"Hombres buenos" es una novela de Arturo
Pérez-Reverte basada en hechos y protagonistas reales. En los años previos a la
Revolución Francesa, dos miembros de la Real Academia de la Lengua Española, el
bibliotecario, don Hermógenes Molina, y el almirante, don Pedro de Zarate,
reciben el encargo de esta institución de viajar a París para hacerse con los
28 volúmenes originales de la 1ª edición de la Enciclopedia de D'Alembert y
Diderot (obra que aún figuraba entre los libros prohibidos en la España de
Carlos III). La novela narra el viaje desde el Madrid ilustrado hasta el París
pre-revolucionario describiendo y reconstruyendo, con gran exactitud, caminos,
fondas, posadas y postas; un viaje lleno de vicisitudes, intrigas, asaltos,
robos, dónde se escenifica la lucha de la Razón y la España tradicional, que se
resiste a dejar paso al progreso. En París, Pérez-Reverte nos detalla, con gran
veracidad, por un lado, el ambiente de cafés, tertulias, la vida holgada y
disipada de nobleza y burguesía, y, por otro, nos muestra la crispación
política que subyace y la vida miserable que lleva la mayor parte de la
población, caldo de cultivo perfecto para el cercano estallido revolucionario.
Pérez-Reverte vuelve sobre temas como la amistad, la fidelidad, el amor o el
honor para dejarnos una novela cuya lectura se hace atractiva y enriquecedora.
jueves, 10 de agosto de 2017
miércoles, 9 de agosto de 2017
EL MAESTRO DE ESGRIMA, DE ARTURO PÉREZ REVERTE
"El maestro de
esgrima" es una novela de Arturo Pérez Reverte, ambientada históricamente
en el Madrid de 1868, en un momento político muy convulso; estaba a punto de
producirse la revolución que llevaría a Isabel II al exilio y provocaría el
inicio del llamado “sexenio democrático”. La narración discurre en torno a
Jaime Astarloa, veterano maestro de esgrima, hombre solitario, con firmes
principios en cuanto a amistad, fidelidad y honor, obsesionado con encontrar la
"estocada perfecta", que subsiste enseñando su arte a una nobleza que cada vez considera la esgrima más como un
"sport"; los duelos con pistola van dejando en el camino a floretes y
sables. Su vida, monótona y solitaria, que gira en torno a su participación en
la tertulia del café Progreso, a sus actividades como maestro de esgrima y al cultivo de algunas amistades como la del Marques de los Alumbres, Luis
de Ayala, se verá profundamente trastornada por la irrupción de la bella dama,
Adela de Otero, esgrimidora, que le hará redescubrir sensaciones perdidas en la
lejana juventud e involucrarse, involuntariamente, en un mundo de intrigas
políticas y asesinatos.
Muy recomendable.
martes, 8 de agosto de 2017
EL TESORO, DE MIGUEL DELIBES
"El tesoro" es
una novela de Miguel Delibes ágil, amena y corta en la que se relata el choque
entre el mundo rural y desconfiado, con su propia lógica, y las diferentes
administraciones y su burocracia, tras el descubrimiento de unos valiosos
restos arqueológicos en las lindes de la localidad de Gamones. Jero, el
arqueólogo a quién se encarga la excavación, se enfrenta a la cruda lucha
interna entre su pasión por su vida profesional y su relación amorosa con su
pareja, Gaga. Por otro lado, junto al resto de sus colaboradores, deberá plantar
cara a los recelos que despiertan entre los cerriles habitantes del pueblo.
domingo, 6 de agosto de 2017
EL CAMINO, DE MIGUEL DELIBES
Disfruto mucho leyendo a algunos
autores, uno de ellos es Miguel Delibes. Ante la categoría de la prosa de este
inmortal literato uno se siente empequeñecer por momentos. La semana pasada leí
esta novela, “El camino”, publicada en 1950, una historia ambientada en un
pueblo, quizá castellano, quizá cántabro, en la que el autor se enfrenta, con
una narración amena y un vocabulario exquisito, a temas como el amor, la muerte,
la amistad o la naturaleza, además de hacer una crítica costumbrista a ciertos
estereotipos como el hombre varonil y machote o la señora beata hasta el
ridículo. La verdadera delicia del texto radica en la forma en que el autor
afronta estos temas desde el prisma de unos niños, los verdaderos
protagonistas. Así tenemos al personaje principal, Daniel, el Mochuelo,
acompañado de sus inseparables, Roque, el moñigo y German, el tiñoso. Todo se
adereza con un conjunto de personajes secundarios con personalidades muy marcadas
como Salvador, el padre de Daniel, Quino, el manco, las Guindillas, la mayor (la
beata), la mediana y la pequeña, las Lepóridas, la Mariuca-uca, la Mica, D.
José, el cura, Gerardo, el Indiano, ..etc.
En
fin… me quedo buceando por este mar de sabiduría, fuente inagotable de vocabulario
castellano.
domingo, 30 de julio de 2017
!Y DALE PERICO AL TORNO¡
Para
algunos, el hecho de entrar en un baño para lavarse las manos, mirarse al
espejo y ver el aspecto que presentaN, es algo normal, sin trascendencia alguna,
un monótono y anodino ritual de higiene y presentación personal, algo que
podríamos definir como “adecentarse”. Sin embargo, para otros, para aquellos
que buscan la trascendencia, lo paranormal en cualquiera de los actos de su
vida, puede llegar a convertirse en un momento de serena y contrita introspección,
abstruso del todo para los primeros, por supuesto...
Al entrar en el baño comenzaba un
ligero manoteo con la intención de ocultar aquel leve pero desagradable
tembloteo, oprobio evidente, silencioso, injusto y cruel, propio de la edad, que
sólo parecía atenuarse levemente en el momento en que vertía el jabón sobre sus palmas y comenzaba aquel masaje suave, rítmico y relajante de una mano sobre la
otra; ahora ambas brillantes, lubricadas y espumosas.
Contemplaba
entonces, contristado, el inexorable paso del tiempo; ya no quedaba nada de
aquellas manos hábiles, venosas, expresivas y fibrosas, más que gesticulantes,
aspaventeras a machamartillo; se habían convertido en torpes, lentas, inertes e
inexpresivas, desmazaladas y lábiles. Contemplaba, melancólico, sus uñas
cortas, mordidas, débiles y agostadas; su piel ajada y algo cuarteada; las
inevitables manchas marchitas que iban colonizando poco a poco el dorso; o las
líneas de sus palmas macilentas que daba la impresión que día a día se iban
acortando, como si su menguante longitud fuera, inexorablemente, el reflejo de su
vitalidad.
A pesar de todo, se lavaba
cuidadosamente, con esmero, demorando resignado, empecatado y temeroso, deliberadamente,
el momento de alzar la vista y verse en el espejo, solo y fané. Ese momento definitivo
y palmario en el que volvía a contemplar, atónito, como se le había escapado la
juventud. Ya no quedaba nada de aquella mirada sincera, transparente, cálida y
penetrante, de aquellos ojos rebeldes, vivaces, pícaros y retrecheros. Bajo el
imperio de su actual mirada turbia y cetrina, algo despectiva, aviesa y torva, sus
ojos amusgados y aguanosos, cansados y pitañosos, esperaban el involuntario
momento del inevitable grito agónico y gemebundo de reproche y desprecio…
–¿Hay alguien en el baño? ¿Está
ocupado? ¿Oiga? Hay gente esperando, por favor.
–¡Y dale Perico al torno! Creo que se
te va la fresa cada vez que te lavas las manos. Piensas demasiado las cosas. ¡Deja
de magancear, pedazo de zangolotino! ¡Si es que eres un mamacallos, un majagranzas
mangorrero! ¡Ya va!¡Disculpe!
jueves, 22 de diciembre de 2016
AB INITIO
Sufría un día más de mi vida,
anodino, de una cotidianidad exasperante, nada diferente de los que recuerdo ab initio, abstraído e ignorante aún de
que en aquel mismo momento Moisés estaba separando las aguas, formando una
senda entre aquella abigarrada y bulliciosa multitud por la que se adentraba
sigilosa, delicada, elegante, casi levitando, el ser más bello que la
naturaleza había alumbrado; un ser mirífico y apasionante, casi irreal.
De
repente, el tole-tole tornó en un insoportable y repentino silencio que me sacó
de aquel monótono letargo. Giré la cabeza a la par que adquirí la consciencia
de que todas las miradas iban confluyendo poco a poco delante de mí.
Ojos
grandes y zarcos, tez brillante y ebúrnea, pelo azabache que se iba
ensortijando a medida que caía sobre sus hombros…
¡REZUMAR!
Imagino que esa palabra me vino a la mente porque algo me sucedía y porque
hacía poco había bromeado con una amiga sobre la natural reacción que se
desarrolla en el cuerpo humano cuando uno entra en calores incontrolados, como
si hubiera pasado la tarde bajo el veraniego y justiciero astro rey urente del
Mediterráneo. Efectivamente, rezumaba sudor, o eso me parecía, acompañado de un
ligero temblor de corvas, y un malestar general ocasionado por la inseguridad
de creer que la divinidad se había hecho carne y que habitaba ante mí. Mi subconsciente,
supongo que molesto con aquella comparación bíblica, decidió jugar conmigo y
buscó en su particular diccionario otras palabras para calificar aquella
enojosa e incómoda escena.
¡SITIBUNDO! ¡ACEZAR!
¡TREMEDAL! – exclamé sin control.
El porqué de
esas palabras pronto se me hizo evidente. Mi boca estaba seca como el esparto,
comenzaba a abrir la boca con cierta ansia, como si me faltara el aire y, el
suelo, estable y firme hasta hacía unos instantes se había convertido en
pantanoso. La inseguridad y los nervios, la sensación de sentirme alguien
diferente y privilegiado ante aquella visión con la que el destino me había
obsequiado me había mudado el ser.
Ella, sin
decir una palabra, me cucó el ojo izquierdo, en un gesto extremadamente
sensual, dejando descansar su párpado durante un instante, evidenciando unas
finas y largas pestañas perfectamente peinadas, aderezadas con rímel.
Seguidamente no pudo contener una expresión de extrañeza y asombro ante lo que
acababa de escuchar, algo sin ningún sentido para ella.
Fue aquel
guiño mágico y venusiano el que termino por escacharme el cerebro. Un ligero
hormigueo comenzó a atravesarme el cuerpo de abajo a arriba hasta llegar al
corazón donde Cupido hizo diana; su zalamería había resultado, me había
enamorado de aquella diosa que había tenido la deferencia de descansar su
mirada en este vulgar mortal y, no sólo eso, la divinidad hecha carne me
buscaba a mí, me requería para algo con aquel gesto que por momentos transmitía
cierta lascivia y lujuria, quizá con el objetivo de satisfacer sus instintos
carnales más irracionales. Rendido ante su belleza escuché ansioso su
susurrante voz dispuesto a cumplir hasta el último de sus deseos…
– Disculpe,
¿el baño? Se me ha metido algo en el ojo y, con el rímel, casi no veo nada.
– Al fondo a la izquierda –contesté con una cara
de zonzo épica.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




