jueves, 10 de agosto de 2017

HOMBRES BUENOS, DE ARTURO PÉREZ-REVERTE


         "Hombres buenos" es una novela de Arturo Pérez-Reverte basada en hechos y protagonistas reales. En los años previos a la Revolución Francesa, dos miembros de la Real Academia de la Lengua Española, el bibliotecario, don Hermógenes Molina, y el almirante, don Pedro de Zarate, reciben el encargo de esta institución de viajar a París para hacerse con los 28 volúmenes originales de la 1ª edición de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot (obra que aún figuraba entre los libros prohibidos en la España de Carlos III). La novela narra el viaje desde el Madrid ilustrado hasta el París pre-revolucionario describiendo y reconstruyendo, con gran exactitud, caminos, fondas, posadas y postas; un viaje lleno de vicisitudes, intrigas, asaltos, robos, dónde se escenifica la lucha de la Razón y la España tradicional, que se resiste a dejar paso al progreso. En París, Pérez-Reverte nos detalla, con gran veracidad, por un lado, el ambiente de cafés, tertulias, la vida holgada y disipada de nobleza y burguesía, y, por otro, nos muestra la crispación política que subyace y la vida miserable que lleva la mayor parte de la población, caldo de cultivo perfecto para el cercano estallido revolucionario. Pérez-Reverte vuelve sobre temas como la amistad, la fidelidad, el amor o el honor para dejarnos una novela cuya lectura se hace atractiva y enriquecedora.

miércoles, 9 de agosto de 2017

EL MAESTRO DE ESGRIMA, DE ARTURO PÉREZ REVERTE


       "El maestro de esgrima" es una novela de Arturo Pérez Reverte, ambientada históricamente en el Madrid de 1868, en un momento político muy convulso; estaba a punto de producirse la revolución que llevaría a Isabel II al exilio y provocaría el inicio del llamado “sexenio democrático”. La narración discurre en torno a Jaime Astarloa, veterano maestro de esgrima, hombre solitario, con firmes principios en cuanto a amistad, fidelidad y honor, obsesionado con encontrar la "estocada perfecta", que subsiste enseñando su arte a una nobleza que cada vez considera la esgrima más como un "sport"; los duelos con pistola van dejando en el camino a floretes y sables. Su vida, monótona y solitaria, que gira en torno a su participación en la tertulia del café Progreso, a sus actividades como maestro de esgrima y al cultivo de algunas amistades como la del Marques de los Alumbres, Luis de Ayala, se verá profundamente trastornada por la irrupción de la bella dama, Adela de Otero, esgrimidora, que le hará redescubrir sensaciones perdidas en la lejana juventud e involucrarse, involuntariamente, en un mundo de intrigas políticas y asesinatos. 
Muy recomendable.

martes, 8 de agosto de 2017

EL TESORO, DE MIGUEL DELIBES

    "El tesoro" es una novela de Miguel Delibes ágil, amena y corta en la que se relata el choque entre el mundo rural y desconfiado, con su propia lógica, y las diferentes administraciones y su burocracia, tras el descubrimiento de unos valiosos restos arqueológicos en las lindes de la localidad de Gamones. Jero, el arqueólogo a quién se encarga la excavación, se enfrenta a la cruda lucha interna entre su pasión por su vida profesional y su relación amorosa con su pareja, Gaga. Por otro lado, junto al resto de sus colaboradores, deberá plantar cara a los recelos que despiertan entre los cerriles habitantes del pueblo.

domingo, 6 de agosto de 2017

EL CAMINO, DE MIGUEL DELIBES


        Disfruto mucho leyendo a algunos autores, uno de ellos es Miguel Delibes. Ante la categoría de la prosa de este inmortal literato uno se siente empequeñecer por momentos. La semana pasada leí esta novela, “El camino”, publicada en 1950, una historia ambientada en un pueblo, quizá castellano, quizá cántabro, en la que el autor se enfrenta, con una narración amena y un vocabulario exquisito, a temas como el amor, la muerte, la amistad o la naturaleza, además de hacer una crítica costumbrista a ciertos estereotipos como el hombre varonil y machote o la señora beata hasta el ridículo. La verdadera delicia del texto radica en la forma en que el autor afronta estos temas desde el prisma de unos niños, los verdaderos protagonistas. Así tenemos al personaje principal, Daniel, el Mochuelo, acompañado de sus inseparables, Roque, el moñigo y German, el tiñoso. Todo se adereza con un conjunto de personajes secundarios con personalidades muy marcadas como Salvador, el padre de Daniel, Quino, el manco, las Guindillas, la mayor (la beata), la mediana y la pequeña, las Lepóridas, la Mariuca-uca, la Mica, D. José, el cura, Gerardo, el Indiano, ..etc.
         En fin… me quedo buceando por este mar de sabiduría, fuente inagotable de vocabulario castellano.

domingo, 30 de julio de 2017

!Y DALE PERICO AL TORNO¡


       Para algunos, el hecho de entrar en un baño para lavarse las manos, mirarse al espejo y ver el aspecto que presentaN, es algo normal, sin trascendencia alguna, un monótono y anodino ritual de higiene y presentación personal, algo que podríamos definir como “adecentarse”. Sin embargo, para otros, para aquellos que buscan la trascendencia, lo paranormal en cualquiera de los actos de su vida, puede llegar a convertirse en un momento de serena y contrita introspección, abstruso del todo para los primeros, por supuesto...
         Al entrar en el baño comenzaba un ligero manoteo con la intención de ocultar aquel leve pero desagradable tembloteo, oprobio evidente, silencioso, injusto y cruel, propio de la edad, que sólo parecía atenuarse levemente en el momento en que vertía el jabón sobre sus palmas y comenzaba aquel masaje suave, rítmico y relajante de una mano sobre la otra; ahora ambas brillantes, lubricadas y espumosas.
Contemplaba entonces, contristado, el inexorable paso del tiempo; ya no quedaba nada de aquellas manos hábiles, venosas, expresivas y fibrosas, más que gesticulantes, aspaventeras a machamartillo; se habían convertido en torpes, lentas, inertes e inexpresivas, desmazaladas y lábiles. Contemplaba, melancólico, sus uñas cortas, mordidas, débiles y agostadas; su piel ajada y algo cuarteada; las inevitables manchas marchitas que iban colonizando poco a poco el dorso; o las líneas de sus palmas macilentas que daba la impresión que día a día se iban acortando, como si su menguante longitud fuera, inexorablemente, el reflejo de su vitalidad.
         A pesar de todo, se lavaba cuidadosamente, con esmero, demorando resignado, empecatado y temeroso, deliberadamente, el momento de alzar la vista y verse en el espejo, solo y fané. Ese momento definitivo y palmario en el que volvía a contemplar, atónito, como se le había escapado la juventud. Ya no quedaba nada de aquella mirada sincera, transparente, cálida y penetrante, de aquellos ojos rebeldes, vivaces, pícaros y retrecheros. Bajo el imperio de su actual mirada turbia y cetrina, algo despectiva, aviesa y torva, sus ojos amusgados y aguanosos, cansados y pitañosos, esperaban el involuntario momento del inevitable grito agónico y gemebundo de reproche y desprecio…
        –¿Hay alguien en el baño? ¿Está ocupado? ¿Oiga? Hay gente esperando, por favor.

       –¡Y dale Perico al torno! Creo que se te va la fresa cada vez que te lavas las manos. Piensas demasiado las cosas. ¡Deja de magancear, pedazo de zangolotino! ¡Si es que eres un mamacallos, un majagranzas mangorrero! ¡Ya va!¡Disculpe!
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jueves, 22 de diciembre de 2016

AB INITIO

              Sufría un día más de mi vida, anodino, de una cotidianidad exasperante, nada diferente de los que recuerdo ab initio, abstraído e ignorante aún de que en aquel mismo momento Moisés estaba separando las aguas, formando una senda entre aquella abigarrada y bulliciosa multitud por la que se adentraba sigilosa, delicada, elegante, casi levitando, el ser más bello que la naturaleza había alumbrado; un ser mirífico y apasionante, casi irreal.
          De repente, el tole-tole tornó en un insoportable y repentino silencio que me sacó de aquel monótono letargo. Giré la cabeza a la par que adquirí la consciencia de que todas las miradas iban confluyendo poco a poco delante de mí.
          Ojos grandes y zarcos, tez brillante y ebúrnea, pelo azabache que se iba ensortijando a medida que caía sobre sus hombros…
           ¡REZUMAR! Imagino que esa palabra me vino a la mente porque algo me sucedía y porque hacía poco había bromeado con una amiga sobre la natural reacción que se desarrolla en el cuerpo humano cuando uno entra en calores incontrolados, como si hubiera pasado la tarde bajo el veraniego y justiciero astro rey urente del Mediterráneo. Efectivamente, rezumaba sudor, o eso me parecía, acompañado de un ligero temblor de corvas, y un malestar general ocasionado por la inseguridad de creer que la divinidad se había hecho carne y que habitaba ante mí. Mi subconsciente, supongo que molesto con aquella comparación bíblica, decidió jugar conmigo y buscó en su particular diccionario otras palabras para calificar aquella enojosa e incómoda escena.
¡SITIBUNDO! ¡ACEZAR! ¡TREMEDAL! – exclamé sin control.
El porqué de esas palabras pronto se me hizo evidente. Mi boca estaba seca como el esparto, comenzaba a abrir la boca con cierta ansia, como si me faltara el aire y, el suelo, estable y firme hasta hacía unos instantes se había convertido en pantanoso. La inseguridad y los nervios, la sensación de sentirme alguien diferente y privilegiado ante aquella visión con la que el destino me había obsequiado me había mudado el ser.
Ella, sin decir una palabra, me cucó el ojo izquierdo, en un gesto extremadamente sensual, dejando descansar su párpado durante un instante, evidenciando unas finas y largas pestañas perfectamente peinadas, aderezadas con rímel. Seguidamente no pudo contener una expresión de extrañeza y asombro ante lo que acababa de escuchar, algo sin ningún sentido para ella.
Fue aquel guiño mágico y venusiano el que termino por escacharme el cerebro. Un ligero hormigueo comenzó a atravesarme el cuerpo de abajo a arriba hasta llegar al corazón donde Cupido hizo diana; su zalamería había resultado, me había enamorado de aquella diosa que había tenido la deferencia de descansar su mirada en este vulgar mortal y, no sólo eso, la divinidad hecha carne me buscaba a mí, me requería para algo con aquel gesto que por momentos transmitía cierta lascivia y lujuria, quizá con el objetivo de satisfacer sus instintos carnales más irracionales. Rendido ante su belleza escuché ansioso su susurrante voz dispuesto a cumplir hasta el último de sus deseos…
– Disculpe, ¿el baño? Se me ha metido algo en el ojo y, con el rímel, casi no veo nada.
          – Al fondo a la izquierda –contesté con una cara de zonzo épica.
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