domingo, 11 de marzo de 2018

ECOS DE SEFARAD

SINAGOGA DE SANTA MARIA LA BLANCA. TOLEDO

Atravesé aquella portada adintelada construida con ladrillo, como el resto de tapial que rodeaba el recinto, y me adentré en un pequeño patio salpicado de enhiestos cipreses. Distraje mi vista en aquel modesto y minúsculo paisaje unos instantes antes de entrar en el templo pensando en la paradoja que me supone leer el nombre cristiano de una sinagoga.
        Cabizbajo, flanqueé la puerta de entrada y me dirigí hasta el centro de la construcción, intentando recibir de una sola vez, y con fuerza, aquel conjunto de sensaciones que se adueñaban de mí y me abstraían cada vez que me abandonaba para deambular por aquella sala. Y… volvió a ocurrir. Pude apreciar la energía telúrica que emanaba de aquel lugar sagrado construido por mudéjares y honrado por judíos y cristianos. Mis sentidos, alertados y concentrados, experimentaron de nuevo aquel cúmulo de soledosas y contradictorias percepciones, extrañas y lacerantes, a la par que cercanas y agradables, grabadas en mi memoria.
 La luz primaveral del atardecer penetraba por las lacerías del murete situado bajo un pequeño tejaroz, aguijoneando las níveas paredes, y el bosque de columnas que sostenían los arcos de herradura y las arquerías ciegas polilobuladas de las alturas, conjunto de albura inmaculada. El barro cocido del suelo, asperjado de cerámicas estrelladas, reflejaba diferentes tonalidades por la claridad tamizada que se colaba inmisericorde a través de las celosías, o que reverberaba en la encalada edificación.
        Por un momento pude escuchar las sabias y expertas instrucciones de los alarifes, las voces roncas de los albañiles agarenos y el repiqueteo de las herramientas que forjaron con minuciosa y docta dedicación aquel inmortal templo.
Pude oír el eco de los jazanes semitas leyendo la Torá desde la bimá; pude contemplar y apreciar la felicidad de las parejas bajo la jupá a punto de contraer nupcias frente al sagrado Hejal, situado tras un suntuoso parojet; pude ver a los hombres ataviados con coloridas y listadas túnicas, con su kipá y su talit como mandaba la tradición; pude observar, al fondo, a las mujeres en su galería con sus ricos y largos vestidos de tonalidades vistosas, y sus cabezas y moños cubiertos por hermosos velos y tocados; pude escuchar el inexorable paso del tiempo, el cruel y tumultuoso asalto a la judería de 1355, las matanzas de 1391 tras las virulentas proclamas antisemitas del Arcediano de Écija, Ferrán Martínez, los sermones incendiarios de San Vicente Ferrer que dieran paso al cierre del templo al culto judaico, a su desaparición como Sinagoga Mayor y símbolo de una cultura, las luchas entre los Ayala y los Silva, entre cristianos viejos y conversos de 1467, y los últimos estertores de la presencia hebrea en la ciudad tras el Decreto de Expulsión firmado por los Reyes Católicos contra la calificada como “perfidia judaica” en 1492; la orden inapelable de abandonar aquella tierra que los había visto nacer y el sórdido sonido de aquella lectura que tuvo que sumir en el desasosiego y la desesperación a aquella, ya marchita, aljama toledana:
…”aviendo avido sobre ello mucha deliberación, acordamos de mandar salir todos los dichos judíos y judías de nuestros reynos”…
Reparé entonces en un cambio en las oraciones, los rezos cristianos sustituyeron a los hebreos, sacerdotes y frailes ocuparon ambones y púlpitos; retablos, vírgenes y santos sustituyeron a la iconoclastia judía. Luego percibí la presencia, de aquellas mujeres, con sus penurias y pesares, mujeres antaño descarriadas, ora arrepentidas, que sanaban sus heridas de cuerpo y espíritu en aquel templo de caridad, en aquel lugar convertido en beaterio por el Cardenal Silíceo, y más tarde pude apreciar el ruido de las rudas botas de la infantería, el olor almizclado e insano de un cuartel militar…
Perdí la noción del tiempo paseando por aquellas cinco naves en que se dividía el recinto sorteando las 32 columnas octogonales que las sustentaban. Me deleité con la contemplación de aquellos arcos de herradura mudéjares ricamente decorados con frisos y medallones, plagados de motivos vegetales y geométricos imágenes de la perfección de la creación divina en la naturaleza, con veneras que se asocian al agua y a la vida, de aquella bella arquería polilobulada de las alturas rematada por las armaduras de madera de alerce; disfruté de aquellos hermosos capiteles con cintas, volutas y piñas, fruta que simboliza la unidad del pueblo hebreo.
        Finalmente, fue al salir, cuando cruzaba de nuevo el umbral de la portada adintelada de ladrillo que daba paso al patio, cuando el gozo de la contemplación de tan extraordinario lugar desapareció súbitamente al aparecer ante mí la visión de la tragedia en toda su extensión...
        La calle estaba ocupada por una larga y dramática fila. Los judíos abandonaban la ciudad, dejaban Sefarad. Con sus coloridas vestimentas, arrastrando con pesadumbre sus babuchas bajo los adarves de su ya añorada judería, guiaban a sus familias en un nuevo viaje, una nueva diáspora. Sus atuendos vistosos contrastaban con la oscuridad y la tristeza que llenaban sus corazones, con la incertidumbre de un nuevo comienzo, de un nuevo futuro. El sonido de una floreciente comunidad se apagaba a medida que se abrían paso los contristados ecos que emanaban de la lúgubre y tétrica columna desarraigada y pesarosa de personas, carros y mulas. “Ecos de Sefarad”
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domingo, 4 de febrero de 2018

LA SOMBRA DEL ÁGUILA, DE ARTURO PÉREZ REVERTE


     No sé las veces que habré leído “La sombra del águila” de Arturo Pérez Reverte. Lo hago de vez en cuando (hoy, por ejemplo) y me sigue divirtiendo. Lo tengo como uno de esos “libros de culto” junto a mi venerada serie de libros sobre el Capitán Alatriste, (el primero de los cuales os presentaré pronto porque lo releí esta semana pasada, ¡una vez más!).
“La sombra del águila” es una breve, pero ágil y densa novela bélica escrita con ese estilo directo y coloquial, salpicado de diálogos y situaciones chocantes tan propias del autor, donde se nos narra una trágica historia humana con una alta dosis de humor y sarcasmo.
        Es una historia ficticia enmarcada en la realidad de la batalla de Sbodonovo en la que la “Grande Armée” francesa se enfrentó al ejército ruso a las puertas de Moscú en 1812. Los verdaderos protagonistas de la novela son los soldados españoles integrantes del segundo batallón del 326 regimiento de Infantería de Línea, reclutado a la fuerza, a punto de desertar en medio de la batalla. El hecho de que esta peculiar y original tropa se dirija en línea recta al enemigo es tomado como un ataque mitad valeroso, mitad suicida, por parte del estado mayor francés. Napoleón decide entonces apoyarlos ordenando una carga de caballería al mando de un parodiado Mariscal Murat.
        La carga-deserción finalmente se convierte en una victoria napoleónica y las tropas francesas entran en Moscú, donde los españoles incluso serán condecorados. Pocos días después la ciudad será pasto de las llamas y Napoleón ordenará la retirada al encontrarse a las puertas del invierno y con un ejército sin víveres. Se produce entonces uno de los desastres militares más grandes de la historia; las tropas francesas serán diezmadas por el frío intenso, la falta de víveres, la hostilidad de la población local, las continuas emboscadas y pequeñas escaramuzas, y las cargas de los cosacos. El autor nos detalla la magnitud de la catástrofe humana y se detiene a relatarnos uno de los momentos bélicos más dramáticos en el cruce del río Beresina. Finalmente, tras la derrota francesa y la caída de Napoleón, un puñado de españoles supervivientes, débiles y enfermos, cruzará los Pirineos regresando a España.
        En resumen, el libro es una sobrecogedora narración de los crudos hechos de guerra enmarcada por el humor presente a través de la variopinta tropa de españoles cabreados deseosos de abandonar el campo de batalla a toda costa y pasarse al enemigo, y la descripción grotesca de las tropas rusas (ejemplo claro es la semblanza que hace de los cosacos o del príncipe Rudolfkovsky) y del alto mando francés. Pérez-Reverte nos presenta una variedad de personajes con sus diferentes personalidades donde sobresale la gran fuerza de Napoleón, al que la soldadesca española apoda como “el enano” o “le petit cabrón”, rodeado de un servil y esperpéntico estado mayor donde divierte el trato caricaturesco con el que nos presenta al Mariscal Murat, (recordemos que fue el artífice de la represión en Madrid del 2-3 de Mayo de 1808 que inmortalizara Goya en: ”El 2 de mayo de 1808 en Madrid o la lucha con los Mamelucos” y en “El 3 de mayo en Madrid o los Fusilamientos”). De la singular tropa española destacan Pedro el Cordobés con su guitarra, el recio y duro Capitán García con sus rudas patillas de boca de hacha y el fusilero Mínguez, homosexual perdidamente enamorado del Capitán, al que defenderá hasta la muerte en el puente del río Beresina.
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domingo, 28 de enero de 2018

EL CARDENAL INFANTE D. FERNANDO DE AUSTRIA.

El Cardenal Infante D. Fernando de Asutria, obra de Anton Van Dyck

        Ante la innata tendencia que tenemos de olvidarnos de nuestros héroes y de aquellos que han protagonizado nuestra historia, sin ánimo de acudir a nostalgias patrioteras (a veces tampoco nos vendría mal), si no solamente de recordar, he pensado abrir una ventana en mi blog a personajes de nuestra larga existencia como país que merecen ser recordados, al menos desde mi modesto y humilde punto de vista.
Cuando el Conde-Duque de Olivares se enteró de lo sucedido en 1634 en Nördlingen, exclamó: “La mayor victoria que se ha visto en estos tiempos”. A muchos no les sonará siquiera ese nombre, ni qué es lo que sucedió allí, ni los protagonistas de aquella victoria de las armas hispano-austríacas, mucho menos el nombre de quién comandaba el ejército español, aquel que se pusiera al lado de su primo Fernando de Hungría (futuro Emperador Fernando III de Habsburgo) para propiciar una severa y definitiva derrota a las armas suecas en la Guerra de los 30 años. Estoy hablando del Cardenal-Infante Fernando de Austria, hermano menor del rey Felipe IV.
        Fernando nació en el Escorial en 1609, un año importante dentro del reinado de su padre, Felipe III, porque es el año en que se firmó la tregua de los 12 años con las Provincias Unidas del Norte, es decir, la parte de Flandes rebelde al poder español, que ya era de hecho independiente, aunque oficialmente no lo lograría hasta la firma del tratado de Westfalia en 1648, al finalizar la Guerra de los 30 años.
        Criado en la etiqueta borgoñona de la corte austríaca, primero de su padre, Felipe III, y luego de su hermano, Felipe IV, el infante pronto sería nombrado Cardenal y Arzobispo de Toledo, con tan sólo 10 años. Lo cierto es que nunca le atrajo la vida eclesiástica, algo que no pasaba con la caza (recordemos el cuadro que pinto Velázquez del Cardenal infante D. Fernando, cazador para el pabellón de caza de la Torre de la Parada y que se puede ver en el Museo del Prado) o con la vida militar. (De hecho, nunca llegó a ser ordenado sacerdote, algo que, según parece, también era habitual entre personas de la realeza y aristocracia que detentaban cargos dentro de la Iglesia)
        En 1632 salió de la corte madrileña para no volver. Tras un breve período como Virrey de Cataluña, donde también fracaso en el intento de conseguir que los catalanes contribuyeran al proyecto monárquico(en esto creo que estamos condenados a repetir nuestra historia cada cierto tiempo), viajó a Italia, vía Génova, como única manera segura de acceder a los Países Bajos utilizando el famoso “camino español” que unía Italia con Flandes y  que atravesaba toda Europa (recordemos que el gran potencial marítimo de las Provincias Unidas del Norte dificultaba cada vez más el socorro de la parte de Flandes española vía Canal de la Mancha) para hacerse cargo del gobierno en sustitución de su tía Isabel Clara Eugenia (hija de Felipe II y otro de esos grandes personajes de nuestra historia) que había regido los destinos de aquella parte de la herencia borgoñona de los Austrias desde 1598 hasta 1633 año en el que falleció (junto a su marido el Archiduque Alberto hasta 1621, fecha de la muerte de éste último)
        El Cardenal Infante pasó entonces a ser una pieza clave del entramado político que se diseñara en Madrid para intervenir en Alemania en la Guerra de los 30 años. Primero se hizo cargo del gobierno en Milán (1633) mientras su gobernador, el Duque de Feria (Gómez Suárez de Figueroa, probablemente nuestro mejor general del momento y otro personaje a recordar) penetraba en Alemania para apoyar al Duque de Baviera y liberar Renania con la toma de Breisach, clave para mantener abierto ese “camino español”, escena inmortalizada por Jusepe Leonardo para el Salón de Reinos de Felipe IV en el lienzo El Socorro de Breisach, uno de esos 12 magníficos cuadros de batallas –se conservan 11- que, con la Rendición de Breda de Velázquez a la cabeza, adornaba las paredes del mítico salón del Palacio del Buen Retiro, algo que seguro que con el tiempo dé para un artículo que tengo pensado escribir (está en marcha el proyecto que pondrá en valor ese antiguo espacio con la práctica totalidad de las obras de arte que lo ornamentaban).
        El Cardenal Infante tardó un tiempo en reunir más tropas para entrar en escena y apoyar al Duque de Feria, quién murió aquel mismo invierno y cuyo ejército prácticamente se desintegró, pero finalmente lo hace uniéndose al contingente de su primo Fernando de Hungría y derrotando de manera rotunda a los suecos en Nördlingen (hecho magníficamente representado por Rubens en su cuadro El cardenal Infante Fernando de Austria en la Batalla de Nördlingen, retrato ecuestre donde destaca el contraste entre la serenidad y el estatismo de D. Fernando de Austria ataviado como comandante militar, respecto al nervio del equino, con la alegoría de la venganza con un rayo en la mano acompañada del águila de los Austrias). Esta victoria provocará el final de la intervención sueca en Alemania y precipita la decisiva entrada de Francia en la Guerra de los 30 años.
        Desde Alemania el Cardenal-Infante se dirigió a Flandes donde fueron espectaculares los desfiles triunfales en Gante, Bruselas y, sobre todo, en Amberes (en estos desfiles se preparaban estructuras efímeras con arcos triunfales, arquitecturas, esculturas y pinturas. En la organización de este último participó Pedro Pablo Rubens, algo que debió de ser digno de ver) Allí se hizo cargo del gobierno e intervino militarmente contra Francia con la toma de la Plaza fuerte de Corbie, cerca de Paris, haciendo saltar todas las alarmas en la corte gala.
Y este es el punto de inflexión en la guerra. A partir de aquí las armas españolas comenzarán a perder terreno; cayeron Breda, Arrás y algunas otras plazas fuertes importantes en Flandes, se produjeron desastres navales de importante calado y se desató la crisis interna en España con el levantamiento de Portugal y Cataluña. Todo ello aceleró el fin del dominio español en Europa.
Paralelamente a esto surgieron ciertos rumores, (recuerda mucho a lo sucedido entre D. Juan de Austria y Felipe II) de que el Cardenal Infante quería independizar Flandes de la corona española con el apoyo de Francia.
En medio de esta situación crítica, D. Fernando cayó enfermo tras una de las múltiples batallas que libró en los Países Bajos y murió el 9 de noviembre de 1641, muy joven, con tan solo 32 años, probablemente de viruela (según Henry Kamen en su libro Poder y gloria. Los héroes de la España Imperial), de una úlcera de estómago dicen otros autores, aunque, como suele ser habitual en estos casos en los que se reúne el componente dramático de la juventud y los enemigos maldicientes de la corte, se habló incluso de que pudo ser envenenado.

N. B.- Los cuadros que cito los dejo enlazados para que se puedan ver si se quiere.

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domingo, 21 de enero de 2018

JUANA LA LOCA, LA CAUTIVA DE TORDESILLAS, DE MANUEL FÉRNANDEZ ÁLVAREZ


Ayer leí uno de esos libros que tengo pendientes en mi biblioteca (a este paso, dado que la velocidad de compra supera la de lectura con creces, necesitaré varias vidas para leer lo que voy adquiriendo). Se trata de Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas, de Manuel Fernández Álvarez (1921-2010).
Este historiador es uno de mis predilectos, no sólo por su extraordinario conocimiento de la Edad Moderna, en especial del S. XVI, sino también porque, al leer sus libros, me da la sensación de que el autor abre una ventana al pasado para que el lector se asome y viva la historia. Manuel Fernández Álvarez enseña e ilustra; nos muestra los hechos de una manera sencilla, directa y amena.
Vamos con el libro…
Pocas vidas resultan tan inquietantes y turbadoras como la de Juana de Castilla, más conocida como Juana, la loca. Nació el 6 de noviembre de 1479 en Toledo. Tercero de los vástagos de los Reyes católicos tras Isabel y Juan, su vida estaba predestinada a jugar un papel capital dentro del tablero político europeo que sus padres habían diseñado. Criada y educada como una infanta, su preceptor fue el humanista Alejandro Giraldino, de quién recibió la enseñanza del latín, mostrando ciertas habilidades también para la danza y la música; tocaba con especial “gracia” el clavicordio (nos cuenta el profesor Fernández Álvarez).
En 1496, con escasos 16 años partió del puerto de Laredo hacia Flandes donde casará con Felipe, Duque de Borgoña, más conocido como Felipe el hermoso. Las alianzas políticas que se habían establecido con los Austrias contemplaban este matrimonio y el que se celebró entre la hermana de Felipe, Margarita, y el príncipe Juan.
Y es en Bruselas donde empieza la desdicha de nuestra sufrida infanta. Alejada de los suyos, se establece en una corte con usos y costumbres totalmente diferentes a lo que ella conocía, incluso el idioma le era ajeno, el francés. Aun así, parece ser que surge lo que podemos llamar una “atracción fatal” entre Felipe y Juana. Ella se refugió en un principio en esa relación afectivo-sexual intensa y tempestuosa propia de la juventud de ambos. La actitud nada inclinada a la fidelidad conyugal de Felipe unido a cierto aislamiento de la corte de Juana respecto a la de Bruselas comienza a provocar un comportamiento errático de la infanta con continuos ataques de celos y depresiones.
Es el destino de los Trastámara, más bien la muerte, quien abre el camino de la infanta hacia la sucesión de la corona. En 1497 falleció el Príncipe Juan (nunca gozó de una extraordinaria salud, era una persona débil, aunque se cuenta que el matrimonio no le sentó nada bien; se dice que la fogosidad con la que se tomó el asunto con Margarita de Austria le llevó a la tumba. Su sobrino Carlos V en los múltiples consejos que le dio al futuro Felipe II le exhortaba para que se cuidara del exceso de actividad carnal no le pasara lo que le había sucedido a su tío Juan). Después murió su hermana Isabel del parto del Infante Miguel (1498), y finalmente, éste último feneció a la temprana edad de dos años (1500).
En noviembre de 1501, nos encontramos con que Felipe y Juana parten hacia España para hacerse cargo de su legítima herencia, y lo hacen, no por mar, sino por tierra, atravesando Francia, algo que no gustó en la corte castellana. La innata inclinación filofrancesa de Felipe (incluso rinde vasallaje a Luis XII en Blois), no fue bien vista por Isabel y Fernando, enfrentados abiertamente a la nación vecina en diferentes escenarios (principalmente en Italia). Finalmente, tras seis meses de trayecto, la pareja fue nombrada oficialmente, con pompa y boato, heredera legítima de la corona castellana en la Catedral de Santa María de Toledo, en mayo de 1502.
Al año siguiente Felipe regresa a Flandes, quedando Juana en España a petición de sus padres dado su avanzado estado de gestación (en marzo de 1503 nacería su hijo Fernando, su cuarto vástago, Leonor, Carlos e Isabel permanecían en Flandes). La inestabilidad de Juana se hace patente día a día, sus depresiones y sus celos le llevan a enfrentarse a su madre de manera evidente en el famoso episodio del Castillo de la Mota (parece ser que incluso Juana llegó a pasar una noche a la intemperie porque no la dejaban reunirse con su esposo). Isabel la Católica se ve obligada a ceder y Juana viaja a Flandes donde sufrirá un nuevo ataque monumental de celos que incluso le llevará a desfigurar con una tijera a la supuesta amante de su Felipe. Su marido reaccionó aislándola aún más.
En noviembre de 1504 muere Isabel la Católica en Medina del Campo (su testamento deja clara la más que probable falta de aptitud de su hija para el gobierno). No será hasta 1506 cuando Felipe y Juana, regresen ya como Reyes a Castilla. Las desavenencias de Felipe con Fernando el Católico son evidentes, ambos aspiran a regir los destinos de la corona ante la supuesta incapacidad de Juana (Felipe decide recabar apoyos dentro de la nobleza castellana aconsejado por hombres destacados de su corte como D. Juan Manuel, Conde de Belmonte, y se dedica a ganar tiempo esquivando el encuentro con su suegro; mientras éste le espera en Laredo, Felipe desembarca en La Coruña; mientras Fernando va a su encuentro vía Ponferrada, Felipe accede a la meseta por Puebla de Sanabria). Finalmente, la balanza se decanta a favor de Felipe apoyado por una nobleza que busca recuperar el poder político perdido durante el reinado de los Reyes Católicos. Fernando abandona sus pretensiones en el acuerdo de Villafáfila, retirándose a Aragón y preparándose para viajar a Nápoles.
El destino querrá que el reinado de Felipe I dure 18 días. Muere en Burgos; se cuenta que tras haber hecho ejercicio y tomado agua muy fría. Juana I de Castilla seguirá reinando, pero quién en realidad detenta el poder es el Cardenal Cisneros que ejerce como regente. Cisneros solicitará el regreso de Fernando de Italia para que se haga cargo de la corona castellana ante el alarmante deterioro del estado mental de la Reina (probablemente aquejada de una profunda depresión por la muerte de su esposo) que se dedica, durante meses, a pasearse por Castilla con el féretro de su marido (escena que inmortalizó Francisco de Pradilla en 1877 en su hermoso cuadro expuesto en el Museo del Prado, Juana la Loca velando a Felipe el Hermoso) hasta instalarlo en el Convento de Santa Clara en Tordesillas, pero sin darle sepultura.
Allí se encontrará con su padre quién decide recluirla definitivamente en esa misma localidad vallisoletana en 1509 en compañía de su hija pequeña, Catalina, bajo la estrecha vigilancia del aragonés Mosen Ferrer, hombre de confianza de Fernando el Católico.
Desde este momento su vida se entenebrece aún más si cabe. Lo único que van cambiando son los ordenantes de su reclusión y sus carceleros. Durante la 2ª regencia de Cisneros (mientras el heredero, el primogénito de Juana y Felipe y futuro Emperador Carlos V viaja a Castilla para tomar posesión del cargo 1516-1517) será el Obispo de Mallorca, Rodrigo Sánchez de Mercado, quién se haga cargo de la Casa de la Reina en sustitución de Mosen Ferrer (al parecer no gozaba de las simpatías de la población local).
A la llegada de Carlos, éste se aprovecha de la supuesta incapacidad de su madre para ser proclamado rey, algo que se impuso ya desde Flandes, lo que constituye según algunos autores, un auténtico golpe de estado que ni el mismo Cisneros pudo evitar porque en el fondo garantizaba la estabilidad política y contribuía al bien común de los reinos. Carlos sí que mantuvo las formas en la fórmula con la que firmaba los documentos: “Doña Juana e Don Carlos, su hijo, Reyna y Rey de Castilla, de León, de Aragón…” Incluso cuando fue nombrado Emperador, mantenía en sus firmas a su madre como Reina.
El movimiento comunero de 1520 hizo que, durante 75 días, Juana I de Castilla se sintiese más libre de lo que era en realidad, pero en ningún momento firmó nada en contra de su hijo. La Santa Junta Comunera se instaló en Tordesillas buscando su apoyo, algo que no logró, al menos, formalmente. A pesar de ello, Carlos mantuvo la reclusión de su madre hasta su muerte, encargando su custodia a hombres de su entera confianza como el Marqués de Denia, Bernardo de Sandoval y Rojas, que ejerció con mucho celo su oficio (hoy hablaríamos de maltrato).
Quizá el peor momento por el que pasó Doña Juana en su eterno cautiverio fue cuando su hija Catalina salió de Tordesillas para casarse con Juan III de Portugal, perdiendo así su única compañía, corría el año de 1525. Después de esta fecha hasta su muerte en 1555 fue visitada esporádicamente por sus hijos y nietos, manteniendo una relación quizá especial con la Emperatriz Isabel de Portugal. Cabe destacar la reunión familiar acaecida en la Navidad de 1536 cuando, durante unos días, se instalaron en Tordesillas su hijo Carlos y su esposa Isabel, y sus nietos Felipe, María y Juana.
Resaltar finalmente la labor espiritual que San Francisco de Borja hizo con ella, a petición de Felipe II, durante los últimos meses de su vida. Parece ser que resultó ser una grata compañía y un alivio para la reina la presencia del Santo.
Murió el 12 de abril de 1555, según Manuel Fernández Álvarez:
“Juana, la loca, al fin era libre”

Nota acerca de la supuesta o real “locura” de Juana de Castilla.

La vida de Juana I de Castilla presenta un cierto paralelismo a la de su abuela Isabel de Portugal quién desde la muerte de Juan II, su marido, no abandonaría Arévalo, confinada durante 40 años por su supuesta enajenación mental. Juana conoció tanto la inestabilidad de su abuela como los ataques de celos que sufría su propia madre por las infidelidades de Fernando el Católico y pudo heredar este tipo de problemas asociados a fuertes procesos depresivos no tratados o mal curados, algo que pudo dejar también como legado a su hija María de Hungría, viuda a temprana edad tras la muerte de su esposo Luis II de Hungría en la batalla de Mohacs frente a los turcos, y gobernadora de los Países Bajos durante 25 años, aunque ésta supo sobreponerse a las depresiones que sufrió.
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domingo, 14 de enero de 2018

CISNEROS, EL CARDENAL DE ESPAÑA, DE JOSEPH PÉREZ


     Este fin de semana tenía previsto dedicarlo al Cardenal Cisneros. Las inclemencias del tiempo no me han permitido ir a Toledo, quería ver la exposición que le dedica la Catedral para conmemorar el 500 aniversario de su muerte. Ya en octubre tuve la oportunidad de acudir a una de las conferencias que, patrocinadas por el Arzobispado, se han ido desarrollando sobre su persona y obra, algo que comenté en el artículo (NOS ATRA CAVA CIRCUMVOLAT UMBRA) donde compartía con vosotros la sensación que experimenté al escuchar las interesantes reflexiones sobre el Cardenal que hizo el Profesor Carlos Vizuete en un escenario incomparable, la Iglesia de San Juan de los Reyes, para mí, la catedral del Gótico Isabelino,
        Estas últimas semanas he visto algunas conferencias más por internet sobre el Cardenal (tengo algunas otras pendientes, como por ejemplo las patrocinadas por la Casa de América o las de la Universidad de Alcalá) y, como en mi biblioteca aguardaba un libro en espera de una lectura atenta, detallada y reposada, aproveché que el tiempo no era el más apropiado para callejear por Toledo para adentrarme en el texto del hispanista francés Joseph Pérez: “Cisneros, el Cardenal de España”.
        Tengo cierta debilidad por este historiador porque dos de sus libros me sirvieron mucho, tanto para escribir el relato con el que gané el 1er Concurso de Relatos, Diarios de Sefarad, en Jerte, “LOS DÍAS DEL ADIÓS publicado en la Web Tarbut Sefarad, como para escribir mi novela “TIEMPOS DE SOMBRAS” que espero que más pronto que tarde, y por obra y gracia de Editorial Andalusiya, vea finalmente la luz.
        Pero…centrémonos en el libro:
        Joseph Pérez analiza la vida y obra de Cisneros, el hombre, el político y el religioso. El historiador francés nos presenta un personaje cuya biografía permanece casi a oscuras desde su nacimiento hacia 1436 (no se sabe exactamente cuándo) en Torrelaguna, al norte de Madrid, hasta que es elegido confesor de la reina Isabel I, la Católica, en el año 1492. Por tanto, nos encontramos con muy pocas noticias sobre su persona a lo largo de casi 60 años. Es a partir de aquí y, sobre todo, desde 1495, cuando es nombrado Arzobispo de Toledo tras la muerte del insigne Cardenal Mendoza, cuándo su figura se agranda. Dos años después, en 1497, es nombrado Cardenal e Inquisidor General del Reino, llegando a desempeñar el cargo de Regente del Reino entre 1506-1507 y 1516-1517, es decir, a la muerte de Felipe el Hermoso y hasta que Fernando el Católico se hace cargo del gobierno a su regreso de Italia, y tras el fallecimiento de este último hasta la llegada de su heredero y nieto Carlos desde Flandes, el futuro Carlos V.
        Su figura humana no podemos desligarla de la religiosa; partimos del hecho de que era fraile franciscano. Su vida dio un giro radical hacia 1484. De ser un intrigante calculador, ansioso por medrar en el escalafón eclesiástico pasa a observar la regla franciscana en toda su extensión y rigor, algo que a lo largo del resto de su vida le hará chocar con la pompa y boato de los cargos que irá desempeñando. Se mostrará entonces como un firme defensor de la fe y partidario de la renovación de la Iglesia, de la reforma de las ordenes mendicantes (apostaba radicalmente por la observancia frente a los claustrales o conventuales y cumplía fielmente con los votos de pobreza, castidad y obediencia), y de la mejora en la educación y preparación de los clérigos, lo que redundaría en una mejora de la enseñanza y la predicación sobre la población. Contrasta el perfil del Cardenal Cisneros en el ejercicio de la Mitra toledana con el de su antecesor el Cardenal Mendoza. (Se cuenta de este último una anécdota muy curiosa y llamativa; presentaba a sus hijos naturales a la misma Reina diciendo:” Estos son mis pecados”)
Como datos ilustrativos de la personalidad del Cardenal Cisneros acudiré a algunas peculiaridades sobre su vida que recogen los cronistas. Se cuenta que siendo ya confesor de la reina viajaba en borrico, “el Benitillo”, acompañado por un secretario, el joven Francisco Ruiz, (finalmente llegaría a ser Obispo de Ávila, cuya hermosa tumba fue destruida y expoliada en 1936 por extremistas de izquierda junto al precioso Convento de San Juan de la Penitencia en Toledo, situado tras la Iglesia de San Justo) quién iba mendigando el sustento para los dos por los pueblos que pasaban. Otra curiosa anécdota reza que bajo su cama del arzobispado, Cisneros tenía un jergón que sacaba para dormir y ocultaba al levantarse, deshaciendo la cama “oficial” para dar a entender que había dormido en ella; otras nos cuenta como su cargo (esto le llevó a recibir incluso la reprimenda del Papa) le obligaba a mantener una espectacular mesa para sus comensales pero que él comía, frugalmente y aparte, cosas sencillas, o que bajo las ricas y vistosas vestimentas de Arzobispo y Cardenal vestía el tosco hábito, el cordón y las sandalias franciscanas.
        Su pensamiento y su figura política es la de un humanista, según el historiador francés Pierre Vilar “el más progresista de su tiempo” (curioso es el gran concepto que tienen en Francia sobre el Cardenal Cisneros, cuya figura ensombrece a la del mismo Richelieau). Firme y fiel partidario de la fortaleza del poder Real, se enfrentó con autoridad y determinación a las intrigas y ansias de poder de los grandes del Reino Reino y a la corrupción omnipresente en personajes tan importantes como Francisco de los Cobos, Lope de Conchillos o el Obispo Fonseca (relacionado con esto último tampoco podemos olvidar que se le acusa de cierto nepotismo al favorecer de manera obvia a algunos de sus familiares). Además, dedicó los inmensos recursos del Arzobispado Toledano a dos obras monumentales: en política exterior, su ideal de cruzada le llevará a financiar y dirigir la Conquista de la plaza norteafricana de Orán, inmortalizada en la Capilla Mozárabe de la Catedral Primada de Santa María de Toledo por Juan de Borgoña, y a la creación de la Universidad de Alcalá y la edición de la famosa Biblia Políglota Complutense.
        En definitiva, Joseph Pérez nos presenta a un auténtico y fervoroso servidor público en busca del bien común del Reino por encima de las luchas e intrigas de las poderosas facciones nobiliarias, partidario de una monarquía moderna y enfrentado a la visión dinástica y patrimonial que los Austrias finalmente implantaron. Lamentablemente para España su buen hacer, su visión moderna, renovadora y reformadora de hombre del renacimiento no cuajó. Su muerte el 8 de noviembre de 1517 en Roa y la llegada de la corte flamenca de Carlos I supondrá el fin de su ideario y de su obra. Merece la pena la lectura pausada del libro, nos da una idea de la categoría humana, política y religiosa de Francisco Jiménez de Cisneros, el llamado, con todo merecimiento, Cardenal de España.
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Y NOS ALOJAMOS EN CHINCHÓN

Plaza Mayor de Chinchón
     Dejamos atrás Colmenar de Oreja la tarde del 22 de noviembre con su patrimonio monumental y cultural expresado en el sorprendente Museo Municipal Ulpiano Checa, en su hermosa Plaza porticada con el Ayuntamiento, el Pósito y la imponente figura de la Iglesia-fortaleza de Santa María la Mayor, en los hermosos Jardines del Zacatín con el túnel y Arco que preceden al lavadero, en la sorprendente Ermita patronal del Cristo del Humilladero, en el coqueto Teatro Dieguez
        Encantados por lo acertado de la decisión de haber visitado Colmenar de Oreja nos dirigimos a Chinchón, donde nos alojaríamos en el flamante Parador Nacional, antiguo Convento de los Agustinos. La tarde, ya avanzada, no nos dio más que para tomar posesión de nuestras habitaciones (todo hay que decirlo, un lujo de aposentos, calculo que entre 35-40 metros cuadrados cada una), adentrarnos, dando un breve paseo nocturno, en la espectacular Plaza Castellana, símbolo principal y centro de la noble villa madrileña, y callejear algo en derredor. No nos olvidamos de entrar en la Oficina de Turismo, en cuyo exterior se sitúa un bello lavadero, para confirmar nuestra asistencia a la visita guiada que días atrás nos habían propuesto en sesiones de mañana y tarde; tuvimos la suerte de poder unirnos a un grupo de Talavera de la Reina.
        Nos retiramos pronto, sin saber todavía que el "Gastro-Pack", que nos iba a estropear parcialmente el viaje, estaba a punto de cebarse con el pequeño de la expedición. Cayó aquella misma noche.
        Al día siguiente, me homenajeé con un pantagruélico desayuno de Paradores (mis acompañantes fueron más frugales), ensombrecido por la incomprensible carencia de café expreso, algo que no es de recibo dada la categoría del establecimiento.
        Por la mañana comenzamos la visita guiada dirigiéndonos al Convento de las Clarisas, donde entramos en la austera iglesia de estilo herreriano S. XVI-XVII. Lástima que lo más destacable no lo pudimos ver, el panteón de mármol de los V Condes de Chinchón, con lo que pierde gran parte de su interés. Sí que se puede ver en una exposición temporal que abre únicamente los fines de semana.
        Tras entrar en la Ermita barroca del patrono de la localidad, San Roque, presidida por una valiosa, bella y llamativa talla del Santo con su inseparable perrito enmarcada en un colorido retablo, nos dirigimos a la Ermita de Nuestra Sra. Del Rosario, antigua iglesia del convento de los Agustinos, aneja al Parador Nacional. De estilo barroco también, de una sola nave con capillas laterales, sorprende por sus espectaculares dimensiones. El altar estaba adornado con ricas telas gracias a que había sido la celebración de la fiesta de la Virgen del Rosario a finales de septiembre (aún no las habían retirado). La iglesia, aparte de ser cárcel durante la guerra civil, se vio privada de algunas de sus capillas que pasaron a formar parte del Parador o incluso de particulares. Son curiosas las pinturas murales barrocas de motivos vegetales que se han rescatado de las paredes.
        Y acabó la visita guiada de la mañana en la monumental Plaza. Se presenta como una de las más bellas del mundo y lo es. Soportalada y porticada casi en su totalidad presenta la friolera de 240 balcones que allí llaman “claros”. Está construida sobre un entramado de arcadas góticas que canalizan el agua y rellena con albero. Es el centro neurálgico del pueblo y se puede aparcar entre semana (algo que es bueno para el acceso al centro de los chinchonetes o chinchoneses (sobre el gentilicio hay cierta polémica), pero que estropea la foto de recuerdo del turista). Al igual que en otras plazas castellanas, el tema de la propiedad de los “claros” provoca más de un conflicto puesto que muchos son los casos en los que el balcón tiene un dueño, y la vivienda por la que se accede otro, quién, además, está obligado a dejar pasar por su casa al dueño del balcón cuando lo desee, que normalmente es cuando la Plaza se convierte en Plaza de toros o cuando alberga algún otro fin, como fue el caso de feria de ganados.
        Una vez finalizada la visita, y citándonos para continuar por la tarde, montamos en el tren turístico que nos dio una vuelta por la localidad mientras nos ilustraba sobre los principales monumentos con un conciso relato muy similar al contenido en el folleto turístico que proporcionan en la oficina de turismo, pero que sirve para hacerse una idea de la historia de la Villa. Además, el tren nos acercó al Castillo, construcción actualmente no visitable. Destruido en la Guerra de las Comunidades en 1520 fue reconstruido por el III conde de Chinchón. Sufrió luego los avatares de la Guerras de Sucesión e Independencia, incluso recientemente fue sede de una fábrica de licores. Es algo a recuperar para el pueblo de Chinchón, su silueta preside, majestuosa, la localidad.
        Tras comer con cierta frugalidad, el “Gastro-Pack” no permitía muchos alardes a algunos de los expedicionarios, nos dispusimos, ya por la tarde, a realizar la segunda parte de la visita guiada que nos llevaría a la parte alta de la ciudad. Comenzamos con la monumental Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Realizada entre los S. XVI y XVII presenta una mezcla de estilos como pasa en gran parte de los nuestros templos. Pasa por el gótico, el plateresco, el renacimiento y culmina en el barroco. Lo más destacable, dado que la iglesia sufrió un gran incendio en la Guerra de la Independencia a principios del S. XIX es el grandioso y espectacular lienzo que preside el altar mayor, La Asunción de la Virgen obra de Francisco de Goya.
        De allí pasamos al edificio de al lado, donde estuvo en su día el Palacio de los Condes de Chinchón destruido en la Guerra de Sucesión, ahora está situado allí el Teatro Municipal Lope de Vega. Sorprendente Teatro en el que destaca un enorme lienzo que representa al pueblo y que hace las veces de telón, obra de Luis Muriel. Decir que el Teatro fue construido y financiado por la Sociedad de Cosecheros a finales del S. XIX, organización ligada al cultivo del vino; tierra de vinos esta zona de Madrid.
        Finalizada la visita guiada nos dispusimos, antes de que cayera la noche, a visitar por nuestra cuenta otra serie de lugares de interés como la Torre del Reloj que pertenece a la desaparecida Iglesia de Ntra. Sra. De Gracia del S.XIV. Curioso el dicho que tienen en Chinchón de que tienen “una iglesia sin torre y una torre sin iglesia”; la Asunción no tiene torre. Luego nos dimos un paseo por la parte alta y nos acercamos a la románica Ermita de San Antón (en restauración imagino, estaba rodeada de verjas y bastante descuidada), a la Ermita de la Cueva, que cuesta encontrarla puesto que no es más que una gran hornacina en la fachada de una casa, y a la barroca Ermita de la Misericordia ya de regreso hacia la Plaza Mayor.
       
        Y terminamos nuestra visita a Chinchón disfrutando de las vistas nocturnas de la localidad desde diferentes ángulos de la Plaza y fijándonos, frente al Parador, en el exterior de la Casa de las Cadenas, edificio barroco, compacto de tres cuerpos con puerta adintelada que tiene como dato histórico interesante haber sido alojamiento de Felipe V a su paso por la localidad, el 25 de febrero de 1706 en plena Guerra de Sucesión.
Por último, dedicamos un tiempo, tanto por la tarde-noche como a la mañana siguiente, a disfrutar del Parador que alberga un bello Claustro barroco y unos espectaculares jardines donde me llamó la atención un pozo restaurado con una rueda de cangilones. Desde luego es un lugar extraordinario para hospedarse y disfrutar de la historia, a pesar de que, según nos contaron en el pueblo, se han cometido algunas aberraciones arqueológicas, como el tapado de algunas pinturas del claustro. Y dejamos Chinchón, mejoraba algún expedicionario, comenzaba a empeorar algún otro. Aranjuez nos abría sus puertas de nuevo. Aranjuez…una ciudad que invita al romanticismo, al menos así me lo imaginé en la novela que próximamente me publicarán.

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viernes, 8 de diciembre de 2017

EL MILAGRO DE EMPEL

"El Milagro de Empel"de Ferrer Dalmau. Extraordinario pintor realista y maestro en plasmar la historia épica española

        Es 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción. Pero, ¿de dónde viene esta tradición tan española? Debemos remontarnos a las jornadas que transcurren entre el 6-9 de diciembre de 1585…
        La guerra de los 80 años comenzó en 1568 y concluyó con la Paz de Westfalia en 1648 que ponía fin a la guerra entre las Provincias Unidas y España y, por otra parte, a la Guerra de los 30 años que, para no entrar en detalles, enfrentó a toda Europa.
        Por tanto, la rebelión estalló en las Provincias Unidas en 1568. Aquellas tierras, posesión patrimonial de la Casa de Borgoña se levantaron contra su Señor, Felipe II, al que ya no consideraban como a su Padre, Carlos V, nacido en Gante, al que sentían más cercano (recordemos que Felipe nació en España); se quejaban de que su Señor no se preocupaba de ellos como súbditos ni de sus intereses.
        Pero ciñámonos a las fechas señaladas. En aquellos días de 1585 el gobernador de los Países Bajos era el gran Alejandro Farnesio que había tenido una feliz intervención y llevaba la guerra de manera fructífera para la corona española, tras el fracaso del Duque de Alba con su política represiva, de Luis de Requesens con su talante moderado y negociador, y el fugaz gobierno de D. Juan de Austria, hermanastro de Felipe II. Decidido a llevar la iniciativa, Alejandro Farnesio encomendó al Tercio Viejo de Zamora, comandado por el Maestre de Campo Francisco Arias de Bobadilla, establecerse en unas posiciones en torno a la Isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Wall. Como respuesta, el ejército rebelde de las Provincias Unidas envió una flota al mando de Comandante Holak a bloquear a las tropas españolas, cosa que consiguieron. Aislados y en una posición táctica desfavorable Bobadilla rechazó con cierta altanería la proposición de Holak de rendirse. (Cuentan las crónicas que la respuesta española fue la siguiente: “los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra, ya hablaremos de capitulación después de muertos”) Lo cierto es que, ante la negativa española, Holak ordenó abrir los diques e inundar la Isla de Bommel y nuestros soldados tuvieron que refugiarse a toda prisa en lo más alto de la zona, el pequeño montículo de Empel.
        Y es en este lugar donde la tradición y las crónicas sitúa el denominado: “Milagro de Empel”. Las hacinadas y mal pertrechadas tropas españolas, con las ropas mojadas, sin apenas comida que llevarse a la boca, ni leña para calentarse, expuestas a las inclemencias del tiempo, comenzaron a cavar trincheras. La moral era baja y circulaba la idea entre los hombres de un suicidio colectivo antes de caer en manos del enemigo.
En este momento, se cuenta que un soldado, cerca de la Iglesia, cavando una trinchera para protegerse del enemigo y del tiempo, desenterró una tabla flamenca de rico colorido con la imagen de la Inmaculada Concepción. La representación mariana fue colocada inmediatamente en un improvisado altar con la cruz de San Andrés como fondo, emblema borgoñón que utilizaban los ejércitos de los Austrias y, dirigidos por el Padre Fray García de Santisteban, la tropa española entonó la salve. Animado por el estallido de fe y resurgimiento moral de sus hombres, Bobadilla, junto con sus oficiales, decidió resistir y aferrarse al terreno, pero para eso necesitaban poco menos que un milagro. Y éste se produce en la madrugada del 7-8 de diciembre; un viento ártico repentino e inusual congeló las aguas del río y permitió a los españoles salir de su encierro, transitar las aguas heladas y pasar a efectuar un ataque sorpresa que infligió una severa derrota a las tropas de Holak.
        La tradición atribuye la helada a la intervención de la Virgen de la Inmaculada quién, desde ese día, se convirtió en la patrona de los Tercios de Flandes e Italia. Dos siglos y medio después, el Papa Pio IX declaró dogma de fe la Inmaculada Concepción de la Virgen el 8 de diciembre de 1854. Desde 1892, siendo regente María Cristina de Habsburgo durante la minoría de edad de su hijo Alfonso XIII, se promulgó la Real Orden mediante la cual se la declaró patrona del arma de infantería española.
        Y esa es en esencia, y muy resumida, la historia del llamado “Milagro de Empel”. Quizá si conociéramos más nuestro pasado le daríamos más importancia a nuestro presente.
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lunes, 4 de diciembre de 2017

LA SOLEDAD DEL CRISTO CRUCIFICADO DE VELÁZQUEZ


            Entrando en la sala donde está colgado el Cristo crucificado de Velázquez en el Museo del Prado me embarga una intensa sensación de soledad…
        Velázquez nos muestra un “Christus Patiens”, no tiene todas las características de esta típica representación, puesto que nos lo presenta con la cabeza caída, vacío de voluntad, recién muerto, con las cinco llagas a la vista, pero no es un Cristo desprendido, arqueado, sino uno más humano, veraz y natural, en el que sigue las indicaciones teóricas de su suegro Pacheco que aboga por la representación del Cristo con cuatro clavos que él cree más próximo a la expresión exacta de lo que fue la crucifixión.
Velázquez representa un Cristo silente y calmo con halo de santidad, de extraordinaria perfección corporal, anatómicamente dibujado con una maestría envidiable, huyendo tanto de modelos estilizados, como de figuras fuertes y musculadas, de una serenidad y belleza conmovedora, exenta de todo dramatismo y sufrimiento; un Cristo que desprende humanidad y nobleza, que denota paz y quietud tras haber padecido el horrible calvario.
Velázquez dio toda la importancia en la composición al cuerpo del Señor cuya sombra proyecta con suma destreza, levemente, sobre el fondo verde oscuro del lienzo. También podemos apreciar que Los tablones con los que está construida la cruz están trabajados, pulidos y esmeradamente pintados, incluso los nudos de la madera y que la cruz está clavada en un montículo, algo que se descubrió en la última restauración del lienzo.
El pintor sevillano no dio mucha importancia a la sangre, sólo perceptible en cantidad en las zonas de manos y pies y en la madera cercana a los clavos; en menor medida aparece en la herida del constado, para estar minuciosamente representada con pequeñas gotas en su frente, y con finos hilillos y salpicaduras en su rostro y cuerpo.
La luz ilumina desde la derecha el cuerpo del crucificado, un cuerpo limpio, surcado por algunos rasguños, cuerpo semiblanquecino, pálido, grisáceo en algunas zonas, céreo en otras, acentuando las luces y sombras de este modo sobre un cuerpo en el que empieza a anunciarse el “rigor mortis”.
Llegados a este punto hay algunas cosas que os quiero destacar y que me llaman un poco más la atención observando la pintura con algo más de detenimiento:
–La ejecución magistral de la corona de espinas con las gotitas de sangre que surcan la frente del crucificado y resbalan por el lado izquierdo del rostro derramándose sobre su cuerpo.
–La serenidad imperturbable de su rostro acentuado por esos ojos cerrados, y la fina delicadeza del tratamiento de la cabellera que se desprende ocultándonos el otro lado de la cara.
–La falta de tensión en los brazos y en el cuerpo al descansar los pies sobre el supedáneo, y la sensación de ligero movimiento conseguido por el hecho de que Velázquez retrasa un poco la posición de la pierna derecha haciendo recaer el peso del cuerpo sobre la cadera de ese lado.
–El incremento de la luminosidad y el volumen con algunas pinceladas de blanco de plomo en algunas zonas del paño de pureza (perizoma) y con minucioso detalle en las uñas.
        Una vez desbrozada la esencia del cuadro vuelvo a la sensación de soledad que despierta en mí la obra y el contexto. Quizá sea eso lo que han querido conseguir los responsables de la pinacoteca colocando el Cristo entre otras dos pinturas de motivo religioso del mismo autor, pero muy diferentes en todo, me refiero a “la Coronación de la Virgen” y al “San Antonio abad y San Pablo primer ermitaño.












Me explico…
Observemos la majestuosa Coronación de la Virgen. Se trata de una típica escena mariana, gloriosa, llena de reconocimiento a la figura de la Virgen María, representada pensativa, llevándose la mano al pecho, con la mirada baja y las mejillas arreboladas, llena de dulzura y timidez, de respeto hacia la divina presencia de la Santísima Trinidad, rodeada de ángeles y querubines, formando una abigarrada y colorida composición en forma de corazón.
Miremos ahora al lado opuesto. El cuadro del San Antoni Abad y San Pablo primer ermitaño presenta multitud de figuras puesto que aparecen cinco escenas de la vida de San Antonio; el santo aparece encontrándose con el sátiro y el centauro, llamando a la puerta del ermitaño, conversando con él y esperando la llegada del cuervo con su sustento diario, y observando a los leones cavar la tumba de San Pablo ermitaño ya muerto. Velázquez pinta un cuadro de gran variedad cromática, dando una importancia capital al paisaje y a los celajes del fondo, algo que recuerda mucho a la obra de Patinir, por ejemplo en el “Paisaje con San Jerónimo” del Museo del Prado o en el “San Jerónimo en el desierto” del Museo del Louvre.
Y concluyo volviendo la vista al frente, al Crucificado de Velázquez. Percibo la soledad del cuerpo de Cristo lleno de luz, una soledad turbadora y estremecedora acentuada de forma sublime por contraposición a los grandes lienzos que lo flanquean de compleja composición y variedad cromática, ofreciéndonos una imagen del Salvador que llama a la emoción y la devoción; a la fe y la religiosidad. Bueno…eso me parece a mí.
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martes, 28 de noviembre de 2017

UN DÍA EN COLMENAR DE OREJA

Plaza Mayor de Colmenar de Oreja, Pósito, Ayuntamiento e Iglesia de Santa María la Mayor

     Cómo ya escribí una vez, para mí, viajar por las Españas, es una forma de combatir nostalgias, de luchar contra la anodina monotonía, de aligerarme de la pesada cotidianidad, o de “aliviar la pesadumbre de vivir” (esta frase sublime y emotiva se la tomo prestada con mi máxima admiración y respeto a D. Miguel Delibes, se refería con ella a la sensación que le provocaba la sola presencia de su mujer, en su novela “Señora de rojo sobre fondo gris”)
        Y hemos vuelto a viajar. Esta vez no ha salido todo como quisiéramos porque sufrimos lo que yo llamo un “gastro-pack”, nada relacionado con la ingesta de comida, más bien sobre su evacuación por cuantos orificios corporales encuentra salida, digerida o no, pero dejemos la escatología para recogernos y disfrutar en lo posible en torno a lo vivido “externamente”.
        El viaje nos llevó a tierras madrileños, concretamente al sur-este de esa comunidad.
        Comenzamos por un interesante pueblo, desconocido para nosotros, pero con un encanto especial y tesoros nada despreciables, Colmenar de Oreja. Este pueblo es famoso, entre otras cosas, por haber proporcionado con sus canteras la piedra blanca necesaria para la construcción de edificios tan emblemáticos como el Palacio Real de Madrid o el de Aranjuez.
        Nosotros empezamos nuestro periplo madrugando como siempre. A las 5.00 estábamos en pie con el objetivo de llegar sobre las 10.30, tras desayunar en Honrubia ya de camino como es menester, a la hora de la apertura de la oficina de turismo y de la gran joya, no muy conocida, que es el Museo Municipal de arte Ulpiano Checa. Allí se puede admirar una interesante exposición privada y permanente de la obra de este autor local que vivió de 1860-1916. Sorprendente su pintura donde abunda la narración, el movimiento y el buen manejo de las aglomeraciones de personas y animales. Resaltar que su obra influyó en películas como Ben-hur, ¿Quo vadis?, o los últimos días de Pompeya. Artista polifacético puesto que también fue escultor y cartelista. Desde luego un auténtico maestro pintando equinos, una verdadera sorpresa y un placer haber visitado el museo.
        Luego enlazamos con la visita guiada a la localidad. Tuvimos la suerte de unirnos a un grupo y disfrutamos mucho. Fuimos a su hermosa Plaza Mayor, una plaza típica castellana porticada, dónde destacan el edificio del Pósito, el del Ayuntamiento y, en un costado, la silueta pétrea imponente y blanquecina de la Iglesia-fortaleza de Santa María la Mayor. Lo más curioso de la Plaza es que está asentada sobre un sistema de arcos y puentes, que conforman un túnel con bóveda de cañón bajo el cual circula el arroyo que surcaba lo que antes era el barranco que separaba el pueblo en dos, la villa y los arrabales; algo realmente monumental por la magnitud de la obra. Y pudimos pasear por el túnel bajo la plaza desembocando en el otro extremo en el Arco del Puente del Zacatín que da paso a los jardines y la huerta del mismo nombre, regados aún por las aguas del arroyo.
        Nuestro periplo por la villa continuó en la Iglesia. El exterior, como he dicho, tiene aspecto de Iglesia-fortaleza. Su interior es de estructura gótica y de planta de cruz latina con muchos añadidos, como suele ser habitual en los templos españoles. Presenta influencias herrerianas en sus inacabadas portadas y en su monumental torre. Destacar, en cuanto a su decoración, los dos murales situados a ambos lados del altar mayor en el presbiterio, obra del pintor local Ulpiano Checa, la Anunciación y la Presentación. Precioso es el momento en el que, al mediodía, el sol incide sobre la figura del Arcángel San Gabriel en el mural de la Anunciación dándole una apariencia etérea y celestial, un efecto muy estudiado y conseguido por el autor.
        Finalizamos nuestro paseo guiado por la villa visitando el Teatro Municipal Diéguez con capacidad para 555 personas, coqueta construcción lúdica edificada en lo que fue en el S. XVI parte del Hospital de la Caridad. Y al lado, degustamos tres vinos en una de las bodegas locales, Bodegas Pedro García. Hicimos acopio de algunas botellas de blanco, fue el que más nos sorprendió.
        Tras comer en uno de los restaurantes del pueblo seguimos nuestro paseo particular, ya sin guía, y nos acercamos a la Ermita del Santísimo Cristo del Humilladero que es el patrón de la ciudad, edificio de gran porte que consta de dos capillas adosadas, una del S. XVI y otra posterior, barroca del XVII. Y finalizamos nuestra visita a la localidad viendo los exteriores del Convento de la Encarnación (estaba cerrado), tras regresar de la Ermita caminando y disfrutando de las hermosas vistas del pueblo con la silueta majestuosa de la Iglesia de Santa María la Mayor al fondo, del rumor del agua vertiéndose en el lavadero de los jardines del Zacatín y del frescor del túnel bajo la plaza.
Y nos pusimos en camino hacia la cercana Villa de Chinchón, nos esperaba nuestro merecido descanso en el antiguo Convento de los Agustinos, actual flamante Parador Nacional de Chinchón, pero esa…ya es otra historia.
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domingo, 12 de noviembre de 2017

UN RECUERDO DE LA MONTAÑA PALENTINA


     Dejo señalado en verde el Poblado de Iberdrola donde me crié. El punto rojo es la casa donde nací.

Aquella ventana ejercía sobre mí una atracción especial, era mi atalaya. Allí, solía pasar las horas muertas observando lo que yo consideraba “mi paisaje”; un paisaje que se abría a través de ella presidido al fondo por la inmensa mole pétrea de “mi montaña”, colosal, de formas redondeadas, en cuya cúspide se erigían algunas herrumbrosas antenas; surcada por aquellas estilizadas y brillantes torres de alta tensión, arañas de cableado eléctrico bajo las cuales se extendían grandes cortafuegos, heridas tristemente necesarias, cicatrices dolorosas en la tupida vegetación.
Multitud de cuevas perforaban la estructura caliza de “mi montaña”, creando un sinfín de trampas traicioneras que los niños debíamos evitar. Su vientre era roído por las explosiones que puntualmente, a mediodía, iban formando un enorme boquete, la cantera. El color rojizo de la arcilla saltaba aquí y allá sobre el grisáceo de la rocalla conformando un fondo de tonos apagados que contrastaba con el verdor luminoso de la pradera, los arbustos, los helechos y las hojas del robledal; con el ocre leñoso de los troncos de aquellos árboles, cuyo rey, era el anciano roble que, majestuoso y solitario, lleno de heridas y muñones de edad provecta, permanecía intemporal y desafiante en el medio del prado, en un claro del bosque, al pie de “mi montaña”.
Y este paisaje general que me proporcionaba mi ventana, recuerdo nítido, presente e imperecedero, lacerante y abismante, quizá porque fue grabado en mi memoria con el cincel de la tristeza y la melancolía, al amparo de una profunda y pueril soledad, evoca en mi interior un momento muy especial… aquel seis de junio.
Como tantas veces, de rodillas sobre el sofá que daba la espalda al radiador, refugio y lugar acogedor, en pantalones cortos, volvía a hincar mis descarnadas rodillas sobre las colchonetas para asomarme… ¡Nevaba!
Estupefacto, abrí la ventana y dejé que el frío azotara mi rostro. Amusgué los ojos unos instantes para poder enfocar mejor ante las ráfagas de viento y nieve que se colaban juguetonas en el cuarto. Sorprendido, observé como, poco a poco, la montaña se iba difuminando en el horizonte entre la niebla, la ventisca y unos copos de nieve como trapos.
Cierro los ojos ahora. Aún puedo oír aquel mágico y bendito silencio traspasado por el ladrido de algún perro, el crocitar de algún cuervo, el murmullo perenne y monótono de la central térmica a mis espaldas y el rumor del pequeño arroyo que, casi sin vida, se empeñaba en serpentear entre la montaña, el bosque y la pradera para morir en las cunetas del poblado, frente a mi casa.
Nostálgico, vuelvo a abrir los ojos para romper esa alcancía de recuerdos que todos llevamos, más o menos impresa en nuestro corazón, capaz de contristarle a uno el alma con su remembranza. Mi tierra está en la montaña palentina, tierra húmeda, fría, hosca y áspera, tempestuosa y desapacible a veces, pero bella, de una belleza dolorosa en la distancia. Tierra de verdes praderas, de pinares y robledales, de monte bajo, de cumbres y riscos, de ríos y arroyos, donde el cierzo campa a sus anchas azaroso y cruel, capaz de aborrascar el día a conciencia en un santiamén; donde la lluvia o la nieve te puede sorprender cualquier día, incluso un seis de junio…un seis de junio.


Mi recuerdo y mi respeto a esa, mi tierra palentina, cercana y lejana a la vez, que llora flébil, inconsolable, desesperanzada y abandonada ante un lóbrego futuro, porque lo que hay en sus entrañas, antaño oro, hace tiempo que dicen… es ponzoña.

RECUERDO DE LA MONTAÑA PALENTINA - (c) - Luís Miguel Morán Bregel