domingo, 4 de agosto de 2019

PASEOS CON SARA. EN LA PIAZZA VENEZIA.


Piazza Venezia desde el Monumento a Vittorio Emanuelle II
El momento “ristretto con pastas” del Caffé Doria en la Via della Gatta, fue de lo más agradable y reparador; ambos nos confesamos cansados. No había mucha gente en el local, y el ambiente y la decoración clásica del salón donde nos sentamos resultaron acogedores. Durante los breves instantes en los que Sara puso al día su Whatsapp, me quedé absorto observándola…
        –¿En qué piensas? –me interrumpió.
        –En lo afortunado que soy.
        –Ambos lo somos, eso creo. –Ella me sonrió, distraída, mientras seguía atendiendo el teléfono. Entonces, extendí mi mano y le llevé su media melena por el lado izquierdo de su rostro, detrás de la oreja. –Sara me volvió a sonreír e inclinó su cabeza, atrapando mi mano entre su cara y su hombro, girando después un poco su boca, para acabar besándome en el dedo índice.
        –¿Te gusta ver mi oreja?
        –Para que voy a negarte la mayor. Aunque creo que no hay nada que me disguste de ti. No soy objetivo. Me tienes turulato del todo. –Sara soltó una carcajada, mi expresión facial y mis palabras debieron de ser de una sinceridad que incluso le sorprendieron.
        –¡Mi dulce palentino! –exclamó dejando el móvil a un lado, acercando su rostro al mío, besándome suavemente en los labios.
        Conscientemente dejé mis ojos cerrados durante unos instantes saboreando teatralmente aquel momento. Al abrirlos me encontré con aquella mirada suya limpia y triste, cuya sinceridad me desarmaba.
        –No me mires así. Lo dicho… Alelado del todo. No sé qué va a ser de mí. Me siento melifluo hasta la arcada. ¡Me has arrebatado el juicio, bribona! –exclamé sacándole una nueva sonrisa.
        –¿Preparado para ese atardecer romántico en el Campidoglio? –Ella cambió de conversación.
        –Su fiel servidor, Mademoiselle, está listo para lo que sea menester.
        –Pues vamos. –Sara guardó el teléfono en el bolsillo de su cazadora, y me dio la mano, invitándome a salir del Caffé Doria, un lugar que también me había parecido romántico, aunque, siendo realista, si en vez de café y pastas sentados en aquel discreto espacio, hubiéramos tomado una cerveza y unas patatas con ali-oli en la barra, también me lo hubiera parecido.
        Caminamos en la misma dirección que veníamos y enseguida nos asomamos a la Vía del Plebiscito.
        –Ese es el Palazzo Venezia. –Sara me señaló el enorme edificio marrón frente al que desembocaba la Vía della Gatta, y que parecía ocupar toda la manzana.
        –Antes vinimos de allí. Aquello es Il Gesú, ¿no? –comenté mirando hacia la derecha.
        –Exacto. Hemos ido y vuelto de la Piazza de San Ignacio. Ahora, vayamos hacia la izquierda. Quiero que tengas una perspectiva de conjunto de la Piazza Venezia. –Ella me llevó hasta el punto dónde la Vía del Corso desembocaba en la plaza.
–Dispara –le animé una vez que nos detuvimos.
Palazzo Venezia. En el centro el balcón del Duce
–El palacio fue construido en el siglo XV y sirvió de residencia papal, fue sede de la Embajada de la República de Venecia, de ahí su nombre, y, en el s. XIX, de la del Imperio Austro-húngaro, hasta que pasó a manos del estado italiano, creo que en 1917.
        –A mí me suena por Mussolini, ¿Es posible? –pregunté.
        –Sí. Aquí tenía su famoso despacho, en la Sala del Mapamundi, decorada con algunos frescos de Andrea Mantegna. En esa habitación la luz nunca se apagaba, simbolizando así que el gobierno no descansaba; muy populista. Desde aquel balcón, todavía conocido como “balcón del Duce” –Sara me señaló el que presidía la fachada principal del palacio–, arengaba a la multitud, incluso declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña desde allí. Actualmente, el palacio es la sede del Museo Nazionale del Palazzo di Venezia, que recoge, por ejemplo, la importante colección que atesoró el Papa Pablo II, con obras de arte de autores de primer nivel como Carlo Maratta, Bernini, Giotto, Guido Reni, Benozzo Gozzoli, Giorgione, Beato Angélico…etc., y de la puntera, a nivel mundial, Biblioteca de Arqueología e Historia del Arte.
        –¡Una cosa! Mantegna es el que pintó aquel famoso cuadro “La lamentación sobre Cristo Muerto”, ¿verdad? –le interrumpí.
Lamento sobre Cristo muerto de Andrea Mantegna. Oleo sobre tabla.
        –El mismo –asintió arrancándose instintivamente en una nueva explicación–. Extraordinario óleo sobre tabla. Cristo aparece representado en una de los escorzos más forzados de la historia de la pintura, casi perpendicular al espectador, con los estigmas de la pasión representados con gran realismo. Llaman la atención los contrastes de luces y sombras en todo el cuadro, y esa riqueza en los tonos grises que acentúan el dramatismo…
        –¡Cuanta pasión sientes por el arte!
        –Sí, mucha, pero es que estamos hablando de una de las obras maestras de la pintura universal. –Sara a veces parecía dar por hecho que algunas cosas todo el mundo las debía conocer, y no le faltaba razón, en parte.
        –Lo sé. Pero mira… Yo nunca olvidaré esa obra por un detalle que leí, no recuerdo donde.
        –¿Cuál?
        –No hay que ser ningún “lumbreras” para llegar a la conclusión de que Mantegna pintó el cuadro colocando en el centro de la tabla… el “asunto”… de Nuestro Señor.
        –¿Asunto?
        –¡Sus partes pudendas, chiquilla! Claro está, ocultas bajo esas sábanas de color tan mortecino como el del cadáver. –Sara soltó una carcajada.
        –Sí, conocía el detalle –Sara volvió a reír–. ¿Y eso es lo que recuerdas del cuadro?
        –Ya sabes…tengo una mente retorcida y pubescente –añadí jocoso, mientras ella volvía a reír y exclamaba…
        –¡Ay madre! ¡Pubescente! El escritor está descontrolado –Sara se cogió a mi cintura mientras seguía riendo.
        –No sé… Me pareció el adjetivo adecuado. Iba a dejarlo en pueril, pero me pareció más apropiado acercar la edad de mi mente a la adolescencia.
–Déjalo, no sigas… que voy a creer que hasta piensas lo que dices, pedazo de cochinote –Ella me acarició la cara y me volvió a coger de la mano, retomando su narración.
        –Bueno, pues este es el centro de Roma ahora. El entorno fue remodelado por completo entre finales del s. XIX y comienzos del XX. El motivo fue la construcción del monumento a Vittorio Emanuelle II que es la edificación que se sitúa enfrente.
–Parece una tarta –apunté con espontaneidad.
Monumento a Vittorio Emanuelle II. Piazza Venezia.
        –Hay opiniones para todos los gustos, incluso llegaron a proponer su demolición. Es una de tantos edificios que se pusieron de moda en el siglo XIX por toda Europa. Algunos dicen que parece una máquina de escribir, incluso una dentadura. Tras la unificación italiana y el despertar del fervor patriótico en Roma, una vez que la ciudad se había liberado del dominio papal, se trató de ensalzar la laicidad del pueblo italiano; con ese monumento se ocultó a la vista la Iglesia de Aracoeli, símbolo eclesial que presidía la colina del Capitolio, situada ahora a sus espaldas.
Palazzo de la Assicurazioni Generali. Piazza Venezia
–A nuestra izquierda, y para dar simetría a la plaza, se edificó el Palazzo de la Assicurazioni Generali, a principios del S. XX. Fíjate en el relieve del s. XVI que decora su fachada, un león alado que sostiene en una de sus garras un libro; simboliza a San Marcos. Con esa gran remodelación se le dio todo el protagonismo al Monumento a Vittorio Emanuelle II, también llamado Vittoriano, abriendo esta magnífica vista que puedes apreciar desde aquí, desde la Via del Corso. A 1,5 kilómetros, en línea recta y en esa otra dirección –Sara me indicaba que era a nuestras espaldas–, está el Obelisco Flaminio, en la Piazza dil Popolo Respecto a la arquitectura del Palazzo Venezia, te daré cuatro pinceladas.
        –Dame esos brochazos… –añadí con salero.
        –El cardenal veneciano Pietro Barbo, luego Papa Pablo II, ordenó construir este palacio junto a la iglesia de San Marcos, que él había mando restaurar ya cuando se convirtió en su titular, com cardenal, a mediados del s. XV. Se supone que el arquitecto fue Leon Battista Alberti, quien integró algunas estructuras existentes como esa torre, La Torre de la Biscia o Torre de la culebra, de corte medieval. El palacio es renacentista, y la fachada se estructura en tres pisos decrecientes en altura de abajo a arriba. La planta de abajo se adorna con sencillos ventanales con arcos de medio punto, la intermedia con vanos adintelados divididos en cuarterones por una cruz de piedra y, el último, con pequeñas ventanas cuadradas. Se remata con almenas y canecillos meramente decorativos pero que lo acercan, en la estética, a la medievalidad de la torre. En su interior se construyó un jardín al estilo romano de los viridarium, jardines abiertos rodeados de pórticos diseñados para la paz y la tranquilidad de las clases pudientes. Antes de que se me olvide te diré que el Papa, Paulo II, popularizó las carreras sin caballos para Carnaval, algo muy del gusto de todo veneciano. Salían de la Piazza dil Popolo y acababan aquí; esas competiciones dieron nombre a la Vía del Corso.
        –Resulta innegable la monumentalidad de la plaza –apunté impresionado.
Palazzo Bonaparte. Piazza Venezia. Roma.
–Cambió mucho con la construcción del Monumento a Vittorio Emanuelle II. Incluso parte del Palacio fue trasladada piedra a piedra para que nada interfiriera en la contemplación de la nueva construcción. Y este edificio que tenemos a nuestra espalda es el Palazzo Bonaparte, del s. XVII, donde vivió la madre de Napoleón tras la caída y muerte de su hijo. Desde las ventanas del enorme mirador techado que tenemos encima –Sara me señaló un ampuloso balcón en esquina–, observaba la cotidianidad romana.
–¿Has leído “La Sombra del Águila” de Arturo Pérez Reverte?    –le pregunté de repente.
–No.
–Me “troncho” con ese libro. Los soldados españoles llaman a Napoleón, “le petit cabrón”. Así que deduzco que la madre de “le petit cabrón” era una especia de “vieja del visillo”. –Sara rio.
–Es muy probable. No se dejaba ver mucho en sociedad la señora Letizia Bonaparte.
–No me extraña, con la que había liado su amado hijo por toda Europa, y en Roma en concreto, era para esconder la cabeza como un avestruz.
        –Ahora, no perdamos mucho tiempo. Otro día, tendremos mucho que ver por el otro lado de la plaza y aprovecharemos para subir al Vittoriano.
–A mí me parece una construcción colosal.
–Una de las cosas que más se le criticaron era que su grandilocuencia y su color blanco, contrastaban con el tradicional equilibrio y la armonía de la monumentalidad romana existente. En fin, cuestión de gustos.
Sara me llevó por el lateral de la plaza y, doblando la esquina del Palazzo Venezia, nos asomamos a la Piazza de San Marcos.
–Adosado al Palazzo Venezia está la Basílica di San Marco. Imagino que esté cerrada. Vayamos el centro de la plaza para ver mejor su fachada.
        Sara se adentró por la acera peatonal que cruzaba la Piazza de San Marcos hasta que tuvimos una perspectiva adecuada.
Logia de las bendiciones de la Basilica di San Marco. Roma.
        –Esa es la logia de las bendiciones. Fue construida con materiales provenientes del Coliseo y del Teatro Marcelo. El interior, como imaginaba, no podremos verlo, pero te diré que el templo es de planta basilical con la decoración barroca propia de los templos restaurados entre los siglos XVII y XVIII. La basílica fue mandada edificar por el Papa San Marcos en el s. IV, en época del emperador Constantino, y luego fue restaurada por primera vez en época de Gregorio IV en el siglo IX. De esa época son los mosaicos del ábside que representan a Cristo escoltado por ángeles con la mano levantada en señal de bendición, y a Gregorio IV presentándole el modelo de la basílica sosteniéndola en una de sus manos. Dentro está la lápida sepulcral de Vannozza Cattaney. Su capilla y enterramiento en Santa María dil Popolo fueron expoliados por los lansquenetes alemanes en el Saco de Roma de 1527. Sólo se salvó eso.
–Me parece estupendo, pero… ¿quién era esa señora?
–La madre de Lucrecia, César, Juan y Godofredo Borgia, la principal amante de Rodrigo Borgia, el famoso Papa Alejandro VI.
–Ya entiendo… Un Papa con pocos miramientos en cuanto al  voto de castidad, sólo entendible si la belleza de su Vannozza era tan irresistible como la de mi Sara –añadí guiñándole un ojo y haciéndole un arrumaco.
–Eres un zalamero incorregible y un pulpo –me reprendió cogiéndome de las manos–. Y como no vamos a poder entrar hoy, veamos esa escultura que está en la esquina de la plaza, y te cuento alguna cosa sobre ella. ¡Vamos! –me apremió.
        Sara me llevó hacia ella.
–Se trata de una de las seis estatuas parlantes de la ciudad, la de Madama Lucrecia.
–¿Estatuas parlantes? –le inquirí curioso.
–En Roma hay seis esculturas que aún usan los habitantes de la ciudad para colgar de ellas reivindicaciones, críticas, y protestas políticas.
–¿Cómo un tablón de anuncios?
–Algo así. La más famosa es la del Pasquino situada en la plaza que lleva su nombre, muy cerca de Piazza Navona.
–A Piazza Navona tenemos que volver, la vimos muy de pasada el primer día cuando me llevaste a San Luis de los franceses a ver la fantástica Capilla Contarelli, con las pinturas de Caravaggio.
Madama Lucrecia. Roma.
–Seguro que lo haremos –comentó llegados ya ante la escultura–. Te presento a Madama Lucrecia –dijo Sara con gracia–, es de época romana y se cree que representa a la Diosa Isis. Se le puso ese nombre porque fue donada por Lucrecia D’Alagno, amante de Alfonso II de Nápoles, que se retiró aquí a la muerte de este último, y vivió en este solar. Y ahora, vayamos hacia el Campidoglio que, si nos descuidamos, no llegamos a tiempo para ver el atardecer –Sara dio por concluida la visita a la Piazza di San Marco. Ambos giramos en dirección a la Piazza Aracoeli.
–Esa fuente parece una piña –apunté curioso llegando a la esquina de la Piazza di San Marco.
Fontana de la Piña. Piazza di San Marco. Roma
–Es una piña. La Fontana de la piña. Hay quien dice que tiene la mejor agua de Roma, aunque yo no la he probado.
–Pues yo tampoco la cataré. Por cierto, te han dicho alguna vez que eres la enciclopedia con piernas más hermosa del mundo mundial –Sara rio y se agarró a mi brazo–. A tu lado voy más hinchado que un pavo real. Debo de ser la envidia urbi et orbi, permítaseme el latinajo.
–Muy apropiado. –Sara volvió a reír.
–No acierto a imaginarme lo que sería visitar estos lugares sin ti, ahora que lo estoy viviendo.
–Roma es una ciudad muy especial, seguro que la disfrutarías.
–Ya, pero no es lo mismo. Una guía local o una audioguía no tienen nada que hacer ante la más bella medievalista que la Mancha diera, la más fermosa y afamada doncella, aquella que condenó al ostracismo a la simpar Dulcinea del Toboso…
–Bueno, bueno… Me aparece que a mi caballero andante se le está empezando a ir la calabaza. Vamos, charlatán.
–Está bien, dejaré los halagos, pero este nuevo D. Quijote, este “caballero de la triste figura” necesita embrazar a la dueña de su corazón, necesito un estímulo para poder seguir adelante.
Sara me abrazó y permaneció en silencio durante unos instantes. Luego me miró con ternura y me beso.
–No dejaría de mantenerte de esta guisa ni para comer.
–Un poco incómodo, ¿no?. Anda que… ¿De esta guisa? Qué daño te hace la lectura –añadió risueña.
–Los caballeros andantes somos muy virtuosos, podemos hacer varias cosas a la vez. –Sara rio y me cogió de la mano, llevándome a través de la Piazza de Aracoeli.
        –¿Está preparado mi fiel caballero?
       
        –Adarga embrazada y lanza en ristre, presto para el combate   –bromeé, mientras ella retomaba su relato ante las ruinas de un edificio de ladrillo, al pie ya de las escalinatas del Campidoglio, cuya cartela anunciaba que se trataba de una Insulae.

domingo, 14 de julio de 2019

PASEOS CON SARA. EN LA PIAZZA DE SAN IGNACIO


            
Iglesia de San Ignacio de Loyola. Roma
       Sara me llevó en un periquete a la Piazza de San Ignacio. Era evidente que había pasado mucho tiempo en la ciudad, se movía por sus calles con la misma naturalidad que lo hacía por Toledo, con el añadido de que Roma es mucho más grande.
        –¿Cuántas veces has estado aquí? –pregunté–. En mi caso es la segunda vez, y la primera fue un paso fugaz de fin de semana.
        –Muchas. Aunque la más duradera fue el año que vine de Erasmus. Estudié mucho, pero también conocí Roma como siempre había deseado, despacio, sin prisas y sin planes, dejándome perder por sus calles.
        Creo recordar que mientras hablábamos me llevó callejeando por la Via della Gatta y la Vía San Ignacio, calle que desembocaba en la plaza que lleva también el nombre del santo, donde se encuentra el flamante templo que está bajo su advocación. Transitándola me indicó cual era la fachada lateral derecha de la iglesia.
        –Hablando de fachadas… –debí poner una cara de pícaro que ella advirtió sin ningún tipo de duda.
        –Madre mía…No sé por dónde me saldrás ahora… –aventuró sonriéndome resignada.
        –Me estoy acordando del templo ese que me vas a abrir en cuanto lleguemos a la habitación del hotel y…
        –Ya decía yo que tardabas… –me interrumpió mientras se dejaba tomar por la cintura.
        –Me gustaría inspeccionar la fachada del templo, digamos que es…una especie de adelanto, necesario para que el maestro de obras proceda con seguridad en su interior. Ya me entiendes… –insinué enarcando las cejas varias veces.
        –Me lo temía. No ha sido suficiente con el beso en la puerta de Il Gesú.
        –He de concretar que ha sido muy interesante. He encontrado muy acogedor, húmedo y cálido el interior del… “ábside”.
        –¡Qué metafórico te has vuelto! –dijo, mientras yo encogía levemente mis hombros y le sonreía.
        –Desde luego, el incienso no es necesario, el templo tiene un aroma…una fragancia… que me embarga. ¿Sabe la propietaria de tan hermoso espacio que el aroma de su piel me hace perder el sentido? –añadí mientras la olisqueaba el cuello, incluso llegué a rozarlo varias veces con mis labios, jugueteando.
        –Me parece que el “inspector” está perdiendo las formas en plena vía pública. –Sara rio.
        –¡Y cómo sabe la fachada! –exclamé relamiéndome.
        –Eres incorregible, peor que un adolescente.
        –Lo confieso. Tengo Saritis. Se me inflama todo teniéndote cerca.
        –Y un guarro. El “maestro de obras” es un pervertido y un cochino –exclamó mientras reía, y trataba de zafarse ya de mis manos que, como un pulpo, comenzaban a buscar allá donde la espalda pierde su ilustre nombre. ¡Vale, ya! ¡Estate quieto! –exclamó entonces en cuanto comencé a intentar hacerle cosquillas. ¡Te voy a dar un soplamocos! –Sara terminó por sujetarme las manos–. A lo mejor el templo se cierra antes de ser visitado, y no me refiero a San Ignacio.
        –Necesito una cura, un alivio a mi Saritis, urgentemente –dije poniéndome meloso y teatral.
        –Se está rifando una torta y tienes todas las papeletas por el momento. Tira…delante de mí –finalizó enérgica, indicándome el camino haciendo aspavientos, mientras nos cruzábamos con una anciana viandante que debía de haber asistido divertida a todos mis requiebros, y que gesticulaba a mi paso señalándome a Sara, mientras repetía en italiano algunas frases de las que extraje algunas palabras:
        Bellísima ragazza. Grande pazienzia.
        Sara le obsequió con una sonrisa conformista, y le contestó:
        Grande pazienzia. È vero signora.
        Seguidamente Sara me dio un cariñoso golpe en el hombro a lo que la anciana respondió con un comentario repetido que acompañó con un gesto en su rostro de cierta tristeza, quizá nostalgia; a lo mejor nuestro encuentro le evocaba algunos recuerdos.
        È l’amore. È l’amore.
        Después de este divertido episodio, llegamos a la Piazza de San Ignacio. Sara comenzó sus explicaciones sobre la fachada del templo sin más dilación, probablemente para no darme tiempo a volver a las andanzas.
        –Como puedes ver, la fachada recuerda mucho a la de Il Gesú. Aquí puedes comprobar la influencia que tuvo, como te dije allí, el diseño de la portada por parte de Giacomo della Porta.
        È vero signorina–comenté jocoso–, se repite el esquema de las doble pilastras, las columnas que se adelantan en la puerta central y en el vano del piso superior, el frontón curvo, las volutas… Aunque la veo menos compacta, no sé… más estilizada, ¿no crees?
        –Exacto. La nave central es aquí más alta en comparación con las laterales. Las volutas presentan una mayor inclinación que en Il Gesú. Me sorprendes cuando prestas tanta atención a algunos detalles.
–Es que cuando te pones seria me das miedo, y me convierto en un alumno aplicado que admira profundamente a su profesora, y la respeta.
–Ya…, veamos lo que dura –apuntó con sorna–. Pasemos entonces al interior. –Sara tomó mi mano, aunque antes de cruzar del todo la Piazza de San Ignacio volví a cogerla por la cintura.
–Ya decía yo que el alumno respetuoso no tardaría en desaparecer dando paso al libertino.
Entonces me arranqué:
–¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo de que vuelvas los ojos de tu grandeza a este, tu cautivo caballero… –entonces, no supe seguir–. ¿Qué tal me ha quedado este elogio a lo Quijote?
        –No puedo contigo. Pero es que… me encantan tus zalamerías.    –Entonces Sara se rindió ante mi galantería, se dejó abrazar y, más tarde, besar en el centro de la Piazza de San Ignacio. Luego, imbuida por el espíritu cervantino, al que yo había acudido con mis lisonjas, parafraseo al insigne príncipe de las letras españolas:
        –Y ahora, “la lengua queda y los ojos listos, mi caballero andante”. –Y me llevó al interior del templo. Allí retomo sus doctas explicaciones.
Interior de la iglesia de San Ignacio de Loyola. Roma.
–Puedes apreciar que hay una amplia nave central y tres capillas laterales a cada lado, el mismo esquema que en el Il Gesú de Vignola. La obra la financió la familia Ludovisi, a la que pertenecía el Papa Gregorio XV. El proyecto se le adjudicó al jesuita Horacio Grassi. Sobre su diseño surgieron dos problemas; uno ya lo has visto en la fachada, por la diferencia de altura de las naves laterales respecto de la central, solucionado con esas volutas más verticales, y el otro fue el de la cúpula que, por el gran espacio que debía ocupar, sería grande y costosa de edificar.
–Dijiste que era el templo de la trampa.
–Sí, enseguida te hablaré de eso. Pero primero, observa la monumentalidad de la nave central en la que se abren las capillas laterales, con esas dobles pilastras que enmarcan arcos de medio punto sostenidos por columnas corintias, ligeramente exentas respecto a los pilares.
–Las dobles pilastras… como en Il Gesú –añadí admirado.
–Vamos con las trampas. En cuanto a la decoración de la bóveda, todo es un enorme trampantojo, obra del Padre jesuita Andrea Pozzo.
–Se ve que en esto era todo un experto –comenté fascinado.
Bóveda trampantojo de San Ignacio de Loyola. Roma.
–Representó el papel de San Ignacio en la expansión del nombre de Dios en el mundo. Juega con imágenes relacionadas con el fuego y la luz, siguiendo el pasaje del evangelio de San Lucas en el que se recoge la frase de Cristo “he venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y ¡Cuánto desearía que ya hubiera prendido!” San Ignacio hizo suyas las palabras de Jesús, y convirtió a la Compañía en un ejemplo de labor misionera, expandiendo la luz de su palabra por todos los rincones del planeta. Eso lo escenifica el Padre Pozzo en los cuatro extremos de la bóveda pintando la alegoría femenina de los cuatro continentes conocidos en aquel momento, Europa, África, Asia y América. Europa aparece como una matrona sobre un caballo, Asia sentada sobre un camello, África, con facciones árabes, sentada sobre un cocodrilo y blandiendo un colmillo de elefante, y América, como una señora con ropajes indígenas hiriendo a un gigante.
–Desde luego el autor domina la perspectiva. Juega con la ilumincaión y las figuras, con el espacio, la arquitectura y la pintura de tal manera que no sabes qué es qué, ni su origen ni fin.
–Exacto. Sigamos, vayamos hacia la cúpula –Sara me llevó hasta un punto amarillo señalado en la iglesia–. Ahora mira hacia arriba.
Cúpula trampantojo de San Ignacio de Loyola. Roma.
–Antes creí entender que no se había edificado.
–Y no se hizo.
–Pues ya me contarás que estoy viendo –dije confundido.
–Muévete hacia alguno de los lados.
–¡No puede ser! –exclamé.
–Es también de Andrea Pozzo. Pintó una cúpula con todos los detalles, incluida la luz que entra por un vano. En las pechinas representó a guerreros victoriosos del antiguo testamento como Judith, David, Sansón y Yael.
–Me estoy haciendo fan del Padre Pozzo. Me parece increíble y muy original. Tiene que ser muy difícil pintar esa realidad fingida.
–Ideó una solución barata. El techo es plano, no hay cúpula. Sentémonos o se nos va a quedar el cuello hecho un higo.
Sara me llevó a un banco y ambos contemplamos durante un buen rato los detalles de la bóveda y la falsa cúpula. Luego me invitó a pasear por el interior de las capillas, apuntándome una serie de detalles; como siempre, daba gusto escucharla. Se detuvo en una especialmente, en el crucero.
–Eso de la iglesia que hace trampa es de los más gráfico. Creo que no he visto nada igual en mi vida.
Capilla de San Luis Gonzaga. Iglesia de San Ignacio de Loyola. Roma.
–Para no cansarte te contaré alguna cosa sobre esta capilla porque es la de tu tocayo, San Luis Gonzaga. También la diseñó Andrea Pozzo en su arquitectura. La escultura fue obra de Pierre Legro. En el centro, el Santo fue esculpido en relieve orando mientras los Ángeles le coronan alborozados, celebrando su santidad, enmarcado por robustas columnas salomónicas. Bajo el altar hay dos ángeles; uno juega con una bola del mundo de lapislázuli y, el otro, con los símbolos de la inocencia y la penitencia. La balaustrada la rematan dos ángeles más con lirios, obra de Bernardino Ludovisi.
Tras admirar largamente de nuevo los frescos del Padre Pozzo salimos del templo.
–¿Qué te pareció?
–Increíble. No sé con cual me quedo, si con el “salchicha” de Il Gesú, o con el de los embutidos, de aquí. –Sara rio­.
–Espero que ningún purista de la historia del arte te escuche, llamar “Salchicha” a “Il Baciccia”, y relacionar al genial Padre jesuita Andrea Pozzo con la industria cárnica murciana “el Pozo”, tiene su guasa.
–Y ahora… ¿cómo rematamos la tarde, mi sueño toledano?       –comenté tomándola por la cintura.
–Qué le parece a mi caballero andante si tomamos un buen ristretto, y un pastelillo o unas pastas primero, y disfrutamos de un bello atardecer romántico pongamos que en Il Campidoglio?
–Me parece una idea estupenda. Bueno…la verdad es que todo me parece bien contigo –le dije mientras la besaba en la mejilla.
–Pues vamos a descansar un rato. Aquí cerca está el Caffé Doria, en la Via della Gatta. Esperamos allí a que el sol baje lo suficiente para admirar su ocaso desde lo alto del Campidoglio, al amor de las sugestivas ruinas del foro y de la original arquitectura renacentista del genial florentino, Miguel Ángel.
–Seguro que será el mejor broche final para una intensa tarde de turismo con esta “bellissima ragazza” –dije pasándole mi brazo izquierdo sobre sus hombros, atrayéndola hacia mí, mientras salíamos de la Piazza de San Ignacio.
–Ya, pero no se te olvide que la anciana que te ha sugerido lo de “bellisisma ragazza” también dijo que tenía “grande pazienzia”.     –Ambos reímos, mientras Sara pasaba su mano por mi cintura, y descansaba su cabeza sobre mi hombro, ya de camino al Caffé Doria.

domingo, 7 de julio de 2019

PASEOS CON SARA. LAS CAPILLAS DE IL GESÚ.



     Espectacular capilla de San Ignacio de Loyola en Il Gesú.
     Llegados a aquel momento, tras nuestro nuevo encuentro con el fornido Padre Bernardo Escalante, el amigo de Sara, un silencio se instaló entre nosotros, mientras deambulábamos por la imponente y luminosa nave central de Il Gesú.
        –¿Qué piensas? Vuelves a estar muy callado, y eso no me parece normal. –Sara me sonrió.
        –Pues tú me dirás… En que voy a pensar. En Berni.
        –Un gran tipo, sí señor.
        –Grande en todos los sentidos, sobre todo físico. Intimida.
        –Es un cacho de pan, y un sacerdote.
        –Pues a mí ya me ha soltado dos lindezas que han sonado a amenaza directa.
        –Ya. Y también te ha recomendado los lugares más penumbrosos del templo, por si quieres hacerme alguna carantoña. No seas bobo, y vamos a ver las capillas. –Era evidente que Sara se divertía, y era más que probable que el gigante jesuita toledano también lo hiciera a mi costa.
        –Mientras explicaba las pinturas del “Salchicha” ese... ­–Sara soltó, involuntariamente, una entrecortada carcajada que resonó levemente en todo el templo, mostrándonos de aquel modo, y de forma fehaciente, la extraordinaria y estudiada acústica de la que hacía gala aquel hermoso espacio.
        –¡Cuánto me divierto contigo! –Sara se abrazó a mí–. Si no supiera que tus conocimientos de arte no son de andar por casa, seguiría riéndome con lo del “Salchicha”. Ha sido una ocurrencia de las de enmarcar
        –Pues puedes seguir riéndote, mientras Berni nos explicaba la bóveda, la cúpula y el cascarón del ábside, más que en las pinturas, yo me fijaba en sus expresivas y enormes manos señalándonos los detalles. ¡Ah! Y sus dedos también parecen salchichas, y de las gordas. –Sara volvió a reír, y me estrechó aún más entre sus brazos, apoyando primero su cabeza en mi pecho, y luego elevando su rostro, dejando caer lánguidamente sobre mis ojos una de aquellas miradas suyas, triste e irresistible, mimosa en cierto modo; de niña perdida necesitada de luz y cariño.
        –¡Mi dulce atontolinado! –exclamó entonces sonriéndome de nuevo, con una expresión en su semblante repleta de dulzura–. Voy a hacer como que no sabes nada. Veamos…no es el “salchicha”. Su nombre es Il Baciccia, bueno, su apodo…
        –En gramática estaríamos hablando de un “hipocorístico”, quizá.
        –Bufff, el escritor pedante está trabajando de lo lindo –Sara ironizó–. Giovanni Battista Gauli, “Il Baciccia”
        –El enchufado por Bernini.
        –Exacto. Venga, vamos a ver algo de las capillas, lo más señalado, que quiero llevarte a otro templo Jesuita antes de que nuestra tarde de turismo acabe.
        –No es que me aburra pero…en los últimos instantes te me has acercado mucho y…ahora mismo estoy deseando más volver al hotel y así conocer más íntimamente el hermoso templo que es tu cuerpo, la catedral de la pasión toledana que nubla mis pensamientos, por el que he perdido cualquier atisbo de juicio, cuya sola contemplación me vuelve tolondro, el… –teatralizaba en aquel momento mi discurso, engolando la voz, sujetando a Sara por la cintura con firmeza hasta que ella me interrumpió con cierta resignación en su expresión, poniendo sus manos en mi rostro con delicadeza, acariciándome, sin oponer resistencia alguna ante la presión con la que la mantenía asida–.
        –¿Sabes quiénes eran los Beocios? –me preguntó cambiando de conversación.
        –Aquellos que tienen algún problema de tiroides. ¿Bocio quizá?
        –Pues no. Eran los antiguos habitantes de la Beocia griega. Pero hay otra acepción de la palabra que está definiendo más tu comportamiento y que me da a mí en la nariz que la conoces.
        –Me lo temía. No sé por qué, pero intuía que tu pregunta acabaría en eso. O sea…soy un poco tonto.
        –Vamos a dejarlo en un poco –Sara me sonrió, y me besó en la mejilla. Luego acercó su boca a mi oído y me susurró–. Cuando lleguemos a la habitación te voy a abrir las puertas del templo, vas a tener la nave central y todas las capillas para ti solito, sin olvidar transepto y ábside. ­­–Entonces rio con aquella coquetería que me volvía la piel del revés y se zafó de mis manos.
        –A esto se le llama maltrato. No puedes decirme eso y luego dedicarte a hacer de guía turístico. Eres cruel y despiadada. ¡El mismísimo pecado hecho carne! –exclamé pomposo.
        –Venga, cada cosa a su tiempo –me comentó insinuante entonces, guiñándome un ojo y dándome la mano–, acerquémonos al verdadero tesoro del templo, la Capilla de San Ignacio, en la parte izquierda del transepto.
        –¿Tesoro? ¿Podré acceder también al tesoro de mi catedral toledana una vez que estemos en la habitación del hotel? Una cosa es contemplar la belleza de un templo y conformarse con ello, y otra muy diferente adentrarse en sus más recónditos secretos, aquellos arcanos a los que solamente los privilegiados bendecidos por la divinidad…
        –Eres incorregible, aunque creo que eso me vuelve loca.
        –Es un don natural el que tengo –apunté con inmodestia.
–Tú pórtate bien el resto de la tarde, y luego veremos qué pasa –finalizó su frase con sensualidad.
–Acataré entonces resignado, esta pesada condena, este inhumano y desalmado proceder por tu parte ­–dije agachando la cabeza, y dejándome llevar por su mano. Instantes después nos detuvimos ante aquella impresionante capilla, una joya barroca. Sara comenzó sus explicaciones agarrándome del brazo derecho con ambas manos, apoyando su cabeza en mi hombro.
        –Esta es la capilla de San Ignacio, lugar de peregrinación en el mundo jesuítico por albergar las reliquias del fundador de la orden en esa bella urna, donada por una acaudalada romana, obra de Alessandro Algardi en el S. XVII.
        –Algardi hizo cosas en Aranjuez, ¿verdad? Quiero recordar que algo me contaste allí –apunté intentando apartar de mi mente la imagen de Sara desnuda, entre mis brazos, de la noche anterior, que se había instalado en mi mente desde que me susurrara al oído aquello de que me abriría las puertas de su templo.
        –Sí, bueno…nos lo contó Lucia en el Palacio Real. Un par de chimeneas son de él. También las figuras de la Fuente de Neptuno en el Jardín de la Isla. Tienes buena memoria, eso sí, cuando quieres y sobre lo que quieres –Sara me sonrió insinuante sin dejar lugar a dudas de a qué se refería. Luego prosiguió–. El diseño de la decoración de la capilla es del jesuita Andrea Pozzo, de finales del s. XVII. En el altar, esas cuatro columnas corintias dan un movimiento semicircular al espacio, y albergan la estatua del santo con los brazos abiertos y la mirada extasiada y perdida en el cielo, obra de Pierre Legros. En origen, era completamente de plata, aunque para hacer frente a las enormes indemnizaciones que estipulaba el Tratado de Tolentino, en 1798, establecidas por Napoleón al papado, Pio VII ordenó fundirla. Posteriormente se esculpió una reproducción que solo está revestida de ese precioso metal, y que se colocó dentro de la casulla nuevamente, como la anterior.
        –Napoleón, un héroe para Francia.
        –El resto de Europa seguro que tiene otro concepto sobre la figura de Bonaparte –afirmó Sara con acierto­–.
–Ahora me vas a disculpar, pero no veo la famosa estatua.
Escultura de San Ignacio de Loyola. Originariamente de Pierre Legros.
–Ya. Está oculta detrás de ese lienzo. Hoy no tendremos la suerte de verla. Te la enseñaré en foto –Sara echó mano de su móvil para mostrarme la efigie del Santo y prosiguió–. Los grupos escultóricos de mármol que flanquean el altar representan los valores de la compañía; su afán misionero extendiendo la fe por todo el orbe, y su lucha contra la herejía, como estandarte de la contrarreforma. A la izquierda puedes ver el conjunto esculpido por Jean-Baptiste Théodon, que representa a la fe como una figura humana que lleva un cáliz en la mano y que pisa un dragón, y al otro lado la obra de Pierre Legros que representa a la religión encarnada en una mujer con una cruz y la biblia en una mano, y una llama en la otra, simbolizando el fuego invencible de la palabra divina derrotando a los herejes. Fíjate que, a un lado, un bonito angelote arranca las páginas de un libro prohibido.
–¡Que manía de destruir los libros!
–Eran otros tiempos, aunque no debemos olvidar que hay países donde se siguen prohibiendo lecturas. Arriba, en el frontón partido, está representada la Trinidad, realizada en estuco, y hay una bola sostenida por un angelote que está revestida de lapislázuli y que representa al orbe, la universalidad del poder y el mensaje divino. En la cúpula hay otro fresco de… –Sara me invitó a intervenir.
–El “salchicha”. –Ella rió.
-Exacto, Il Baciccia. Giovanni Battista Gauli, pintó a San Ignacio entrando en la Gloria. La espectacular balaustrada de bronce que nos separa del altar es obra también del Padre Andrea Pozzo, y anuncia, en sus formas, el estilo el rococó que estaba por llegar, con esos motivos vegetales que se retuercen pareciendo cobrar vida y movimiento. Cada tramo está delimitado por una pilastra de mármol sobre las que se sitúan candelabros de bronce sostenidos por graciosos puttis.
–Eso no ha sonado muy bien.
–Para una mente sucia como la tuya, seguramente no. Aunque sabes a que me refiero.
–Sí… Bombón… son graciosos angelitos, amorcillos –le dije haciéndole una carantoña, acariciándole el rostro con el dorso de mi mano derecha.
–Palentino zascandil y zalamero… Anda, entremos ahora en la Capilla de la Madonna della Strada.
Sara me llevó al espacio contiguo donde estaba aquella hermosa y recogida capilla.
Capilla de la Madonna della Strada. Il Gesú
–Cómo ya te comenté antes de entrar al templo, aquí cerca había una pequeña iglesia puesta bajo la advocación de la Virgen della Strada, que podríamos traducir como la Virgen del Buen Camino, cuya protección buscaron los primeros jesuitas. Finalmente, ese templo se quedó pequeño y fue derruido, pasando la imagen de la Virgen a presidir este espacio diseñado por Giuseppe Valeriani en el S. XVI, autor de las pinturas con ingenuas escenas sobre su vida. El fresco de la Madonna della Strada es del S. XIV, y destaca por la mirada serena y frontal, de la Virgen y el Niño, ambos portando llamativas coronas de oro y piedras preciosas, ornamentos que tuvieron que ser repuestos tras el paso de Napoleón.
–Ya. Imagino que se llevó todo lo que pudo. Que se lo digan a los sevillanos a los que casi les deja sin cuadros de Murillo. Por cierto, preciosa la pintura –afirmé
–Ahora vamos al otro lado del transepto, allí está la capilla de San Francisco Javier, daremos después un paseo por el resto del templo, y concluiremos nuestra visita a Il Gesú.
Sara me llevó hasta aquella capilla, que, comparada con la de San Ignacio, presentaba un aspecto mucho más sobrio y modesto.
Muerte de San Francisco Javier de Carlo Maratta
–La capilla fue diseñada por Pietro da Cortona, y está presidida por el cuadro de Carlo Maratta que representa la muerte de San Francisco Javier, el gran misionero jesuita cuando iba a entrar en China para evangelizarla. Abajo verás un relicario de plata que contiene el antebrazo derecho del Santo; según escribió una vez él mismo, se le cansaba de tanta gente como pedía su bendición y bautismo en la India.
Sara siguió dándome algunos detalles más sobre el resto de espacios del templo, ya con cierta premura.
–Creo que debemos irnos, nos espera “la Iglesia que hace trampa”… –dejó caer enigmática.
–¿Y eso?
–Eso… lo verás cuando lleguemos, vamos.
–No crees que antes deberíamos acudir a uno de esos lugares penumbrosos a los que se refería tu amigo Berni, en la parte de atrás de la iglesia. –Sara me dio una cariñosa y reprobadora colleja que me dejó sin palabras y me cogió la mano con más fuerza, invitándome, sin dejar lugar a dudas, a salir de la iglesia. Una vez fuera, se giró violentamente, y me acorraló contra una de las hojas de bronce de la puerta de entrada.
–Ahora, bésame –me ordenó, rodeándome el cuello con sus brazos, y buscando con ansiedad mi boca. Por supuesto obedecí, un caballero jamás debe contrariar a una dama. Por el abrazo que siguió a aquel intenso beso, y por su mirada cariñosa y cómplice, creo que no la defraudé.
–Un par de besos como este y tengo que ir al dentista o el maxilofacial… ¡Caray, que ímpetu! –comenté con gracia palpándome los labios y la mandíbula.
–Vamos, cuentista. –Rio ella mientras me arrastraba ya hacia “la Iglesia que hacía Trampa”; eso había dicho.

lunes, 24 de junio de 2019

ILUSIÓN Y RECUERDO. RELATO FINALISTA EN LA XII EDICIÓN DEL CONCURSO DE RELATOS "LAS PALABRAS ESCONDIDAS" DE VILLA DEL PRADO.



       En medio de la tristeza que padezco cada vez que regreso de Toledo, de la melancolía en la que me sumo evocando en particular lo bella que estaba la ciudad engalanada para el Corpus Christi, sintiendo todavía el aroma a tomillo, cantueso y romero que impregnaba la carrera procesional, cobijando mi memoria bajo la sombra de sus calles entoldadas el día de su fiesta grande, adornadas con florones y  faroles, con coloridos estándares, banderas y reposteros pendiendo de sus balcones, recordando la sobria belleza y el frescor de sus patios, abiertos de par en par estas fechas, percibiendo aún los nítidos ecos del bullicio del momento culminante de la jornada del jueves día 20 de junio, con el paso ante nosotros de la maravillosa custodia de Enrique de Arfe, no quería dejar de compartir con vosotros el orgullo que supuso para mí recibir, en compañía de los míos, mi madre, hermanos y cuñada, al día siguiente, el día de San Luis, el 21 de junio, a las 20.00 horas, el premio como finalista de la XII edición del Concurso de Relatos de la Asociación “Las Palabras Escondidas” de Villa del Prado. He aquí el motivo de otra pequeña satisfacción que, con el permiso de la organización del evento, pasará a formar parte de los orgullos que yacen en el lateral de mi blog. Un saludo a todos.

ILUSIÓN Y RECUERDO

Ceferino, sentado en el escaño de su cocina como todas las noches, escuchaba el parte tras cenar frugalmente. Apoyado en su gayata, con sus lentes puestas, no perdía detalle de los movimientos de la buena moza que lo atendía, mientras ella se afanaba en avivar el fuego de la hornacha con el jubilado humeón, antaño espantador de abejas, reconvertido en fuelle de sonido ligeramente silbante.
        Ceferino tomaba de postre un chato de vino, acompañándolo de unas lonchas de cecina que, más que masticar, chupaba, poco ayudado por una dentadura postiza que bailaba claqué dentro de su boca, incapaz de ajustarse a su envejecido y deformado paladar, mientras recibía y hacía sitio a sus amigotes, más bien gorrones de sobremesa.
Ceferino, jaleado y animado ya por aquella variopinta comparsa, pedía a la muchacha, de tanto en tanto, que elevara o bajara el sonido de la vieja radio, para lo que la joven tenía que subirse a una silla, con el consiguiente regocijo de los presentes. Ella accedía con cierta resignación, sabiendo que lo único que querían aquellos pícaros cuchicheantes era admirar furtivamente sus estilizadas y sonrosadas piernas, ocultas bajo su falda y mandil.
        Ceferino adoraba aquella imagen de la muchacha sobre lo que él consideraba su pedestal, un pedestal del que, a pesar de su edad, pensaba que era mejor que no bajara, porque, cada vez que lo hacía, tenía la sensación de que iba a perder la cabeza.
–Si no fuera por mi Angustias…Cualquier día le haría un hijo –comentaba envalentonado para la alborotada y bulliciosa chusma.
        Ceferino acababa la sobremesa echando un pito, y pidiendo a la muchacha que sirviera una última ronda de vino con la única finalidad de que, al inclinarse, sus juveniles pechos se anunciaran voluptuosamente a través del escote redondeado de su blusa, empujados por un corpiño que, muy ceñido, estrechaba su cintura, nuevamente para regocijo de los crápulas presentes.
        –Si no fuera por mi Angustias… ¡Por los atributos de Príapo! ¡Habéis visto que hermosura de pantorrillas y que pechos tiene la condenada! ¡Membrillo! ¡Tienen que estar dulces como el membrillo! –exclamaba Ceferino descarado, ante las risas y murmullos de aquella cofradía de rufianes.
        –Es la hora. ¡Señores, cada uno a su casa y Dios a la de todos! Ceferino tiene que acostarse. –La muchacha interrumpía el jolgorio en cuanto el anciano acababa el pito, invitando al populacho a abandonar la función con firmeza y autoridad; función en la que ella era la única protagonista, una mujer joven, hermosa y extremadamente paciente.
        –Si no fuera por mi Angustias…Te haría mía ahora mismo –le decía el anciano, ya en la cama, cada noche, mientras ella lo arropaba con amor, se hacía cargo de su cachaba dejándola apoyada al pie de la cama, y posaba sus gafas sobre la mesilla.
        –¡Qué cosas tiene! Ahora, descanse –respondía ella resignada y comprensiva dedicándole una sonrisa dulce y cariñosa bañada en tristeza.
        Isabel, que así se llamaba la moza, besaba la frente del anciano, mientras Ceferino cerraba los ojos imaginando que aquellos labios carnosos y húmedos se posaban sobre los suyos y que, abriéndolos, recibiría como premio un manjar, la fruta fresca y prohibida del contacto de su lengua.
        Isabel apagaba la luz tras comprobar que el anciano estaba cómodo y tranquilo, percibiendo al instante la respiración regular, cadenciosa y monótona de su sueño profundo. Isabel cerraba entonces la puerta despidiéndose sin poder contener sus lágrimas:
        –Hasta mañana abuelito, te quiero –susurraba desesperanzada.
        Isabel era la nieta menor de Ceferino. Hacía un año que había pedido la excedencia en su trabajo para cuidar de él en el pueblo. Hacía meses que no la reconocía, que no la llamaba por su nombre, que había dejado de ser “su muñequita”, “su princesa”, “la niña más bonita del mundo”, “su Isabel”. Hacía meses que vivía en esa senil ilusión, en esa enferma irrealidad en la que ella encajaba a la perfección con su cuerpo lozano y su indiscutible belleza.
        Isabel, vestida con sus inseparables pantalones vaqueros, que no falda ni mandil, y una camiseta, que no blusa ni corpiño, atuendo que nada tenía que ver con el que fantaseaba su abuelo, regresaba a la cocina, apagaba la vieja radio, encendía el televisor y recogía de la mesa, la taza de la infusión, que no chato de vino, y el palillo del cenicero, que no pito.
        Isabel retiraba entonces los vasos imaginarios de los gorrones de sobremesa, caterva de rufianes que nunca les acompañaban, deshaciéndose así, de sus inexistentes risas y cuchicheos, devolviéndolos a esos hogares de los que nunca habían salido. Después, limpiaba la mesa, y extendía sobre ella el pañito de encaje que hiciera su difunta abuela. Sobre él, en el centro, colocaba el retrato de boda que Ceferino ocultaba en la alacena, boca abajo, todas las mañanas al levantarse, intentando así ocultar a su Angustias que ahora miraba a otra mujer.
        Finalmente, Isabel, atrapada por el sonido ligeramente silbante del jubilado humeón, aún con lágrimas en los ojos, avivaba por última vez el fuego de la hornacha y descansaba, arrellanada en el escaño, perdiendo sus pensamientos en el pasado, en su mejor recuerdo, en el que, vestida con un precioso uniforme, caminaba hacia el parque tras salir del colegio, de la mano segura y firme de su abuelo Cefe, quien siempre paraba en el quiosco para comprar alguna golosina que hiciera las delicias de “su muñequita”, “su princesa”, “la niña más bonita del mundo”, “su Isabel”.