sábado, 22 de febrero de 2020

EL TULIPÁN NEGRO DE ALEJANDRO DUMAS



       El fin de semana pasado leí un par de libros. Me he propuesto adentrarme en otros “mundos literarios”, alejándome un poco de mi género preferido, la novela histórica. Y dado que a los clásicos los tengo abandonados del todo, me he puesto a la tarea. Vamos con el primero.
        “El tulipán negro” de Alejandro Dumas, además de un clásico, es una novela histórica cuya acción se sitúa en Holanda, concretamente en 1672, en un momento de fuerte convulsión política.
Una serie de revueltas acabarán con la república encabezada por los hermanos Johan y Cornelius De Witt, que son salvajemente ajusticiados, y conseguirán la reinstauración del Estatuderato, encarnado en la persona de Guillermo III de Orange; algo muy similar a una monarquía.
La novela arranca en este momento concreto de la historia holandesa, y nos narra las vicisitudes del ahijado del asesinado Cornelius de Wilt, Cornelio Van Baerle, hombre que se ve comprometido por su padrino, al haberle convertido en depositario de unos importantes papeles que le vinculaban con Francia, enemigo encarnizado de las Provincias Unidas. Cornelio Van Baerle, ajeno a toda actividad política, se dedicaba a cultivar tulipanes, planta de moda en toda Europa.
Es entonces, en aquel momento de tulipomanía, cuando la Sociedad Hortícola de Haarlem ofrece 100.000 florines al primero que consiga el ansiado y mítico primer tulipán negro. Los planes de Cornelio de ser quien se lleve el premio se verán entorpecidos por la vinculación a su padrino, y por la inquina y envidia de su vecino, también cultivador de tulipanes, que harán que acabe en prisión. Allí conocerá a la hija de su cruel carcelero, Rosa, con la que vivirá una preciosa historia de amor. Y hasta aquí os cuento porque la novela merece ser disfrutada.

domingo, 16 de febrero de 2020

"LOPE" DE VERÓNICA FERNÁNDEZ



       El fin de semana pasado leí la novela “Lope”, de Verónica Fernández (ya os contaré algo sobre los dos libros que he leído este último). Fue una lectura muy agradable, un paseo por el Madrid de los Austrias, lugar y tiempo que siempre ha sido de mi predilección; nunca he escondido mi devoción por la saga del Capitán Alatriste y por la prosa genial de Arturo Pérez-Reverte que me introdujo magistralmente en el ambiente del Siglo de Oro español.
        La novela arranca con la desaparición del prolífico dramaturgo Lope de Vega. Su amigo Claudio Conde iniciará la búsqueda del escritor a lo largo y ancho de la ciudad, y nos acercará a la ajetreada vida de su amigo, famoso no tan solo por sus obras sino también por sus amoríos. Claudio nos paseará por aquel Madrid de los Corrales de comedias, de tabernas de dudosa moral, de calles estrechas y sucias, de intrigas palaciegas, mientras nos narra los diferentes devaneos del autor que en su juventud se debatía entre lo que sentía por Elena Osorio, mujer casada e hija de un importante empresario teatral y el amor que nació por Isabel de Urbina, una joven de alta alcurnia, soñadora, capaz de dejarlo todo por seguirle.
        La novela contiene, en pocas páginas, todo lo necesario para hacernos pasar un buen rato arrastrándonos certeramente hacia el conocimiento de la biografía del “Fénix de los ingenios”. La autora se permite algunas licencias históricas que le ayudan tanto, a enmarcar el relato, como a mostrarnos los aspectos fundamentales de la vida del dramaturgo; su pasión por la escritura, su inmensa capacidad creativa, la facilidad que tuvo para meterse en líos, sus amoríos, sus problemas con sicarios y prestamistas, y nos ilustrará, finalmente, sobre los famosos libelos que le llevaron a tener que huir a Portugal, incluso a enrolarse en la Armada Invencible. (En relación a la ambientación histórica es de agradecer que, en las últimas páginas del libro, la autora nos adjunte una breve biografía de los protagonistas de la narración)
        Será Claudio Conde, el amigo de Lope, el que llevará el peso de la trama. ¿Qué hechos del pasado habrán provocado la desaparición del dramaturgo en el momento de estrenarse su comedia “La dama boba” en el Corral del Príncipe?

sábado, 8 de febrero de 2020

LA VENTANA DEL NIÑO DE LA TÉRMICA

LUIS MIGUEL, JUAN CARLOS Y JESUS ÁNGEL MORÁN BREGEL


La ventana ejercía una atracción especial sobre aquel “niño de la Térmica”; algo irracional, que no era capaz de controlar, le llevaba a perder la noción del tiempo mirando a través de ella. De rodillas, sobre el sofá de aquel pequeño cuarto, amparado por el calor ascendente del radiador situado bajo la poyata, con sus pueriles manos apoyadas sobre el alféizar, aquel niño observaba, ensimismado, la inmensidad del bello paisaje que se abría ante sus ávidos ojos.
Al fondo, ocupando el horizonte, se situaba la montaña, inmensa mole caliza, colosal, majestuosa, de formas redondeadas, coronada por algunas antenas herrumbrosas, surcada por estilizadas y brillantes torres de alta tensión e interminables líneas de cableado eléctrico, bajo las cuales se extendían grandes cortafuegos; cicatrices dolorosamente necesarias abiertas por la mano del hombre sobre la tupida vegetación. Aquel niño imaginaba que las torres cobraban vida, que, desperezando sus enormes brazos, comenzaban a moverse acompasadamente, agitando los cables, convirtiéndolos en larguísimas sogas en las que colosos y gigantes saltaban a la comba.
Multitud de cuevas perforaban la superficie kárstica de aquella montaña, y su vientre era fuertemente sacudido por las puntuales explosiones de la una del mediodía, que hacían retumbar los cristales de la ventana, y volar asustados a centenares de pájaros. Aquellas detonaciones aumentaban día a día, cruelmente, el tamaño de la gran herida que suponía la cantera.
El color rojizo de la arcilla salpicaba, aquí y allá, el dominante gris de la rocalla, conformando un fondo de tonos apagados que contrastaba con el verdor luminoso de la pradera, los arbustos, los helechos y las hojas del robledal; con el ocre leñoso de los troncos de aquellos árboles, cuyo rey era el anciano roble que, solemne y solitario, lleno de cicatrices y muñones, permanecía intemporal y desafiante en el medio del prado, en un claro del bosque.
En algunos días de invierno, aquella ventana le ofrecía a aquel niño su mejor imagen, un paisaje deslumbrante. La nieve extendía su tupido manto sobre la tierra helada; el color pardo del robledal asomaba sobre la albura monótona de la alfombra nívea que cubría el bosque. Era en aquellos instantes cuando el niño abría la ventana y se abstraía afanado en escuchar el silencio; únicamente interrumpido por el ladrido de algún perro, el crocitar de los cuervos, el murmullo perenne y monótono de la Central que venía de sus espaldas, y el rumor del pequeño arroyo que ocasionalmente cobraba vida en aquella época, empeñado en abrirse paso a través del robledal serpenteando desde la montaña para acabar muriendo en las cunetas del Poblado.
El frío azotaba el rostro del niño, arrebolando sus mejillas. El pequeño amusgaba sus curiosos ojos deslumbrado por el reflejo de la luz sobre el manto blanco, e importunado por las ráfagas de viento y chispas de aguanieve que se colaban juguetonas en el cuarto. Sorprendido, el niño observaba como, poco a poco, la montaña se iba difuminando en el horizonte engullida por la niebla y la ventisca hasta desaparecer.
Con la llegada de aquellos hibernizos atardeceres, la ventana ofrecía una preciosa vista, aunque lánguida y marchita. La belleza se iba desvaneciendo a medida que la luz desaparecía, no sin antes dejar la imagen del mortecino y anaranjado sol reflejándose sobre la roca de la montaña y el paisaje nevado.
Cuando anochecía, el niño dejaba de prestar atención a la ventana, pero, durante la madrugada, algo en su interior le despertaba y le llevaba, irremediablemente, hacia su cándido santuario en el sillón tras el alfeizar. Entonces, furtivamente, el pequeño apartaba las cortinas y observaba la luz de la farola verde que se colaba en su cuarto y que iluminaba tenuemente la carretera. Al fondo, una vez que sus ojos se habían acomodado, buscaba, ansioso, la silueta de la montaña sobre el suelo nevado, visible gracias a un cielo negro y raso, clareado por el resplandor de la luna y de las estrellas titilantes que poblaban el firmamento. Allí, descalzo, acompañado por el frío, la oscuridad y el silencio, el niño abismado en sus pensamientos, volvía a sentir ese doloroso placer, hipnotizador, seductor, del paisaje invernal que le regalaba la ventana, y soñaba, ansioso, con un nuevo amanecer para poder disfrutar de aquel maravilloso horizonte al completo.
Aquel niño cierra ahora los ojos evocando aquellos mágicos momentos. Nostálgico, vuelve a abrirlos para romper la alcancía de sus más entrañables remembranzas, capaces de sacarle una sonrisa o de contristarle el alma, depende del momento; memorias de infancia de una tierra húmeda, fría, hosca y áspera, tempestuosa y desapacible a veces, pero bella, de una belleza dolorosa en la distancia. Tierra de verdes praderas, de pinares y robledales, de monte bajo, de cumbres y riscos, de ríos y arroyos, donde el viento sopla azaroso y cruel, donde la lluvia o la nieve aborrasca los días colándose ahora, únicamente, por la ventana del recuerdo en la imaginación de aquel “niño de la Térmica”.

martes, 4 de febrero de 2020

EL BUEN PASTOR, DE MURILLO

El Buen Pastor de Murillo. Museo Nacional del Prado.

         Ayer abrí la guía del Museo del Prado que adquirí allá por 2016 cuando visitamos, en un caluroso mediado de agosto, la pinacoteca madrileña, con motivo de la exposición que conmemoraba el V centenario de la muerte de Jheronimus Van Aken, el Bosco. Y la abrí, al azar, en las páginas que el libro dedica a Murillo.
Ante mi tendencia innata a la melancolía y la nostalgia, especialmente si se trata de algún viaje que recuerdo de manera especial porque lo hemos disfrutado a conciencia, me ha dado por rememorar las dos visitas que hicimos a Sevilla, una en marzo de 2018, y otra, la primera semana de 2019, ambas con motivo de la conmemoración del IV centenario del nacimiento del insigne pintor Bartolomé Esteban Murillo, y la segunda, además, y aprovechando la coyuntura, también para recoger el libro donde se publicaba mi obra “El niño de Murillo” que llegó a situarse entre los 15 finalistas del III Premio internacional de relatos Ciudad de Sevilla 2018, texto que recreaba, figuradamente, de donde pudo el pintor sacar la idea para crear el bello lienzo “Niños comiendo melón y uvas”, por otro lado un cuadro que no se pudo ver en Sevilla, y que pertenece a la Alt Pinakothek de Munich.
        A Murillo se le asocia, con demasiada ligereza e ignorancia, a sus Inmaculadas y, por extensión, a su pintura religiosa, magnífica desde luego. Pero Murillo fue mucho más que eso, fue también un pintor costumbrista, un pintor de lo cotidiano, incluso supo mezclar lo religioso a lo cotidiano. Sus vírgenes con niño parecen, en gran parte de sus obras, una escena corriente, entrañable, tierna y dulce de un hijo con su madre; sus niños Dios, sus santos Juanillos semejan pequeños jugando, o pueriles pastorcillos en actitudes acostumbradas y normales.
La Inmaculada del Escorial y la Inmaculada de los Venerables de Murillo. Museo Nacional del Prado.
        De la belleza de sus Inmaculadas no cabe ninguna duda, mi preferida es la “Inmaculada del Escorial”, por encima incluso de la de los Venerables (los expertos dicen que ésta es la mejor) ambas las he podido contemplar en el Museo del Prado, y la del Escorial, también en Sevilla, en el Museo de Bellas Artes, en la exposición antológica que reunió, nada más y nada menos, que 72 cuadros del autor, algo nunca visto, que llevaba por nombre “Murillo y el IV centenario”. El rostro de la Inmaculada del Escorial es sublime, es de una belleza arrobadora.
        Ahora voy a citaros algunos otros cuadros que hemos tenido la fortuna de ver, en algunos casos, varias veces. Para mí son de lo mejor de Murillo, sin ánimo de menospreciar las decenas de obras del pintor sevillano de indudable calidad. Siento una debilidad especial por “La Virgen de la servilleta”, 
Virgen de la Servilleta de Murillo. Museo de Bellas Artes de Sevilla.
un pequeño lienzo que pudimos admirar por dos veces en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, y en dos exposiciones diferentes durante la conmemoración del IV centenario del nacimiento del pintor. Es una obra maravillosa, los rostros de la Virgen y el niño rivalizan en belleza con el de la Inmaculada del Escorial, me cuesta describir lo que sentí observando ese cuadro en vivo. 
La Virgen del Rosario de Murillo. Museo Nacional del Prado.
      Otro cuadro precioso es “La Virgen del Rosario” que pertenece al Museo del Prado y que también pudimos ver en Madrid y en Sevilla con motivo del centenario.
Virgen con el niño de Murillo. Palazzo Pitti.
      Otro es la “Virgen con el niño” del que disfrutamos en Sevilla en 2018 y con el que tropezamos en la inmensidad del Palazzo Pitti en Florencia, recuerdo haberle comentado a mi madre y mis hermanos, que aquel cuadro lo habíamos visto a orillas del Guadalquivir unos meses antes. 
Virgen de la faja de Murillo. Colección privada, Suiza.
     Voy a destacar también uno que probablemente no volvamos a ver que es “La Virgen de la Faja” que pertenece a una colección particular suiza y que, con tanto esfuerzo Benito Navarrete, comisionado de la exposición “Murillo y su estela”, lograra traer a Sevilla al espacio expositivo Santa Clara en 2018.
Y, finalmente quiero quedarme con esta última obra, básicamente porque es por donde abrí la guía del Prado, y por lo que he escrito este breve comentario. Se trata de “El Buen Pastor” que he visto varias veces en el Museo del Prado, y que también admiramos en Sevilla en la gran exposición del IV centenario.
El Buen Pastor de Murillo. Museo Nacional del Prado.
        Vamos con el cuadro… Lo primero que os diré de él es que fue ampliado con posterioridad. Se nota en las diferentes oxidaciones de los barnices de la pintura y los ligeros cambios de tonalidad, y lo fue porque colgaba junto a un San Juan Bautista del mismo autor que era algo más grande, cosas del pasado, hoy sería una cosa impensable. Es un cuadro con una composición muy equilibrada con claras líneas verticales; en las arquitecturas de la izquierda, la pose del niño sentado, la del cordero que tiene al lado, y varias líneas oblicuas como las que forman la pierna izquierda del niño en paralelo a la vara de pastor que porta. Según Javier Portús, experto del Museo del Prado, la existencia de las ruinas podría hacer una alusión a la idea bucólico-clásica del pastor entre las ruinas de un pasado esplendoroso, mientras que por otro lado podría hacer referencia al triunfo del cristianismo sobre el paganismo romano. En cuanto a la simbología del cuadro, tras la cotidiana imagen de un tierno pastorcillo que cuida de sus ovejas, se anuncia el mensaje de los evangelios. Cristo sentado, vela por su rebaño que aparece difuminado en segundo plano a la derecha del cuadro. El niño Dios apoya su brazo izquierdo en un cordero (ambos miran fijamente al espectador) que se ha separado del rebaño aludiendo a que Cristo jamás abandonará a ninguna de sus ovejas. Yo destacaría la delicadeza y la dulzura del rostro del niño con esos maravillosos rizos y su intensa y pensativa mirada, con esos ojos oscuros que Murillo, simplemente, borda en muchos de sus cuadros. En cuanto a la atmósfera en la que se desarrolla la escena, el cielo, la luz, el color, la pincela recuerdan a la Escuela Veneciana, cuyos mejores ejemplos fueron Tintoretto, Tiziano y Veronés.
Para terminar, con el ánimo de no cansar a nadie, en la parte inferior derecha del cuadro fijaros que hay pintada una flor de lis lo que nos indica que el cuadro perteneció a la colección de Isabel de Farnesio, si llevara la cruz de Borgoña, el propietario sería su marido Felipe V. El cuadro fue adquirido por la reina en 1744. Cabe recordar, que hablamos de una mujer muy culta, inteligente y de un fuerte carácter, que conoció a fondo la obra del pintor durante el llamado lustro sevillano 1729-1733, años en los que trasladó la corte a esa ciudad, con el objetivo de que se le quitara la depresión a su marido en tierras más cálidas (en aquella época le llamaban mal de melancolía). Y claro… quién contempla la obra de Murillo no puede más que enamorarse de su magistral pincel.

domingo, 2 de febrero de 2020

JAQUE A LA LOGIA, DE ANTONIO MONCLÚS



       “Jaque a la logia”, de Antonio Monclús, es una novela que nos introduce en el mundo de la masonería.
Una serie de atentados y asesinatos en diversas partes del orbe sacuden los cimientos de las principales logias. El denominador común de estos actos terroristas es la aparición, en cada uno de los escenarios, de un mensaje dirigido a sus grandes maestros junto a una enigmática carta del tarot. Las diferentes logias se unirán en la búsqueda de la causa de estos hechos. Las investigaciones les llevaran a relacionar esos terribles acontecimientos con unos documentos aparecidos unos años antes en la restauración de la Aljafería zaragozana, que habían pertenecido a Pedro Arbués, inquisidor mayor de Aragón, asesinado en 1485.
        El equipo internacional de investigación de la masonería acabará confiando las pesquisas a dos miembros de la logia hispánica, Germinal Montseny, y su ayudante y joven seductor, Juan Servet, traductor y conocedor del tarot, que ya estaban encargados de indagar y esclarecer el posible asesinato de un miembro de su propia logia en Madrid.
        El libro se deja leer; aunque a mí me parece que, mientras que el desarrollo de la trama, en gran parte del libro, es ágil y entretenido, el final se vuelve, en pocas páginas, lento y, quizá, un poco insulso.

lunes, 28 de octubre de 2019

Y QUISO MIRAR LA VIDA A TRAVÉS DE SUS OJOS.



        Sentado en aquella soleada y apartada terraza, disfrutaba de la lectura de una buena novela. El camarero le interrumpió cuando le sirvió su café preferido, un ristretto. Entonces, pidió miel para endulzarlo levemente, y comenzó a revolverlo con parsimonia, dejando deliberadamente que su mente girara al compás del remolino que creaba la cucharilla, que quedara atrapada entre la bruma del tiempo y de sus recuerdos…
Apenas se conocían. Habían intercambiado durante meses corteses saludos, breves frases intranscendentes, algunos chascarrillos quizá insinuantes, conversaciones superficiales sobre sucedidos personales y algún que otro efímero, ocasional y coqueto intercambio de visajes, aparentemente sin pretensiones, sin intenciones…
Pero aquel día, uno de los dos, no importa quién, porque probablemente ninguno lo recordara con certeza, dio un paso adelante, y ambos se sentaron en torno a una cándida y humeante taza de café.
Y fue aquella preciosa tarde invernal de cielo añil, terroso ya en el horizonte muy próximo al ocaso, pintada de suaves trazos de nubes irregulares casi inmóviles suavemente mecidas por una casi inexistente brisa, cuando él, sin darse cuenta, se imaginó viendo la vida a través de unos ojos que no eran los suyos. Acostumbrado a transitar en la comodidad de la soledad, estaba a punto de asomarse a un precipicio ignoto en cuyo fondo corría el peligro de ser engullido por las aguas bravas e indomables de una nueva ilusión. Y sin proponérselo, sin pensarlo, soñó…, ¿cómo pudo suceder?
Aquellos ojos… ¿eran glaucos? ¿quizá esmeralda? Se dio cuenta de que nunca los había observado con aquel deseo, de aquella manera tan intensa. Su mirada había pasado hasta ese momento con suavidad por aquel pequeño, dulce y bronceado rostro, con la levedad inocente de la amistad. Pero esta nueva mirada, era muy diferente, era una fantasía, era un anhelo, era… una caricia, una caricia limpia y pura, melosa y delicada, pero era una caricia.
El vértigo se apoderó de él, era muy arriesgado intentar ver la vida a través de aquellos ojos. Era consciente de que se estaba dejando atrapar en un profundo arcano, un misterio abisal peligroso y desconocido del que difícilmente podría huir. En un definitivo arranque de valentía, fijó su mirada con decisión en aquellos ojos sinceros, tiernos, pícaros y pueriles. Inmediatamente se sintió perdido, alanzado por un intenso resplandor electrizante y paralizador. No había palabras, sólo silencio y la sensación de que un placentero dedeo recorría su cuerpo, como si aquellos ojos guiaran con agilidad y destreza a un experto pianista que, certeramente, recorría tabaleando su expuesta, receptiva y sensible piel con su agradable melodía.
–Y ahora… ¿qué? –se dijo descompuesto, abrumado por aquel cúmulo de olvidadas sensaciones.
De repente, no había respuestas, sólo preguntas, muchas preguntas escritas con dolor y pánico, con un miedo cerval.
–¿Se habrá dado cuenta? –se cuestionó.
–Pues claro que se ha dado cuenta, estúpido –se contestó apesadumbrado inmediatamente al percibir su leve y algo forzada sonrisa, un rostro que le devolvía un “no” cargado de sincera e intensa tristeza, mientras a él se le derramaba torpemente el azúcar sin haber atinado a depositarlo en el interior de la taza de café, cubriendo la mesa de pequeños granos blancos.
Entonces ella se levantó, le tomo de la mano y le acarició con sus ojos, ahora ligeramente melancólicos y aguanosos, dejándole, durante unos breves instantes, mirar la vida a través de ellos, quizá por pura compasión, quizá para que comprobara que aquello… era imposible. Luego, rozó su mejilla suavemente con el dorso de la mano y se fue, dejando inconscientemente una estela vaporosa, el aroma de un sueño, y lacerante, una daga envenenada de esperanza clavada cruelmente en el fondo del alma.
Desde aquel día, él nunca se atrevió a mirarla a los ojos… Y, el café…lo empezó a edulcorar con miel; la albura del azúcar le recordaba demasiado a aquella fugaz mirada, y a aquella dolorosa caricia.

sábado, 19 de octubre de 2019

POR AMOR AL EMPERADOR, DE ALMUDENA DE ARTEAGA.

           “POR AMOR AL EMPERADOR”, de Almudena de Arteaga, es una novela histórica un tanto diferente. Se trata de un repaso a la vida del Emperador Carlos V desde el punto de vista de las principales mujeres de su vida. Resulta interesante el formato con la que escritora ha elaborado el texto porque la narración va surcando la vida del monarca desde su niñez hasta su muerte, de la boca de estas mujeres formando capítulos narrados en primera persona.
        Serán ellas las que nos irán relatando los acontecimientos desde su propia perspectiva, novelada por supuesto, pero bien ambientada y estudiada, encajándola con rigor histórico.
        Hablarán de su relación con el Emperador, su madre Juana de Castilla (la mal llamada la loca); sus tías Margarita de Austria y Catalina de Aragón; Sus hermanas Leonor, Isabel, María y Catalina; su mujer Isabel de Portugal; sus amantes Germana de Foix (también fue su abuelastra ya que era la viuda de Fernando el Católico), Bárbara Blomberg y Johanna van der Gheyinst; sus hijas María y Juana; su bastarda Margarita de Parma y sus sobrinas Cristina y Dorotea.
        El título de la novela es ilustrativo de su contenido y es un homenaje a la labor sufrida y callada, en algunos casos poco estudiada y desconocida para el público en general, de todas aquellas mujeres que por amor y fidelidad al monarca más poderoso del mundo y a su familia, la casa de Austria, renunciaron en gran medida a sus propias vidas(muchas veces no tanto por amor como por obligación), sirviendo de piezas de ajedrez en el tablero de las alianzas matrimoniales continentales o, con gran eficacia, ejerciendo como aplicadas regentes en ausencia de la máxima autoridad imperial (recordemos que Carlos fue un gobernante muy viajero; no hay más que leer su discurso de abdicación en Bruselas para comprobar las veces y el tiempo que pasó en cada una de sus posesiones, y lo poco que disfruto de sus hijos y amante esposa Isabel en Castilla)
        Hay que destacar la importancia en el texto de la parte de su vida dedicada a su relación con la emperatriz y con sus hijos/as, incluidos los bastardos reconocidos, a los que supo dar una educación, buscándolos su encaje en la corte. Los ejemplos más señalados son los de Margarita de Parma y D. Juan de Austria.
        Y nada más, resulta una novela muy agradable de leer, aunque también en ésta hay que echar mano del árbol genealógico de la familia de los Austrias, para no perderse en algunas ocasiones. Me ha parecido original la forma de tratar el texto y los personajes, donde estas mujeres nos llegan a contar, curiosamente, hasta su propia muerte.

miércoles, 16 de octubre de 2019

EL LIBRO DE LOS NOMBRES DE JILL GREGORY Y KAREN TINTORI



     “EL LIBRO DE LOS NOMBRES” de Jill Gregory y Karen Tintori es una novela de acción, misterio y suspense.
        David Shepherd vive una experiencia próxima a la muerte en su infancia cuando cae de un tejado mientras juega peligrosamente junto a otros dos niños. Tras su convalecencia, empiezan a venirle a la cabeza una serie de nombres que instintivamente irá apuntando en un libro. A lo largo de los años miles de nombres de diferentes nacionalidades pasarán a formar parte de su vida, algo que le obsesionará dado que ignora su significado, hasta que un día descubre que esos nombres pertenecen a personas reales que han fallecido, o están desapareciendo en extrañas circunstancias.
        David acude a pedir consejo a su mejor amigo el Padre Dillon, quien le pondrá en contacto con un rabino experto en la cábala, y con una atractiva arqueóloga israelí, Yoel. Ellos le desvelarán la existencia del libro de los nombres, le informarán sobre la leyenda de los lamed vovnik (la supuesta existencia en cada generación de 36 personas justas cuya desaparición significaría el fin del mundo) y sobre la existencia de la secta milenaria de los Gnoseos que a lo largo de los siglos han intentado exterminarlos utilizando su brazo ejecutor, los Ángeles Negros. David descubrirá angustiado que una de las elegidas para ser asesinada por ser una lamed vovnik es su hijastra Stacy, y que en ese momento sólo hay otras dos personas en la generación que siguen con vida.
        A partir de aquí asistiremos a una trepidante narración en la que David y Yoel tratarán de impedir que los Gnoseos consigan llevar a cabo sus planes, provocar el fin del mundo y culminar sus aspiraciones; abandonar su cuerpo humano y ascender junto a Dios. La vida de Stacy corre grave peligro.
        Se trata de un libro de acción muy entretenido y que se lee enseguida. A mí me ha traído muchos recuerdos porque algunas de las cosas que apoyan la narración salen también en mi novela (esa que no termina de publicarse), como por ejemplo el pectoral del juicio con las doce piedras preciosas engarzadas que representan a las doce tribus de Israel que portaba el sumo sacerdote del templo de Jerusalén (Cohen Gadol)

martes, 15 de octubre de 2019

¡MILAGRO! SE HA MUERTO MAMÁ DE ALFONSO USSIA.


     ¡MILAGRO! SE HA MUERTO MAMÁ de ALFONSO USSÍA, es otra de las divertidas entregadas que el brillante escritor y humorista dedica al personaje del Marqués de Sotoancho (concretamente la novena).
Arranca el texto con un entretenido resumen sobre los protagonistas de la saga, y con el repentino fallecimiento de la marquesa viuda, nada más y nada menos que de un estornudo.
        Alfonso Ussia retrocede entonces a los días previos al fallecimiento, y nos narra los acontecimientos que se suceden en su finca de la Jaralera. La marquesa viuda, se pasea por sus tierras a bordo del Mama-móvil que le ha hecho comprar a su hijo, conducido por su chófer Miroslav, un exmilitar de la Europa del Este. El marqués descubre las repetidas infidelidades de su nueva esposa Marsa, ahora encaprichada del mayoral, Jerónimo, tras pasar por el lecho de un matador de toros y del alcalde del pueblo de al lado, que se sepa. Asistiremos a los celos del marqués, consciente de su prominente cornamenta, y a la desenfrenada pasión de la aventura de la marquesa; ella la considera lógica e inevitable. Mientras, los quintillizos fruto del anterior matrimonio del marqués con Marisol, fallecida en un accidente de tráfico, están ausentes y bien cuidados por la bella Elena, antigua empleada, y algo más, de su también fallecido tío Juan José.
        El repentino óbito de la marquesa por ese fatal estornudo llevará a la Jaralera a lo mejor de cada casa, una serie de pintorescos parientes y amigos, que además de presentar sus respetos aprovecharán para llevarse algún recuerdo sin permiso.
        Una vez más, Alfonso Ussia nos deleita con su peculiar humor, con sus diálogos ágiles y chocantes, y con sus personajes divertidos, ocurrentes y bien definidos. Sus letras siempre dejan un agradable regusto, aderezadas, como siempre, por sus clásicas y muy personales pinceladas de fina ironía social y política.

sábado, 12 de octubre de 2019

LA ROSA DE COIMBRA DE MARÍA PILAR QUERALT DEL HIERRO



    “LA ROSA DE COIMBRA”, de María Pilar Queralt del Hierro, es una novela histórica ambientada entre los siglos XIII- XIV, y narra la vida de la infanta Isabel de Aragón, que llegó a ser Reina de Portugal, y Santa desde 1625, siendo pontífice Urbano VIII.
        El libro lo podríamos dividir en dos partes. En la primera, la autora nos introducirá en la novela narrándonos las peripecias de Fray Ramón de Alquézar en el s. XVII, fraile mercedario al que una descendiente de la protagonista entrega un manuscrito, supuestamente redactado por Isabel de Aragón. A pesar de la oposición de sus superiores, el fraile iniciará un atrevido viaje que le llevará a la Santa Sede con el objetivo de que el Papa Urbano VIII tenga constancia de la existencia de este documento, y poder relanzar así el proceso de canonización de Isabel.
        La otra parte del libro, la central, es el propio contenido de ese documento escrito en primera persona que, por fin, está siendo leído por el Papa. La autora nos hará en él un amplio repaso de lo que pudo ser la vida de Isabel. En primera instancia nos sitúa el personaje con su nacimiento en el seno de la familia real aragonesa, hija de Pedro III de Aragón y Constanza II de Sicilia, y nieta de Jaime I el Conquistador, y en la que nos cuenta su feliz niñez junto a sus hermanos, y su temprana y gran devoción religiosa. En segundo lugar, se centrará en su reinado, tras ser entregada en matrimonio en plena adolescencia al rey Dionís I de Portugal por razón de estado, y nos desvelará su azarosa juventud y madurez junto a un marido infiel, sus enfrentamientos con las amantes de su esposo, y la búsqueda de refugio en su dedicación a obras de caridad, como construcción de hospitales, escuelas y refugios, y su entrega al papel de Reina que se debe a sus súbditos y de madre amante de sus hijos.
        La autora retoma la primera parte de la narración cuando Inocencio VIII termina de leer el documento autobiográfico de Isabel de Aragón, y se dispone a entrevistarse con el fraile y tomar algunas decisiones…       
        La novela se lee enseguida, entretiene, no es muy extensa, está bien escrita y posee una acertada ambientación histórica. Puede ser una estupenda manera de tomar contacto con el personaje de Isabel de Aragón, Santa Isabel de Portugal, su vida y obra, y nos ayudará a comprender el complicado contexto político peninsular en el que se desarrolla a caballo entre el siglo XIII y XIV.

N.B.- Puede estorbar la lectura el hecho de tener que acudir al árbol genealógico de Isabel de Aragón (que aporta acertadamente la autora a principio del libro) para poder entender y situar a algunos personajes.

jueves, 10 de octubre de 2019

EL GENERAL MALDITO DE JAVIER ARIAS ARTACHO



     “EL GENERAL MALDITO”, de Javier Arias Artacho, es una novela histórica de misterio y suspense, ambientada en la época del Emperador romano Vespasiano, en torno al año 70 d.c. La acción se desarrolla en Jerusalén, Jericó y, fundamentalmente, Roma.
        El protagonista principal es Marco Grato, general que comanda la undécima legión romana, y que ha participado en el asedio, conquista y destrucción de Jerusalén, formando parte de las tropas del Tito, futuro emperador, e hijo de Vespasiano (ambos tienen su pequeño papel en la trama).
        La novela comienza con la desaparición del protagonista víctima de una emboscada mientras se dirige a Jericó; un misterioso viaje que realiza en contra de los consejos de sus compañeros de armas, pero que finalmente autoriza el propio Tito. Marco Grato y su pequeña escolta sufrirán una cruenta celada de la que, milagrosamente, solo se salva el protagonista, quien reaparece meses después, cuando sufre un accidente a la entrada de Jerusalén. Reconocido por sus soldados, se recuperará, aunque padecerá una importante secuela; ha perdido la memoria.
        Con esa amnesia, regresa a Roma a intentar recuperar su vida en su hogar, una villa a las afueras de la capital del imperio. Allí da muestras de un radical cambio de carácter, algo que afectará a la relación con su esposa, hermano, y esclavos. Su vida se convertirá en la continua búsqueda de su pasado, algo que le llevará a hacer sorprendentes descubrimientos sobre sus actos, su familia, y sobre el resto de personajes.
La narración le permite al autor darnos unas certeras pinceladas sobre la sociedad esclavista romana, el contraste entre el mundo de los esclavos y de los amos, de la vida de lujo en la Villae, situadas en las afueras de las ciudades, villas que se construían en torno a una domus (vivienda) lujosa, decorada con pinturas y mosaicos, con patio porticado y estanque en medio, donde se recoge el agua de la lluvia –impluvium- que todos hemos visto reproducidas en museos y películas (os recomiendo que visitéis la Villa de la Olmeda en Palencia, o la de Almenara-Puras en Valladolid, en esta última hay un edificio que reproduce el edificio principal de uno de estos complejos) con sus explotaciones agrarias y ganaderas anexas, y las Insulae, construcciones que proliferaron en Roma llegando a ser más de 46.000; edificios de varias plantas construidos con materiales pobres, susceptibles de derrumbes e incendios, donde las personas se hacinaban de forma insalubre.
        Es una novela entretenida, bien ambientada, bien escrita, con una acción ágil que te atrapa de principio a fin, y con un desenlace sorprendente. No se puede pedir más a una novela.

N.B.– Siempre bajo mi modesta opinión, si tuviera que ponerle un pero, es que creo que abusa un poco del recurso literario del símil o la comparación, algo que a algunos les parecerá que ralentiza su lectura; otros opinarán que la enriquece. Cuestión de gustos.

miércoles, 9 de octubre de 2019

LÍBRANOS DEL MAL DE ROMAÍN SARDOU



        “LÍBRANOS DEL MAL”, de Romain Sardou, es un libro recomendable para todo aquel que goce leyendo este tipo de narración catalogada como “thriller histórico”. En definitiva, es una novela de suspense, de misterio, ambientada geográfica y temporalmente, a caballo entre el sur de Francia y la Italia del S. XIII; tiempos convulsos para la cristiandad con el surgimiento de varios movimientos heréticos (cátaros, valdenses…etc) y de crisis en el papado, azotado por las decisiones interesadas de una Curia corrupta y dividida (de costumbres alarmantemente relajadas) enfrascada en intensas luchas internas.
        La desaparición del joven Rainiero, lleva a su hermana Zapetta a acudir a la mente más preclara de la Roma del momento, Benedicto Gui. Sus investigaciones le llevan a sospechar de la muerte accidental de varios Cardenales, y choca con las altas instancias del papado encarnadas en el todopoderoso Canciller Artemidoro Broca, fielmente secundado por su secretario personal, un hombre sin muchos escrúpulos, Fauvel de Bazan, y por su propia hija, una mujer atractiva y expeditiva, Até de Brayac.
        Por otro lado, en el sur de Francia se suceden los secuestros de decenas de niños por parte de unos misteriosos y violentos hombres vestidos de negro. Estos niños tienen algo en común, muestran algún poder extraño o sobrenatural. Una de estas desapariciones es la de Perrot, un jovencito con la facultad innata de sanar, en el pueblo de Cantimpré. El padre Guillermo Alba, párroco de la localidad, iniciará su búsqueda, aventurándose en un sorprendente y peligroso viaje por el sur de Francia e Italia, que le llevará a enfrentarse con los mismos enemigos con los que va topando el investigador romano Benedicto Gui.
        Y no os cuento más, sólo deciros que resulta una lectura entretenida, en algunos instantes incluso trepidante, con un final sorprendente.

N.B.- En alguna situación aislada me ha parecido algo forzada la forma de encajar el momento, el personaje y la acción en la trama, pero esta es una apreciación muy personal que quizá desapareciera con una segunda lectura más pausada.

domingo, 8 de septiembre de 2019

PASEOS CON SARA. ATARDECER EN IL CAMPIDOGLIO

Anochecer en los foros.        
        Ante la Insulae, junto a las escalinatas del Campidoglio, Sara retomó su narración.
–Esta era el tipo de inmueble más común en Roma. En el momento de máximo esplendor de la ciudad, llegó a haber más de 45.000. Eran construcciones de varias plantas y albergaban pequeñas viviendas, donde la gente vivía hacinada, en muchos casos en unas condiciones lamentables. Eran corrientes los incendios y derrumbamientos dado que había toda una legislación que limitaba el espesor de sus paredes, y se edificaban más alturas de las debidas. Este es el mejor ejemplo que queda en Roma de cómo era una de ellas. Hay varios pisos por debajo del nivel actual del suelo.
 Insulae y restos de San Biagio de Mercato.
–Según me lo pintas, no parece un lugar muy agradable.
        –No mucho. Es fácil imaginarse la Roma de los grandes templos, de las grandes construcciones lúdicas, de las Domus lujosas con patio porticado y estanque central… La realidad del pueblo era ésta; viviendas, por llamarlas de alguna manera, pequeñas e insalubres. Se cree que este edificio tenía más de seis plantas y locales comerciales en los bajos. A medida que se ascendía en altura, disminuía la categoría social y el poder adquisitivo del inquilino. Aquí pudieron vivir más de 350 personas. En época medieval se aprovecharon sus ruinas para construir la iglesia de San Biagio de Mercato. Conserva restos del campanario románico, como puedes ver, y algunas pinturas como las que hay bajo ese tejadillo.
        –Si he de elegir, me quedo con la otra Roma.
        –Es más vistosa –Sara me sonrió–. Sigamos entonces con esa Roma espectacular.
        –Vamos con ello –le animé. Sara retomó sus explicaciones unos pasos más adelante frente a dos espectaculares escalinatas
Escalinata de Aracoeli a la izquierda, la Cordonata a la derecha.
–A la izquierda están los míticos 124 escalones que llevan a Santa María in Aracoeli. Y, en frente, la rampa escalonada que recibe el nombre de “La Cordonata”. El aspecto actual de la zona se lo debemos a un proyecto del gran florentino, Miguel Ángel… pero eso ya te lo contaré cuando lleguemos arriba. Estos dos leones de basalto negro que flanquean “la Cordonata” en su arranque, son egipcios, del s. III a.c, y fueron traídos a la ciudad para adornar un Templo de la diosa Isis en época romana. En el S. XVI los instalaron aquí, y los conectaron al acueducto Acqua Felice, convirtiéndolos en fuentes. Un poco más arriba está la estatua del famoso Cola di Rienzo.
        –Tanto como famoso…. Además, llamarse Cola… –Sara me sonrió.
        Nicola Gabrini. Ese era su nombre. En el s. XIV, cuando los Papas abandonaron Roma, las luchas entre nobles y burgueses hicieron de la ciudad un caos. Cola di Rienzo exhortó al Papa para que volviera y pusiera orden, algo que no consiguió, pero sí pudo dar un golpe de mano y hacerse con el poder en la ciudad, aunque pronto se convirtió en tirano.
–Qué rápido se le suben los humos al personal… –dije con salero.
–El caso es que perdió el favor del Papa Clemente VI y del mismo pueblo en el que se había apoyado, y se vio obligado a huir en 1347.
–Suele pasar, y calla que no le echaran el guante y le rebanaran el pescuezo.
–No adelantemos acontecimientos –me interrumpió mi bella Cicerone–. En 1354 regresó a Roma, y se hizo de nuevo con las riendas del poder municipal gracias al favor del nuevo Papa, Inocencia VI, quien le aportó dinero y tropas, aunque no le duró mucho, tras tomar una serie de medidas arbitrarias y crueles, se desataron importantes disturbios organizados por sus archienemigos, los Colonna, quienes, finalmente, acabaron con su vida aproximadamente donde está su estatua.
–Finalmente… le limpiaron el forro.
–Exacto. Y aunque no he querido hablar de ello hasta ahora, me extraña que no me hayas preguntado aún de qué va el tema de la conferencia que impartiré mañana en la Sapienza.
        –Esperaba que tú lo hicieras o que, al menos, me deleitaras con un resumen.
        –No hace falta. Antes he recibido por whatsapp la confirmación de tu invitación. Mañana podrás asistir al Aula Magna de la Sapienza –comentó con un brillo especial en sus ojos, quizá de orgullo.
        –Será un verdadero placer y un honor. –Entonces me situé junto a la balaustrada, al lado de la farola instalada a la altura de la estatua de Cola di Rienzo togado y con la cabeza cubierta por una capucha, y comencé a hablar con la mano extendida como el famoso tribuno que estaba tras de mí–. ¡Pueblo romano, mañana asistiré a la conferencia!...
        –Deja de hacer el memo. –Sara miraba avergonzada a su alrededor.
        –¡Compartiré, junto a los más prestigiosos medievalistas del mundo, el gozo que supone escuchar a la joya toledana, la simpar Sara, la extraordinaria belleza manchega, el bombón que ha endulzado mi amarga vida!
        –¡No seas cursi! –protestó–. Mira que te gusta hacer el “nabo”. Baja esa mano y deja de dar la nota, ¡tonteras! –Sara rio mientras forcejeaba conmigo para que me comportara, intentando taparme la boca. Algunos viandantes, sin duda españoles por sus comentarios, asistieron divertidos a mis desvaríos–. En serio –añadió ella agarrándome de las dos manos y echándoseme encima, arrinconándome contra la balaustrada–, ¿sabes quién fue el Cardenal Gil Álvarez Carrillo de Albornoz? –cambió de conversación creo que con el fin de que depusiera mi actitud, algo que consiguió porque me dejé inmovilizar y abrazar.
        –No tuve el gusto de conocerlo, falleció hace muchos años, imagino.
        –¡Qué bobo! Está enterrado en la Capilla de San Ildefonso en Toledo. Pues… sobre su labor en Italia es de lo que hablaré mañana en mi conferencia. Un hombre de voluntad férrea, de gran formación militar, un grandísimo estratega y un hábil negociador; alguien que trabajó incansablemente a favor del papado, tratando de recuperar el estatus de la institución dentro de los estados pontificios socavado por el traslado de su sede a Avignon.
        –Parece que fue un gran hombre. Seguro que me encantará tu conferencia.
        –¡Ya veremos! A lo mejor te parece algo plomiza.
        –No creo. Me gusta escucharte –añadí sincero.
        –Pues sigamos ascendiendo, los Dioscuros nos esperan un poco más arriba.
        –¿Dios que? –fingí ignorancia mientras Sara ponía una divertida cara de resignación.
Los Dioscuros en la Cordonata del Campidoglio.
        –Esos son los Dioscuros, Cástor y Pólux –Sara me señaló los dos conjuntos escultóricos que flanqueaban “La Cordonata” en la parte superior–, dos figuras míticas muy arraigadas en la ciudad de Roma, tenían varios templos. Aparecen junto a sus monturas. Se dice que eran hijos de Zeus, Cástor experto en domar caballo y montarlos, y Pólux en la lucha cuerpo a cuerpo. A ambos lados de los Dioscuros se sitúan los llamados Trofeos de Mario. Son monumentos que conmemoran victorias militares y representan corazas, armas, escudos… Lo gracioso del caso es que no celebran las victorias de Mario, el general republicano, si no las de Domiciano contra los germanos. Pero se les llama así. Al lado de los trofeos, están las estatuas de Constantino y su hijo, Constantino II, ataviados como militares, y dos piedras miliarias.
        –Los mojones de carretera de los romanos.
        –Exacto. Podríamos decir que esto es el kilómetro cero de Italia. Como la Puerta del Sol para nosotros.
        –Interesante –afirmé.
        –Subamos lo que queda de “Cordonata
        –Adelante. Tú mandas, como siempre. –Sara me dio la mano y seguimos ascendiendo hasta situarnos en la monumental y renacentista Piazza dil Campidoglio.
        –Voy a ir rápido en las explicaciones porque si no, no vamos a ver el ocaso desde donde quiero, detrás de la plaza con vistas al viejo foro romano.
        –Según me lo pintas, parece que es una vista muy bella.
        –Y muy romántica. Y como nunca he venido aquí con pareja, quiero disfrutarla. –Sara me sonrió, y me cogió del brazo para llevarme hasta el centro de la plaza.
        –Voy a pedirte que ejercites tu imaginación.
        –Perfecto. Creo que en eso soy muy bueno… –contesté pícaro.
        –No seas guarro que te conozco. Hablo de la plaza.
        –¡Qué decepción! Pensé que me proponías algún tipo de juego…
        –Está claro que te conozco –Sara rio mientras se paraba en el centro de aquel extraordinario espacio–. Aunque ahora no lo parezca, en época romana el Capitolio estaba formado por dos colinas perfectamente definidas. El espacio que había entre ellas se ha ido colmatando con el paso de los siglos, y es donde estamos ahora. En la colina de la izquierda se situaba el Arx o ciudadela, con una posición estratégica defensiva inmejorable. Se dice que en el 390 a.c., Roma estuvo a punto de caer en manos de los Galos, y fue salvada gracias a los gansos consagrados a la Diosa Juno que deambulaban sueltos por la colina.
        –Los gansos somos así… –apunté con gracia.
        –Estos eran gansos de verdad –Sara sonrió–, y, al graznar, despertaron a los defensores que dormían, quienes repelieron a los invasores. En honor a los gansos de Juno se construyó un templo denominado de Juno Moneta, palabra que procede del verbo latino moneo, que significa advertir, avisar. Al lado se instaló la Ceca, lugar donde se acuñaba el numerario. La proximidad al templo de Juno Moneta hizo que al dinero comenzaran a llamarlo moneta, algo que ha quedado para la posteridad en muchos idiomas como moneda.
        –Nunca hubiera imaginado que las monedas tomaran ese nombre por culpa de unos gansos.
        –Algo así. Frente a nosotros, donde ahora ves el imponente Palazzo Senatorio, estaba el Tabularium, un enorme edificio administrativo que servía de archivo. Y en la colina de la derecha se situaba el majestuoso templo de Júpiter Optimo Máximo, la divinidad más importante del Panteón romano, donde también se honraba a su esposa Juno y a su hija, Minerva, la llamada Tríada Capitolina. El edificio sufrió varios incendios, pero cada vez se reconstruyó con mayor lujo. Aquí acababan los desfiles triunfales de los emperadores.
–Lo recuerdo de los audios que me preparaste para visitar el Coliseo. Transitaban la Vía Sacra, pasaban bajo los Arcos de Tito y Septimio Severo y llegaban hasta aquí.
–Muy bien. El templo cayó en desuso con el triunfo del cristianismo. Imagina sus puertas forradas de oro, y una gran estatua del dios, de oro y marfil tras ellas, colocada allí por obra y gracia de Domiciano.
        –Interesante. Sigo pensando en la gran importancia que tenemos “los gansos” en la construcción del relato histórico.
        –No puedo contigo… –Sara hizo una mueca condescendiente–. Tras la caída del Imperio esta zona perdió todo su significado, y llegó a conocerse como Monte Caprino.
        –¿No me digas que también las cabras somos importantes en la historia? –Sara volvió a reír.
        –En este caso pastaban por aquí, en la colina abandonada.
        –Entonces los gansos son más importantes que las cabras.
        –Seguro… –añadió con enorme paciencia–. Ya en la Edad Media, sobre las ruinas del Tabularium se construyó un edificio que sirviría para albergar la asamblea de la ciudad. El foro se inundaba con frecuencia, y no se podía utilizar la antigua Curia, sede del Senado romano. Las reuniones del gobierno local pasaron a celebrarse en el claustro, ahora desaparecido, de Aracoeli, hasta que se edificó el Palazzo Senatorio. A su derecha se construyó el llamado Palazzo dei Conservatori para albergar otra magistratura local. Y así se mantuvo el aspecto de la colina hasta la llegada de Carlos V en 1536.
        –El Saco de Roma.
        –No, eso fue 9 años antes. En 1527 se produjo aquel horrendo saqueo que ha quedado grabado en la memoria de los romanos. En esta visita, parece ser que el Papa Pablo III se apuró un poco por el lamentable estado que presentaba la plaza que vio el Emperador, llena de baches y barro, y decidió encargar al gran Miguel Ángel su rediseño. Y eso es lo que vemos ahora.
        –No parece que le quedara mal del todo –ironicé.
Espectacular anochecer en la monumental y equilibrada Piazza dil Campidoglio.
        –No. El genial florentino lo primero que hizo fue reorientarla. Roma ya no miraba hacia los foros. Había que hacer girar el espacio y abrirlo hacia la nueva ciudad que vivía en torno al eje Vaticano-Letrán, y se comunicaba con el mundo a través de la Vía del Corso y la Porta dil Popolo, hacia el norte. Por eso diseñó “la Cordonata”, y cerró uno de los espacios más equilibrados y bellos del mundo dotando de fachadas cortina a los antiguos edificios medievales, Palacio Senatorio y de los Conservadores, y edificando el Palacio Nuevo a la izquierda para darle simetría al conjunto. Una maravilla. Para señalar la mayor importancia del Palazzo Senatorio como sede institucional, le añadió un monumental basamento que precede en altura a las gigantescas pilastras y la torre campanario. Remata la grandiosidad del recinto esa llamativa doble escalinata adornada en sus laterales por dos fuentes romanas, el Nilo y el Tíber, esta última representaba en principio al Tigris, pero se le añadieron los gemelos, Rómulo y Remo para rebautizarla. En cuanto a los palacios laterales diseñó una fachada compartimentada por pilastras con pórtico inferior, vanos cuadrados flanqueados por columnas, y ventanales arriba, rematados con frontones curvos y adornados con veneras, excepto el central, que tiene frontón triangular, y un vano aún mayor para centrar el conjunto y darle mayor empaque. Actualmente el Palazzo Senatorio es la sede del Ayuntamiento de la ciudad, mientras que el Palacio de Conservadores y el Nuevo, albergan los Museos Capitolinos, con una de las mejores colecciones de arte romano que existen.
        –La verdad es que la plaza es de una belleza incontestable ­–dije impresionado.
        –Miguel Ángel no vio más que empezar las obras. La ejecución del proyecto fue obra de Giacomo della Porta, y fue culminado un siglo después por los hermanos Reinaldi. Para finalizar te diré que la plaza la preside la magnífica copia de la estatua ecuestre de Marco Aurelio. La original está dentro de los Museos Capitolinos. Los años no pasan en balde…
        –¿Te refieres a la estatua o a mí?
        –A los dos. –Sara soltó una carcajada.
        –¿No es la estatua que se trajeron de Letrán?
        –Exacto. Veo que me prestas atención. –Sara me besó entonces la mejilla.
        –Con besos presto mucha más atención, te lo aseguro –añadí zalamero.
        –Te voy a contar una curiosidad sobre esta magnífica escultura –Ella no me hizo mucho caso y siguió a lo suyo–. Resulta que es la única estatua ecuestre que se conserva en Roma de un Emperador romano, y esto es así por error.
        –Me lo explique, qué diría Macario.
        –¿Macario?
        –Sí, mujer… el muñeco de José Luis Moreno.
        –¡Qué antiguo eres! –Sara rio de nuevo–. No fue hasta el S. XVI cuando se identificó al emperador Marco Aurelio como el representado. Antes se pensaba que era Constantino. Así que, durante toda la edad Media, se veneró la estatua de un emperador que había perseguido a los cristianos. El gesto de magnanimidad de Marco Aurelio con los vencidos, durante siglos, fue interpretado como la bendición del primer príncipe de los cristianos, Constantino. Y ahora vayamos tras el Palazzo Senatorio.
Loba capitolina.
        Concluida la rápida explicación sobre la plaza, Sara me llevó donde quería, un mirador tras el Palacio con vistas al Foro, tras pasar ante una reproducción de la famosa loba Capitolina cuyo original se encontraba en el interior de los museos, según Sara, y bajar algunos tramos de escaleras. En aquella especie de terraza con las ruinas del Tabularium bajo el Palazzo Senatorio a nuestra derecha, y el imponente Arco de Septimio Severo a la izquierda, con la visión de las ruinas del foro ocupando todo nuestro horizonte, el sol, se perdió en lontananza minutos después, mientras ambos permanecíamos abrazados junto a la balaustrada, en silencio.
        –Te dije que sería algo muy especial, al menos lo ha sido para mí, nunca vine acompañada a disfrutar de este momento. Acompañada…quiero decir de “mi enemigo”.
        –Ven aquí. Qué bien me ha sonado eso de “mi enemigo”. Te tengo que presentar a una buena amiga que llama así a su consorte   –dije poco antes de estrecharla aún más entre mis brazos, y besarla en la frente–. Para mí también ha sido algo muy especial –le susurré entonces al oído–. Ha sido una experiencia maravillosa. Son unas vistas increíbles, y ahora que han encendido la iluminación artificial parecen tomar un aspecto aún más bello y ancestral. Aunque he de confesarte que me he preocupado un poco… –elevé entonces un poco el tono de mi voz.
        –Madre mía…por donde me saldrás ahora… –confesó ella divertida mientras me miraba a los ojos.
        –Cuando empezaste a hablar de los graznidos de los gansos consagrados a la Diosa Juno, pensé que era el momento de recogernos, que quizá este día tan intenso… en fin… que el cansancio te estaba empezando a pasar factura. 

        Romántico anochecer en los foros.
         -Desde luego…para ganso, tú. –Sara me golpeó con sus dos manos levemente en el pecho, luego me rodeo el cuello con sus brazos, y me besó. Nunca olvidaré aquel romántico instante en el que, amparados por los sugestivos vestigios de la capital del mundo, dejando a nuestra espalda la lúgubre estampa de la Cárcel Mamertina, bajo el raso y anaranjado cielo romano, Sara me hizo sentir el Emperador del orbe.