de Juanes; a la izquierda de “La última cena”, “San Esteban en la sinagoga” y “San Esteban acusado de Blasfemo”, a la derecha, “San Esteban conducido al martirio”, “El martirio de San Esteban” y “El Entierro de San Esteban”.
        –Como ves, he conseguido ponerme serio.
        –A ver lo que te dura –Sara me sonrió desconfiando de mi actitud–. Yo destacaría el colorido de estas obras.
        –Sí que es llamativo –asentí.
        –En sus figuras se ve la mano de una gran dibujante. Sus personajes son muy expresivos en rostros y manos, y suele colocar, en el fondo de sus obras, paisajes que nos recuerdan el pasado, con arquitecturas y ruinas clásicas. Vamos con “La última cena”. El personaje principal es Cristo, flanqueado por San Pedro y San Juan, conjunto que forma un triángulo en la composición sobre el que se sitúa el habitual paisaje de fondo, tras una portada clásica flanqueada por cortinajes. Jesús se lleva una mano al corazón mientras procede a la consagración del pan; no es la típica escena en la que afirma que uno de sus discípulos le va a vender. Fíjate en la diferencia entre la serenidad del rostro de Cristo y la agitación del de sus discípulos, acrecentada por las posiciones de sus cuerpos, y la expresividad de sus manos y actitudes. El único personaje que aparece de espaldas es Judas, el traidor, cuyo nombre no figura en el nimbo como en el resto de los apóstoles, sino que está escrito en la silla. Juanes lo representa vestido de amarillo, color de la envidia, con la nariz aguileña, tradicional estigma del típico judío, y con pelo y barba pelirrojo, tonalidad relacionada popularmente con al mal, escondiendo la bolsa con las treinta monedas. El suelo y la mesa dotan a la composición de profundidad y perspectiva, mientras que nos representa objetos cuyo significado es fácil de descubrir. Te pondré unos ejemplos, el aguamanil y la jofaina del primer plano hacen mención al lavatorio de los pies que Cristo hizo a sus discípulos antes de la cena. El cáliz es una copia del que hay en la Catedral de Valencia, y que se asocia al Santo Grial. La media naranja es un guiño clarísimo a su tierra.
        –Pues sí que es interesante la pintura –añadí con sinceridad.
        –Y tiene detalles preciosos. La mesa parece un bodegón. Sobre un mantel blanco, muy luminoso, pinta una serie de objetos con minuciosidad, logrando dar a cada uno sus calidades y texturas; fíjate en el pan, su miga y corteza, en el vino, en los brillos de la luz sobre el recipiente o sobre la gran patena que precede al cáliz, en los cuchillos, o en la máscara y los motivos vegetales del preciado tarro de la sal.
        –La verdad es que cuanto más me cuentas más me gusta.
        –¿He logrado acallar tus instintos más básicos?
        –Ni pizca –conteste. Sara rio–. Pero creo que me tendré que resignar. Estoy comprobando que, deliberadamente, y desde que pudimos admirar, en el lado contrario del museo, el desnudo sugerente de aquel pintor…
–Pronto lo has olvidado. Paul Baudry. “La perla y la ola”
–Lo que te decía, no sé si será por celos, pero me estás llevando, poco a poco, pero de una forma descarada, hacia la pintura religiosa.
–Puede que, inconscientemente –Sara hizo mucho hincapié en esta última palabra–, esté intentando apagar un fuego –añadió cogiéndome las dos manos, balanceándomelas levemente hacia los lados, mientras deba pasos hacia tras luciendo en su rostro un gesto mimoso.
–Este fuego no lo apaga ni el diluvio universal –concluí soltándome y abalanzándome sobre ella súbitamente, tomándola de la cintura en un vano intento de besarla.
Sara se escabulló y rio divertida; de nuevo pudo escapar de mis afiladas y lascivas garras.

miércoles, 15 de abril de 2020

POR EL MUSEO DEL PRADO CON SARA. LA SAGRADA FAMILIA LLAMADA LA PERLA DE RAFAEL SANZIO.



       Dejamos “El pasmo de Sicilia” a nuestras espaldas y nos dirigimos hacia la pared contraria, donde destacaban varios cuadros de motivo religioso, concretamente Sagradas Familias.
        –Antes de que se me olvide –se adelantó Sara a su disertación –, ¿Recuerdas que antes te dije que te fijaras en el rostro de María Salomé?
        –Sí. De todos modos, vuelvo a mirarlo –dije girándome–. ¡Visto!
        –Ahora observa el rostro de la Virgen de todas estas Sagradas familias.
        –Son gemelas, hermanas, primas… –dije con salero.
        –Muchas de sus Vírgenes tienen el mismo rostro, o unos rasgos muy similares. Eso es propio de un trabajo de taller, probablemente calcaban o copiaban el dibujo.
        –Todo hay que decirlo, el rostro es de una dulzura indiscutible.
        –Muy bello, sí. Vamos con “La perla” –añadió una vez que estuvimos más cerca del cuadro-. Se trata de un óleo sobre tabla de 147 x 116 cm. –Sara leyó la cartela con las dimensiones–. Su cree que fue pintada por encargo del Obispo de Bayeux, Ludovico de Canosa, en 1518 y, que luego fue adquirida por el Duque de Mantua, Vincenzo Gonzaga. A partir de aquí la podemos seguir la pista con más fiabilidad. Está documentada su compra por parte de Carlos I de Inglaterra en 1627. Luego, en su almoneda, se hizo con ella Alonso de Cárdenas, embajador español en Londres, para enviársela a Luis de Haro, valido de Felipe IV a la sazón, quien acabó por regalársela al monarca. Se dice que fue este quien la calificó como “la perla” de sus colecciones. Lo cierto es que ya se la conocía así en el s. XVII.
        –¡Qué palabra más chula “almoneda”! –exclamé para luego ironizar–. Si alguien le puso ese apodo al cuadro, qué mejor que su majestad, el Rey Planeta.
        –Seguro que Felipe IV te cae bien. Él padecía la misma desmesurada lascivia que sufres tú. –Sara rio mientras me cogía de la cintura.
        –Lamento decirte que yo no era así antes, así que imagino que se deba a tu tentadora compañía.
–Ya, seguro –comentó sarcástica antes de proseguir–. El caso es que, tras colgar de las paredes del Escorial durante muchos años llegaron los franceses.
        –¡Otra vez!
        –Se llevaron todo lo que pudieron, y estuvo en sus manos de 1813 a 1818. Luego volvió al Escorial para entrar definitivamente en el Museo del Prado en 1857, si no recuerdo mal.
        –A los franceses, muchas obras se les debieron de quedar entre las uñas… –comenté malhumorado.
        –Demasiadas. El caso es que ésta regresó. Durante mucho tiempo se pensó, de hecho, algunos expertos siguen opinando eso, que la pintó Giulio Romano, mientras que el dibujo subyacente y la composición, o sea el proceso creativo, es de mano del maestro. Lo que está claro es que es una de sus obras tardías. Finalmente, en 2012, Paul Joannides y Tom Henry, dos grandes expertos británicos y comisarios de la exposición que se hizo aquí, y de la que te hablé antes, concluyeron que es autógrafa de Rafael.
        –Es un cuadro precioso.
        –Sí. En él, el “Maestro de Urbino” nos presenta una composición piramidal, con la Virgen y el niño Jesús en el centro. Santa Ana o Santa Isabel, en esto los expertos no se ponen de acuerdo, aparece acodada sobre la pierna de la Virgen, que posa su mano sobre el hombro de su madre o su prima, según quién la interprete. Voy a quedarme con la versión de que es Santa Isabel y que aparece representada como una mujer mayor para acentuar su maternidad tardía; recuerda que es la madre de San Juan Bautista.  San Juanito, con la clásica piel de camello con la que se le conoce iconográficamente también de adulto, le ofrece al niño Dios unas frutas que lleva dentro de una pelliza. Observa primero las expresiones. Santa Isabel, pensativa…
        –No sé por qué, pero me deja cierto regusto a Miguel Ángel esta figura.
        –Puede ser, la mano es rotunda, muy masculina. Santa Isabel mira hacia abajo pensativa, quizá apesadumbrada, como si intuyera el trágico destino de los niños, mientras la Virgen apoya suavemente la mano en su hombro, quizá consolándola, admitiendo el sacrificio de ambos posando esa mirada lánguida y resignada sobre su hijo. La luz entra con fuerza desde la izquierda iluminando a los dos niños y a la Virgen, dejando a Santa Isabel envuelta en una atmósfera más sombría. Al fondo, nos presenta un paisaje más diluido con varias escenas cotidianas entre arquitecturas clásicas y ruinas, dentro de un ambiente umbroso que atenúa abriendo esos leves claros sobre un cielo encapotado. San José queda relegado a un clarísimo segundo plano, y es representado como un anciano trabajando en su taller totalmente ajeno al momento. El rostro de la Virgen es maravilloso, no me canso de admirar esos perfiles suaves de nariz, labios y ojos, esa delicadeza en el tratamiento de los tonos de las carnaciones; es de una belleza arrobadora. Sitúa la figura sentada y girada, adoptando esa postura denominada “serpentinita”, muy manierista, mirando hacia su hijo, mientras el niño dirige su rostro sonriente hacia la potente luz que ilumina la escena, quizá proveniente de la divinidad, ignora en cierto modo al San Juanito, y apoya su pie en un cojín situado sobre una cuna. Rafael define de manera genial los drapeados de las vestimentas de la Virgen, principalmente en la manga de su vestido. Para mí, se deleita en una parte del cuadro que puede parecer secundaria como es la cuna y el cojín donde pisa el niño, define magistralmente las texturas y los matices de los grises de las telas. No tienes más que acercarte, y observar los pliegues y los flecos.
        –Son detalles de gran calidad. Si mi permite la señorita, tengo una pregunta –la interrumpí.
        –Lo de serpentinata sé lo que es, pero se me escapa lo de los “drapeados” de las ropas. Ya sabes que me gustan las palabras nuevas.
        –¡Que si lo sé…! –dijo resignada–. Me tienes aburrida con eso. Drapear es dar la caída conveniente a los pliegues, y Rafael se recrea en ello, al igual que en el pelo de los niños, especialmente en el del niño Jesús, o en las arrugas de Santa Isabel.
        –Me parece una escena entrañable. El rostro de la Virgen resulta de una delicadeza cautivadora, con esa mirada tierna y nostálgica; yo diría resignada.
        –Creo que eso es todo. ¿Cómo llevas la visita? ¿Seguimos?
        –Bien. Está siendo muy densa, pero eres la mejor de las guías.
        –Eso ha sonado halagador.
        –Y sincero. Aunque recuerda que puedo llegar a ser un magnífico cobista.
        –Me temo que todo ha sido una excusa para colarme otra de tus palabras –Sara rio-. Aunque me quedo con lo del halago sincero   –Sara se acercó a mí, y se dejó tomar por el hombro. Ambos seguimos mirando el cuadro con interés durante unos instantes–. ¿Vemos otra Sagrada Familia? –concluyó.
        –Como quieras. Estoy dispuesto para un nuevo martirio –concluí jocoso sacándole una bella sonrisa.